Enganchando al mejor amigo de mi hermano (Serie de hockey Discos picantes nº 2) Capítulo 1
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Enganchando al mejor amigo de mi hermano (Serie de hockey Discos picantes nº 2)

Enganchando al mejor amigo de mi hermano (Serie de hockey Discos picantes nº 2)

Por Milly Kent

© inepub.com

Capítulo 1

Chloe

—¿Aceptas a este hombre como tu legítimo esposo?

Miro al frente. Solo tengo ojos para un hombre.

Nate Sinclair.

Más de un metro ochenta de pura belleza masculina. Normalmente lleva una barba de varios días en su mandíbula cincelada. Hoy está impecablemente arreglado.

El traje le sienta como un guante sobre sus brazos y pecho musculosos, y puedo apreciar cada ángulo de su rostro perfecto. Me pican las manos de ganas de enredar los dedos en su cabello casi negro mientras él mantiene la mirada gris y gélida fija al frente. Sin mirarme nunca.

Cuántas veces habré pensado en follarme a ese hombre hasta que no pueda pensar en nadie más. Vaya, al menos quinientas... seguramente más de mil. Pero sé que lo que siento jamás será correspondido.

Se gira y mira hacia mí mientras una sonrisa pícara le asoma a los labios.

Eso no es nada nuevo.

Es un mujeriego reformado, al menos según sus amigos. Yo no creo que tenga nada de reformado. Se cree capaz de conquistar a cualquiera con una sola de sus famosas sonrisas.

Todo el mundo lo adora.

Yo incluida, por desgracia.

Eso pasa cuando juegas en un equipo de hockey. Los fans... los medios... y todas las mujeres que lo conocen quieren llevarse un trozo de él, por pequeño que sea. Por eso llevo tres años manteniendo las distancias.

Ah, sí, la otra razón es que me rechazó una vez.

Y luego está él. Miro a mi hermano, Connor... el mejor amigo de Nate. Es otra razón por la que me contengo.

—Sí, acepto.

Vuelvo la vista hacia los novios.

Es preciosa. Sus ojos azules no se apartan de su marido mientras una enorme sonrisa ilumina su rostro deslumbrante. Su larga melena rubia dorada le cae en ondas hasta la cintura, y unas delicadas flores le sujetan el velo de marfil.

Nate da un paso adelante y le entrega a Oliver dos cajas: los anillos de boda.

—Todavía no me creo que Oliver esté casado —dice mi hermano Connor—. Pensaba que los cuatro íbamos a envejecer juntos.

Me río y echo la cabeza hacia atrás mientras me tapo la boca con la mano.

—Ay, ¿es amor no correspondido?

—Ya sabes a qué me refiero. Como jugadores de hockey, los cuatro éramos intocables porque estábamos solteros. Esto lo va a cambiar todo.

—Seguro que no necesitas a Oliver para que las groupies del hockey reboten sobre tu...

—Chloe —sisea la voz severa de mi hermano mayor en mi oído.

—De todos modos, Oliver sigue siendo un jugador de hockey increíble. Casarse no va a cambiar eso.

Connor gruñe a mi lado.

—Creo que Oscar también está listo para sentar cabeza, pero al menos me queda un compañero de correrías.

Alzo la vista hacia Nate, su compañero de correrías, mi amor secreto.

Odio haberme enamorado del mejor amigo de mi hermano.

Ojalá hubiera podido ignorar a mi hermano cuando me advirtió hace un par de años de que sus amigos eran territorio prohibido.

El mismo día en que estaba segura de que Nate iba a besarme.

No lo hizo. Y ahora solo puedo soñar con cómo sería. A qué sabría. Cómo me abrazaría.

Nate mira hacia nosotros y sonríe con su típica picardía, y vaya, cómo me gustaría tener las agallas para decirle a mi hermano que se meta en sus asuntos, pero sinceramente, dudo que Nate se permitiera el lujo de liarse conmigo de todos modos.

Más tarde, seguimos a la comitiva nupcial desde la iglesia hasta la recepción en un hotel cercano. Cojo una copa de champán y salgo adonde está la mayoría de los invitados.

Mia, la amiga de Taylor, está con su cuñado Harrison bebiendo champán. Lleva un precioso vestido azul pálido, igual que todas las damas de honor, y está adorable a pesar de haber dado a luz hace poco a un niño precioso.

Los saludo con la mano mientras me acerco.

—¿Conoces a Harrison? —pregunta Mia—. Es mi hermanastro.

Le tiendo la mano; él me la estrecha.

—Tú entregaste a la novia.

Él entregó a Taylor por ser su mejor amigo, ya que ella no tiene padre que lo haga.

—Sí. He perdido a mi mejor amiga.

Mia le da un golpecito en el brazo.

—No la has perdido. Aunque me sorprende que tú y Taylor nunca pasarais de amigos.

Harrison sonríe.

—El trabajo se interpone en las relaciones. Y valoro su amistad.

Miro a Mia y luego a Harrison.

—¿Te arrepientes?

Harrison mira a Taylor, que baila un lento con su marido, Oliver, en la pista del jardín.

—No. Ella nunca me miró como lo mira a él.

—Encontrarás a la indicada —dice Mia—. Cuando estés listo.

Harrison se ríe.

—¿Y a ti las bodas te hacen pensar —me pregunta— en si algún día te casarás?

—Solo tengo diecinueve años. Casarme no es algo que me quite el sueño.

Miro a Nate, que se ríe con mi hermano Connor, Oscar y algunos otros jugadores de los New York Stars.

Aparto la mirada.

—Él te mira de la misma manera —me susurra Mia al oído. Alza la vista antes de dar otro sorbo a su copa.

—¿Quién?

Solo conozco a Mia por ser la mejor amiga de la novia, Taylor. Desde luego, no lo bastante como para que vea nada o sepa a quién busco en secreto.

—El que está deseando venir a hablarte o que tú vayas a hablar con él.

Entrecierro los ojos mientras miro alrededor del jardín.

—Nate.

Su voz es apenas un susurro mientras me mira a los ojos.

—No dejes que nadie te detenga. No si lo quieres.

Si ella puede verlo, ¿quién más lo habrá notado?

—Creo que amor es una palabra muy fuerte —digo, y ella niega con la cabeza—. Es el mejor amigo de mi hermano. Nunca va a pasar nada. Lleva viniendo a mi casa desde que yo tenía trece años. Es como un hermano mayor para mí.

—¿Y si te digo que yo me casé con mi hermanastro? Adam… no Harrison.

Arqueo una ceja mientras echo un vistazo nervioso al jardín.

—Adam, el jugador de hockey. Es tu hermanastro…

—Lo es —dice Harrison, poniendo los ojos en blanco—. Se armó un buen lío el día que eso salió a la luz.

Le sonrío a Harrison.

—Así fue. Pero ¿nos importó? Qué va. Si es lo correcto, es lo correcto —Mia asiente mientras me aliso el ajustado vestido de tubo plateado.

Me llega justo por encima de las rodillas y enseña más pierna de lo que a mi hermano le gustaría, sobre todo porque también llevo tacones de quince centímetros.

Obviamente, sabía que Nate estaría aquí y supongo que quería que me viera guapa, no como la hermanita de su mejor amigo.

—Hablamos luego. Voy a hablar con Taylor —dice Harrison, y coge su copa y se aleja.

—¿Él y Taylor…?

—No —me interrumpe Mia, que sabe lo que voy a decir—. Son mejores amigos. Harrison es demasiado friki y está demasiado metido en crear aplicaciones y venderlas como para pensar en relaciones.

—¿Es un multimillonario secreto?

Entrecierra los ojos y clava la mirada en Harrison.

—Podría serlo. Es muy reservado.

Me echo a reír.

Mia y yo nos quedamos en silencio un momento mientras observamos a su marido y a Nate, que vienen hacia nosotras charlando. Se me revuelve el estómago cuando Nate echa la cabeza hacia atrás y se ríe de algo que le ha dicho Adam.

El momento se desvanece en cuanto me doy cuenta de que se están acercando.

Doy un largo trago a mi champán; las burbujas me estallan en la garganta al bajar.

Soy tan patética, pero no puedo evitarlo.

—Sonríe y actúa con naturalidad. No como un conejito asustado —susurra Mia.

Respiro hondo varias veces, preparándome para hablar con él por primera vez en años. Pero justo cuando el champán empieza a darme seguridad, mi hermano me da una palmada en la espalda. De repente, siento que estoy donde no debería, que no pertenezco aquí.

Este es su mundo.

El mundo de Connor, mi hermano.

No el mío.

—No tardo nada —digo, y apuro el resto de mi champán antes de escabullirme. Recorro el sendero del jardín tan rápido como mis tacones me lo permiten. Paso junto a la feliz pareja, que charla con sus invitados mientras Oliver sostiene a su dulce niña en brazos.

Es la imagen perfecta de lo que siento que nunca tendré. Porque si no es con Nate, no me imagino siendo feliz con nadie más.

Cae la noche, pero el champán me mantiene en calor mientras llego al hotel, entro y camino hacia mi habitación. Saco la tarjeta y, al llegar a la puerta, me giro y echo un vistazo rápido al pasillo antes de entrar.

Me quedo quieta un momento, esperando que el corazón se me calme. Solo entonces me doy cuenta de que la puerta no se ha cerrado detrás de mí.

Alguien carraspea.

Giro sobre mis tacones y me quedo paralizada.

El pecho me sube y baja mientras lo miro.