Capítulo 36
La Novia
Quiero llorar mientras me miro en el espejo del baño. Es la primera vez que veo mi reflejo, algo que he evitado hasta hoy. Pero han pasado nueve días desde el ataque y, bueno, pensaba que tendría mejor aspecto.
El corte me hace parecer horrorosa. Sé que se desvanecerá con el tiempo. Ya tiene costra. Pero... oh, ¿a quién engaño? Estoy horrible.
—No está tan mal —me tranquiliza Jack, recogiendo mi cabello y apartándolo del cuello para acariciarme la nuca.
Mis dedos trazan los contornos del rostro, aplico presión con cuidado para medir la profundidad del daño y hago una mueca cuando el movimiento me tira del hombro.
—¿Sí? —sorbo la nariz—. ¿Quieres un corte a juego?
La risa de Jack en respuesta es deliciosamente oscura y grave.
—Si quieres cortarme, esposa, solo tienes que decirlo.
Me quedo boquiabierta ante sus palabras. ¿De verdad me dejaría? Cuando encuentro su mirada en el reflejo, sé que habla en serio. La verdad está ahí, en sus ojos verdes. Me dejaría abrirlo en canal y bañarme en su sangre si eso me hiciera feliz.
En lugar de responder, me permito admirar sus anchos hombros y los músculos definidos de su abdomen. Flexiono los dedos contra el lavabo cuando las quemaduras de cuerda de mis muñecas, aún curándose, protestan por la presión.
Mis ojos se posan en su cicatriz y me lamo los labios sin darme cuenta mientras la recorro hasta la carne marcada por la bala que lo mató hace meses, antes de que lo trajeran de vuelta. Se mueve, y mi mirada lo sigue como si dominara mi atención con el simple movimiento.
Estudio el tatuaje de calabaza en su deltoides.
—¿Por qué te hiciste ese tatuaje? —me oigo preguntar.
Sus ojos atrapan los míos en el espejo.
—Perdí una apuesta con Nick y Ruby —explica.
—¿Cuál era la apuesta?
Inhala bruscamente y frunce el ceño como si algo le molestara.
—¿Sabes? Ya ni siquiera lo recuerdo.
Hay un momento de silencio antes de que continúe.
—Solo tenía dieciséis años cuando me lo hice. Pero seguro que era algo muy serio.
Mis labios se curvan en una sonrisa.
—Seguro que sí —coincido con suavidad.
—Eve.
Se me pone la piel de gallina cuando pronuncia mi nombre de esa manera entrecortada y ronca.
—Deberíamos hablar de...
—Todavía no —lo interrumpo. Sé que se refiere a Shelby, pero no estoy lista.
Para mi sorpresa, Jack se ríe.
—Nunca te quebraste cuando te atormentaba. Y ahora estás llorando por un corte que desaparecerá en nada.
—No estoy llorando...
Dejo de hablar al darme cuenta de que las lágrimas bajan en silencio por mis mejillas.
—Oh.
No puedo evitar reírme porque suena ridículo cuando lo plantea así.
—¿Todavía me deseas así? —tanteo, no porque lo dude, no realmente, sino porque quiero oírlo.
—Siempre —dice sin vacilar.
Me toma la mano, la que cortó en nuestra boda. El silencio se extiende entre nosotros, cargado de algo indecible, mientras sus dedos danzan sobre la cicatriz.
Retiro la mano antes de que pueda rozarla de nuevo. Sé que es irracional, pero no me gusta que no me haya besado ni tocado desde que estuvimos en el almacén. Racionalmente, sé que es porque ambos hemos estado recuperándonos. Pero irracionalmente, lo siento como un insulto.
—¿Crees que esto...
Su dedo traza el contorno de la fina línea en mi mejilla.
—... te hace menos follable?
—Creo que me hace parecer débil —admito, y la honestidad me sorprende hasta a mí misma.
—¿Débil?
Emite un sonido que podría ser una risa.
—Eve, he visto a mucha gente débil. Tú no eres una de ellos.
Me aparto del espejo, doy un paso al lado, sorprendida de que me deje.
—Vine a ducharme.
Imprimo a mi voz una confianza que no siento ahora mismo, echo los hombros hacia atrás y levanto la barbilla.
Entro en la ducha sin mirarlo y dejo la puerta abierta. Cojo el cabezal desmontable, ajusto la temperatura hasta que roza lo abrasador y dirijo el chorro hacia abajo para mantener secos el hombro con los puntos y la espalda.
El vapor se eleva a mi alrededor, creando un velo fino de zarcillos en constante movimiento entre mi cuerpo desnudo y la mirada vigilante de Jack.
Puedo sentirlo todavía ahí, justo al otro lado del cristal: una presencia que irradia a través de la barrera, que me eriza la piel como la electricidad estática antes de una tormenta.
El agua se desliza sobre mi vientre y caderas, entre los muslos, arrastrando los rastros persistentes de antiséptico hospitalario y el tacto fantasma de manos extrañas. El calor penetra músculo y hueso, derritiendo algo helado dentro de mí, algo agarrotado de rabia e impotencia.
Cojo el jabón, lo froto entre las palmas hasta que la espuma se vuelve blanca y densa, y la deslizo sobre el vientre y las piernas. Justo cuando cierro los ojos, lo oigo.
«Permitirte estar contenta es una debilidad, Eve». Las palabras de mi padre serpentean por mi mente, un mero eco desde la tumba en la que lo metí. «Y cuando estás contenta, bajas la guardia. ¿Quieres que te saque del ataúd? Entonces haz que quiera liberarte».
Charles Mortis era un cabrón sádico, uno al que no me arrepiento de haber matado. Pero que fuera detestable no significa que estuviera equivocado. Si no me hubiera olvidado de todo lo que me enseñó y no hubiera elegido una vida sin reglas ni normas, nunca habría acabado en las garras de Shelby.
O quizá habría detectado sus intenciones antes y habría podido hacer algo al respecto antes de que me obligara a derramar sangre e intentara matar a Jack.
La zorra está atada en el sótano de Nicklas.
Según Carolina, Shelby está completamente sola en la oscuridad: solo la alimentan mientras duerme, aislada de cualquier contacto humano.
Mientras reflexiono sobre todo eso, mis manos se deslizan sobre la piel como si tuvieran vida propia, limpiando con lenta precisión cada centímetro de mi cuerpo.
Me giro ligeramente y le ofrezco a Jack una mejor vista a través del cristal.
Imagino sus ojos siguiendo mis movimientos, registrando cada curva y cada ángulo.
El pensamiento me recorre los nervios con una corriente inesperada, nada desagradable. Se asienta en lo profundo de mi vientre, un calor diferente al de la ducha.
Mis dedos descienden, deslizándose entre mis piernas. Cuando encuentro mi clítoris, presiono con el dedo medio. Dios, qué bien se siente. Trazo círculos más rápido, más fuerte. Oigo cómo la respiración de Jack se entrecorta, apenas audible sobre el tamborileo constante de la ducha.
—¿Quieres besarme los labios ahora? —pregunto sin apartar la mirada de él.
Mientras aprieta la mandíbula, veo el músculo saltar bajo su piel con barba incipiente, los ojos entrecerrados y oscurecidos por lo que solo puede ser hambre.
Observa cómo mi mano se mueve entre mis muslos, con los puños apretados a los costados, como si se contuviera físicamente para no irrumpir aquí.
—Sí —gruñe al fin.
Deslizo dos dedos dentro de mí y siento las paredes de mi coño contraerse alrededor de la intrusión. Mi pulgar toma el relevo con movimientos circulares contra el clítoris, una doble estimulación que me arquea la espalda y me tensa los muslos.
—Mhmm —ronroneo—. Seguro que sí.
La expresión de Jack se ha transformado: el observador distante ha sido reemplazado por algo salvaje y hambriento. Sus ojos arden con una intensidad que debería asustarme, pero que aviva algo más oscuro, más codicioso dentro de mí.
—No me pongas a prueba, Eve —gruñe—. Mi autocontrol tiene un límite.
Con una sonrisa de suficiencia, trazo círculos más rápido sobre mi clítoris. Me encanta saber que quiere acceder a este dominio privado, este placer propio que lo excluye aunque se ejecute para su beneficio.
—Oh, Dios —gimo, y cierro los ojos un momento mientras el placer me recorre.
Cuando abro los ojos de nuevo, Jack está aquí conmigo, y ni siquiera lo oí moverse. Sin pudor, bajo la mirada hacia su entrepierna. Todavía lleva los bóxers negros, que se le pegan a cada contorno de su polla erecta.
Los peldaños metálicos de su Escalera de Jacob se marcan a través de la tela empapada, una escalera de placer que apenas he empezado a subir.
No hace ademán de quitarse la ropa interior ni intenta unirse a mi autoexploración. Simplemente observa, y su autocontrol resulta más excitante que cualquier caricia.
El agua le corre por el pecho en riachuelos que siguen los surcos de sus músculos. No me toca. No habla. Solo se queda ahí, observando de cerca mientras mis dedos mantienen su ritmo constante entre mis muslos.
—No pares —dice al fin, con la voz enronquecida por el deseo. No es una orden, sino algo cercano a una petición: lo más parecido a pedir que Jack Knight ha hecho en lugar de tomar.
Empujo los dedos más adentro, los curvo hacia arriba y encuentro ese punto que hace estallar chispas detrás de mis párpados. Mi pulgar traza círculos más rápido, la presión aumenta mientras me acerco al borde del orgasmo.
La presencia de Jack lo cambia todo y nada: sigo tocándome, sigo persiguiendo mi propio placer, pero ahora su mirada añade otra capa de sensación, otra dimensión de intensidad.
Este momento me pertenece: mi placer, mi cuerpo, mi decisión de compartir el festín visual con el hombre que afirmó ser mi dueño. El agua fluye entre nosotros, borra límites pero crea otros nuevos, más complejos, más deliberados.
Su respiración se acelera, acompasándose con mi propio ritmo. El aire entre nosotros se espesa con algo peligrosamente parecido a la comprensión.
Entonces, justo cuando estoy a punto, se deja caer de rodillas con tal brusquedad que el agua salpica formando una corona a su alrededor. Sus manos me agarran los muslos, los separan más mientras hunde el rostro entre mis piernas sin preámbulo ni permiso.
—Preguntaste si quería besarte los labios —dice con voz ronca—. Estos son los labios que quiero devorar.
La primera pasada de su lengua contra mi carne ya sensible me arranca un jadeo.
—Jack.