Capítulo 16
Probablemente estés pensando que, a estas alturas, todo el mundo pasó página y olvidó los detalles de la noche, ¿verdad?
Bueno... podrías decir que sí. Salvo por Robbie, que acorraló a Jasper cinco veces más durante la mañana, el almuerzo y la barbacoa junto a la piscina. Y, por supuesto, salvo por mi trasero.
Que, hasta ahora, parecía estar perfectamente, muchas gracias.
Aquí estoy, buscando una tumbona junto a Cordelia, que lleva media hora echándose la siesta boca arriba bajo el sol mientras algún podcast sobre gratitud y la belleza de la vida o lo que sea le retumba en los auriculares.
Aquí estoy, quitándome la ropa hasta quedarme en bikini, extendiendo la toalla en la tumbona, echándome protector solar como debería haber hecho desde el principio.
Aquí estoy, disfrutando del sol de Cancún, del agua, del océano, de la emoción de estar en otro país, en un lugar totalmente nuevo, sintiéndome de verdad... de vacaciones. Como se suponía que debía ser esta semana desde el principio.
Y aquí está Jasper Hassmann, en la piscina, mirándome fijamente.
¿Por qué demonios me está mirando fijamente?
Tiene las cejas levantadas, como si intentara decirme algo que no puede decir en voz alta. ¡Obviamente no puede! No puede hablarme en público a menos que sea algo absolutamente imprescindible.
O extremadamente ofensivo.
Al final parece rendirse, porque pone los ojos en blanco y empieza a nadar. En mi dirección. Hacia mi lado de la piscina. Luego sale del agua, impulsándose con un movimiento fluido.
Su cuerpo mojado y bronceado emergiendo de la piscina justo frente a mí.
¡Este imbécil no me hace la vida más fácil!
Pero se le da de maravilla fingir que no existo. Llevamos diez años haciendo esto. Que esté cerca de mí no significa nada para nadie.
Es solo una coincidencia.
Jasper se detiene a un metro de distancia, e inmediatamente contengo la respiración.
Se pasa una mano por el pelo, salpicando gotas por todas partes...
¡Dios mío! ¿Por qué tiene que ser tan jodidamente guapo?
¿Y por qué sus músculos tienen que brillar aún más bajo el sol?
¿Y por qué el agua tiene que deslizarse por su cuerpo como...
—Vuelve a ponerte los pantalones cortos —murmura Jasper entre dientes, fingiendo secarse.
—¿Qué? —parpadeo, sin saber si estoy mareada por su presencia o si lo he oído mal.
Él mira de mí a Cordelia (ojos cerrados, auriculares puestos) antes de continuar:
—Vuelve a ponerte la ropa. Tienes la marca de una mano en el trasero.
Sí, definitivamente no lo estoy pillando.
—¿Una qué? —suelto, ya girándome para mirar cuando él me interrumpe.
—No mires. Solo vístete.
Agarro los pantalones cortos. Jasper se pasa una mano por el pelo otra vez. Me los pongo. Y me doy cuenta de que se ha colocado justo en medio, como si intentara tapar la vista a cualquiera que pase.
Genial.
Como si no bastara con que esté cojeando, ahora tengo recuerdos de sexo salvaje marcados en la piel.
¡Dije que esa bofetada iba a dejar marca!
Bajo la cabeza para abrocharme el botón, y cuando levanto la vista, ha desaparecido otra vez.
¡Vampiro espeluznante de las profundidades del infierno!
—Interesante —oigo decir a Cordelia a mi lado, y casi pego un bote.
Por favor, que esté hablando de algo del podcast. Por favor, Dios, ¡que esté reaccionando al podcast!
Pero luego gira la cabeza hacia mí y esos grandes ojos azules se abren de par en par.
Sí. No es el podcast.
—Por favor, no se lo digas a nadie —le ruego inmediatamente.
—¿Por qué no?
—Porque es completamente humillante.
—¿Humillante? ¿Con todos esos gritos? Todo el mundo estaría celoso.
Bueno, si me quedaba una mínima esperanza de que estuviéramos hablando de cosas diferentes, esa esperanza está muerta y enterrada.
Respiro hondo. Me siento en la tumbona para poder susurrar lo más bajito posible, rezando para que nadie más oiga.
Las cosas ya penden de un hilo, no necesito que encima la gente se entere.
—¡Mira, fue un accidente! —siseo. Luego me encojo de hombros, obligándome a admitir—: Un accidente muy bueno y sexy, pero aun así un accidente. Así que si pudieras quedarte callada y fingir que no sabes nada...
—¡Tengo que contárselo a alguien, Julie! ¡Es el mejor chisme que hemos tenido en años! —chilla, y ya casi estoy de rodillas suplicando cuando pregunta—: ¿Puedo al menos contárselo a Tony?
Bueno, si es Tony, esa es la opción menos terrible.
—Tony ya lo sabe —digo. Cordelia arquea las cejas confundida, esperando que le explique—. Se lo conté anoche después del té de Madame Ximena.
—¿Anoche? —jadea—. ¿Exactamente cuántos accidentes ha habido, Julie?
—Más de los que me gustaría, eso seguro.
Cordelia suelta un silbido bajo, mirándome como si acabara de descubrir secretos de Estado, y luego me dedica una sonrisita tonta.
—En realidad creo que es adorable —dice. Gimo con disgusto—. Lo digo en serio. J y J. Incluso compartís la misma inicial.
—Comparto las mismas iniciales con Josef Stalin, ¿y qué?
—suelto, pero Cordelia solo sigue riéndose—.
Y de todos modos, es solo sexo, y va a terminar muy pronto.
De hecho, ya terminó. Así que si pudieras borrar todo lo que has oído y no volver a mencionarlo nunca más, te estaré eternamente agradecida.
—¿Y si alguien me pregunta directamente? Se me da fatal mentir.
Cierro los ojos un segundo, respirando hondo.
—Nadie va a preguntarte directamente, porque nunca, en la historia del universo, nadie se imaginaría a Jasper y a mí haciendo algo juntos, y mucho menos eso .
Su mirada pasa de mi trasero, ahora cubierto, a Jasper, y lo vemos rodeando la parrilla antes de darse la vuelta en cuanto Robbie lo acorrala de nuevo.
—Robbie está empeñado en investigar.
—Robbie no va a mirarme el trasero —respondo al instante. Y lo más importante: Robbie nunca pensará que fui yo.
Sospecharía de su propia madre antes que de mí.
No me extraña, teniendo en cuenta lo que Brenda dijo de Jasper anoche.
—Y además, el señor abogado exitoso nunca se vendrá abajo. Nadie puede con él.
—Lo sé —dice, riendo de nuevo—. Lo oí perfectamente.
—¡No, qué va! Estabas inconsciente con la cara en el váter hasta el amanecer.
Cordelia suelta una risita.
—Más o menos, sí. Pero el resto de la casa... el resto de la casa lo oyó todo perfectamente.
—El resto de la casa no sabe lo que tú sabes.
—Pero el resto de la casa quiere saberlo. Especialmente después de todo el asunto del tarot y... —se detiene a media frase, boquiabierta—. Dios mío, ¿la vidente estaba hablando de ti?
—No recuerdo que la vidente dijera nada sobre sexo salvaje y sin compromiso entre dos personas que se odian, Cordelia. —Entrecierra los ojos con suspicacia—. No creo que haya una carta para eso en su baraja, así que tuvo que improvisar.
Asiente, todavía riéndose para sus adentros, pero no dice nada más.
Se pasa el resto del día dedicándome esa sonrisita de suficiencia de quien conoce mi secreto, pero sin abrir la boca.
Mientras tanto, Robbie —que Dios me ampare— como no pare con esta obsesión, no voy a esperar a que Jasper encuentre formas creativas de esquivar el tema.
Voy a ir yo misma a partirle la cara al tío.
Así él y Mila podrán casarse con ojos morados a juego.
—¡Trajiste a una mujer aquí anoche! —grita Robbie, señalando a Jasper otra vez.
—No traje a nadie —responde Jasper, impasible.
Sigo caminando hacia la comida, porque si no puedo ponerme el bikini, no puedo nadar, no puedo hacer nada salvo comer, pues eso es exactamente lo que pienso hacer.
—Si no trajiste a nadie, ¡entonces ya estaba aquí! —concluye Robbie. Luego se para a pensar—. No te habrás acostado con la tía Abby... ¿verdad?
Jasper pone los ojos en blanco.
—A Gemma le va el mismo rollo que a ti —continúa Robbie—. Así que quedan Elise y... ¡Dios mío, es Suzi!
¿Veis a lo que me refiero? Ni siquiera soy una opción.
Pondría el nombre de su propia madre en la lista antes que el mío.
Y sin duda lo habría hecho si no llego a golpear sin querer el tenedor contra la bandeja de metal, con el ruido suficiente para que lo oyera media casa.
Jasper me mira. De esa forma que tiene cuando finge que no me ve.
Robbie también mira. Solo que sus ojos están enormes y son del mismo tono de azul en el que me quedé clavada con pánico hace unos minutos, con Cordelia.
Azul y aterrador.
—No es Julie , ¿verdad?
Los dos se miran, y, por un segundo, me quedo paralizada. El corazón me martillea, trepando por el camino de siempre hasta la garganta.
Joder, este hombre va a conseguir que acabe en el hospital con un bypass.
Así que aquí estamos. Mi corazón en pleno paro cardíaco. Robbie con los ojos como platos, mirando a Jasper. Jasper devolviéndole la mirada. Y entonces, los dos estallan en carcajadas.
Nunca, en toda mi vida, he visto a Jasper reírse así.
Robbie tiene que apoyarse en la encimera para no desplomarse.
—¡Que os jodan! —es lo único que consigo decir.
Y ahora no puedo nadar, no puedo ponerme el bikini, ni siquiera puedo pasear por la casa sin a) que Cordelia me lance miraditas cómplices y b) que me consideren tan poco atractiva que nadie se cree que pueda ser la compañera de cama (por decirlo finamente) de alguien como Jasper Hassmann.
Entonces, ¿qué hacemos?
Desde luego, no nos quedamos esperando a que la humillación vaya a más.
Subo a mi cuarto y me encierro como una ermitaña el resto del día. Yo, mi soledad y lo que quiera que suene en mis auriculares.
Pero ni siquiera eso me da tranquilidad, porque la primera vez que voy al baño a hacer pis, el pomo de la puerta empieza a girar.
El pomo que da al pasillo de las escaleras.
Así que me sorprendo y me irrito a partes iguales cuando resulta que quien intenta entrar es Jasper. Por pura maldad, saco el móvil, me siento en el váter y decido hacerlo esperar. Se disculpa, pero cinco minutos después prueba con la puerta de su habitación.
Cinco minutos después, vuelve a llamar.
—Julie, ¿sigues ahí?
—Sí —gruño, pasando olímpicamente.
—¿Tienes idea de cuándo vas a salir?
—No.