CAPÍTULO ONCE
SHEENA
Sheena estaba pintando muebles con Regan y Darcy cuando sonó su móvil. Tony. Contestó enseguida.
—¡Hola, cariño! ¿Qué pasa?
—¿Estás sentada?
Un escalofrío de preocupación la recorrió.
—¿Por qué?
—Mamá y papá han vendido la casa con la condición de que la dejemos libre en treinta días.
—¡Dios mío! ¿Cómo vamos a conseguirlo?
Sheena se dejó resbalar por la pared hasta sentarse en el suelo.
—¿Qué te parece si nos deshacemos de los muebles y organizamos una venta junto con las cosas de mamá y papá? Yo no tengo apego a nada de eso. ¿Y tú?
Sheena no tuvo que pensarlo mucho.
—De acuerdo. Será divertido empezar de cero. Necesitaremos otro estilo de muebles cuando podamos mudarnos del hotel a una casa propia.
Vivir en el hotel, primero en la casa y luego en la suite con muebles heredados en no muy buen estado, le había dado una perspectiva totalmente nueva.
—De acuerdo, necesito que hagas una lista de las cosas que dejaste en casa y que todavía quieras conservar —dijo Tony—. Los niños y yo las empaquetaremos con cuidado y las enviaremos junto con las cosas de mamá y papá. Ha sido todo muy precipitado.
—¿Cómo se lo están tomando tus padres?
—Sorprendentemente bien. Ya habían cerrado la compra de la casa que les gustaba en Florida, así que no se sienten desamparados.
—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres, Tony? ¿Te sentirás a gusto vendiendo tu negocio y mudándote aquí?
—Sí. Además, John, Dave y Mark, el amigo de John, están encantados con la idea de hacerse cargo. No puedo fallarles ahora.
—¿Y los niños?
Tony se rio.
—Están emocionadísimos con lo de tener piscina e ir a la playa.
—Entienden que viviremos aquí en el hotel de forma temporal hasta fin de año, ¿verdad?
—Sí, aunque necesitamos informarnos sobre los distritos escolares para que puedan matricularse en los colegios adecuados.
—Ya he hablado con varias personas al respecto, y el distrito escolar más cercano al hotel es excelente. Seguro que encontramos una solución.
—Bueno, pues, señora Morelli, parece que estamos a punto de convertirnos en residentes permanentes de Florida. ¿Quién iba a imaginar que tantas cosas cambiarían en cuestión de meses?
—Yo no —dijo Sheena, todavía sorprendida por cómo había sucedido todo—. Por favor, felicita a tus padres de mi parte. Y, Tony, gracias por todo. Te quiero muchísimo. Y diles a los niños que estoy deseando verlos, que también los quiero. Fíjate. Volveremos a ser una familia de verdad.
Sheena colgó el teléfono y dejó escapar un largo suspiro de alivio. Le daba vueltas la cabeza.
—¿Qué pasa? —preguntó Darcy.
—¿Estás bien? —añadió Regan.
Sheena asintió con una sonrisa.
—Nos mudamos a Florida definitivamente. Paul y Rosa han vendido la casa, y Tony está vendiendo su negocio. Eso es lo bueno. Lo malo es que tenemos que dejar la casa en treinta días.
—¿Lo malo? ¡Eso es genial! —dijo Regan.
—¿Treinta días? ¡Vaya! —Darcy le tendió la mano.
Sheena la tomó y se levantó de un salto.
Regan y Darcy la cogieron de las manos, formaron un círculo y se pusieron a bailar como locas.
Cuando aminoraron el paso, Regan le dijo a Sheena:
—Me alegro muchísimo de que esto esté pasando. ¿Te acuerdas del miedo que te daba contárselo a Tony? Ahora toda la familia estará con nosotras.
Sheena las hizo parar.
—¿Seguro que no os importa tenerlos aquí en el hotel? Los adolescentes no son fáciles.
La expresión de Regan se tornó seria.
—Los quiero, y necesitan estar aquí contigo.
—Yo también los quiero. Casi los perdemos en el incendio, ¿recuerdas? —añadió Darcy enseguida.
Sheena abrazó a cada una de sus hermanas. El vínculo entre ellas se fortalecía día a día.
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Después de cenar, Sheena se sentó en su suite a preparar una lista de las cosas que quería de la casa de Somerville.
No serían muchas. La moneda de oro estaba a buen recaudo en un bolsillo con cremallera de su bolso, donde permanecería oculta, y se había traído a Florida sus pocas joyas de valor: pendientes de aro de oro, un collar de perlas, pendientes de perlas, algunos colgantes de plata ensartados en una cadena y un par de pulseras de plata.
El resto podía venderse o regalarse si Meaghan no lo quería.
Mientras repasaba mentalmente su armario y sus cajones, revisando la ropa, Sheena se dio cuenta de lo anticuadas que parecían algunas prendas después de vivir una vida despreocupada en un entorno tropical.
Añadió solo algunas de sus prendas favoritas a la lista y decidió que no necesitaba el resto.
Con la cocina era otra cosa. No estaba dispuesta a renunciar a ninguno de los utensilios que había ido reuniendo con tanto cariño para cocinar y servir. Se lo traería todo a Florida.
Sheena repasó los muebles de la casa y apartó un par de lámparas y algunas piezas decorativas. Todas las fotos personales las conservaría. El resto de los artículos del hogar, decidió, podían venderse o regalarse.
Escribió la lista para Tony con la sensación de que le habían quitado un enorme peso de encima. A veces, aferrarse a las cosas solo te lastra, pensó, mientras la invadía la emoción.
Llamó a Tony y repasó con él la lista de cosas que quería.
—¿Cómo están los niños? ¿Quieren llevarse muchas cosas? ¿Vamos a tener que alquilar un trastero?
—¡Para! Una pregunta a la vez. Los chicos están haciendo sus listas. Michael, como buen chico, no quiere llevarse mucho de su habitación. Solo algunos libros y trofeos. Meaghan, en cambio, es una acumuladora. Seguiré animándola a acortar su lista, pero de momento lo quiere todo.
—Me parece bien —dijo Sheena.
—No tendremos que alquilar un trastero. Mis padres dijeron que guardarían nuestras cosas en su garaje hasta que las necesitemos. Puedes estar tranquila, Sheena. Aquí tengo todo bajo control.
—Gracias, cariño —dijo Sheena, sorprendida de que Tony hubiera asumido la tarea que normalmente recaía sobre sus hombros.
No podía evitar que le fastidiara no tener el control de la situación, pero no haría nada que pusiera en peligro los términos del testamento del tío Gavin marchándose de la propiedad.
El testamento estipulaba que ella y sus hermanas debían permanecer allí durante todo el año.
—Estamos todos muy ilusionados —continuó Tony—. Bajaré la semana que viene para terminar de trabajar con Brian en los baños de invitados. No podré quedarme mucho, pero será una buena excusa para verte.
—Estoy deseando que llegues —dijo Sheena.
Hablaron un par de minutos más y luego Sheena colgó.
Al principio, había estado deseando aceptar el reto y alejarse de su familia por un tiempo.
La habían tratado como a una criada, exigiéndole que hiciera cosas por ellos como si fueran los amos del mundo.
Con todos los cambios en sus vidas, estaba dispuesta a admitir que a veces echaba de menos que la necesitaran.
Aunque jamás lo confesaría a ningún miembro de su familia. Y menos aún a sus hermanas.
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A mediados de la semana siguiente, Sheena estaba tan impaciente como Darcy por conocer al nuevo hombre en la vida de Regan.
Regan les había contado todo sobre la familia de Mo y lo bien que la habían acogido.
Pero cada vez que Sheena o Darcy le pedían detalles concretos sobre él, Regan se callaba.
«Ya veréis» era lo único que se permitía decir.
Ahora las tres esperaban en la puerta de Gracie's para recibirlo.
Un viejo Nissan 300 ZX blanco entró en el aparcamiento.
Regan lo saludó con la mano y esperó a que Mo bajara del coche.
Del coche bajó un joven delgado de piel oscura con gafas de sol de aviador de montura dorada, camisa morada abotonada y pantalones caqui. Le dedicó una amplia sonrisa a Regan y la abrazó.
Sheena y Darcy intercambiaron miradas de asombro.
—¿Es gay? —dijo Darcy en voz baja—. No me extraña que Regan no quisiera hablar mucho de él.
—¡Es guapo! —susurró Sheena mientras Regan y Mo se acercaban.
—¡Aquí está! ¡Mi chico! —dijo Regan con un brillo en los ojos.
Mo se rio. —Hola. Soy Moses Greene. Regan es una mujer estupenda, y con mucho talento además.
—Nos han dicho que eres muy bueno en lo tuyo —dijo Darcy, sonriéndole—. Hola, soy Darcy.
Sheena le estrechó la mano. —Soy Sheena. Estamos encantadas de que vayas a ayudarnos.
—Entremos a desayunar y luego le enseñamos esto a Mo —sugirió Regan.
Sheena guio a los demás al restaurante, emocionada por empezar a trabajar con Mo. Su estilo atrevido era justo lo que necesitaban.