Encendida por el montañés taciturno (Hombres trabajadores de Silver Ridge nº 2) Celeste
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Encendida por el montañés taciturno (Hombres trabajadores de Silver Ridge nº 2)

Encendida por el montañés taciturno (Hombres trabajadores de Silver Ridge nº 2)

Por Celia Skye

© inepub.com

Celeste

uno

La tormenta empieza a medianoche y a las dos de la madrugada ya es algo personal.

No exagero. La tormenta ha elegido mi casa como objetivo, mi bungaló comprado por cuatro duros, que necesita de todo, en-qué-estaría-pensando, en las afueras de Silver Ridge, y el agua entra por el techo en tres chorros distintos.

Dos de ellos apuntan directamente a mi escritorio y al equipo que representa ocho meses reconstruyendo mi vida desde cero.

Tengo toallas. Tengo un cuenco de debajo del fregadero y una olla de la tienda de segunda mano de Silver Ridge. Todo desplegado. Nada es suficiente, porque en algún lugar dentro de la pared oigo el agua gorgotear, y las luces parpadean de un modo que me revuelve el estómago.

La casa costó cuarenta y dos mil dólares. Un bungaló embargado que nadie quería, comprado con mis últimos ahorros porque necesitaba algo que fuera mío. Un lugar del que no pudieran echarme. Un lugar donde pudiera trabajar sin mirar por encima del hombro.

El trabajo es un estudio de viabilidad: si Silver Ridge y el valle circundante podrían tener internet de alta velocidad de verdad, cuál es la brecha real de infraestructura, qué haría falta para cerrarla.

Tres meses de pruebas de velocidad, entrevistas y datos de campo.

No es glamuroso. Todavía no paga casi nada.

Pero es mío, construido desde cero, y nadie puede quitármelo porque no se lo he enseñado a nadie.

Mi móvil tiene una barra de cobertura. Lleva con una barra desde que me mudé aquí, que es en parte la razón de que exista el estudio. Ahora mismo necesito dos barras como mínimo, porque necesito un electricista.

El número de 24 horas de Lindstrom Electric suena cuatro veces. Contengo la respiración desde el tercer tono. Cuando descuelgan, exhalo tan fuerte que me mareo.

—Ross Lindstrom.

La voz es plana y grave. Un hombre que contesta una llamada a las dos de la madrugada igual que la contestaría a mediodía.

—Hola —chillo—. Sí. Tengo una emergencia. Está entrando agua por el techo cerca del panel eléctrico y no sé lo cerca que está, pero las luces están...

—¿A qué distancia está el agua del panel?

Voy a mirar. El panel está en el pasillo estrecho, y hay una mancha húmeda que se extiende en el pladur justo encima. Se lo digo.

Silencio durante dos segundos.

—No toques el panel. No toques nada metálico cerca. Estaré ahí en veinte.

Cuelga antes de que pueda preguntar nada más. Más tarde descubriré que así es él siempre, pero eso aún no lo sé.

Veinte minutos en el pasillo viendo caer el agua gota a gota y pensando en lo que he invertido en este lugar.

Poco dinero. Mucho tiempo. Los suelos que lijé y barnicé yo misma durante dos fines de semana.

La pared de la cocina que arreglé con tutoriales de YouTube y pura cabezonería.

El pequeño despacho en el segundo dormitorio con su escritorio de segunda mano y lo único bueno que tengo, mi portátil, que está ahí dentro ahora mismo. Voy a sacarlo.

Estoy en la puerta del despacho, a punto de cogerlo, cuando se abre la puerta principal.

Ross llena el umbral. Es lo primero que percibo, antes que nada más: su pura presencia física, el agua de lluvia resbalando por la chaqueta, una bolsa de herramientas en una mano, linterna en la otra, ya inspeccionando.

Sus ojos localizan el panel. Luego me localizan a mí, con un brazo extendido hacia el despacho a oscuras.

Se parece un poco a Hagrid. Pero en versión sexy de hombre de montaña.

—Para.

Su voz me saca de mis pensamientos.

—Estoy cogiendo mi portátil...

—El enchufe de al lado del escritorio. ¿Está en la misma pared que el panel?

Miro. Sí. Misma pared, otro lado.

—Sal de esa habitación.

Deja la bolsa en el suelo. Retrocedo.

—Necesito ver el panel antes de que te acerques a ese lado de la casa.

Ross examina el panel con la linterna durante sesenta segundos que se me hacen eternos. Luego se endereza.

—Tu portátil. No está enchufado, ¿verdad?

Lo pienso.

—No.

—Entonces no pasa nada.

Abre el panel y la casa se queda a oscuras. Completamente a oscuras. El zumbido de la nevera se apaga. La luz del porche se apaga. La lluvia contra el tejado de repente suena mucho más fuerte.

Estoy en el pasillo con la linterna del móvil encendida, esforzándome por mantener la calma.

Compré esta casa hace cuatro meses convencida de que podría arreglar cualquier cosa que me echara encima.

Me ha echado mucho. He arreglado casi todo.

Ahora mismo, de pie en la oscuridad mientras un desconocido al que llamé hace veinte minutos está a un metro de mí, no estoy del todo segura de que me queden fuerzas para arreglar esto.

—Oye.

Ha girado la linterna y la apunta al techo para que la luz se extienda suavemente entre nosotros.

—El panel no está dañado. El agua baja por la pared exterior; es un problema de vierteaguas en la línea del tejado, no del cableado. Tu casa no corre peligro.

Lo miro. Ojos azul hielo.

—Menos mal —digo.

—El cableado, eso sí, es otra historia.

Mira el panel, luego las paredes.

—Esto es cableado de aluminio original de 1962. ¿Lo sabías?

—El informe de la inspección lo mencionaba.

Frunce el ceño.

—No cumple la normativa actual. No es peligroso si nadie lo ha tocado, pero alguien lo ha hecho. Alguien añadió circuitos después sin saber lo que hacía.

Ilumina la caja de conexiones sobre el panel.

—Esto es un problema.

—¿Cómo de grave?

Me mira fijamente.

—Grave.

Eso suena caro. Me apoyo contra la pared del pasillo y miro al techo.

La mancha de agua que se extiende por el yeso.

Ocho meses de trabajo. Trescientas pruebas de velocidad, cuarenta entrevistas, una imagen real de lo que le falta a este valle.

Todo guardado en un portátil en una casa con el cableado en mal estado en un pueblo donde llueve así.

—Vale —digo—. Dime a qué me enfrento.

Me mira un momento. Algo cambia en su mirada, como si recalculara.

—Déjame revisarlo bien —dice—. Cuando lo sepa todo, te lo cuento todo.

Me siento en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, y lo observo trabajar.

Un rato después, termina de revisar y se incorpora.

—Recableado completo —dice—. Panel nuevo, cobre en toda la instalación, dejarlo todo según normativa.

Necesito meterme también debajo de la casa, revisar la acometida, pero apostaría a que está subdimensionada.

—Mira el techo—. Lo del tejado es otra cosa, eso es una reparación del vierteaguas, no eléctrica.

Pero el cableado tiene que hacerse antes de que pueda considerar esta casa segura a largo plazo.

Miro el pasillo a nuestro alrededor. Los suelos que restauré. El yeso que reparé. —¿Cuánto?

No responde de inmediato. Me mira con esos ojos pálidos y directos, y tengo la sensación de que me está evaluando sin esperar nada a cambio.

—Hablaremos cuando haya visto todo —dice—. Volveré de día.

Recoge sus herramientas metódicamente. En la puerta se detiene.

—Puedes volver a conectar el interruptor principal. El peligro inmediato está resuelto. Pero no entres en el despacho hasta que lo haya revisado como es debido.

—De acuerdo.

—Descansa un poco.

—Lo haré.

Me mira un instante más de lo necesario. Como si no terminara de creerme. Luego sale bajo la lluvia.