Enamorándome del papi de mi prometido (Padres prohibidos nº 4) Jerome
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Jerome

Tres años después...

Me despierto al amanecer con unos piececitos corriendo por el pasillo y la risa suave de Blair en la cocina. Charlotte se ha despertado temprano otra vez, lo que significa que mi esposa embarazada ya está levantada preparando el desayuno, aunque le insistí en que durmiera hasta tarde.

A estas alturas, probablemente debería acusar los años. Sin embargo, me siento mejor que en mucho tiempo. Tener una familia de verdad me ha dado una energía que no sabía que tenía.

—¡Papi! —la voz de Charlotte resuena escaleras arriba, exigente como solo puede serlo una niña de dos años—. ¡Papi, ven a ver!

Me pongo unos pantalones de chándal y bajo las escaleras para encontrar a mi hija de pie en un taburete de la cocina junto a Blair, «ayudando» a cascar huevos. Hay más cáscara que huevo en el bol, pero Blair recoge los trozos con paciencia.

—Buenos días, princesa —digo, dejando un beso en los rizos oscuros de Charlotte. Tiene el pelo de Blair y mis ojos, y ya ha aprendido que puede conseguir cualquier cosa de mí con una sonrisa.

—¡Estoy haciendo el desayuno! —anuncia Charlotte, sosteniendo una cáscara de huevo—. ¡Mamá me está enseñando!

—Ya lo veo —me coloco detrás de Blair y poso las manos sobre su barriga de seis meses—. ¿Y cómo están mis otras niñas esta mañana?

—Estamos bien —dice Blair, recostándose contra mi pecho—. Aunque esta me tuvo despierta media noche con su gimnasia.

—Es activa como su hermana —le doy un beso en el cuello a Blair—. La Dra. Hartwell dijo que eso es bueno.

—Eso lo dices porque a ti no te dan patadas en las costillas.

Charlotte Rose St. John llegó después de dieciocho horas de parto que casi me mataron de preocupación.

Ver a Blair sufriendo, sin poder hacer nada...

nunca me había sentido tan impotente. Pero cuando Charlotte por fin salió, llorando a pleno pulmón y preciosa, entendí lo que es el amor a primera vista.

Ahora tiene dos años y medio, es intrépida y testaruda y está completamente mimada. Tiene su propia sala de juegos, más juguetes que unos grandes almacenes, y a sus dos padres comiendo de su mano.

—¡Papi, arriba! —exige Charlotte, levantando los brazos.

La cojo en brazos, apoyándola en mi cadera.

—¿Qué estamos haciendo, cariño?

—¡Tortitas! ¡Con arándanos! ¡Y beicon! ¡Y zumo! —Charlotte ha heredado de Blair el entusiasmo por la comida. Mi esposa se ha convertido en una cocinera increíble, y a Charlotte le encanta ayudar en la cocina.

—Suena maravilloso —cruzo una mirada con Blair por encima de la cabeza de Charlotte—. ¿Qué puedo hacer?

—Mantenla entretenida mientras termino las tortitas —Blair sonríe con satisfacción—. Lleva preguntando por ti desde que se despertó.

Este es mi momento favorito: el caos matutino con mi familia, Charlotte parloteando, Blair radiante con el embarazo, todos juntos. Los negocios pueden esperar. Los acuerdos inmobiliarios pueden esperar. Nada es más importante que esto.

—Papi, ¿quieres ver mi dibujo? —Charlotte se retuerce para que la baje y corre a buscar un papel cubierto de garabatos.

—¿Qué es, princesa?

—¡Nuestra familia! —Charlotte señala las marcas de colores—. ¡Ese eres tú, esa es mamá, esa soy yo y esa es la hermanita!

El dibujo es completamente abstracto, pero el orgullo de Charlotte lo convierte en un tesoro.

—Es precioso. Deberíamos ponerlo en la nevera.

—¿De verdad?

—De verdad. El mejor retrato familiar que he visto en mi vida.

Blair me mira y articula con los labios «blando». Tiene razón. Me he ablandado desde que volví a ser padre. Pero ver a Charlotte descubrir el mundo, ver cómo se forma su personalidad, sentir su amor... me ha cambiado.

—Jerome —dice Blair mientras sirve las tortitas—, Charlotte tiene algo que preguntarte.

De repente, mi hija parece tímida, lo cual es raro en ella.

—Papi, ¿puedo tener un poni?

Reprimo una sonrisa.

—¿Un poni?

—La mamá de Emily le compró un poni por su cumpleaños. Yo también quiero uno.

Emily es la mejor amiga de Charlotte en el grupo de juego, otra princesita cuyos padres le dan todo. La rivalidad entre padres en nuestro círculo es feroz, pero yo voy ganando.

—Los ponis son una gran responsabilidad, princesa. Necesitan muchos cuidados.

—¡Lo cuidaré bien! ¡Lo prometo! Por favor, papi.

Blair me lanza una mirada de advertencia. Hemos hablado de esto: Charlotte es demasiado pequeña para un poni, y nuestra finca no está preparada para caballos. Pero al ver los ojos esperanzados de mi hija, ya estoy calculando lo rápido que podría hacerlo realidad.

—Ya veremos —digo, lo que en la mente de Charlotte equivale a un sí.

—¡Bien! ¡Gracias, papi! —Charlotte me abraza las piernas, y estoy perdido. Lo que mi princesa quiera, lo consigue. Blair lo sabe, Charlotte lo sabe, y yo he dejado de fingir lo contrario.

Después del desayuno, me dirijo a mi despacho mientras Blair lleva a Charlotte al parque. Trabajar desde casa varios días a la semana fue idea de Blair: quería que estuviera presente en la infancia de Charlotte como no lo estuve con Bobby.

La comparación con Bobby es inevitable. Ahora está labrándose una carrera de éxito en Houston. Nos escribimos de vez en cuando. Sale con alguien en serio, parece realmente feliz. La distancia nos ha venido bien a todos.

Pero con Charlotte, todo es diferente. Soy mayor, más paciente, consciente de lo rápido que pasa la infancia. No quiero perderme nada.

Mi móvil vibra con un mensaje de Blair: Charlotte se ha quedado dormida en el cochecito. Me paso por la tienda de bebés a mirar cunas.

Sonrío y le contesto: Compra lo que quieras. El dinero no es problema tratándose de nuestras niñas.

La respuesta es inmediata: Dices eso de todo.

Porque es verdad, respondo. Tú y nuestras hijas valéis todo lo que tengo.

***

Para el mediodía, ya he cerrado varias adquisiciones de propiedades y revisado contratos para un proyecto urbanístico en el centro. Mi imperio no ha dejado de crecer desde que nació Charlotte: el éxito atrae más éxito, y tener una familia me motiva aún más.

Pero la verdadera alegría llega cuando oigo que se abre la puerta principal y la voz de Charlotte que me llama.

—¡Papá! ¡Compramos cosas para la hermanita!

Las encuentro en el vestíbulo: Charlotte da saltitos de emoción mientras Blair dirige a Neilson y a los repartidores que traen los paquetes.

—¿Qué habéis comprado? —pregunto, divertido. Blair tiene un gusto excelente, y nuestras hijas merecen lo mejor.

—Ropa de cama nueva para la cuna, algo de ropa, algunos juguetes.

Blair pone cara de culpabilidad.

—Puede que me haya pasado un poco.

—Enséñamelo todo.

Pasamos la hora siguiente en el cuarto de la bebé mientras Charlotte «ayuda» a desenvolver paquetes. Vestiditos diminutos que me encogen el corazón, mantas suaves, peluches y más. Todo rosa y precioso para nuestra segunda hija.

—¿Cuándo viene la hermanita? —pregunta Charlotte por centésima vez.

—Faltan unos meses todavía, princesa.

—¡Eso es una eternidad!

—Pasará volando —dice Blair, acomodándose en la mecedora—. Antes de que te des cuenta, serás hermana mayor.

—¡Le voy a enseñar todo! ¡A colorear, a jugar con muñecas y a pedirle ponis a papá!

Miro a Blair y sonrío.

—Eso es justo lo que me temía.

Esa noche, después de bañar y acostar a Charlotte, encuentro a Blair en el patio trasero contemplando la puesta de sol. Lleva una de mis camisas sobre unas mallas, con la barriga ya prominente pero preciosa.

—¿Cansada? —pregunto mientras me siento a su lado.

—Agotada. Se me había olvidado lo que consume el embarazo.

Blair se acurruca contra mí.

—Pero es un cansancio bueno. Un cansancio feliz.

—¿Eres feliz? ¿De verdad?

Blair me mira sorprendida.

—Pues claro. ¿A qué viene eso?

—Porque a veces me preocupa que esta vida sea demasiado. La atención mediática, las expectativas, criar a las niñas expuestas al público.

—Jerome, jamás he sido tan feliz.

La voz de Blair suena firme.

—Esta vida, nuestra familia, verte con Charlotte... es todo lo que soñé.

—¿Incluso cuando la gente sigue cuchicheando sobre nuestra diferencia de edad?

—Que cuchicheen. Solo tienen envidia.

Blair me busca la mano.

—Tengo un marido que me adora, una hija que ilumina mi mundo, otra bebé en camino y más amor del que creí posible. ¿De qué me voy a quejar?

Tiene razón. Después de tantos años, sigo sin creerme que Blair me eligiera a mí. Cada mañana me despierto agradeciendo que la traición de Bobby la trajera hasta mi puerta.

—Te quiero —le digo.

—Y yo a ti. Todo tú: el empresario poderoso, el padre entregado, el hombre que todavía me hace sentir la persona más importante del mundo.

—Eres lo más importante de mi vida. Tú y nuestras hijas.

Más tarde, después de hacer el amor con la delicadeza que exige el embarazo, me quedo despierto escuchando la respiración de Blair mientras planeo nuestro futuro.

El fondo educativo de Charlotte ya está en marcha.

El fideicomiso de la nueva bebé estará listo antes de que nazca. Las dos tendrán todas las ventajas.

Y lo más importante: tendrán amor. Amor incondicional y protector de unos padres que se eligieron el uno al otro y que las eligieron a ellas.

El móvil brilla en la mesita de noche: pasada la medianoche. En unas horas, Charlotte estará despierta pidiendo desayuno y tortitas. Blair estará cansada pero radiante, nuestra hija por nacer le dará pataditas en las costillas y yo seré el hombre más afortunado del mundo.

Con una hija pequeña y otra en camino, probablemente debería sentirme desbordado. Sin embargo, me siento completo.

Blair se remueve contra mí y lleva la mano a la barriga. Incluso dormida, protege a nuestras hijas.

—Duerme, cariño —le susurro al oído—. Papá lo tiene todo controlado.

Y así es. El negocio, la casa, la seguridad, el futuro: todo bajo control, exactamente como debe ser.

De la traición de Bobby a la salvación de Blair, de la atracción prohibida a la familia unida. Cada elección, cada riesgo, cada momento de duda nos trajo hasta aquí.

La señora de Jerome St. John y nuestras hijas, a salvo en mis brazos y bajo mi protección.

La historia de amor prohibido se convirtió en una familia unida. Y no cambiaría ni una sola cosa.