Enamorándome del papi de mi prometido (Padres prohibidos nº 4) Blair #2
89%

Blair #2

—Ya lo creo. Pero Blair, en serio —la voz de Selena se vuelve sincera—, nunca te había visto tan feliz. En todos nuestros años de amistad, jamás. Jerome te mira como si fueras lo más maravilloso del mundo.

—Y él me hace sentir que lo soy.

—Bien. Porque te lo mereces —Selena me hace girar juguetona—. Estoy deseando que nuestros bebés sean mejores amigos. Emma va a ser como una hermana mayor genial para el tuyo.

—Crecerán juntos —me doy cuenta—. Nuestros hijos se tendrán el uno al otro.

—Igual que nosotras en la universidad. Solo que ellos tendrán padres mucho mejores que los que nos tocaron a nosotras.

Se me saltan las lágrimas.

—Nunca pensé que tendría esto. Una familia de verdad, una mejor amiga que cruza el país para venir a mi boda, un futuro que parece sólido.

—Te mereces todo eso —dice Selena con firmeza—. Cada pizca de felicidad, cada momento de amor. Y si Jerome la fastidia alguna vez, vendré volando a partirle la cara yo misma.

Me río entre lágrimas.

—Te quiero, Sel.

—Yo también te quiero, Blair. Venga, volvamos antes de que tu marido empiece a hacer surcos en el suelo.

Tal como predijo Selena, Jerome parece inquieto cuando volvemos a la mesa.

—¿Todo bien? —pregunta, levantándose de inmediato para apartarme la silla.

—Perfecto —responde Katherine por mí—. Solo cosas de madres e hijas.

—Y de mejores amigas —añade Selena con una sonrisa—. No te preocupes, Jerome. Ya le he soltado el discurso de «más te vale tratar bien a mi chica».

El gesto de Jerome se suaviza al oírlas.

—Gracias —les dice a las dos en voz baja—. Por estar aquí para ella. Por ser lo que necesita.

—Es un placer. Blair es muy fácil de querer —dice Katherine.

—Además, voy a ser la tía Selena de vuestro bebé —añade Selena, acomodándose de nuevo en su silla—. Ya estoy organizando quedadas para jugar.

A medida que avanza la velada, tanto Katherine como Selena se aseguran de que esté cómoda.

Katherine me trae agua y me protege de las preguntas demasiado personales de otros invitados, mientras que Selena me hace reír con comentarios susurrados sobre los demás invitados y anécdotas sobre las últimas travesuras de Emma.

—Guardemos el lanzamiento del ramo para el fotógrafo —sugiere Katherine cuando llega el momento—. Blair, ponte aquí, la luz es perfecta.

—¡Espera! —Selena se levanta de un salto y saca el móvil—. Necesito hacer fotos para el álbum de Emma. Va a querer ver a mamá en la boda de la tía Blair.

Orquesta el momento como la amiga experimentada que es, pendiente de que todo sea perfecto mientras Katherine se encarga de que el fotógrafo profesional lo capture todo.

Cuando llega el momento de cortar la tarta, ambas están allí: Katherine con una servilleta para proteger mi vestido, Selena con el móvil grabando cada momento.

—Pide un deseo —dice Jerome mientras colocamos el cuchillo juntos, con sus manos sobre las mías.

Cierro los ojos y deseo exactamente lo que tengo: una vida de felicidad con el hombre que amo, hijos sanos, una familia construida sobre los cimientos de lo que compartimos. Y que Katherine y Selena sigan formando parte de nuestras vidas, la familia que he elegido y que me ha elegido a mí.

Cuando abro los ojos, Jerome me observa con una expresión tan tierna que me deja sin aliento.

—¿Qué has pedido? —pregunta en voz baja.

—Familia —digo, mirando a Katherine y Selena, que nos observan llenas de orgullo—. Siempre familia.

Cortamos el primer trozo juntos, y cuando Jerome me acerca un bocado a los labios, es delicado, con cuidado de no estropearme el maquillaje. Cuando le devuelvo el favor, no puedo evitar lamerme un poco de glaseado del dedo, y los ojos de Jerome se oscurecen por completo.

—Se acabó —gruñe en voz baja—. Nos vamos. Ahora.

—Pero los invitados...

—Los invitados entenderán que necesito llevarme a mi esposa a casa y consumar nuestro matrimonio como es debido.

Katherine aparece a mi lado como si hubiera estado esperando este momento, con Selena justo detrás.

—No te preocupes, cariño. Me aseguraré de que todos lleguen a casa sanos y salvos y de que quede todo arreglado con los proveedores —dice Katherine mientras nos ayuda con los abrigos.

—Y yo ayudaré a Katherine —añade Selena con una sonrisa—. Además, tengo que volver al hotel de todos modos. David está con Emma, pero pronto le tocará comer.

—No tenéis por qué...

—Para eso estamos las madres —dice Katherine con firmeza.

—Y las mejores amigas —añade Selena, estrechándome en un fuerte abrazo—. Venga, idos ya. Tu marido está que no puede más de ganas de tenerte a solas.

Katherine me abraza a continuación y me susurra al oído:

—Sé feliz, cariño. Te mereces todo esto.

—Gracias —les susurro a las dos—. Por ser mi familia.

—Siempre —promete Katherine.

—Para siempre —añade Selena.

Mientras Jerome y yo nos dirigimos hacia la salida, miro atrás una vez y veo a Katherine y Selena ya en plena faena, dando instrucciones a los proveedores y despidiéndose de los invitados. Mi familia elegida, encargándose de todo para que pueda empezar mi vida de casada.

Nunca me he sentido tan querida.

Jerome se despide con rapidez y eficacia, pero puedo ver el deseo apenas contenido en sus ojos, cómo le tiemblan ligeramente las manos cuando me toca.

—El coche les espera —nos informa Neilson con discreción.

—Gracias por todo —le digo con sinceridad—. El día ha sido perfecto.

—Ha sido un placer, señora St. John. No conozco a ninguna pareja que merezca más esta felicidad.

—Ambos la merecemos —dice Jerome con firmeza, estrechándome con el brazo.

***

El viaje a casa transcurre envuelto en tensión y expectación. Jerome se sienta tan cerca que puedo sentir su calor, con la mano posesiva sobre mi muslo, pero no me toca más. Contenerse le está costando; lo veo en la rigidez de sus hombros, en la tensión de su mandíbula.

—¿Te arrepientes de haberte casado con un hombre de cincuenta años? —pregunta Jerome en voz baja.

—Jamás —me giro para mirarlo de frente—. ¿Y tú? ¿Te arrepientes de haberte casado con alguien de mi edad?

—No eres una niña, Blair. Eres una mujer. Mi mujer. Mi esposa —la voz de Jerome suena ronca de deseo—. Y nunca he estado más seguro de nada en mi vida.

—Bien. Porque ahora no te libras de mí.

—Encantado. Para siempre.

Cuando llegamos a casa, Jerome despide al conductor y me lleva en brazos hasta la puerta principal, pese a mis protestas entre risas.

—Puedo caminar, ¿sabes?

—Hoy no. Hoy cruzo el umbral de nuestro hogar con mi esposa en brazos —la sonrisa de Jerome es feroz mientras abre la puerta—. Hoy reclamo lo que es mío como es debido.

Dentro, me deposita con delicadeza en el vestíbulo, pero sus manos permanecen en mi cintura.

—Hola, señora St. John —dice en voz baja.

—Hola, marido.

—¿Qué se siente? ¿Estar casada?

—Como llegar a casa —alzo la mano para acariciarle el rostro—. Como si todo por fin tuviera sentido.

Los ojos de Jerome arden de intensidad.

—Voy a pasarme el resto de mi vida asegurándome de que nunca te arrepientas de haberme elegido.

—Jamás podría arrepentirme de esto. Jamás me arrepentiría de ti.

—Bien. —Las manos de Jerome van hacia mi cabello y retiran con cuidado los pasadores que quedan—. Porque ahora eres mía para siempre. Legal, oficial, completamente mía.

Sus palabras posesivas, junto con la delicadeza de sus caricias, me derriten.

—Muéstrame lo que significa eso.

El control de Jerome se quiebra por fin. Su boca cae sobre la mía, desesperada y hambrienta, y toda la contención que ha mostrado esta noche estalla entre nosotros. Me derrito contra él, con las manos aferradas a su chaqueta mientras me acorrala contra la pared.

—Mía —gruñe contra mis labios—. Mi esposa, mi mujer, mía para amar, proteger y follar cuando me dé la gana.

—Sí —susurro—. Siempre sí.

Las manos de Jerome buscan la cremallera de mi vestido y la bajan lentamente.

—He estado pensando en esto todo el día. En quitarte este precioso vestido y adorar como se merece el cuerpo de mi esposa.

El vestido cae a mis pies y quedo en lencería de encaje blanco que Jerome eligió expresamente para esta noche. Su mirada me recorre como una caricia.

—Joder, qué hermosa eres. Mi esposa perfecta.

—Te toca —digo mientras le alcanzo la corbata.

Lo desvisto despacio, con mimo, disfrutando de cada centímetro de su cuerpo que voy descubriendo. Jerome es magnífico: hombros anchos, cintura esbelta, vello plateado en el pecho que le da un aire distinguido incluso desnudo.

Cuando los dos estamos desnudos, Jerome me levanta en brazos y me lleva escaleras arriba a nuestro dormitorio. Hay pétalos de rosa esparcidos sobre las sábanas de seda, velas titilando por toda la habitación: Neilson debe de haberlo preparado todo mientras estábamos en la recepción.

—Perfecto —murmura Jerome mientras me deposita en la cama—. Todo es perfecto.

—Tú eres perfecto —le digo, y tiro de él para darle otro beso.

Jerome me adora despacio, con minuciosidad; sus manos y su boca van conquistando cada centímetro de mi cuerpo. Presta especial atención a mis pechos, que ya están más sensibles por el embarazo.

—Estas preciosas tetas van a crecer más —murmura contra mi piel—. Se van a llenar de leche para nuestro bebé. Estoy deseando ver cómo cambia tu cuerpo, verte cada vez más redondita con mi hijo dentro.

—Papi —jadeo, arqueándome hacia sus caricias.

—Eso es, nena. Papi va a cuidar muy bien de su esposa embarazada.

Jerome va bajando por mi cuerpo, dejando besos tiernos en mi vientre, donde crece nuestro hijo.

—Mi bebé está ahí dentro —dice maravillado—. Nuestro bebé.