Keira
El viaje de regreso a Chicago se siente como caminar hacia mi propia ejecución. La mano de Cole descansa sobre mi muslo mientras conduce mi coche de vuelta a la ciudad, firme y reconfortante, pero puedo ver la tensión en su mandíbula, los nudillos blancos sobre el volante.
—No tenemos que hacer esto esta noche —dice por tercera vez al cruzar a Illinois—. Podríamos esperar hasta que...
—¿Hasta cuándo? —lo interrumpo—. ¿Hasta que se me note? ¿Hasta que alguien lo descubra? No, Cole. Vamos a hacer esto ahora, mientras podamos controlar cómo se enteran.
Asiente, pero puedo sentir su reticencia. Ninguno de los dos espera con ansias la explosión que se avecina, pero escondernos ya no es una opción. No cuando estoy esperando un hijo suyo.
—¿Y si nunca nos perdonan? —pregunto en voz baja, expresando el miedo que me ha estado carcomiendo durante horas.
—Entonces construiremos nuestra propia familia —dice con firmeza—. Tú, yo y este bebé. Será suficiente.
Pero puedo oír el dolor en su voz. Nathan lo es todo para él, y la idea de perder a su hijo por esto lo está matando. Igual que la idea de perder a papá me está matando a mí.
Para cuando llegamos a mi barrio, tengo el estómago hecho un nudo. Decidimos decírselo esta noche, a todos juntos, en lugar de alargarlo. Papá, Brooke y Nathan esperan una cena familiar normal; no tienen idea de que Cole y yo hemos estado juntos todo el día, ni de lo que se avecina.
No tienen idea de lo que se avecina.
—¿Lista? —pregunta Cole mientras esperamos en su camioneta frente a la casa de papá. Todas las ventanas están iluminadas, cálidas y acogedoras, como una pintura de Norman Rockwell de una cena familiar. En veinte minutos, esa escena pacífica quedará destruida.
—No —admito—. Pero hagámoslo de todos modos.
Cole rodea la camioneta para ayudarme a bajar, y por un momento nos quedamos ahí, tomados de la mano en el camino de entrada, como si estuviéramos a punto de enfrentarnos a un pelotón de fusilamiento.
—Te quiero —dice en voz baja.
—Yo también te quiero.
Caminamos juntos hacia la puerta principal y uso mi llave para entrar. El olor del asado de Brooke llena la casa, y puedo oír voces en la cocina. Sonidos familiares normales. Los que estoy a punto de destruir.
—¿Keira? —me llama papá, sorprendido—. Pensé que estabas con una amiga hoy.
Aparecemos juntos en la entrada de la cocina, y la confusión en sus rostros es inmediata. Papá sostiene una botella de vino, Brooke tiene un paño de cocina en las manos y Nathan está poniendo la mesa. Todos se quedan paralizados al vernos.
—¿Cole? —Nathan nos mira alternativamente, desconcertado—. ¿Cuándo volviste de Indiana? Pensé que no vendrías hasta la semana que viene. ¿Y por qué estás...? —su voz se apaga cuando nota lo cerca que estamos el uno del otro, que hemos entrado juntos.
—Necesitamos hablar con todos vosotros —digo, con la voz más temblorosa de lo que pretendía—. Sobre algo importante.
Algo en mi tono hace que papá levante la vista del vino, la botella aún en la mano. —¿Todo bien?
—Deberíamos sentarnos —digo con voz temblorosa.
Brooke se acerca a mí de inmediato, con el rostro arrugado de preocupación. —Cariño, estás pálida. ¿Te encuentras bien?
La ironía sería graciosa si no estuviera a punto de romperle el corazón. —Estoy bien. Solo... tenemos algo que deciros a todos. Algo importante.
La charla alegre muere por completo. Papá deja la botella de vino, Brooke abandona los panecillos y Nathan se detiene a mitad de movimiento con los tenedores aún en las manos. El silencio es ensordecedor.
—Esto suena serio —dice papá, y ya hay una nota de cautela en su voz.
—Lo es —la mano de Cole busca la mía y la aprieta suavemente—. Deberíamos sentarnos.
Nos movemos hacia el salón como si camináramos bajo el agua. Papá y Brooke se sientan en el sofá, Nathan ocupa la silla junto a la ventana, y Cole y yo nos sentamos en el sofá de dos plazas frente a ellos. La distancia física resulta simbólica: nosotros contra ellos.
—Muy bien —dice papá cuando todos estamos acomodados—. ¿Qué está pasando?
Miro a Cole, y él asiente. Acordamos que yo debería empezar, ya que soy la hija de papá.
—No hay manera fácil de decir esto —comienzo, con el corazón latiéndome tan fuerte que estoy segura de que todos pueden oírlo—. Cole y yo... estamos juntos. Estamos enamorados.
Las palabras quedan suspendidas en el aire como una bomba a punto de explotar. Por un momento, nadie se mueve. Nadie respira.
Entonces Nathan se ríe, un sonido corto y confundido. —¿Juntos? ¿Qué quieres decir con juntos?
—Queremos decir que estamos en una relación —dice Cole en voz baja—. Una relación romántica.
La risa muere en los labios de Nathan. El rostro de Brooke se vuelve completamente blanco. La expresión de papá cambia de confusión a algo más oscuro.
—¿Cuánto tiempo? —la voz de papá es mortalmente tranquila.
—Desde la boda —susurro.
—La boda —repite las palabras como si le supieran amargas—. Desde la boda. Nos habéis estado mintiendo durante semanas.
—Papá...
—¿Cuánto tiempo llevas acostándote con mi hija, Cole? —la pregunta sale como un gruñido.
Cole no se inmuta. —Desde la boda en Cabo.
Ahí es cuando Nathan explota. —¿Me estás jodiendo? —se pone de pie, con el rostro enrojecido de ira y traición—. ¿Te has estado tirando a mi nueva hermana? ¡Tiene veintitrés años, papá! ¿Qué coño te pasa?
—Nathan... —comienza Cole.
—¡No! —la voz de Nathan se quiebra—. ¡No te atrevas a intentar explicar esto! ¡Es mi hermana, y tú... eres mi padre! ¿Cómo has podido hacerle esto a nuestra familia?
El dolor en su voz me oprime el pecho. Esto es exactamente lo que temía: ver sufrir a quienes amamos por nuestras decisiones.
—Ella no es tu hermana —dice Cole con firmeza—. No hay lazos de sangre ni legales. Somos dos adultos que se enamoraron.
—¿Enamorarse? —Brooke habla por fin, con voz hueca—. ¿A esto le llamas amor? ¿Andar escondiéndose a nuestras espaldas? ¿Mentir a todos los que se preocupan por vosotros?
—Nunca quisimos que pasara —digo desesperada—. Simplemente... pasó. Intentamos alejarnos, pero no pudimos.
—¿Así que decidisteis destrozar nuestra familia? —La voz de papá se vuelve más fuerte, más peligrosa—. ¿Destruir todo lo que hemos construido?
—No estamos destruyendo nada.
—¡Y tanto que sí! —Papá se levanta de golpe, y veo cómo la rabia se acumula en su rostro—.
Cole, confié en ti. Te abrí las puertas de mi hogar, de mi familia.
Pensé que eras un buen hombre, alguien que sería una influencia positiva para mi hija.
Y en vez de eso, te has estado aprovechando de ella todo este tiempo.
—No me aproveché de ella —dice Cole, poniéndose en pie para enfrentarlo—. La amo.
—¿Amarla? —La voz de papá destila desprecio—. ¿Qué diría su madre de esto? ¿Qué pensaría al ver que su hija está tirando su vida por la borda?
La mención de mamá me hace estremecerme, pero Cole se interpone entre nosotros, protegiéndome.
—No la pagues con ella. Si estás enfadado, enfádate conmigo.
—Claro que estoy enfadado contigo —gruñe papá—. Estoy jodidamente furioso. Pero es mi hija, y no pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo arruina su vida por una crisis de los cuarenta.
—No es una crisis de los cuarenta —digo, poniéndome en pie aunque me tiemblan las piernas—. Y no estoy tirando mi vida por la borda.
—Crees que lo amas —dice Brooke, con lágrimas rodándole por las mejillas—. Pero cariño, esto no es sano. La diferencia de edad, el vínculo familiar...
—Ya está acabando mal —dice Nathan con amargura—. Míranos. Se supone que somos una familia, y ahora... ahora ni siquiera sé qué somos.
El dolor en su voz me rompe por dentro.
—Nathan, por favor. Eres como un hermano para mí. Eso no tiene por qué cambiar.
—¿Que no tiene por qué cambiar? —Me mira como si hubiera perdido la cabeza—. ¡Te estás tirando a mi padre, Keira! ¿Cómo coño quieres que supere eso?
—Modera el vocabulario, Nathan —dice Brooke por inercia, aunque sin convicción.
—No, déjalo —dice Cole en voz baja—. Tiene todo el derecho a estar enfadado.
—¡Ya lo creo que lo tengo! —Nathan se vuelve hacia su padre—. ¿Cómo has podido hacer esto? ¿A mí? ¿A ellos? ¿A todos nosotros?
—Porque la amo —responde Cole con sencillez—. Porque merece la pena perderlo todo con tal de tenerla.
Sus palabras enfurecen aún más a papá.
—Bastardo egoísta. ¿Serías capaz de destruir nuestra familia solo por satisfacer tus deseos?
—Hay algo más —digo deprisa, antes de que papá estalle del todo—. Algo más que tenemos que contaros.
La habitación queda en silencio absoluto. La mano de Cole busca la mía de nuevo, y su contacto me da fuerzas.
—¿Qué más? —susurra Brooke, como si temiera oír la respuesta.
Respiro hondo, sabiendo que esto será la puntilla.
—Estoy embarazada.
El silencio que sigue es ensordecedor. Oigo el tictac del reloj en la repisa de la chimenea, el zumbido de la nevera en la cocina, los latidos de mi propio corazón retumbándome en los oídos.
Y entonces papá explota.
—¡Hijo de puta! —Se abalanza hacia delante, y antes de que nadie pueda reaccionar, su puño impacta en la mandíbula de Cole con un crujido repugnante.
Cole se tambalea hacia atrás pero no cae; la sangre le gotea del labio partido. No levanta las manos para defenderse, no contraataca, simplemente se queda ahí y lo encaja.
—¡Papá, para! —grito, pero ya está echando el brazo hacia atrás para asestar otro golpe.
Nathan salta entre ellos y agarra a papá de los brazos.
—¡Jack, no! ¡Para!
—¡Suéltame! —Papá forcejea contra Nathan, con el rostro amoratado de rabia—. ¡Déjame matar a este cabrón!
—¡Papá, por favor! —Me lanzo entre ellos y me planto frente a mi padre con los brazos extendidos—. ¡Para! ¡Por favor!
Por un momento, parece que papá podría apartarme de un empujón para llegar a Cole. Pero entonces ve las lágrimas que me corren por la cara, y parte de la rabia parece abandonarlo.
—¿Cómo has podido? —pregunta con la voz rota—. ¿Cómo has podido hacerte esto? ¿Hacernos esto?
—Porque lo amo —susurro—. Vamos a tener un hijo, y necesito que intentes entenderlo.
—¿Entender? —La risa de papá es amarga—. Estás embarazada de un hombre en quien confiaba. Un hombre al que consideraba de la familia.
—Jack —Cole habla por primera vez desde el puñetazo, con la voz pastosa por el labio hinchado—. Sé que ahora mismo me odias. Sé que quieres matarme. Pero amo a tu hija, y voy a cuidar de ella y de nuestro hijo lo apruebes o no.
—Nuestro hijo —repite papá, como si las palabras fueran veneno—. Dios santo, Keira. ¿Qué has hecho?
—Me he enamorado —digo con firmeza, secándome los ojos—. Me he enamorado de un buen hombre que me trata como a un tesoro, que me hace sentir viva como nunca imaginé que fuera posible. Y sí, vamos a tener un hijo, y no podría ser más feliz.
—No puedes estar... —papá me mira como si fuera una desconocida—. Tú no eres así, Keira. Esta no es la chica responsable e inteligente que crié. No reconozco a la persona que tengo delante.
Sus palabras me hieren.
—Sigo siendo yo, papá. Sigo siendo tu hija.
—Mi hija no destruiría su vida así —dice con frialdad—. Mi hija no destrozaría a su familia por una aventura con un hombre mayor.
—Entonces quizás nunca conociste a tu hija tan bien como pensabas —dice Cole en voz baja, con un tono acerado a pesar de la sangre en el labio.
Papá se vuelve hacia él de nuevo, pero Nathan lo sujeta con más fuerza.
—¿Quieres golpearme otra vez, Jack? Adelante. Pero no cambiará nada. Amo a tu hija, ella me ama, y vamos a tener un bebé juntos. Eso no va a desaparecer por mucho que me golpees.
—Fuera —dice papá con voz mortalmente serena—. Los dos. Fuera de mi casa y no volváis.
—Jack... —empieza Brooke.
—No —la interrumpe—. No los quiero en mi casa. No voy a fingir que esto está bien. ¿Queréis destruir nuestra familia? Muy bien. Pero hacedlo en otro sitio.
El tono definitivo de su voz hace que me flaqueen las rodillas.
—Papá, por favor.
—No —levanta una mano, y veo lágrimas en sus ojos—. Solo... no. Vete con él, Keira. Vete con el hombre que es más importante para ti que tu familia.
Miro a mi alrededor: a Brooke llorando en silencio en el sofá, a Nathan con el rostro convertido en una máscara de dolor y traición, a papá que ya ni siquiera me mira. Esta es mi familia, y los he perdido a todos en diez minutos.
—Vamos —dice Cole en voz baja, posando suavemente la mano en mi codo—. Vámonos.
Quiero luchar, quiero hacerles entender, pero veo que es inútil. No esta noche. Quizás nunca.
Cole me guía hacia la puerta, rodeándome la cintura con el brazo mientras tiemblo entre sollozos silenciosos. En el umbral, me vuelvo una última vez.
—Os quiero a todos —susurro—. Y espero que algún día podáis perdonarnos por elegir el amor.
Nadie responde. Nadie nos mira siquiera.
Y entonces estamos fuera, en el aire frío de la noche, solos y juntos, sin más camino que seguir adelante.