Enamorándome del papi de mi ex (Padres prohibidos nº 1) Arturo
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Arturo

La corbata negra cuelga entre mis dedos, la seda atrapa la luz de la mañana mientras pienso en la velada que se avecina.

Después de casi tres décadas en el mundo de la arquitectura, sigo detestando estas galas benéficas pretenciosas.

Pero esta noche tiene un propósito mayor que la mera obligación profesional.

Esta noche presentaré a Jeanne ante mi círculo profesional como algo más que la exnovia de mi hijo. Como mi pareja.

Me paso la corbata alrededor del cuello; la memoria muscular guía mis dedos en el nudo Windsor perfecto que he hecho miles de veces. En el espejo, veo a Jeanne salir del baño, envuelta en una toalla, su esbelta figura apenas cubierta, el cabello rubio miel oscurecido por el agua.

—¿Nervioso? —pregunta al ver mi reflejo.

—Estratégico —corrijo mientras ajusto el nudo con precisión—. Decidiendo qué batallas merecen librarse esta noche.

Se coloca detrás de mí y desliza sus pequeñas manos alrededor de mi cintura en un gesto cuya intimidad casual todavía me sorprende. Apoya la barbilla en mi omóplato; su calor atraviesa el fino tejido de mi camisa.

—¿Debería preocuparme? —La pregunta encierra más de lo que sugiere el evento de esta noche.

Me vuelvo hacia ella y le levanto la barbilla con suave presión.

—No preocupada. Preparada. El mundillo de la arquitectura vive de los chismes casi tanto como del diseño.

—Y yo soy todo un tema de cotilleo —dice con una sonrisa más irónica que amarga—. El escándalo asaltacunas de la temporada.

—Te subestimas —recorro con el dedo la delicada línea de su clavícula, aún húmeda de la ducha—. Tu talento eclipsará enseguida cualquier curiosidad inicial sobre nuestra relación.

Sus ojos buscan los míos y encuentran en ellos tranquilidad.

—Espero que tengas razón.

—Suelo tenerla —la seguridad de mi tono la hace reír y rompe la tensión—. Ponte el vestido burdeos. El del escote discreto y la cintura ceñida.

—¿Ahora controlas mi vestuario? —arquea una ceja, desafío y diversión a partes iguales.

—Sugiero un atuendo que te presente como una igual sofisticada, no como un trofeo —le doy un beso en la frente—. Aunque estarías igual de deslumbrante con cualquier cosa.

Se aleja y se dirige al armario, que cada vez contiene más ropa suya junto a la mía. La evolución doméstica sucede poco a poco, casi sin que me dé cuenta, a medida que ella ocupa más espacio en mi hogar. En mi vida.

El móvil vibra con una llamada. David Chen, mi socio desde hace quince años, aparece en la pantalla.

—Tengo que coger esto —le digo a Jeanne, que asiente y desaparece en el vestidor.

—David —respondo mientras salgo al balcón en busca de privacidad.

—Arturo —su voz tiene esa neutralidad calculada que adopta cuando trae malas noticias—. Tenemos que hablar de la gala de esta noche.

Cierro la puerta del balcón a mi espalda; el aire fresco de la tarde contrasta con el calor del dormitorio.

—¿Qué pasa?

—Me han llegado rumores de varios miembros de la junta —hace una pausa y elige las palabras con una cautela impropia de él—. Sobre tu vida personal.

—Ah —me apoyo en la barandilla; las luces de la ciudad se extienden a mis pies como diamantes dispersos—. George ha estado ocupado.

—Tu hijo parece empeñado en airear ciertos hechos —otra pausa—. En particular, tu relación con su antigua novia.

—Exnovia —corrijo de forma automática—. Él la dejó antes de que surgiera nada entre Jeanne y yo.

—Esa distinción importa poco en el cotilleo, ya lo sabes —su suspiro llega a través del teléfono—. El comité del proyecto Blackburn ha expresado su incomodidad.

Una oleada de calor me recorre, sofocada enseguida gracias a décadas de autocontrol.

—Que mi vida personal les incomode no tiene nada que ver con mi competencia profesional.

—En teoría, no. En la práctica... —deja la frase en el aire—. Considera esta noche una oportunidad crucial para cuidar las apariencias. Quizá sería prudente mantener cierta distancia profesional de la señorita Case.

—No —la respuesta sale sin vacilar—. No voy a fingir que nuestra relación no existe para contentar a moralistas trasnochados.

—Arturo —su voz se endurece, ese tono autoritario que solo emplea en situaciones graves—. Blackburn representa treinta millones en contratos potenciales. Tus principios personales pueden salirnos muy caros.

—Entonces buscaremos clientes que valoren nuestro trabajo por encima de la moral de la prensa rosa —me yergo, con la decisión ya tomada—. Jeanne asiste como mi pareja esta noche. Quien se sienta incómodo con esa realidad puede llevarse su dinero a otra parte.

El silencio se prolonga entre nosotros; David sopesa más argumentos contra mi notoria terquedad.

—Muy bien —su resignación confirma la retirada estratégica—. Pero prepárate para conversaciones difíciles.

—Siempre lo hago.

Cuelgo y me guardo el móvil mientras me vuelvo. Jeanne está en la puerta; el vestido burdeos abraza sus curvas en líneas elegantes que realzan su gracia natural.

—¿Cómo de malo será? —pregunta, lo que confirma que ha oído al menos parte de la conversación.

—Manejable —me acerco a ella y aprecio cómo el color del vestido aporta calidez a su tez—. Aunque, por lo visto, mi hijo sigue con su campaña contra nosotros.

Alza la mano para enderezarme la corbata, ya perfecta; el pequeño gesto doméstico aún es lo bastante nuevo como para llamarme la atención.

—¿Deberíamos llegar por separado? No quiero perjudicar tu negocio.

Su ofrecimiento desinteresado, tan propio de ella, fortalece mi determinación en lugar de debilitarla.

—Ni hablar. Llegamos juntos, como pareja. Mi negocio ha resistido amenazas mucho peores que unos cuantos cuchicheos.

Me estudia con esos ojos perspicaces que no se pierden nada.

—¿Estás seguro?

—Protejo lo que importa —le digo mientras le enmarco el rostro entre las manos—. El negocio importa. Tú importas más.

Su sonrisa le transforma el rostro. Se pone de puntillas y me da un beso en los labios, casto a pesar del deseo que siempre arde a fuego lento entre nosotros.

—Entonces hagamos una entrada que no olviden —dice, irguiéndose con renovada confianza.

Me invade el orgullo ante su valentía. En las semanas que han pasado desde que empezó nuestra relación, la he visto transformarse de chica insegura en mujer segura de sí misma. Quizá sea mi influencia, pero la fortaleza interior es solo suya.

Las arañas de cristal y las columnas de mármol rezuman abolengo en la gala del Hotel Weston. Guío a Jeanne entre la multitud con la mano en su espalda, mientras las cabezas se vuelven y las conversaciones se interrumpen.

—Deja de parecer tan asustada —murmuro—. Este es tu sitio.

—Nada grita «encajo aquí» como ser la más joven con diferencia de décadas.

—La segunda más joven. Y bastante más interesante que la mayoría.

David se acerca, con una tensión evidente pese a su sonrisa.

—Arturo. Y la señorita Case.

—Jeanne, por favor —le estrecha la mano con seguridad—. Su proyecto Green River es magnífico. La plataforma de observación en voladizo tuvo que plantear retos estructurales fascinantes.

David parpadea, claramente sin esperarse que ella supiera de arquitectura.

—En efecto. Reforzamos los soportes con un armazón de titanio.

—Sin perder la ligereza visual. Una solución elegante.

Me invade el orgullo mientras David la reevalúa con renovado interés. La conversación fluye con naturalidad; Jeanne se mantiene firme sin necesidad de mi intervención.

Circulamos estratégicamente. Las mujeres mayores estudian a Jeanne con un juicio apenas disimulado; las esposas más jóvenes intercambian miradas, convencidas de que es una cazafortunas. Pese a todo, Jeanne mantiene una compostura admirable.

—Blackburn se acerca —advierte David—. Bastante alterado por los últimos acontecimientos.

Le aprieto suavemente la cintura a Jeanne.

—El cliente que mencioné. Prepárate.

Blackburn nos alcanza, aferrando el martini con fuerza.

—Arturo. Sorprendido de verte esta noche.

—James. Permíteme presentarte a Jeanne Case, diseñadora consumada y mi pareja.

Ignora mi mano, con los ojos fijos en Jeanne.

—Pareja. Terminología interesante para robar cunas.

La ira me atraviesa, aunque la contengo con cuidado. Jeanne se tensa, pero mantiene la compostura.

—Señor Blackburn —le ofrece la mano pese a su grosería—. He admirado su compromiso con los materiales sostenibles. Bastante progresista para alguien de su generación.

El cumplido envenenado da en el blanco. Entrecierra los ojos.

—Prefiero los valores tradicionales junto con materiales progresistas.

—Yo valoro la integridad, la innovación y la autenticidad —contraataco.

—¿Integridad? —casi escupe la palabra—. ¿Así es como llamas a seducir a la novia de tu hijo?

Jeanne da un paso adelante.

—Exnovia, en realidad. Una condición que George dejó clara antes de que surgiera nada entre nosotros. Y tengo veintiún años, perfectamente capaz de tomar mis propias decisiones.

—Las mujeres jóvenes a menudo toman decisiones que luego lamentan. Sobre todo cuando las influyen hombres con una clara ventaja de poder.

—Mi relación es completamente independiente de cualquier consideración profesional —afirmo con firmeza.

—Imposible. El Comité Harrington tiene ciertas expectativas morales. Su situación actual genera una incomodidad considerable.

—Mi vida personal no tiene relevancia para nuestros diseños arquitectónicos.

—La calidad no es el problema. La asociación sí. No podemos arriesgarnos a que nos vinculen con un posible escándalo.

—Se está retirando del contrato.

—Reconsiderando opciones. A menos que ciertas situaciones personales cambien.

—Señor Blackburn —interrumpe Jeanne, con una autoridad sorprendente—, si juzga a Arturo Soto basándose en sus relaciones personales en lugar de en tres décadas de diseño innovador, demuestra unas prioridades empresariales preocupantes.

Blackburn se pone rojo.

—Esta conversación ha terminado. Espere notificación formal la próxima semana.

Se gira bruscamente, casi chocando con un camarero.

—No debería haber hablado —susurra Jeanne—. Acabo de costarte un contrato importante.

—El prejuicio de Blackburn nos costó el contrato. Tu defensa fue magnífica.