Sofia
Seis meses después…
Adrian lleva toda la última manzana con la mano sobre mis ojos, lo cual es un problema, porque la otra mano la tiene en el volante y llevo seis meses oyéndole hablar de las diez y las dos como si fuera el evangelio.
—Las dos manos en el volante —le digo—. Va en serio. No puedes matarnos por hacerte el romántico.
—Ya he aparcado —me dice al oído—. Llevamos parados un rato. Estabas tan ocupada regañándome que no te has dado cuenta.
Me quita la mano de los ojos.
Hay una casa delante de nosotros. No el piso, no un bloque cualquiera, una casa de verdad, de ladrillo y piedra clara, con una puerta principal pintada de verde oscuro, un jardín con césped auténtico que alguien ha cuidado.
Ava se remueve bajo mis costillas como si notara que he dejado de respirar, y me llevo la mano a la parte baja del vientre, donde lleva toda la tarde haciéndose notar.
—Adrian.
No me sale nada más.
—Ven a verla antes de decidir nada.
Ya ha salido del coche y lo rodea por delante, me abre la puerta, me pone una mano bajo el codo porque a los seis meses ha decidido que soy de cristal, y le dejo porque estoy demasiado absorta mirando la casa como para discutir.
Desde el asiento de atrás, Mia forcejea con el cinturón mientras grita que ella elige habitación primero, y en un segundo ya está en el césped corriendo hacia la puerta antes de que ninguno de los dos podamos decir nada.
Dentro huele a pintura fresca y al limpiador de limón que usan las limpiadoras.
La cocina me para en seco: todo abierto a las ventanas del fondo, las encimeras de granito oscuro moteado que atrapa la luz de la tarde y la retiene, una isla tan grande que Mia ya se ha encaramado a un taburete como si fuera la dueña del lugar.
Al otro lado de las puertas de cristal hay un jardín, y en el jardín hay una piscina, azul y quieta, con el sol de la tarde trazando una larga línea dorada sobre el agua.
—Has comprado una piscina —digo.
—He comprado una casa. La piscina venía incluida.
Me está mirando a mí, no a la casa, con las manos en los bolsillos, intentando aparentar que esto no es para tanto y sin conseguirlo.
—Hay una habitación arriba que da al este. Pensé que podría ser suya. De Ava.
Pronuncia su nombre con cuidado, como lo pronuncia desde aquel día en la consulta cuando la ecografista giró la pantalla y nos dijo que era niña, como todavía lo pronuncia, como si no pudiera creerse que tiene derecho a hacerlo.
Se me llenan los ojos de lágrimas y no las contengo.
—Acabas de pintar la habitación de Mia en el piso antiguo.
—Lo sé.
Cruza la cocina y se para delante de mí, muy cerca, y me recoge la lágrima con el pulgar antes de que llegue a ninguna parte.
—Llevo dos meses con esto a escondidas. Sal me ayudó a agilizar la oferta. Mi madre lo sabe desde hace tres semanas y casi se muere por no contártelo en las cenas.
Sonríe.
—Hay una pared arriba que dejé en blanco. Mia está insistiendo mucho, pero le dije que la niña también vota.
—La niña es una habichuela. No tiene voto.
—Ya pesa casi tres kilos de pura opinión. Es tuya.
Me pone las dos manos a los lados del vientre, apoya la frente en la mía, y Ava elige ese segundo exacto para dar una patada, fuerte, justo contra su palma. Se queda quieto. Luego suelta una risa queda.
—¿Ves? Opinión.
Mia llega atronando desde algún sitio, patinando por el suelo en calcetines, y nos agarra a los dos por las piernas.
—Hay escaleras. Hay un montón de escaleras. ¿Puede vivir aquí Spaghetti? ¿Puede la niña quedarse con la habitación blanca? Porque yo quiero la del asiento en la ventana, ya la he visto, es mía.
—Es tuya —le dice Adrian sin dejar de mirarme—. Nadie te va a quitar el asiento de la ventana.
Le echo los brazos al cuello como he hecho ya cien veces, y él me sale al encuentro antes de que termine, una mano abierta y cálida sobre Ava, la otra enredándose en mi pelo, y me besa despacio en medio de una cocina que es nuestra.
Recorrí mil seiscientos kilómetros en busca de una vida grande y luminosa que solo había visto vivir a otros. Es mucho mejor de lo que imaginé. Es mucho más que grandiosa.
Fin.
Gracias por leer.