Enamorada del papi de mi mejor amiga (Padres prohibidos nº 2) Epílogo
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Epílogo

Dani

Kristie es la última en irse, con el brazo de Jake rodeándole la cintura mientras se demoran en el porche de nuestra casa. Está radiante con su vestido de dama de honor, el rímel corrido de tanto llorar de felicidad, el ramo apretado triunfalmente en la mano libre.

—Todavía no puedo creer que lo atrapé —dice, agitando las flores—. ¿Crees que es una señal?

Jake se ríe y le da un beso en la sien.

—Quizá deberíamos tomárnoslo con calma, ver qué pasa.

—La calma está bien —interviene Samuel, lanzándole a Jake su mejor mirada de padre protector—. Muy despacio. Glacialmente despacio.

—Papá —Kristie pone los ojos en blanco—. Ya no tengo catorce años.

—Para mí siempre tendrás catorce años. Sobre todo cuando hablas de señales y matrimonio.

Me río y le aprieto el brazo a Samuel.

—Déjalos que sean felices, viejo. Además, Jake le viene bien.

—Gracias, mamá —Kristie sonríe radiante—. ¿Ves? Ella sí lo entiende.

La palabra «mamá» hace que se me vuelvan a llenar los ojos de lágrimas, y siento la garganta de Samuel vibrar de emoción. Después de todo lo que hemos pasado, la aceptación de Kristie es como la última pieza del puzle encajando en su sitio.

—¿Seguro que no queréis que me quede? —pregunta Kristie, reacia a irse—. Podría dormir en mi antigua habitación, daros espacio a los recién casados y aun así estar aquí para el desayuno.

—Ni hablar —digo con firmeza—. Vete a casa con tu novio. Disfruta de la noche.

—Mañana me mandas un mensaje —exige Kristie, y luego se vuelve hacia Samuel con esa expresión feroz que pone desde niña cuando da instrucciones importantes—. Papá, cuídala bien. Ahora es oficialmente mi favorita.

—Oye —protesta Samuel—. ¿Y qué pasa con tu querido padre?

—Estáis empatados en el primer puesto —sonríe, poniéndose de puntillas para besarle la mejilla—. Gracias por darme la mejor boda del mundo. Y la mejor mamá.

—Te quiero, pequeña —logra decir Samuel.

—Os quiero a los dos. Ahora id a ser unos recién casados asquerosamente felices.

Los vemos alejarse, con la mano de Jake posada suavemente en la espalda de Kristie mientras la ayuda a subir a la camioneta. Mis padres se habían marchado antes, agotados por el jet lag pero radiantes, completamente encantados con mi transformación y aprobando sin reservas mi elección de marido.

—No me puedo creer que se hayan quedado hasta tan tarde —me río, apoyándome en Samuel—. Mi madre prácticamente se estaba quedando dormida sobre la copa de champán.

—No querían perderse ni un momento. Yo tampoco.

La boda fue todo lo que había soñado. Una ceremonia íntima en la vieja iglesia de la calle Elm, el banquete en el renovado Centro Comunitario que dejó patente mi talento para el marketing, y baile hasta que la banda por fin recogió los bártulos.

Kristie se lució como dama de honor, encargándose de que todo saliera a la perfección mientras, no sé cómo, conseguía atrapar el ramo y ponerse a planear de inmediato su propia boda hipotética.

Pero ahora estamos solos. El señor y la señora Hart, a solas en nuestra casa por primera vez como marido y mujer.

—Ven aquí —murmura Samuel, haciéndome girar para quedar frente a él en el porche.

Me siento etérea bajo la luz del atardecer, todavía con el vestido de inspiración vintage que hizo que se le oscurecieran los ojos de deseo cuando avancé hacia el altar.

Seda marfil que abraza mis curvas, delicadas mangas de encaje, un escote elegante y sutilmente seductor a la vez.

El pelo empieza a escaparse del elegante recogido, con mechones sueltos enmarcándome el rostro.

—Estás deslumbrante, señora Hart.

—Señora Hart —suspiro satisfecha—. Nunca me voy a cansar de oír eso.

—Bien. Porque pienso decirlo muy a menudo —me toma el rostro entre las manos, rozándome los pómulos con los pulgares—. ¿Qué se siente? ¿Estar casada?

—Como si por fin entendiera lo que significan todas las canciones de amor —me pongo de puntillas, con cuidado por los tacones—. Como si me hubiera casado con mi mejor amigo y con el amor de mi vida a la vez.

—Cuidado. Sigue hablando así y te cruzo el umbral en brazos ahora mismo.

—¿Y qué te lo impide?

Sin decir nada más, me levanta en brazos, haciéndome reír y agarrarme a sus hombros para no perder el equilibrio.

—¡Samuel! ¡Que nos puede ver la gente!

—Pues que nos vean. Que se entere todo el pueblo de cuánto quiero a mi mujer.

Me lleva en brazos hasta dentro, cerrando la puerta de una patada tras de nosotros.

La casa se nota diferente esta noche, cargada con el peso de todo lo que hemos logrado.

No solo la boda, sino todo lo que nos trajo hasta aquí.

La polémica que superamos, la familia que reconstruimos, el amor por el que luchamos.

—Bienvenida a casa, señora Hart.

—Bienvenido a casa, señor Hart.

Me deja en el suelo con suavidad en el salón, posando las manos en mi cintura.

Ahora que estamos solos, la anticipación que ha ido creciendo todo el día llega a su punto álgido.

Durante toda la ceremonia, la recepción, el baile, los brindis y la celebración, he estado esperando este momento en que por fin puede hacerme suya como su esposa.

—Tengo algo para ti —digo, sintiéndome de pronto tímida—. Un regalo de bodas.

—Dani, quedamos en que nada de regalos.

—Este es diferente —meto la mano bajo la falda, observando cómo traga saliva mientras me bajo lentamente la liga de encaje blanco, dejando al descubierto la piel suave del muslo—. Algo viejo, algo nuevo, algo prestado, algo azul.

La liga es de encaje marfil con una pequeña cinta azul, delicada, femenina y tremendamente sexy. Cuando se la entrego, el encaje todavía conserva el calor de mi piel.

—¿La cinta azul era tu «algo azul»?

—Entre otras cosas —noto que me sonrojo, sabiendo que está a punto de descubrir las sorpresas que llevo bajo el vestido.

—¿Qué más escondes ahí debajo?

—¿Por qué no lo averiguas tú mismo, papi?

La palabra lo golpea como un rayo. Veo cómo el calor le recorre el cuerpo, el deseo agudo e inmediato en su expresión. Llevo apenas unas horas siendo su esposa y ya lo estoy volviendo loco.

—No puedes decir cosas así y esperar que vaya despacio.

—¿Quién dijo que quería que fueras despacio? —dejo que mis ojos se oscurezcan de deseo—. Te he deseado todo el día. Sentada en la cena, sabiendo lo que llevaba debajo, imaginando lo que me harías cuando por fin me tuvieras a solas.

Me agarra las caderas y me atrae hacia él para que sienta cuánto me desea.

—Dime qué llevas debajo de ese vestido.

—Algo que te hará perder la cabeza —susurro.

Va desabrochando los diminutos botones que recorren mi espalda, las manos temblándole ligeramente de necesidad. Cuando la seda por fin se abre y revela el corsé marfil que llevo debajo, suelta un gruñido.

—Mírate.

El corsé es de inspiración vintage, como mi vestido: todo encaje delicado y cintas de satén que me realzan los pechos hasta hacerlos desbordar de las copas. Debajo, unas braguitas a juego que apenas son más que retazos de encaje, y medias sujetas por un liguero.

—¿Te gusta lo que ves, papi? —me giro lentamente para que pueda contemplar cada ángulo. La espalda del corsé se cierra con cintas que ya me imagino desatando con los dientes.

—Vas a acabar conmigo —recorre el borde del corsé con dedos reverentes, haciéndome estremecer—. ¿Cuánto tiempo llevas planeando torturarme así?

—Desde el día que me pediste que me casara contigo. Quería que nuestra noche de bodas fuera inolvidable.

—Ya lo es. Eres increíble —me levanta sin esfuerzo y me lleva hacia nuestro dormitorio—. Y estás a punto de descubrir lo que les pasa a las chicas que provocan a su papi todo el día.

El dormitorio resplandece con la luz tenue de las lámparas, pétalos de rosa esparcidos por la cama cortesía del toque romántico de Kristie. Pero veo que ya no está de humor para ser delicado. Está posesivo, hambriento, desesperado por reclamar a su esposa por completo.

—Tu hija es una romántica empedernida —comento mientras me deja junto a la cama.

—Mi hija sabe que su nueva madre merece ser adorada. Pero ahora mismo me interesa más recordarte a quién perteneces.

Se me corta la respiración.

—¿A quién pertenezco?

—A mí. A tu marido. A tu papi —me agarra la barbilla y me obliga a mirarlo a los ojos—. Dilo.

—Te pertenezco, papi. Solo a ti.

—Esa es mi buena chica.

Empieza por mi pelo, quitándome las horquillas con cuidado hasta que las ondas doradas me caen en cascada sobre los hombros.

Luego me da la vuelta y se pone con los lazos del corsé, a pesar del hambre que siento emanar de él.

Cada cinta que afloja revela más piel suave, que va marcando con mordiscos delicados.

—Estás temblando —susurro.

—Me vuelves loco. Incluso ahora, incluso casados, todavía me haces sentir como si fuera a arder en llamas solo con tocarte.

—Entonces no te contengas. Ahora soy tuya. Completamente.

El corsé cae y me gira hacia él, devorando con la mirada mis pechos desnudos, los pezones ya erectos de excitación. Ver su alianza en mi dedo mientras estoy casi desnuda hace rugir la posesividad en su expresión.

—Acuéstate —ordena con la voz ronca de deseo—. Abre esas hermosas piernas para tu marido.

Obedezco de inmediato y me tumbo sobre los pétalos de rosa. Las medias y el liguero enmarcan mi humedad a la perfección, y cuando ve lo empapadas que están mis braguitas, casi pierde el control.

—Ya estás chorreando para mí. Eres una putita tan mojada para papi, ¿verdad?

—Sí —jadeo—. He estado mojada todo el día pensando en esto.

Se quita el esmoquin y dejo que mis ojos se oscurezcan mientras contemplo su cuerpo desnudo. Su miembro queda libre, grueso y duro, ya goteando de deseo.

—¿Ves lo que me haces? —se rodea el miembro con la mano y se acaricia lentamente mientras lo observo—. Esto es lo que he tenido que aguantar todo el día. Sabiendo que mi preciosa esposa llevaba lencería de puta solo para mí.

—Tócame, papi. Por favor.

—¿Dónde quieres que te toque, nena?

—En todas partes. Los pechos, entre las piernas... —me muerdo el labio—. Necesito sentir tus manos sobre mí.