Capítulo Cuatro
Fredericka
YA ERAN LAS siete y media pasadas cuando salí de mi oficina, y mi teléfono empezó a vibrar en el bolsillo de la americana justo a tiempo.
Aunque la mayoría de las luces ya estaban apagadas, eché un vistazo furtivo a mi alrededor antes de contestar.
—¿Diga?
—Buenas tardes, pchelka . ¿Ya has terminado de trabajar?
La voz pausada de Sergei, con su acento característico, me acarició los oídos, y contuve un suspiro.
—Sí. Ya me voy.
Éramos lo que se dice amigos desde hacía más o menos una semana, y madre mía, cómo había cambiado mi vida desde que el multimillonario ruso apareció en escena.
Era una locura cómo había puesto mi vida patas arriba en tan poco tiempo, pero ahora ni siquiera podía recordar cómo era mi vida sin él.
Me llamaba varias veces al día y hablábamos de todo lo habido y por haber.
También era el primero en llamarme por la mañana, y cada noche después del trabajo quedábamos en mi apartamento, charlando sin parar mientras pedíamos pizza, comida china o lo que nos apeteciera esa noche.
Con cada día que pasaba, pensaba para mis adentros: «Ya está, se acabó» .
Por fin nos quedaríamos sin temas de conversación y llegaría el aburrimiento.
Él era un multimillonario sexy y guapísimo con el que todas las mujeres del mundo querían salir.
Yo era una abogada torpe en lo social e inexperta en lo sexual que, para colmo, le sacaba seis puñeteros años.
Tenía que aburrirse de mí tarde o temprano, ¿no?
Pero todavía no había pasado.
Ni por un momento me hizo sentir que lo estaba aburriendo o que era condescendiente conmigo, y cada día me descubría más ávida de pasar tiempo con él y de conocerlo mejor.
Sergei Grachyov era un hombre infinitamente interesante, y cada vez demostraba más ser todo lo contrario a un típico chico de veintitrés años.
De hecho, teníamos más en común de lo que esperaba.
Los dos odiábamos el mundo de las discotecas, pero tampoco podíamos pasar un día sin ver las noticias.
Perfectamente podríamos haber pasado por hermanos, de no ser por lo que ocurrió aquella noche .
Solo pensarlo hizo que me sonrojara, y rápidamente me llevé las manos a la cara en un intento instintivo de ocultar mi bochorno, aunque no hubiera nadie cerca.
—¿Fredericka? ¿Sigues ahí?
Me aclaré la garganta.
—Sí, perdona, estaba, eh... «¿Simplemente excitada?» .
Me sonrojé aún más.
—¿Fredericka?
—Es que estoy, eh, muerta de hambre. Todavía no he cenado.
«Y era verdad» , pensé a la defensiva, aunque no fuera exactamente la razón por la que estaba tan despistada en ese momento.
—Me lo imaginaba.
El tono de Sergei era ligeramente reprobatorio.
—No deberías anteponer el trabajo a tu salud, pchelka .
—Ya lo sé. Lo que pasa es que a veces se me olvida.
En lugar de coger el ascensor, opté por la salida de emergencia; los tres tramos de escaleras me servían de ejercicio diario.
El multimillonario suspiró.
—Nunca aprendes, pchelka . A lo mejor tengo que darte una lección para que te quede claro.
—Ja.
Quería sonar desdeñosa, pero me salió un murmullo porque no tenía ni idea de cómo manejar esas insinuaciones. «Otra prueba más» , pensé con pesar, «de que Sergei tenía razón» . Puede que fuera mayor que él, pero sin duda él era mucho más sofisticado.
Suspiré aliviada cuando por fin llegué al vestíbulo.
—Estaré allí en quince minutos.
Dudé un momento.
—¿De verdad estás seguro de que no hay problema?
—Sí.
El tono del multimillonario sonaba ligeramente exasperado.
—Así que deja de hacerme perder el tiempo. Odio esperar.
Colgó antes de que pudiera responder, y apreté los dientes, sabiendo que lo había hecho solo para fastidiarme. Por alguna razón, al multimillonario le encantaba provocarme, y casi siempre lo conseguía.
Exactamente quince minutos después, llegué al aparcamiento del sótano de Grachyov Enterprises, y al apagar el motor, vi a una rubia despampanante de piernas largas con traje de chaqueta, seguida de dos hombres de negro, que venía hacia mí.
Me alcanzaron cuando salí de mi fiel Toyota, y la mujer me dedicó una sonrisa cortés.
—¿Srta. Spears? Soy la secretaria de Sergei Grachyov. Nos han pedido que la acompañemos a su despacho.
—Oh.
Logré esbozar una sonrisa mientras intentaba disimular mi desconcierto. Solo iba a su despacho, así que ¿por qué necesitaba a tanta gente conmigo?
La secretaria de Sergei me condujo al ascensor del sótano; su actitud distante me hacía sentir aún más incómoda. El ascensor se detuvo en la planta quince, y desde allí la mujer, junto con los de seguridad, me llevó a lo que parecía ser un... almacén.
Parpadeé cuando la mujer se agachó para abrir la estrecha puerta metálica, y volví a parpadear al ver lo que había dentro.
—Esto lleva directamente al despacho del señor Grachyov —me informó la secretaria de Sergei con frialdad mientras pulsaba un botón.
Las puertas del ascensor se abrieron y entré con cautela. Al darme la vuelta, empecé a darle las gracias a la mujer, pero las puertas ya habían comenzado a cerrarse, y lo último que vi fue la mirada de desprecio en sus ojos azules, que echaban chispas.
«Creo que acabo de ganarme una enemiga» , pensé mientras tragaba saliva. A las batallas acaloradas y las discusiones a gritos en la sala del tribunal estaba acostumbrada, pero ¿posibles guerras con otras mujeres? Eso era territorio completamente desconocido y me daba un miedo horrible.
El ascensor se abrió a una habitación diminuta, como una caja, con paredes oscuras y una puerta a mi derecha. Probé el pomo y giró sin dificultad; la puerta daba a una amplia estancia enmoquetada.
Oh.
En el centro de la estancia estaba Sergei, sentado tras un magnífico escritorio de cristal y acero. Había levantado la vista en el momento en que abrí la puerta, y se puso de pie cuando nuestras miradas se cruzaron.
Una sonrisa devastadoramente sexy se dibujó en sus labios, y le ordené a mi corazón que no reaccionara, aunque solo fuera esta vez. «Amigos» , me recordé con desesperación. «Solo sois amigos, Fredericka Spears, así que ¿por qué tu corazón no puede dejar de acelerarse cada vez que lo ves?» .
—Entra, pchelka .
Asentí y salí de la habitación. Al girarme, me sorprendió ver que el otro lado de la puerta tenía un diseño metálico y elegante, casi como la puerta de uno de esos congeladores industriales de última generación.
—Vaya —sacudí la cabeza, asombrada—. Es como si Narnia se encontrara con... ¿50 Sombras?
El multimillonario esbozó una sonrisa de suficiencia.
—Vaya descripción, pchelka , viniendo de una abogada tan respetada y formal como tú.
—Mmm, ¿ups?
Pero lo que realmente me preocupaba era qué hacía yo aquí.
Sabía que las oficinas de los vicepresidentes de multinacionales como Grachyov Enterprises tenían que ser grandes, pero el tamaño de esta era una locura.
Hacía que mi oficina pareciera una caja de zapatos, e incluso la de mi jefe quedaría patética en comparación.
—Aquí cabría un apartamento entero —comenté con voz débil.
El multimillonario se encogió de hombros.
—Es suficiente para mis necesidades.
—¿En serio? —lo miré escéptica—. ¿Necesitas 185 metros cuadrados para trabajar?
Sergei se rio.
—Me encanta tu sentido del humor, pchelka .
Me tomó de la mano y me atrajo hacia él. Aunque me quedé rígida por la sorpresa, se inclinó y me dio un beso prolongado en la mejilla, con los labios peligrosamente cerca de la comisura de mi boca.
¡Oh!
Aunque una oleada de calor me recorrió el estómago y se extendió por todo mi cuerpo, logré apartarlo mientras murmuraba algo incoherente en protesta.
Me dejó poner algo de distancia entre nosotros, pero no me soltó la mano.
Cuando por fin tuve suficientes neuronas para hilar palabras, lo reprendí con voz temblorosa:
—Deberías dejar de hacer eso. Somos amigos , ¿recuerdas?
—Lo sé —el tono del multimillonario era indolente—. Por eso me contuve de besar tu dulce y jugosa boca.
¡Ah!
Era tan, tan bueno diciendo cosas sensuales, maldita sea.
Mientras intentaba evitar que mi cuerpo se derritiera, el multimillonario me apretó la mano y me condujo hacia la zona de estar de su oficina.
Era un espacio elegante y acogedor, con un sofá de cuero negro, una mesa de café de palisandro y un sillón orejero a cada lado.
Al ver las cajas de bento japonesas me animé, y mi estómago gruñó. Ruidosamente.
Me sonrojé y Sergei sonrió.
—Lo siento —tartamudeé—. No me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba.
—Es un placer alimentarte, pchelka , pero desearía que te cuidaras mejor.
Me llevó al sofá y me hizo sentar. Rechazó mi oferta de ayudarlo, desenvolvió la caja de bento y me la entregó con un par de palillos.
— Itadakimasu —murmuró mientras se sentaba a mi lado en el sofá.
— Ita-algo —repetí obedientemente, aunque no tenía ni idea de lo que decía.
Él sonrió.
Los primeros veinte minutos transcurrieron en un silencio placentero mientras ambos comíamos con ganas.
No creo que jamás admitiera esto ante nadie, pero me encantaba ver cómo comía Sergei.
Incluso estando tan hambriento como yo, lograba comer con una elegancia increíble.
Era como si hubiera pasado años en una escuela de protocolo. ¿Sería posible?
Cuando terminamos, ambos nos preparamos para trabajar, que era de lo que iba esta noche. Al enterarse de que planeaba pasarla en vela en una cafetería cerca de mi casa, me invitó a su oficina, tentándome con la promesa de café gratis e ilimitado gracias a su propia máquina de espresso.
Mientras sacaba el portátil de la bolsa, lo observé volver a su escritorio y pregunté preocupada:
—¿Estás seguro de que no molesto?
Sergei se limitó a mirarme.
—Eh, me pongo a trabajar ya.
Dos horas después, me sentía completamente como en casa en la oficina del multimillonario, con las piernas estiradas en el sofá mientras bebía mi segunda taza de capuchino, que Sergei había preparado personalmente.
Pasada otra media hora, decidí tomarme un descanso.
Dejé el portátil a un lado, levanté la vista y vi que Sergei seguía trabajando.
Se había aflojado la corbata y desabrochado los primeros botones de la camisa, y llevaba las mangas remangadas hasta el codo.
Parecía cansado, pero también disfrutando de cada minuto de su trabajo, y tenía que admitir que para una adicta al trabajo como yo. ..
Hacía que el multimillonario estuviera increíblemente sexy.
Y eso era malo , pensé.
Para distraerme, cogí rápidamente una de las revistas de la mesa de café, que sospechaba que pertenecía a su hermana Seri. Me había contado mucho sobre su familia, y era uno de mis temas favoritos. Me encantaba cómo hablaba de su padre y sus hermanos, porque revelaba un lado inesperado de él.
Mientras hojeaba la revista, un artículo me llamó la atención y se me escapó una risa al empezar a leerlo.
Unos momentos después, una sombra cayó sobre mí y, sobresaltada, levanté la vista y me encontré al multimillonario de pie justo delante de mí.
—¿Qué estás leyendo, pchelka ?
Se sentó de nuevo a mi lado en el sofá, pero esta vez tan cerca que me llegó el intenso aroma de su loción de afeitado. Nuestros cuerpos se rozaban, y solo una palabra me vino a la mente.
Mierda.
¡Mierda, mierda, mierda!
El multimillonario se acercó aún más y echó un vistazo a la revista que tenía abierta en el regazo.
—La Lista Definitiva de Cosas por Hacer entre Mejores Amigos —leyó.
Sonreí.
—Está dividida en tres categorías, y algunas son simplemente... mmm... perfectas para nosotros.
Señaló uno de los puntos de la categoría Fácil .
—Pintarnos las uñas de los pies suena divertido.
—Eh.
En realidad no , pensé. Eso significaría tener que tocarnos, y eso era más peligroso que divertido.
—Yo pensaba más bien en esto.
Señalé un punto de la categoría Difícil .
—Salir con la misma persona.
—Ni de coña —soltó el multimillonario tan rápido que no pude evitar reírme.
—Si de verdad somos amigos, no debería haber problema —bromeé.
Pero Sergei se limitó a mirarme, y me eché a reír con más ganas.
Eran casi las tres de la madrugada cuando me llevó a casa, y el multimillonario insistió en acompañarme hasta mi apartamento. Pero en lugar de marcharse en cuanto llegamos a mi puerta, me siguió dentro y fue directo al sofá.
Parpadeé.
—¿Sergei?
—Ya puedes tachar esto de nuestra lista —murmuró.
—¿Tachar qué?
—Quedarme a dormir en tu sofá sin avisar —dijo tan tranquilo.
Cuando empezó a quitarse los zapatos, me di cuenta de que no estaba bromeando en absoluto, y protesté:
—¡Ni siquiera cabes en mi sofá!
—Entonces, ¿te quedas tú con el sofá y yo me quedo con tu cama? —contraatacó el multimillonario sin levantar la vista.
Ahora se estaba quitando los calcetines, y contuve una carcajada.
—Habla en serio.
Después de dejar a un lado los zapatos y los calcetines, me miró y murmuró con voz sedosa:
— Hablo en serio.
Nuestras miradas se cruzaron mientras se me secaba la garganta.
Nos miramos fijamente.
Échalo , me ordené.
Pero lo que salió de mi boca fue:
—Podemos compartir la cama...
Vi que abría los ojos de par en par y añadí a toda prisa:
—Pero solo vamos a dormir.
Mierda, mierda, mierda. ¿Qué estoy diciendo? Miré al multimillonario, cuyos ojos brillaban con malicia, y supe que era perfectamente consciente de mi tormento interior.
Era una idea pésima, pero...
Cada vez que miraba a Sergei Grachyov, me entraban ganas de hacer cosas malas.