En manos del CEO (En tus manos nº 2) ¿PUEDES CULPARME?
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¿PUEDES CULPARME?

MARIA ROSA

El miércoles, a las seis y diez de la tarde, descubrí que las hojas de cálculo eran afrodisíacas.

No todas.

Una hoja de cálculo normal seguía siendo una hoja de cálculo: filas, columnas, números y la silenciosa promesa de que alguna celda escondía un error creado por el mismísimo Satanás.

Pero ¿una hoja de cálculo abierta en el portátil de Gustavo, con él sentado a mi lado y explicándome cómo cotejar las fechas de entrega con los informes de inspección sin darme directamente la respuesta?

Pornografía legal.

—¿Estás mirando la pantalla o a mí?

—A la pantalla.

—Mentirosa.

—Calumnias en el entorno laboral.

—Llevas diez segundos en la misma celda.

Miré la celda.

Mierda.

—Estoy pensando.

—¿En el albarán?

—En muchas cosas.

—Me lo imagino.

Hice una mueca y arrastré el portátil un poco más hacia mi lado.

La planta quince ya se estaba quedando vacía.

Algunas puertas estaban cerradas, el pasillo había perdido el movimiento del día y, al otro lado de la pared de cristal del despacho, la ciudad empezaba a encenderse.

Tenía que irme a las seis, pero la revisión del caso Borborema iba con retraso y yo me había ofrecido a quedarme un rato más.

Por trabajo.

Esa era la versión oficial.

La versión extraoficial tenía ojos azules y las mangas subidas hasta los antebrazos.

—Vuelve a la secuencia del doce de junio —dijo Gustavo.

Obedecí.

—¿Cuál es el problema?

—El retraso.

—Eso ya lo sé. ¿Cuál es el problema documental?

Recorrí las columnas con la mirada.

Fecha prevista.

Fecha real.

Cantidad.

Número de factura.

Registro de recepción.

Informe de verificación.

—El informe técnico se registró dos días después de la recepción.

—¿Y?

—Y eso, por sí solo, no significa nada.

Apoyó un brazo en el escritorio.

—Mejor.

—Me has preguntado cuál era el problema.

—Te lo he preguntado para ver si ibas a convertir una discrepancia de fechas en una teoría.

—No soy ninguna aficionada.

—Eres una becaria.

—Retíralo.

Sonrió.

—Sigue.

Volví a las filas.

—Lo importante es si el plazo de verificación previsto en el contrato permitía esos dos días y si la notificación de la no conformidad se hizo conforme al procedimiento exigido.

—¿Dónde lo compruebas?

Señalé otra pestaña.

—Contrato y notificaciones.

—Adelante.

La abrí.

Los primeros días le habría preguntado qué cláusula quería que leyera. Ahora ya sabía que a Gustavo le gustaba dejar que me golpeara la cabeza contra la pared el tiempo justo para que encontrara la puerta yo sola.

Era una manera exasperante de enseñar.

Y funcionaba.

Cotejé los plazos, volví a la hoja de cálculo, resalté dos filas y fruncí el ceño.

—Aquí hay una diferencia de método.

—¿Cuál?

—Las primeras entregas están registradas por recepción física. Después pasan a la fecha de inspección. Si alguien las compara sin darse cuenta, parece que el retraso se reduce.

No respondió.

Lo miré.

—¿Era eso?

—Dímelo tú.

—Hijo de puta.

—Excelente argumento técnico.

—Lo sabías.

—Sabía que había una incoherencia en los criterios. Quería ver cuándo la encontrabas.

—Esto es sadismo pedagógico.

—La has encontrado en menos de cuatro minutos.

Intenté seguir enfadada.

No pude.

—¿Cuatro?

—Tres cincuenta y dos.

—¿Me has cronometrado?

—No.

—Entonces te lo has inventado.

—Tres cuarenta, si eso ayuda a tu ego.

—Ayuda.

Se rio.

Volvimos al trabajo.

En un momento dado encontré una secuencia de tres facturas con cantidades similares y marqué la segunda como posible duplicado.

—¿Por qué? —preguntó.

—Mismo proveedor, misma semana, descripción casi idéntica.

—Es un motivo para comprobarlo, no para sacar conclusiones.

—He dicho «posible».

—Y lo has escrito en rojo.

—El rojo es un color de trabajo.

—El rojo es una acusación.

Borré la marca de mala gana.

—Entonces, ¿cuál es tu método, oh, gran Maestro de los Archivos?

—Primero separo lo que sé de lo que sospecho. Después busco un elemento independiente que confirme o descarte la sospecha.

—Muy sexy.

—¿Puedes pasar cinco minutos sin sexualizar la metodología de revisión?

Lo miré.

—No.

Gustavo resopló, pero se estaba riendo.

Seguí sus indicaciones y abrí los recibos correspondientes. La segunda factura no era un duplicado; se refería a un envío complementario que la descripción abreviada había ocultado. La tercera, sin embargo, tenía un número de pedido que no coincidía con la secuencia.

—He encontrado otra cosa.

No alargó la mano hacia el ratón.

—Enséñame.

Le expliqué el camino que había seguido.

Gustavo hizo dos preguntas y dejó que siguiera comprobando hasta que descubrí que el número no era un error contable; el pedido había sido sustituido por una modificación y la referencia antigua todavía aparecía en algunos registros.

—Así que no es una irregularidad —concluí—. Es un rastro documental mal llevado.

—¿Y qué provoca un rastro mal llevado?

—Hace que los abogados pierdan el tiempo, que los clientes gasten dinero y que los becarios se planteen dedicarse al arte.

—Perfecto.

—¿La parte del arte o el análisis?

—El análisis. El arte sería una pérdida para el derecho.

Lo miré.

—¿Acabas de hacerle un cumplido a mi vocación?

—No te acostumbres.

Demasiado tarde.

Durante casi una hora, la dinámica se repitió.

Gustavo señalaba una cuestión y yo buscaba el camino.

Cuando me equivocaba, no decía «mal» como un profesor de academia; me preguntaba qué respaldaba mi conclusión.

A veces me daba cuenta yo sola de que me había saltado un paso y me entraban ganas de morirme.

Otras tenía razón y él solo quería comprobar si sabía defenderla.

Me gustaba de una forma indecente.

No lo de no equivocarme.

El proceso.

Había crecido oyendo que era inteligente, pero también oyendo a la gente confundir la altura con la edad, una sonrisa con la disponibilidad y la vanidad con la superficialidad. Que me tomaran en serio sin tener que presentar primero un alegato final en mi propia defensa me parecía un lujo.

Con Gustavo, cuando acertaba, seguíamos adelante.

Cuando me equivocaba, me hacía retroceder.

En ninguno de los dos casos había condescendencia.

Poco después de las siete, la oficina estaba tan silenciosa que podía oír el aire acondicionado.

Cerré una pestaña y me froté los ojos.

—Si me quedo ciega, ¿M&MD paga una indemnización?

—Solo si demuestras la relación de causalidad.

—Puedo demostrarla.

—Qué seguridad.

—Mi madre me educó para demandar con dignidad.

—Tu madre parece interesante.

La frase cambió la conversación sin previo aviso.

Me eché hacia atrás en la silla.

—Mi madre es una institución.

—Eso he deducido.

—Ni siquiera la conoces.

—Sé lo suficiente para saber que una mujer os crio a ti y a tres hermanos sin que ninguno acabara expulsado de casa para siempre. Eso exige saber gestionar crisis.

—Cuatro hijos, contándome a mí. Y una vez casi echó a Murilo de casa por desmontar el ventilador del salón y no saber volver a montarlo.

—¿Qué edad tenía?

—Veintidós.

Gustavo se rio.

—Eso mejora la historia.

—En mi familia, todo mejora cuando descubres que la persona ya era adulta.

Echó la silla hacia atrás y cogió la botella de agua.

—¿Y el Superviviente?

—¿Qué pasa con él?

—¿Sigue vivo?

Me llevé una mano al pecho.

—No hables de él como si estuviera en cuidados paliativos.

—El martes entraste maldiciendo el coche.

—El amor exige sinceridad.

—¿Tu padre sigue arreglándolo todo?

—Todo. A veces incluso cosas que ni siquiera estaban estropeadas antes de que decidiera «echarles un vistazo».

Le hablé de Autoelétrica Monteiro, del olor a grasa que parecía habérsele incrustado genéticamente en la ropa a mi padre y de cómo Ari era capaz de diagnosticar una avería del motor por el sonido y la mentira de un niño por la forma de respirar.

—Papá es excelente —dije—. El problema es que cree que el mantenimiento preventivo incluye toda mi vida.

—Sé de qué tipo hablas.

—¿Antonella?

Emitió un sonido a medio camino entre la risa y la rendición.

—Mi madre cree firmemente en la autonomía.

—No lo parecía en el mensaje de la cena.

—Autonomía, siempre y cuando la ejerzas dentro del horario que a ella le parece aceptable.

Me reí.

—Ahora me cae mejor.

—No la animes.

—Tu madre te amenaza con dejarte sin huevos por delegación. No necesita que nadie la anime.

Gustavo dio un trago, todavía sonriendo.

—Mi padre lo empeora porque intenta mediar y acaba transmitiendo exactamente el mensaje que ella quería.

—Parece que se divierte.

—Muchísimo.

—¿Siempre han sido así?

La pregunta me salió en tono ligero.

Se quedó mirando la botella unos segundos.

—Siempre han sido... ellos.

No había ningún peso amargo en la respuesta.

Solo una especie de afecto resignado.

—Mi madre habla como si estuviera en guerra con medio planeta. Mi padre la deja hablar, la pincha cuando es seguro hacerlo y luego aparece con comida. Discuten, se olvidan de que estoy en la habitación y, cinco minutos después, actúan como si no hubiera pasado nada.

—Qué romántico.

—Inquietante cuando eres hijo único y adolescente.

—Ay, pobrecito. Creciste rodeado de amor.

—Fue muy duro.

—Puedo imaginarme el trauma.

—Insuperable.

Sonreí.

Él también.

Gustavo me contó que había pasado buena parte de su infancia moviéndose entre casa, el colegio y el despacho, sin convertirlo en una historia de «nací para heredar un imperio» porque, gracias a Dios, aquel hombre no era un personaje de anuncio de banco.

Me contó que Leonardo aún guardaba demasiado papel, que Antonella odiaba las reuniones que podrían haber sido correos electrónicos y que los dos seguían discutiendo de estrategia jurídica en la mesa, incluso cuando juraban que no hablarían de trabajo.

—Así que te hiciste abogado por libre y espontánea presión del entorno.

—Básicamente.

—¿Y lo de ser CEO?

—Eso sí fue una elección.

—¿Te gusta?

Se lo pensó antes de responder.

—Me gusta hacer que el bufete funcione. No me gusta la mitad de las cosas que implica hacer que el bufete funcione.

—¿Las reuniones?

—Las reuniones.

—¿Las hojas de cálculo?

—Me gustan las hojas de cálculo.

—Estás enfermo.

—Acabas de pasarte una hora encantada dentro de una.

—Tenía buena compañía.

Silencio.

Ahí estaba.

Lo había vuelto a hacer.

Mi boca había salido disparada por delante de mi sentido común y luego me había dejado sola para apagar el incendio.

Gustavo me miró.

Yo lo miré.

El despacho estaba tan silencioso que oía el chasquido lejano de una puerta en el pasillo.

Ninguno de los dos corrigió la frase.

Ninguno de los dos la convirtió en una broma.

Y, extrañamente, el silencio no resultó incómodo.

Se estaba bien.

Cómodo.

Lo cual era terrible.

La lujuria la entendía.

El silencio cómodo era de esas cosas que les pasaban a las personas justo antes de empezar a tomar decisiones emocionales.

Volví a mirar el portátil.

—Tu fila está mal —dijo al cabo de un rato.

—Dios mío. Has estropeado el momento.

—¿Qué momento?

—Exactamente.

Sonrió y señaló la pantalla.

—Aquí.

Acerqué la silla.

Esta vez volvía a ser trabajo, pero algo había cambiado.

Tal vez porque ya no llenábamos todos los huecos con provocaciones.

Tal vez porque ahora sabía cómo hablaba de sus padres cuando no estaba bromeando.

Tal vez porque él sabía que mi padre cuidaba del Superviviente como si el coche fuera un sexto hijo problemático.

Pequeños detalles.

Inofensivos.

Eso era lo que me decía a mí misma.

Un poco antes de las ocho, estaba inclinada sobre su portátil mientras Gustavo señalaba una diferencia entre dos facturas. Nuestras sillas se habían ido acercando sin que me diera cuenta de cuándo había ocurrido. Mi rodilla casi rozaba la suya.

—Mira la secuencia —dijo.

Miré.

O lo intenté.

Porque cuando giré la cabeza para responder, estaba cerca.

Muy cerca.

Las palabras se me murieron a mitad de la garganta.

Gustavo bajó la mirada a mi boca.

Mi cuerpo entero lo entendió antes que mi cerebro.

Se inclinó hacia mí.

Solo un poco.

No me aparté.

Tampoco me acerqué.

Me quedé allí, con la respiración más lenta, oliéndolo, fijándome en cada estúpido detalle que la distancia prudente suele ocultar: una línea pálida junto al iris, la sombra de la barba al final del día, el movimiento de la garganta al tragar.

Otro centímetro.

Lo deseaba.

Dios, cómo lo deseaba.

Apreté con la mano el borde del escritorio.

Gustavo se detuvo.

Se detuvo.

A unos centímetros de mi boca.

Cerró los ojos un segundo y se echó atrás lo justo para que yo ya no notara su aliento.

—No has cambiado la regla —dijo en voz baja.

Lo miré fijamente.

—Lo sé.

—Así que no voy a dar por hecho que sí.

Era lo correcto.

Maduro.

Respetuoso.

Exactamente lo que había exigido desde el principio.

Me dieron ganas de pegarle.

—Eres insoportable.

Alzó una ceja.

—¿Por detenerme?

—Sobre todo por eso.

—Maria Rosa.

—No digo que hayas hecho mal.

—Pues lo parece.

—Digo que odio que hagas lo correcto en el momento más inoportuno.

La sonrisa le llegó despacio.

—Ese es tu problema.

—Lo sé.

—¿Te ayudo?

—No.

—Entonces seguiré respetándolo.

—Hijo de puta.

Se rio.

Me eché hacia atrás en la silla con más fuerza de la necesaria, cerré el portátil y el chasquido resonó en la oficina.

Gustavo miró la tapa.

Luego me miró a mí.

—El portátil no ha hecho nada.

—Forma parte de una conspiración criminal.

—¿Con quién?

—Contigo.

Metí en el bolso el bolígrafo, los papeles y los restos de mi dignidad.

A solas en el ascensor, me quedé mirando mi reflejo como si fuera a explicarme la situación.

Estaba irritada.

Con un hombre.

Porque no me había besado.

Después de haberle dicho que no quería que me besara.

Repasé los hechos mentalmente.

Hecho número uno: Maria Rosa pone un límite.

Hecho número dos: Gustavo respeta el límite.

Hecho número tres: Maria Rosa desarrolla impulsos homicidas porque Gustavo respetó el límite.

Si esto fuera una pregunta tipo test, elegiría «la mujer que ha creado el problema es una payasa».

Salí del edificio aún mascullando.

En el aparcamiento, abrí el Superviviente y lancé el bolso al asiento del copiloto.

—No me juzgues —le dije al coche.

Me respondió con un chasquido sospechoso.

—Tú tienes problemas mecánicos. Yo tengo problemas de carácter. Cada uno a lo suyo.

Lo puse en marcha.

El motor arrancó.

Un milagro.

De camino a casa, intenté construir una defensa decente de mi indignación.

No pude.

La humillante verdad era que me había gustado que se detuviera.

Me había gustado porque significaba que mi «no» seguía valiendo incluso cuando estaba sin aliento, a cinco centímetros de su boca.

Y lo odiaba porque deseaba esa boca.

Las dos cosas cabían en el mismo cuerpo.

El mío, al parecer, era una república democrática de decisiones contradictorias.

En el primer semáforo en rojo, tamborileé con los dedos en el volante.

No tenía por qué esperar a que Gustavo adivinara nada.

Si quería cambiar una regla, la regla era mía.

Si quería mantenerlas todas y cada una, también era cosa mía.

Aquello nunca debería haberse convertido en una guerra en la que ganar significara negarme lo que quería solo para demostrar que podía.

Mamá me lo había advertido.

Lo cual resultaba ofensivo.

El semáforo cambió.

Seguí conduciendo.

Cuando llegué a casa, ya no estaba enfadada.

Había tomado una decisión.

No sobre él.

Sobre mí.