Capítulo 48
—¿Sobre qué era la pesadilla? —pregunto.
Permanecimos varios minutos en silencio, mirándonos.
Ninguno de los dos durmió más que unos pocos minutos; ambos despertábamos y nos buscábamos en la oscuridad, una y otra vez. El hambre, insaciable, estaba más descontrolada que nunca.
Ahora estamos acostados, desnudos, frente a frente.
—Primero era sobre ti. Era un sueño erótico —dice, sonrojándose, incluso después de todo lo que acabamos de hacer en la cama durante horas—, pero luego desaparecías y Gladys intentaba lastimarme.
Empujaba sus rodillas contra mi espalda para herir a mi bebé.
Se reía y decía que, si el de ustedes no pudo nacer, el nuestro tampoco lo haría.
Sus ojos se llenan de lágrimas mientras habla y sé por qué. Es una mezcla de culpa, dolor y lamento. Lo mismo que siento cuando pienso en el hijo que perdí.
Sin embargo, mi culpa se limita a él, a mi hijo o hija. En cuanto a Gladys, podría estrangularla si apareciera frente a mí.
—Vi el video que me enviaste recién hoy y creo en lo que contó esa mujer, aunque todavía me resulta difícil unir la imagen de mi hermana con la de una asesina. ¿Crees que sería capaz de matar para quedarse con el seguro de vida de mis padres adoptivos?
—Creo que las personas son capaces de cometer las peores atrocidades por dinero, Ophelia.
—Y también por venganza —dice ella, incómoda, y sé que está hablando de sí misma.
—Cuéntamelo todo.
Estoy cansado de mentiras y secretos. No voy a dejar que salga de mi vida. Voy a convertirla en mi esposa y en la madre de mis hijos. Ha llegado el momento de aclararlo todo.
—Vas a pensar que soy estúpida.
—Eres una de las mujeres más inteligentes que he conocido.
Hay personas con posgrados que no tienen una mente tan aguda como la tuya.
No eres estúpida. Eres ingenua, tal vez.
Emir habló conmigo y me hizo ver las cosas con más claridad.
En tu lugar, para vengar a uno de mis hermanos, yo habría hecho cosas peores.
—Entonces, ¿me perdonas?
—No llegaste a causarme daño, más allá de herir mi orgullo.
—No planeé enamorarme de ti, Cenk. Tal vez Dios tuvo piedad del error que iba a cometer y me dio una segunda oportunidad al hacerme perder la memoria, pero todo lo que pasó desde el momento en que salí del hospital fue real.
—Te amo, Ophelia. Incluso cuando te odié, seguí amándote.
—Igual que yo.
Asiento con la cabeza en señal de acuerdo.
—No puedo juzgarte. Soy un egoísta que le dijo a una mujer claramente desequilibrada que prefería que no estuviera embarazada. Nunca voy a perdonarme por eso. Tu hermana adoptiva estaba completamente loca, pero yo no tengo esa excusa. Sabía lo que hacía.
—¿Eso fue lo que ocurrió?
—Sí. Nunca existió esa historia de la ecografía. Soy un pecador, no un monstruo.
—Yo también me equivoqué, porque ya no la conocía.
Fui demasiado crédula. Guardé en mi memoria a la niña que amaba en mi infancia y no me di cuenta de que se había convertido en una mujer desequilibrada.
La única excusa que tengo es que Gladys era todo lo que me quedaba en la vida.
Nuestros padres adoptivos habían muerto, así que solo quedábamos nosotras dos.
—Ellos nunca respondieron por el secuestro de ustedes, ¿verdad?
—¿Sabes esa parte de mi pasado?
—Sé todo, incluso de la enfermedad que casi te mata.
—Fue en el hígado. Nunca volvió y los médicos lo llamaron un milagro.
Baja la mirada.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—¿Tú también viste todo el video de la vecina?
—Sí, lo vi.
—Entonces sabes que fue mi hermana quien convenció a mis padres de dejarme en el convento.
—Lo sé.
—Por egoísmo y celos, Cenk. Gladys, más que nadie, sabía cuánto deseaba tener una familia y aun así manipuló a mis padres para que me dejaran atrás.
—No estoy defendiendo a Gladys, pero ¿qué clase de personas deja a una niña recién recuperada de una enfermedad grave en un convento con la excusa de una promesa? Tus padres también cometieron errores graves.
—Sentí ese abandono durante mucho tiempo. Por eso nunca quise salir del convento, aunque no tuviera una verdadera vocación. Allí me querían y me trataban bien.
—No volverás a sentirte así —prometo, atrayéndola hacia mis brazos—. Mi familia, además de los parientes cercanos que ya conoces, es enorme. Y, además, pronto seremos tres en casa.
—Aceptaste bien la idea de ser padre —dice, apartándose un poco para mirarme—. ¿Fue por haber perdido al otro bebé?
—Al principio pensé que sí, que era porque estaba teniendo una segunda oportunidad, pero la verdad es que la idea de un futuro contigo es todo lo que deseo, Ophelia.
—¿Por eso decías que no querías casarte? ¿Por la pérdida del otro bebé?
—No tenía nada en contra del matrimonio, pero me consideraba indigno de tener hijos por haber dejado que el mío muriera. —Sostengo su mentón—. Mírame. ¿Me crees cuando te digo que no le hice daño al bebé que ella estaba esperando?
—Sí, te creo. Independientemente de todo, creo en tu palabra.
Te equivocaste al decirle a Gladys que preferías que no estuviera embarazada, porque, como tú mismo dijiste, ella era claramente desequilibrada, pero no fue tu culpa que el bebé muriera, Cenk.
Ella tomó una decisión cuando lanzó el coche por ese precipicio.
Eligió morir. Hay muchas madres que crían a sus hijos sin el padre.
—Nunca habría dejado de darle apoyo.
—Lo sé, pero ahora, conociendo todo el panorama y sabiendo que mi hermana pudo haber sido capaz de matar a nuestros padres por dinero, no creo que quisiera ayuda para criar al bebé. Te quería a ti. El paquete completo. Ser tu esposa. ¿Dijiste que nunca llegó a mostrarte una prueba de embarazo?
—No, pero tuve la confirmación cuando la policía se puso en contacto conmigo para informarme de su muerte. No creo que hubiera mentido sobre que el bebé era mío. Sabía que yo pediría una prueba de ADN.
—Me siento extraña. La amé prácticamente toda mi vida.
Desde que tenía cinco años y llegamos al mismo orfanato, la adoré.
Cuidaba de mí, me protegía de los otros niños porque yo era más callada.
Esos son los recuerdos que tengo de ella…
Después, nuestra felicidad cuando nos fuimos a vivir con papá y mamá. Cómo me cuidó durante la enfermedad…
—Pero tienes que unir a eso los recuerdos malos también.
No permitas que tu mente te engañe. La misma persona que fue tu compañera de infancia fue quien tramó que te dejaran en Inglaterra.
La misma niña que te cuidaba durante la enfermedad quizá fue capaz de incendiar una casa con dos ancianos dentro para quedarse con el dinero del seguro.
—Y la misma persona que decía amarme incondicionalmente me convenció con sus mentiras, aunque yo solo actué después de que murió: salir de la seguridad del convento y venir a un lugar extraño en busca de una venganza sin sentido…
—De eso, yo absolveré a Gladys, porque fue por esa razón que entraste en mi vida. Seni seviyorum[26], Ophelia.
Un mes después
—No entiendo, doctor. ¿Le pasa algo al bebé? —La oigo preguntar, con la voz cargada de pánico.
—Creo que me precipité —dice él—. Hagamos la ecografía para que pueda tranquilizarse y luego hablamos. ¿Le parece?
—¿Pero el bebé está bien? —insisto yo, porque ya empiezo a ponerme nervioso.
—El bebé, sí. De hecho, usted también está bien, pero detecté algo en sus análisis que me hizo querer hacer algunas preguntas.
Media hora después, miro maravillado el monitor en la sala de exámenes.
—¿Un niño? —pregunta mi mujer.
—Sí, grande y sano. Un niño fuerte.
Me inclino para besarla.
—El primero de muchos. Quiero al menos unos cinco, de ambos sexos.
—¿Cinco de cada uno? —pregunta con los ojos brillantes, porque hace unas semanas me confesó que quiere una familia grande.
—Creo que seis es un buen número.
—Entonces que sean seis —dice, sonriendo, y yo prometo en silencio al universo que haré cualquier cosa para mantener esa alegría.
—Ahora podemos hablar —dice el médico.
La enfermera viene a limpiar el gel de su abdomen y yo la ayudo a vestirse, porque necesito ocupar mis manos.
Había logrado relajarme durante el examen, pero al recordar que aún hay un tema pendiente, mi ansiedad regresa.
Cuando ella está lista, vamos a ver al obstetra.
—Le pediré que nos diga de una vez qué ocurre. Como sabe, la presión arterial de Ophelia ha estado inestable y cualquier ansiedad la altera —digo.
—Está bien, pero tranquilícense —responde, mirando a mi prometida—. Señorita Corbyn, usted me comentó en una de sus primeras consultas que estuvo enferma en la infancia.
La mano que sostengo se vuelve fría como el hielo mientras ella busca mi mirada. Puedo ver el miedo que siente.
—¿La enfermedad volvió? —pregunto, directo.
Es eso o arrancarle la cabeza al obstetra. ¿Qué parte no entendió ese imbécil cuando dije que su presión estaba inestable?
—No, pero me llamó la atención cuando me dijo que los médicos no lograron descubrir qué era en ese momento, así que pedí estudios adicionales para su prometida.
De ese modo, encontré una lesión antigua en su hígado.
Nada preocupante por ahora, pero recordé que ya había tenido un paciente con el mismo problema.
Siento tanto alivio al saber que solo fue curiosidad médica lo que nos trajo hasta aquí que apenas lo escucho. Me concentro solo en ella.
—¿Ves? No es nada. Estás bien.
No sé a cuál de los dos estoy intentando tranquilizar.
—Estoy bien —repite ella, como si estuviéramos solos, inclinándose para besarme.
El médico carraspea y solo entonces recuerdo que sigue ahí.
—Continúe, por favor, doctor —pide ella, avergonzada.
—Como decía, encontré esa misma lesión en un antiguo paciente.
Lamentablemente, falleció. Solo en la autopsia descubrimos que había sido envenenado.
Su esposa le administraba anticongelante[27] durante años, en pequeñas dosis, lo que terminó provocando constantes visitas al hospital, internaciones y, finalmente, su muerte.
Así que le pregunto, señorita: ¿existe alguna posibilidad de que alguien haya intentado envenenarla durante su infancia?