En las Manos del Magnate Turco (Multimillonarios Turcos nº 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

—Aún no he tenido el valor de ver el video que él me envió —le confieso a Malu por teléfono.

—¿Por qué?

—Tengo miedo.

—¿De decepcionarte con tu hermana?

—Sí. En realidad, ya me asusté bastante con el que tu suegra…

—Nuestra suegra —me corrige.

—Sí, con el que nuestra suegra me mostró. Gladys siempre fue ingeniosa, alegre y le gustaba llamar la atención, pero nunca pareció desequilibrada, hasta que empezó a contarme que la relación con Cenk no iba bien.

—No hubo ninguna relación, Ophelia, y ya es hora de que lo enfrentes. No me gusta hablar mal de los muertos, pero tu hermana te manipuló. No digo que haya contado con tu reacción. Eso es responsabilidad tuya. Vengarte fue una decisión que tomaste, pero que te utilizó, de eso no hay duda.

Me quedo en silencio, porque si lo que está diciendo es verdad, soy una idiota.

—¿Ophelia?

—La venganza no fue idea mía.

—¿Qué?

—La última vez que mi hermana me llamó, parecía devastada. A punto de hacer una locura. Quería que Cenk pagara y me pidió que la vengara. El plan era humillarlo. Ella me lo explicó con todo detalle. Todos debían pensar que él intentó abusar de mí. Yo dejaría que se acercara y entonces…

Empiezo a llorar, muriéndome de vergüenza.

—Dios mío, Ophelia, eso es diabólico, ¿cómo pudiste aceptar algo así? Aunque él hubiera hecho lo que ella te contó, cosa que no creo en absoluto, un crimen no justifica otro.

—Me negué —explico—. Después de escucharla, le dije que lamentaba la pérdida del bebé, que Cenk era un monstruo, pero que no podía ayudarla.

—No entiendo. Si te negaste, ¿por qué fuiste a trabajar al Aydin Steel Group?

—Después de la última llamada de Gladys, decidí salir del convento y venir a buscarla. Mi hermana parecía inestable. Muy desequilibrada.

—¿Cuánto tiempo llevaban sin verse en persona?

—No nos habíamos visto desde la adolescencia. No estaba permitido usar el celular en el convento. Solo hablábamos por teléfono.

—Entonces, ¿ni siquiera sabías cómo se veía de adulta?

—No, pero había cosas del pasado que solo nosotras dos sabíamos. No soy tan ingenua, Malu. ¿Crees que pasaría años de mi vida hablando con alguien que se hiciera pasar por Gladys?

—Sería interesante, ¿no? Como en esas películas de suspenso en las que hay una villana tramando todo, pero, por desgracia, en tu caso, creo que la malvada era tu hermana.

—Yo… creo que sí, porque estoy segura de que era Gladys quien estaba al teléfono. Jamás olvidaría su voz.

De pronto, al decir eso, un recuerdo vuelve a mí. Algo relacionado con su voz, pero no logro identificar qué es.

—Hazlo de una vez, Ophelia. Mira el video. Por lo que me estás contando, tu hermana era una persona destructiva. No pierdas la oportunidad de ser feliz por dejarte arrastrar a un mar de maldad.

—Aunque todo lo que me dijo sea mentira, Cenk nunca va a perdonarme por haber traicionado su confianza.

—Mi cuñado está loco por ti. No voy a mentirte. No creo que sea algo fácil de arreglar. Él es orgulloso, pero si el amor entre ustedes es verdadero, al final todo va a estar bien.

Corto la llamada y me siento en la sala, en un sillón junto a la ventana, con el celular aún en mi mano.

Respiro hondo antes de iniciar el video. Dura más de una hora y mi intuición me dice que todo en lo que creo va a cambiar después de verlo.

“Mi nombre es Miray Polat, tengo sesenta y tres años y no he recibido nada por dar este testimonio”, comienza la mujer. “Solo estoy atendiendo a una solicitud para aclarar quién fue Gladys Sallow”, continúa.

Ninguna de las dos adoptamos el apellido de la familia adoptiva, nos quedamos con el que nos asignaron en el orfanato. Creo que los eligieron al azar.

“Viví toda mi vida en el mismo barrio, en la misma calle, en la misma casa, lo que significa que fui vecina de Burcu, la madre adoptiva de Gladys, y de Eymen, el padre. Como madre, primero debo decir que ambos eran muy permisivos. La niña, en realidad ya una adolescente, hacía lo que quería con ellos”.

A medida que escucho, los recuerdos empiezan a regresar.

Recuerdos que había ocultado, quizás opacados por la nostalgia.

Gladys siempre fue distinta. No solo una soñadora. Eso también lo era yo. Creo que la palabra correcta sería inconformista. Tenía un deseo irreal por cosas que estaban completamente fuera de nuestra realidad.

Durante las llamadas, yo me reía de sus delirios porque los consideraba inofensivos, pero ahora, mientras escucho a la señora contar la verdad sobre la vida de mi familia adoptiva después de que regresaron a Turquía, ya no estoy tan segura.

La mujer habla de cómo les gritaba a nuestros padres, de la falta de respeto que les mostraba y de cómo a veces se privaban de comida para satisfacer sus exigencias.

También relata haber visto a mi hermana abrazando a nuestra madre y agradeciéndole por haber accedido a su petición de que yo me quedara en ese convento para siempre.

La escucho atónita, mientras una imagen mental empieza a formarse. Comienzo a relacionar el relato de la señora Miray con el video que Zehra me mostró y el resultado es el de una persona no solo enferma, sino profundamente cruel.

Sin embargo, es el final de la grabación lo que hace que el suelo desaparezca bajo mis pies.

“…la policía no se esforzó en descubrirlo, pero nada me quita de la cabeza que ella incendió la casa con sus padres dentro para quedarse con el seguro de vida”.

Siento que el estómago se me revuelve.

Por supuesto que yo sabía del funeral y las Hermanas de la Caridad se ofrecieron a pagar mi viaje para que pudiera asistir, pero cuando le comenté a Gladys mi intención, respondió que no era necesario, que todo ya había terminado.

El funeral ya había ocurrido.

Me pregunto si sería capaz de algo tan terrible. De matar a quienes nos dieron un hogar.

La mujer del video parece no tener ninguna duda de que sí.