En las Manos del Magnate Turco (Multimillonarios Turcos nº 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

—¿De qué diablos están hablando? —pregunto a mi principal contador.

Nos llamaron con urgencia a la sede de la empresa. Aunque tenemos siderúrgicas repartidas por todo el mundo, las que están en Turquía son la joya de la corona.

Y es precisamente por eso que la información que recibimos durante el almuerzo en casa de mi madre me está volviendo loco.

—Desde hace meses, se han estado realizando pequeños desvíos de fondos en la cuenta de la empresa.

Nada que nos perjudique de forma significativa, una cantidad ínfima comparada con las ganancias anuales, pero una cifra elevada si se considera una empresa de tamaño medio.

Sin embargo, eso no es lo que nos preocupa, ya que contamos con un seguro contra fraudes, sino la frecuencia con la que está ocurriendo y también desde cuándo comenzó.

—¿Desde cuándo? —pregunta Emir.

—Desde que Mehmet fue despedido.

—¿Y por qué recién ahora nos informan de esto? —cuestiona Qasim.

—Primero intentamos descubrir hacia dónde se estaba yendo el dinero, pero no logramos llegar a ninguna conclusión.

—¿Entonces nos vamos a quedar sentados esperando a que nos roben sin hacer nada? —pregunto, irritado—. ¿Creen que fue ese miserable?

—No podemos afirmarlo, Cenk, pero hay que reconocer que es demasiada coincidencia que el dinero haya empezado a desaparecer justo después de su despido. Parece un acto de venganza.

—Un acto estúpido, querrás decir —lo interrumpe Qasim—. Porque si se demuestra que fue él, no vamos a parar hasta meterlo en prisión.

—Si ese es el caso, tiene un cómplice dentro de la empresa.

—¿Un cómplice? No sería necesario. Todas las transacciones pueden hacerse de forma remota.

—Sí, pero para eso tendría que saber en qué cuentas intervenir sin levantar sospechas.

—Quiero que me entregues un informe de esta reunión. Necesito los montos y también de qué cuentas salieron. Voy a reponer ese dinero porque no necesitamos un escándalo que pueda afectar nuestras acciones en la bolsa.

—Todo está aquí —dice, entregándome una carpeta—. Aún estamos trabajando para descubrir el origen de los desvíos de fondos, pero si quieren un consejo, cambien las contraseñas de acceso a las cuentas. En este momento, fuera de la familia, nadie es confiable.

Los tres hombres se marchan y nos quedamos en silencio, mirándonos.

Sé lo que sienten mis hermanos porque los conozco como a mí mismo.

Todo lo que hemos conseguido ha sido fruto de trabajo duro. Nada nos fue regalado.

Nuestro padre prácticamente empezó desde cero y logró levantarse, haciendo fortuna, mientras el resto de su familia se quedaba de brazos cruzados.

Eso provocó una ruptura y acusaciones infundadas por parte de mis tíos, quienes afirmaban que, en el testamento de nuestro abuelo, papá había sido favorecido.

Lo cual era mentira, por supuesto. Él simplemente trabajó más que los demás. En lugar de lamentarse por el patrimonio perdido, salió adelante, dedicándose sin descanso a recuperar su riqueza.

Por eso no toleramos que nos roben, sin importar la cantidad.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunta Kahraman.

—Lo primero es seguir al pie de la letra lo que dijeron: no confiar en nadie más que en nosotros mismos, y ellos también están incluidos en esa lista —dice Emir.

—No solo eso. Voy a ordenar una auditoría interna. No me importa el monto robado, sino el acto en sí. Tal vez los desvíos de fondos sean parte de algo mayor: la muerte de Alim y la caída del avión.

—¡Maldición! —ruge Zehab—. Si ese es el caso, es alguien dispuesto a todo en nombre de la venganza.

Asiento con la cabeza.

—¿Pero venganza por qué?

—Soy el único que tendría motivos para que alguien quiera vengarse y, si lo piensan bien, todas las acciones están relacionadas conmigo: yo debería haber estado en el avión cuando cayó; Ophelia es mi secretaria y fue atacada dos veces, y ahora, el robo.

Qasim levanta la mano, interrumpiéndome.

—En cuanto a Ophelia, si lo que dices es cierto, que alguien quiere vengarse de ti, solo el incidente con Alim estaría relacionado.

—¿Cómo es eso?

—El primer ataque que sufrió no tuvo nada que ver con venganza.

Contacté a algunos amigos que, digamos, no operan precisamente dentro de la ley, y descubrieron que hay una banda albanesa, o mafia, como les gusta llamarse, operando en nuestro país.

Han estado recibiendo “encargos” de mujeres y se están expandiendo por toda Europa.

La semana pasada, una adolescente fue secuestrada cerca de nuestra empresa, a plena luz del día.

—¿Y por qué no me dijiste esto antes?

—Con todas las mierdas que han estado pasando, terminé olvidándolo.

—O sea que descubriste lo del ataque contra Ophelia antes que la propia policía. Excelente trabajo de las autoridades —ironiza Emir.

—No esperaba ningún resultado de su parte y Tur ya me había advertido sobre la posibilidad de que el ataque contra ella fuera obra de secuestradores de mujeres para el comercio sexual.

—Es una mierda, pero al mismo tiempo es un alivio —dice Kahraman—.

Al menos sabemos que, manteniéndola protegida con seguridad, ya no corre peligro.

Ese tipo de gente trata a las mujeres como mercancía.

No es algo personal. Si no logran atrapar a una, pasan a la siguiente. No creo que vuelvan a ir tras ella.

Asiento con la cabeza. El escenario que plantea es repugnante, pero muy real. Si el primer ataque fue simplemente un intento de secuestrar a Ophelia para venderla, no lo intentarán de nuevo. Sería demasiado arriesgado. Aun así, no pienso relajar su seguridad.

—¿Y qué hay de Mehmet? ¿Creen que es él quien está detrás del desvío de fondos?

—No —respondo—. Y si lo es, se asoció con alguien.

No creo que sea lo suficientemente inteligente como para orquestar algo así por su cuenta.

Además, si los desvíos de fondos están relacionados con la muerte de Alim y la caída del avión, no hay forma de que Mehmet sea el cerebro detrás de todo.

De cualquier manera, le pediré a Sage que haga una revisión completa de todo el sistema de nuestras empresas.

Si dejaron algún rastro, lo vamos a encontrar.