Capítulo 18
Aún pasaron algunos minutos antes de que Alim viniera a buscarme al vestíbulo de la empresa, en la planta baja.
Yo caminaba de un lado a otro, nerviosa, angustiada, con rabia hacia mí misma.
Dejé que me besara.
No, mucho peor, le devolví el beso.
Me gustaría poder decir que me sedujo, pero sería una mentira descarada. Yo quise ese beso y todo lo que vino después. Quise la presión en mis muslos y sentir, por primera vez en la vida, mi cuerpo comprimido contra la firmeza de un hombre.
No, no habría servido cualquiera. Solo él.
Aquel a quien debo odiar. El hombre del que no puedo olvidar lo que hizo y todo el daño que le causó a la persona que más amaba.
Y aun así, sabiendo quién es, todavía puedo sentir el sabor de su beso. Si pudiera, me alimentaría de ellos de ahora en adelante.
—Lo que sea que esté pasando entre ustedes dos, si es consensuado, no es incorrecto, Ophelia. Ambos están solteros y no existe una política de no confraternización dentro de nuestra empresa —dice Alim por primera vez desde que nos encontramos.
Estamos en el asiento trasero del coche ahora y creo que interpretó mi silencio como vergüenza, pero no. Es culpa. Tan intensa que me provoca náuseas.
Soy débil. En poco más de un mes, en lugar de concentrarme en mi promesa, caí en los brazos del único hombre que tengo prohibido.
—Es mi jefe. Además, pertenecemos a mundos diferentes.
—Si lo miramos desde ese punto de vista, son pocas las personas en el planeta que pertenecen al mundo de Cenk y de sus hermanos. Y aun así, no dejan de tener novias.
Novias.
No, eso arruinaría todo mi plan. Necesito seguir siendo solo una empleada.
Lo miro en silencio durante unos segundos antes de decir:
—Personas como nuestro jefe no salen con mujeres de mi clase social, señor Alim.
—Nunca había visto un prejuicio al revés.
—No entiendo.
—Te equivocas si crees que Cenk juzga a alguien por su cuenta bancaria, Ophelia. Puede ser un bastardo arrogante y terco el noventa y nueve por ciento del tiempo, pero no es cuánto gana lo que hará que te respete, sino tu carácter.
Eso me golpea de lleno, aunque sé que no hay motivo para que me afecte, porque, con seguridad, Alim está equivocado.
Estoy a punto de responderle cuando, de repente, como en una película de terror, se oye un disparo seco.
Al instante, una mancha de sangre se expande en el pecho de Alim, como si la bala lo hubiera atravesado. Su cuerpo se desploma hacia adelante.
No tengo tiempo ni de gritar, porque el coche comienza a girar y girar.
¡Dios mío, algo nos impactó! Voy a morir.
Dicen que, en el momento de la muerte, toda la vida pasa ante los ojos. En mi caso, mientras cierro los ojos con fuerza para contener el pánico, lo único que veo es el rostro de Cenk.
Siento un dolor que me atraviesa el pecho y no tiene nada que ver con no haber logrado completar mi venganza, sino con que no volveré a verlo jamás.
Es suyo mi último pensamiento antes de que todas las luces del mundo se apaguen.
Escucho voces a mi alrededor, pero no sé dónde estoy ni quiénes son.
Me esfuerzo por abrir los ojos, pero me duele la cabeza y gimo.
—Todo está bien, querida —dice una voz femenina—. Vas a estar bien.
Me gusta su tono. Es amable, reconfortante, pero aun así, no creo que esté bien. Me duele incluso respirar.
—Agua —suplico.
—Si quieres beber agua, necesitas despertar, Ophelia.
Eso finalmente me hace reaccionar por completo.
—¿Cómo me llamó?
La mujer es hermosa. Tiene la piel dorada y el cabello oscuro con algunas hebras blancas. Me recuerda a alguien, pero no sé a quién.
—Te llamé Ophelia. ¿No es ese tu nombre?
La miro sin saber qué responder, mientras intento procesar esa información.
—¿Dónde estoy?
—¿No recuerdas el…?
Un hombre vestido de blanco, supongo que un médico, tose a su lado y ella se interrumpe.
—¿Qué está pasando? —pregunta la señora al médico.
—Zehra[15], denos un momento. Tendré que examinar a la paciente, ahora que despertó del coma inducido.
—¿Qué? —pregunto, horrorizada, e intento sentarme, pero el mareo me golpea.
—Estuviste en coma inducido porque sentías mucho dolor, Ophelia —dice la mujer nuevamente, sin obedecer la sugerencia del médico de retirarse.
—Discúlpeme, pero ¿por qué sigue llamándome así?
—Porque ese es tu nombre. Ophelia Corbyn.
—Tía, con todo respeto, te voy a pedir que salgas ahora.
El médico suena un poco brusco, pero ella no parece ofenderse. En cambio, le aprieta la mejilla como hacen los adultos con los niños.
—Ustedes, los jóvenes, crecen y creen que pueden mandar a los mayores. Me iré, pero estaré en el pasillo, Ophelia. No estás sola, cariño.
Cuando finalmente se va, le pregunto al médico:
—¿Qué me pasó?
—¿No lo recuerdas?
—No recuerdo nada, salvo desde este momento. ¿Ya nos conocíamos?
Me mira, preocupado.
—¿No recuerdas ni siquiera tu nombre?
—No, ni a usted ni a la señora que acaba de salir. ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
Me responde, pero no le entiendo.
—Por favor, ¿podría repetir lo que acaba de decir?
Frunce el ceño.
—Disculpa, es que Cenk me dijo que tú hablabas turco. Estuviste en coma durante una semana y media.
—¿Cenk? ¿Hablo turco? ¿Ese fue el idioma que usó para responderme?
—Sí.
—Lo siento, pero no logré entender nada —digo, avergonzada, y entonces algo se me ocurre—. ¿Estoy en Turquía?
—Sí, en Estambul, Ophelia. Tú vives y trabajas aquí, para mi primo Cenk Yavuz Aydin.