Capítulo 10
Desde que regresé de Alemania, hice lo imposible para que nuestros caminos no se cruzaran, aunque eso no evitó que, de vez en cuando, pudiera verla entrando en una sala u otra.
Eso era suficiente para despertar mi deseo. Como un maldito adolescente con las hormonas descontroladas, incluso llegaba a sentir el aroma de su perfume cuando pasaba por el pasillo instantes antes que yo.
Y ahora, aquí estamos, frente a frente. Ophelia es incluso más excitante de lo que recordaba de la última vez que estuvimos tan cerca.
Parece vulnerable, con los hermosos ojos violeta muy abiertos, el cabello desordenado, soltándose del moño. Su boca, que me hace pensar en las peores perversiones, está entreabierta, como si necesitara hablar, pero no estuviera segura de qué decir.
Tuve ganas de matar al hijo de puta de Mehmet por haberla expuesto hasta el punto de ponerla nerviosa, hacerla tropezar y caer, pero ahora que estamos solos, lo único que pasa por mi cabeza es cuánto deseo levantar su vestido y, sin juegos preliminares, perderme en el calor de su vulva.
El deseo que ella despierta en mí no es romántico, sino carnal, depravado.
—Lo lamento mucho por esto —dice finalmente, sacándome del sensual trance.
—¿Por qué exactamente se está disculpando, señorita Corbyn?
Ophelia es indescifrable. En este momento parece vulnerable, pero algo me dice que, por dentro, está hirviendo.
No puedo evitar dejar que mis ojos recorran su cuerpo, donde el vestido se ajusta a sus caderas y a sus pechos voluptuosos, dejando un pequeño pliegue en la zona de su cintura estrecha.
Si Ophelia fuera mía, ordenaría que su ropa fuera hecha a medida para que moldeara ese cuerpo hermoso.
El pensamiento me sorprende.
¿Si fuera mía? ¿Desde cuándo pienso en las mujeres en esos términos?
La expresión “sin lazos emocionales” siempre ha sido mi guía.
—Me estoy disculpando por toda la situación, señor Aydin.
—Nunca pidas disculpas si no te equivocas. No permitas que tu mente se acostumbre a la sumisión. Si lo haces, permitirás que los demás se acostumbren a tratarte como inferior. Ya sea que estés frente a un mendigo o un presidente, conoce tu lugar en el mundo.
Había desviado la mirada, observando hacia abajo, en una postura que ahora sé que es de falsa sumisión. No hay nada de pasivo en esa chica hermosa.
Ophelia es joven y probablemente algo insegura, pero sumisa, jamás.
Hay demasiado fuego en su mirada. Una llama que me pone duro solo con su cercanía, haciendo que mi deseo crezca de forma visceral.
—¿Puedo hablar con franqueza o eso me perjudicará de alguna manera?
—Puedes hablar. No te perjudicará. Tienes mi palabra.
—Yo sé cuál es mi lugar en el mundo —dice, y su voz, aunque es baja, tiene un matiz desafiante—.
Y quizá por eso mismo iba a hacer lo que me asignaron.
Usted me dio una oportunidad. Ahora trabajo menos horas y no termino tan cansada, lo que me deja más tiempo para estudiar.
No voy a permitir que cualquier obstáculo interrumpa mi camino.
—¿El obstáculo sería Mehmet?
—Es uno de los obstáculos que ya he encontrado a lo largo de la vida.
Parece demasiado amarga para alguien tan joven y, si mi intuición es correcta, no se ha dado cuenta de cuánto se expuso con esa simple declaración.
—¿Te lastimaste? —Cambio el tema hacia lo que realmente debería importarme.
Ella aprieta los labios en una línea fina.
—Cuando hago una pregunta, espero una respuesta, Ophelia.
—No soy de hablar mucho porque me controlo para ser así, señor Aydin.
—¿Por qué?
—Si no lo hago, corro el riesgo de meterme en problemas.
Contengo una sonrisa. Es jodidamente excitante con esa actitud de felina intentando mantenerse bajo control.
—¿Y qué tiene que ver eso con la pregunta que te hice sobre si te lastimaste?
—Este es el momento en el que debería callarme.
—Habla.
—Déme su palabra de que no perderé mi trabajo.
—La tienes.
—Él me puso el pie para que yo me tropezara.
—¿Qué?
—No me caí por accidente. Él me puso el pie para que tropezara. Ahora él debe estar pensando que, mientras estaba en el suelo, herida y humillada, sentí ganas de llorar.
—¿Y no fue así?
—¿Sigo protegida contra un juicio negativo de su parte?
—Sí.
—No tenía ganas de llorar. Quería romperle la tablet en la cabeza a ese infeliz.
Me sorprende la oleada de lujuria que me invade, y sé la razón: quiero esa pasión que emana de ella en mi cama.
Quiero sus gritos y sus jadeos antes del orgasmo. Su súplica por más, cada vez que la tome con fuerza.
Ella me mira y quizá percibe el hambre en mis ojos, porque algo cambia en su postura. Sé reconocer el deseo en una mujer y la atracción física entre nosotros es recíproca.
Aun así, Ophelia da un paso hacia atrás, como si quisiera mantener el control sobre su propia voluntad.
Me obligo a volver a la realidad, prestando atención recién ahora a lo que dijo.
—¿Estás afirmando que tu jefe puso el pie deliberadamente para que te cayeras?
—Sí —responde sin dudar—. Sé que suena infantil y sin sentido, considerando el cargo que él ocupa, pero como usted mencionó su preocupación por posibles demandas laborales, quizá debería verificar con las empleadas el trato que reciben de su parte.
Puede que se sorprenda al descubrir que no fui la única.
Ahora, si me permite, me gustaría volver a mi oficina.
—Recoge tus cosas y ve a la oficina de mi asistente, Alim. A partir de ahora, trabajarás directamente con él.
—Si está haciendo esto porque el señor Mehmet puso el pie para que yo cayera…
—Ese es otro asunto que será investigado, Ophelia. Independientemente de eso, sea cierto o no, ya no trabajarás para él.
—¿Aún puedo decir lo que estoy pensando?
—Te escucho.
—No necesito un salvador. Soy pobre y recién estoy comenzando mi carrera, pero no necesito un salvador. Solo quiero respeto.
Doy un paso hacia ella, su aire desafiante hace hervir mi sangre.
—No soy ni seré tu salvador, Ophelia. Si eres una mujer inteligente, nunca lo olvidarás.