En las Manos del Magnate Turco (Multimillonarios Turcos nº 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Esa misma noche

Contra todo pronóstico, después del encuentro electrizante con mi jefe y de haber llegado a casa todavía temblando, me río de las imágenes en la pantalla.

La señora que es mi vecina desde que me mudé a Estambul, y a quien, sin miedo a equivocarme, puedo llamar la única “amiga” que tengo en esta etapa de mi vida, me invitó una vez a ver películas mudas, en blanco y negro.

Es un canal especial, exclusivo de películas antiguas, y desde que entré en ese mundo, no hubo vuelta atrás.

Para ser sincera, al principio acepté más por tener a alguien con quien conversar que por interés en la película en sí.

Pensé que lo odiaría. Soy más lectora que espectadora, por decirlo de alguna manera, y nunca imaginé que me interesarían las películas, mucho menos las mudas.

Sin embargo, ahora son ellas las que me mantienen cuerda en los momentos de estrés. En los días en que creo que lo que planeé es una locura y que voy a terminar en la cárcel.

Repaso todo el encuentro con Cenk y me pregunto si alguna vez me acostumbraré al impacto de su presencia.

“Puede que nunca tengas que acostumbrarte”, me recuerda una voz interna.

Todo lo que creí haber conseguido el día en que me ordenó ser la única en limpiar su oficina, acercándome aún más a mi objetivo, parece haberse derrumbado hoy.

Apenas podía esperar para deshacerse de mí cuando descubrió que aspiro a un puesto de secretaria.

Tal vez no debería haberle hablado de mis ambiciones, pero en ese momento mi intuición me dijo que mentir sería peor.

Parece conocer todos los secretos del mundo.

“No todos”, pienso con ironía. “Si Cenk supiera quién soy, jamás permitiría que pusiera un pie en el edificio principal de Aydin Steel Group”.

Apago la televisión, pensando en preparar algo para cenar, y en ese mismo instante llaman a la puerta.

Sé quién es: la señora Cagla, mi vecina. Es mi única visita.

—Ophelia, buenas noches. Vine a preguntarte si quieres compartir una sopa. Acabo de hacerla.

—Hola, señora Cagla. ¿No es muy tarde para que usted coma?

No quiero parecer impertinente, pero hace unos quince días tuve que acompañarla a urgencias porque tenía un problema de indigestión. Ya tiene ochenta años, y el médico le dijo que no debería comer tan tarde.

—Cariño, a mi edad, el único placer es comer. No quiero vivir hasta los cien años, o mejor dicho, sí quiero, pero si para lograrlo tengo que pasar hambre, prefiero acortar la vida algunos años. Me acuesto tarde y me levanto aún más tarde. No tengo hambre en los horarios normales.

Sonrío y, en el fondo, creo que tiene razón. Cuidar la salud es importante, pero ¿de qué sirve vivir veinte años más si eres completamente infeliz?

—Me encantaría una sopita, pero no creo que deba.

—¿Por qué no?

—Decidí que necesito reducir mis caderas. El uniforme me queda demasiado ajustado.

—Tonterías, cariño. Tienes un cuerpo hermoso. Eres joven y estás sana, una ensalada no te va a dar fuerzas para el trabajo que haces.

Tengo tanta hambre que mi estómago gruñe, porque no he comido nada desde el almuerzo, así que dejo que el pecado de la gula venza al de la vanidad.

Al día siguiente

—El asistente del presidente de la empresa, el señor Alim, te ha llamado. Debes dirigirte a su oficina en lugar de comenzar tu turno —dice mi supervisor.

Me sorprendo y, por un instante, no sé qué responder. Entonces, la conversación de ayer vuelve a mi mente y mi estómago se revuelve.

Se acabó. Me van a despedir.

Mi impulsividad al decir aquellas últimas palabras antes de salir de la presencia de Cenk vuelve para atormentarme.

—¿Debo cambiarme de ropa? —pregunto, y odio que mi voz suene temblorosa.

—No. La orden es que vayas inmediatamente.

Asiento con la cabeza, esforzándome por no descomponerme.

Concéntrate, Ophelia. No es la primera situación difícil que enfrentas en la vida, y no será la última.

Después de pedir permiso, camino hacia la oficina que me indicó, dando pasos cortos, postergando lo inevitable. Resignada a que los planes que elaboré con tanto cuidado tendrán que rehacerse, o nunca lograré cumplir mi promesa.

—Estoy aquí por indicación del señor Alim —le digo a la secretaria en cuanto entro.

Me tranquiliza un poco que la mujer me dedique una sonrisa amable.

—Voy a anunciarla, señorita…

—Ophelia Corbyn.

—Espere un momento, señorita Corbyn.

Sale y regresa demasiado rápido para mi gusto, dejando la puerta abierta, en un gesto claro de que debo pasar.

Asiento y entro en la oficina.

Intento mantener la calma, aunque todos los nervios de mi cuerpo laten con fuerza.

—Señorita Corbyn, ¿cómo está? —me saluda un hombre de estatura media, que, si tuviera que adivinar, no debe tener mucho más de treinta años.

—Muy bien, señor.

A punto de sufrir un paro cardíaco, pero fuera de eso, nada grave.

—Siéntese, por favor. ¿Sabe por qué está aquí? —pregunta en cuanto me acomodo en una silla.

Estoy tan nerviosa que, en lugar de mirarlo, recorro mentalmente toda la oficina y llego rápidamente a la conclusión de que es mucho más sencilla que la de Cenk.

—No.

—Voy a entrevistarla, por solicitud del señor Cenk Aydin, para un puesto de secretaria junior.

Abro la boca, pero no sale ningún sonido. En cuestión de segundos, pasé de estar segura de que me quedaría sin empleo a volver a tener esperanza.

Esto aún no ha terminado.