En la Raya (DC Jake Tanner 2) Capítulo 79
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Capítulo 79

DEDO

E l rostro de Elizabeth se iluminó cuando Jake entró en la habitación del hospital. Estaba sentada en la cama con la sábana subida hasta el pecho. Extendió los brazos mientras él se acercaba.

—Me alegro tanto de que estés bien —dijo Elizabeth—. He estado muerta de preocupación.

Jake dejó la bolsa de PC World en el suelo, se inclinó sobre Elizabeth y la abrazó. Deseó que aquel momento durara toda la vida, pero se vio superado por un repentino impulso de besarla. Se separó un poco y la besó en los labios, en la frente y en la mejilla.

—Te dije que volvería sano y salvo. —Jake se sentó a su lado y le acarició la cara.

Sentía su piel suave bajo la suya, pero, mientras estaba allí sentado, la sensación se vio empañada por fogonazos de la cabeza ensangrentada de Jennifer la noche anterior.

Trató de sacudirse el recuerdo de la mente.

Para su sorpresa, desapareció, aunque sabía que solo sería una solución temporal.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Elizabeth, apretándole la pierna.

—Horrible. Pero no tienes que preocuparte por eso, ni por mí. No quiero que te estreses. Ya ha pasado. Se acabó. Ya estoy aquí. Soy todo tuyo.

Elizabeth le tendió la mano.

—Soy Elizabeth. Encantada de conocerte. Creo que no nos han presentado.

Jake cogió su mano y la besó.

—El placer es mío, señorita.

Ella hizo un pequeño gesto y mostró su mano izquierda, haciendo girar la alianza de boda en su dedo.

—Señora —corrigió ella.

—Mis disculpas. Ese hombre es muy afortunado.

—Bah, no está mal.

Jake soltó una risita. Le gustaba su sentido del humor: el hecho de que aún pudieran comportarse como niños y salirse con la suya, a pesar de estar a mitad de la veintena y de acabar de tener a su segundo hijo.

Todos los demás aspectos de sus vidas eran serios, así que ¿por qué no podían ser su relación y su familia su vía de escape?

Jake se agachó y cogió la bolsa.

—Te he comprado una cosita.

—¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Con qué dinero?

—¿A qué viene tanto interrogatorio? ¿No es ese mi trabajo?

Elizabeth frunció el ceño.

—Responde.

Jake sabía que era mejor no discutir.

—¿Cuándo? Hoy. ¿Por qué? Quería tener un detalle contigo, y es una pequeña disculpa por mi ausencia estas últimas semanas. ¿Y con qué dinero? Los compañeros del trabajo nos dieron algo para felicitarnos por Ellie.

—¿Cuánto? —preguntó Elizabeth. Había pasado al modo serio y preocupado.

—Quinientas libras.

—¡Qué!

—Se me olvidó decírtelo el otro día cuando traje la tarjeta a casa.

—¿Y te lo has gastado todo?

—En una inversión —señaló Jake.

—¿A qué te refieres con una inversión? Podrías haber usado eso para pagar el seguro del coche que está vencido. O las otras facturas que se nos están acumulando.

—Es una inversión —repitió Jake, entregándole la bolsa.

Ella metió la mano y sacó una caja. En cuanto vio la marca en el lateral, se quedó boquiabierta.

—¡Oh, Jake! —dijo, sosteniendo el regalo entre las manos.

—¿Es el correcto?

Elizabeth asintió. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Es el que dijiste que querías, ¿verdad? Y con suerte podrás hacer mejores fotos con él. Y con esas fotos mejores, ganarás más dinero. Y con ese dinero, se recuperará lo gastado en el objetivo. Ya ves... ¡una inversión!

—¡Así no es como se trata a una mujer sensible! —dijo con un nudo en la garganta.

—Puedes usarlo con Ellie. Pruébalo con ella. Asegúrate de que funcione bien. ¿Te gusta? —preguntó Jake con una sonrisa que esperaba que no terminara nunca.

—Me encanta. Es perfecto. ¿Has traído mi cámara?

La sonrisa de Jake desapareció de inmediato. Aquello le dijo a Elizabeth todo lo que necesitaba saber.

—Idiota —dijo ella, riendo entre dientes.

—Lo siento.

—No seas tonto, no pasa nada.

—¿Cómo está ella? —preguntó Jake finalmente.

—Está bien. Los médicos la han estado cuidando toda la noche. Dicen que está en perfecto estado.

—¿Dónde está?

—Durmiendo ahora mismo. Mi madre está con ella.

Jake se puso en pie y se sacudió las perneras del pantalón.

—¿Quieres venir conmigo?

—Ahora mismo no —respondió Elizabeth—. Iré más tarde.

Jake se inclinó y besó a Elizabeth en la frente de nuevo.

Había leído en alguna parte que era común que las madres sufrieran depresión posparto.

Y Elizabeth había reaccionado de la misma manera cuando nació Maisie, como si sintiera algún tipo de resentimiento hacia el bebé.

Jake la conocía lo suficiente como para no presionarla. Con el tiempo, llegaría.

Se despidió, le dijo que la quería y se apresuró hacia la sala de neonatos. Allí encontró a su suegra sentada en una silla, trasteando con su Blackberry.

—Quién te iba a decir que te vería por aquí —dijo Jake.

—Siento no ser tu madre de verdad —respondió Martha, manteniendo la vista fija en la pantalla—. Ella se ha ido hace unas horas.

—Ella sabe cuidarse sola.

Martha levantó la mirada hacia él.

—He oído lo del trabajo. Felicidades. El Destripador de Stratford por fin está fuera de las calles.

—Un día más en la oficina —respondió Jake con suficiencia.

Martha se puso el teléfono bajo la pierna.

—Hablando de la oficina... ¿te quedarás allí?

Jake asintió.

—Lo han retirado todo. Dijeron que solo me estaban poniendo a prueba para ver qué tal me las apañaba bajo presión.

—¿Y supongo que ahora que has arrestado a Lester Bain, has aprobado con matrícula de honor?

—Un poco exagerado, pero lo acepto.

—Bien —dijo Martha—. Nos alegramos por ti. Sigue así.

Jake sabía en el fondo que estaba siendo sincera, por muy sarcástico que sonara cuando lo decía.

—Es un gusto tenerte cerca —dijo Jake con sarcasmo, esperando que ella lo notara. Sin embargo, su relación era cordial; ambos habían acordado mutuamente —y en silencio— respetarse.

Martha recogió sus cosas, se las puso bajo el brazo, le dio a Jake un breve abrazo y salió para reunirse con Elizabeth.

En cuanto Martha desapareció de su campo de visión, Jake la borró por completo de su mente. Lo único importante ahora era su preciosa niña, envuelta en una manta, durmiendo.

Apoyó la mano en el cristal. Una matrona entró por una puerta al otro lado del tabique.

Jake la reconoció como la que le había ayudado en el parto.

Se acercó a Ellie, la sacó de la cuna, desapareció por la puerta al otro lado del cristal y volvió por la misma puerta por la que Martha acababa de salir.

—¿Le gustaría sostenerla? —preguntó la enfermera al aparecer.

—Más que nada —dijo Jake, extendiendo ya los brazos.

Ellie pesaba más de lo que esperaba, y tuvo que ajustar su postura al cogerla.

Se despertó en sus brazos, abriendo los ojos para revelar un impresionante color castaño avellana.

Jake le dio un beso en la frente y luego hundió la nariz en su mejilla.

Le tendió el dedo para que Ellie lo agarrara, y ella lo hizo, envolviéndolo por completo con su puñito.

—Hola, Ellie —dijo, embargado por la emoción—. Soy tu papá. Y voy a asegurarme de que nadie te haga daño jamás. Te lo prometo.