En la línea de fuego 590
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Beth, la responsable de que al final terminara sentada en un taxi de camino a una discoteca, estaba a mi lado, junto a la otra ventanilla, disfrutando de las mismas vistas que yo.

Las luces de la ciudad de Washington se deslizaban como estrellas fugaces más allá de la ventana. Hacía rato que habíamos dejado el pueblo atrás con la intención de sumergirnos en el bullicio nocturno de la ciudad.

Las últimas horas antes de marcharnos se alargaron tanto que nos faltó poco por no salir esa noche.

Al ser un plan improvisado, Beth no había venido preparada para la ocasión, así que me ofrecí a prestarle algo. Pero cuando empecé a sacar ropa de mi armario, fue todo un desafío encontrar algo que realmente le gustara.

Casi entró en pánico al ver que solo le ofrecía vestidos y faldas.

Su expresión fue un cuadro viviente de horror ante la sola idea de vestir algo que pudiera revelar más de lo que ella estaba dispuesta a compartir.

Por lo que finalmente optó por un sofisticado pantalón acampanado.