EN LA COLINA DE TARA UN CORTO VERANO
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UN CORTO VERANO

- Es francamente hermosa esta ciudad, cada casa con sus vistosos entramados de madera son una obra de arte -señalo Alan-

- Es increíble como el destino de una ciudad quedó en manos de un hombre furioso -comentó Alan-

- Literalmente la pelea de una pareja desató el infierno -acoté yo-

Todos rieron a medias, por la verdad de mis palabras, pero con cierto sentimiento de culpabilidad por la tragedia ocurrida.

- Tienes razón no hay peor infierno que la pelea de dos amantes -afirmó Robert, Alan lo miró cómplice y rieron-

- Estás muy delgadita Luisa, debes alimentarte mejor -se mostró preocupada Cathy-

- Si como, pero no paro ni un momento en el hospital y al final lo quemo.

- Espero que sea así pequeña. Pero hoy has trabajado muchas horas, no es normal que os hagan trabajar tanto, al final te enfermarás o alguna de tus compañeras, es inhumano.

- No mamá, no siempre es así, hoy ha coincidido con las vacaciones del personal, varios regresan de su permiso.

La verdad es que yo tomaba el turno de quien lo necesitase, mantenerme ocupada era lo único que me calmaba. No quería pensar y únicamente un duro día de trabajo me llevaba extenuada a la cama, era el único medio que había encontrado para dormir de corrido.

- Mañana es mi último turno, he logrado cambiar con unas compañeras el fin de semana. Me han dicho que en la Bahía de Cancale hay unas ostras riquísimas y el pueblo es muy agradable, a 30 kilómetros de aquí está el bosque de Paimpont, es muy conocido. Lo visitaremos de regreso.

- ¡Oh sí! quería conocerlo -dijo Alan entusiasmado-

- Lo imaginaba, por eso lo he elegido.

- ¿Qué tiene ese bosque? -preguntó Marie-

- Es un bosque mágico, donde dicen, se encuentra la tumba de Merlín, y la fuente de la Eterna Juventud.

- Ahora lo entiendo -dijo Cathy- Alan es fanático de todo eso.

- Así es, me han dicho además que es muy bonito, hay castillos y una abadía. Ya que vienen de la gran ciudad, he decido que es un buen cambio y así ven algo distinto en vacaciones.

- Muy bien pensado hija, mar y montaña nos hará muy bien a todos.

En casi un año Cathy se había encogido varios centímetros, mamá se preocupaba por mi delgadez, pese a que ella misma había bajado varios kilos, sus ojeras atestiguaban sus noches en vela.

El viernes pasearon por la ciudad y yo intenté trabajar menos, una vez acabé mi turno cenamos y aprovechamos para comentar el itinerario que realizaríamos al día siguiente.

A las siete de la mañana partimos rumbo a la costa, encontramos un pequeño hotel cercano a la playa y nos dispusimos a pasear por la bahía. Comimos las más deliciosas ostras recién pescadas, todos reímos y disfrutamos de la mutua compañía.

- Tu madre ha comprado varios patrones y ahora no sólo repara ropa, sino que es la modista de media docena de mujeres, -dijo Cathy orgullosa-

- No me habías contado nada, estoy muy orgullosa, siempre nos has hecho unos vestidos muy bonitos.

- Bueno hija, estoy empezando, esperaba verte para comentártelo.

Alan y Robert bebieron cerveza y nos contaron las anécdotas de su trabajo.

- ¿Sabes que Robert se cortó un dedo y manchó una botella con su sangre? pasamos dos horas buscando cual botella era, había sido la primera que revisamos, pero la pasamos por alto. Nos quitaron medio día de sueldo, por algo que nos hubiera costado un par de minutos.

- Contingencias de la profesión -dije-. Veo que han mejorado con el francés, tú Alan ya no pareces enfadado, y tú Robert, no parece que estuvieses constipado, parecía que llevabas la gripe más larga de la historia, hace unos meses cuando hablabas notaba que la gente se alejaba unos centímetros, esperando tu estornudo o una tos que te liberara tu garganta.

- De mí también se alejaban -dijo Alan-

- Si, porque con el acento tan marcado parecía que siempre estabas enfadado.

- Cuando conocí a tu padre, pensé que le enfadaba verme, aunque se portaba muy cortés.

Al momento nos quedamos en silencio, hablar de papá siempre producía ese efecto en todos nosotros, por lo menos era un silencio compartido, hasta que Cathy lo rompió.

- Sí, el acento irlandés es muy duro, somos una raza fuerte, es una tierra dura. Yo no soy capaz de decir bonjour sin que tu mamá ría, y merci, s’il vous plait, eso es todo lo que sé.

- Lo dices exactamente igual que el primer día -rio Marie-

Todos reímos y el momento pasó. Nos habíamos acostumbrado a evitar el recuerdo. Hasta los recuerdos felices nos acarreaban una tristeza inefable, así que nos especializamos en el arte del ocultamiento, donde todos éramos unos artistas excepcionales.

La cálida noche y la brisa marina me llenaron de un profundo estupor y dormí plácidamente.

Estaba en la Colina de Tara, era una noche cálida de verano, me apoyé en el dolmen donde coronaban a los altos reyes de Irlanda, la brisa traía los sonidos de la Marcha de Brian Boru, distante, apenas perceptible la melodía, como si la brisa la arrastrase desde otro tiempo, cerré los ojos para escucharla mejor.

Cuando sentí el cálido sabor de sus labios, abrí los ojos temerosa que desapareciera, pero estaba frente a mí besándome dulcemente, mi corazón desbocado y temeroso de que el momento terminase se aferró a él como a la vida misma. Lo apreté fuertemente entre mis brazos, él paró su beso y me miró.

- Hola Ruadhán.

- Hola mi amor.

- Has crecido, estabas tan encantadora el otro día con tu vestido rojo. No pude evitar acercarme.

- ¡Eras tú, lo sabía…! ¡tú estás igual!

- Siempre lo estaré vida mía.

- Te necesito, no puedo seguir sin ti. ¿Por qué te fuiste? ¿por qué desapareciste?

- Puedes seguir, lo estás haciendo, eres la mujer más fuerte y valiente que conozco. No dudes de ti, nunca.

- Dudo todo el tiempo, no sé quién soy ni hacia donde me dirijo, sólo que lo oculto.

- Si sabes, lo sabes. Yo estaré a tu lado.

- No lo estás.

- Lo estoy -dijo con su media sonrisa que sabía me enloquecía-

- Killian, yo -silenció mi boca con sus labios-

- Escúchame Luisa, crees en mí, aun cuando ni yo mismo lo hago, tu lealtad no tiene límites, pero…

- No me digas que no debo creer en ti. Dime que pasó y yo te diré que debo creer.

- No puedo -su mirada se oscureció tanto como aquellos días bajo mi cama, no podía permitir que se alejase de mí. Me acerqué a su oído y le susurré-

- Vuelve a mí.

Killian me miró con desesperación.

- Eso intento, pero no sé cómo y no sé si algún día será posible.

- Inténtalo, sólo inténtalo. Yo estaré aquí, siempre.

Lo besé con todo el amor que había escondido y él me respondió con la misma intensidad. Su beso y su aliento me consumían, quería apropiarme de su beso, de su aliento, de su ser, quería que hiciese lo mismo conmigo. Sin embargo, paró.

- Luisa no he podido mantenerme distante, te he visto en el dolmen, has cerrado los ojos y no he podido evitarlo, siempre intento no acercarme. El tiempo se agota, debo decirte algo muy importante y si me besas no lo diré y me arrepentiré. Mi amor, escucha con atención y cree.

- Dime, te escucho.

Se convirtió en cientos de pequeñas mariposas que se dispersaron por la colina, el sonido de la marcha de Brian Boru se hizo más fuerte, como si se acercase.

Me desperté y lloré por el vació que volvía a sentir, la desesperanza y sobre todo el amor que no me permitía sentir. Mi mente se había convertido en mi mayor enemiga.

Temprano por la mañana desayunamos en el pueblo y nos dirigimos al Bosque de Paimpont o Bréchéliant, su nombre mítico.

En la entrada, la frondosa vegetación plagada de hayas, castaños, robles y pinos, daba cuenta que nos encontrábamos en el País de los Bosques. Paramos en un cartel indicativo, donde habían aparcado varios coches, detrás de nosotros aparcó una pareja de mediana edad con una anciana.

- Creo que debemos empezar por aquí, pero no hay mucha información, sólo dice que es un bosque de 700 hectáreas y lo que vamos a encontrar en él, -dijo pensativo Alan-

- Puede que dentro haya señalizaciones.

- Eso espero Robert.

- Buenos días, nosotros somos los Toussaint, Fantine, Emile y mi madre Francine

- Mucho gusto, nosotros somos Cathy, Marie, Luisa, Robert y yo, Alan

- Encantados. Hay muchos extranjeros que visitan el bosque de Bréchéliant, por la leyenda artúrica.

- Marie y su hija Luisa son francesas.

- Encantadas, viajamos con la familia de mi difunto marido.

- ¿Son ingleses?

- No, irlandeses.

- Pues tenemos los mismos orígenes celtas. Nosotros os podemos ayudar si queréis. Conocemos el bosque como la palma de nuestra mano.

- Si no es molestia, nosotros agradecidos, el bosque es más extenso de lo que pensamos y podríamos buscar los puntos de interés todo el día.

- Si, no hay muchas señalizaciones y más con la señora -refiriéndose a Cathy- Mi madre se quedará descansando en el Castillo Comper, está abierto para los visitantes y hay un hermoso lago. Si la señora está muy cansada puede quedarse con mamá. Hemos traído unos refrigerios.

- Sí, me quedaré con su madre, mis pies ya no están para recorrer esas distancias.

- Nosotros también hemos venido preparados para un picnic, podemos dejarlas descansando y luego volver con ellas y comemos todos juntos -propuso Marie-

- Muy bien, para empezar en el bosque debemos pedir permiso al roble Guillotin.

- ¡Es enorme! -dijo Alan-

- Tiene casi mil años, dentro se refugió el sacerdote Guillotin durante la revolución francesa, de ahí su nombre.

- Así evitó Guillontin la guillotina.

Todos reímos y acto seguido pedimos permiso al majestuoso roble.

Paseamos por el Valle sin Retorno y el Mirador de las Hadas. En el corazón del bosque estaba la abadía de Paimpont, cerca la tumba de Merlín, al mirar el dolmen me recordó mi sueño en la Colina de Tara, mi corazón se contrajo.

- ¿Estás bien? -Preguntó Alan-

- Sí, es el calor simplemente.

- Es un lugar mágico, de verdad sientes que los caballeros de la mesa redonda, Merlín y la Dama del Lago aparecerán en cualquier momento.