Emma: Entre Líneas y Sombras (Entre Líneas 2) 26
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La carta que nunca entregaré

No estoy escribiendo. No tengo papel ni bolígrafo, ni manos firmes para sostener nada sin que el pulso lo rompa.

Pero en mi mente, en ese rincón al que el miedo todavía no ha logrado entrar del todo, se forma una carta.

Línea a línea. Frase a frase. Como un hilo que me ata a lo que aún recuerda quién soy.

No sé cuándo empezó, quizá mientras corría sin saber hacia dónde, con los pulmones rasgándome desde dentro; quizá mientras cruzaba el descampado, mirando atrás a cada paso, convencida de que él venía detrás; quizá ahora, aquí, escondida entre árboles húmedos que no conozco, cuando el mundo por fin ha dejado de perseguirme el tiempo suficiente para que el pensamiento tome forma.

Michael, si supieras desde dónde te pienso ahora, te dolería.

No escribo con tinta. Escribo con respiraciones cortadas.

Con el temblor de mis rodillas. Con el silencio espeso que queda cuando sobrevives…

y no sabes cuánto podrás aguantar. No estoy en Londres.

No puedo volver. Todavía no, y tampoco puedo acercarme a nadie: la sombra que he traído conmigo ya no necesita a quien la creó para existir.

Este pensamiento-carta me acompaña como un refugio extraño, como si al dirigirme a ti —sin que tú lo sepas, sin que escuches, sin que leas nada— pudiera mantener un hilo de cordura en medio de esta huida que todavía no entiendo del todo.

No escribiré esto en ningún papel, no lo guardaré en ningún bolsillo, no me atreveré a dejar un rastro físico, pero en mi mente, Michael, esta carta ya existe, y aunque nunca la leas, ya te pertenece.

No puedo parar, mis piernas caminan solas como si tuvieran memoria propia, como si cada paso fuera una palabra que no me atrevo a pronunciar, y mientras avanzo —sin rumbo, sin mapa, sin abrigo, sin un lugar que me pertenezca— la carta en mi mente crece, se estira y respira conmigo.

No sabrás nunca cuánto duele pensar en ti en este estado.

No porque seas un peligro, sino porque podrías ser una salida.

Y una salida, ahora, es demasiado costosa.

Para ti. Para mí. Para todo. El bosque, o lo que sea este lugar —una combinación de árboles torcidos y un silencio que pesa—, no me ofrece respuestas, solo oscuridad en tonos distintos, solo el crujido de ramas que se parecen a pasos aunque sé que no hay nadie, no todavía.

Me detengo un segundo, apoyando la espalda contra un tronco frío, y ahí la carta mental se recompone.

No te escribo para que vengas. Te escribo para evitar que lo hagas.

No quiero que me encuentres ahora… no sé qué parte de mí sigue siendo mía.

Me arde la respiración, no sé si por el miedo o por las horas de huida; el tiempo se ha roto y, aunque parece que han pasado días, sé que apenas han sido unas horas desde que crucé aquella puerta, desde que él dejó de ser una sola figura y empezó a ser una sombra en mi propia sangre.

Si pronunciara tu nombre ahora, si lo dejara salir al aire, creo que el sonido sería demasiado frágil para sobrevivir, así que sigo escribiéndote en silencio, en mi mente, con la única tinta que me queda: mi cansancio.

No sé cuánto tiempo llevo caminando; el cielo ha perdido el color y mi cuerpo también, y si alguien me viera ahora no sabría decir si soy una mujer escapando o un fantasma recién aprendido.

El paisaje cambia a mi alrededor, los árboles empiezan a abrirse, a espaciarse, el aire pierde peso, y el silencio se vuelve distinto, menos asfixiante.

Tal vez estoy cruzando hacia la carretera, aunque no estoy segura: mi orientación quedó encerrada en aquella habitación de la que escapé.

Y entonces la carta vuelve, insistente. ¿Sabes qué me sorprendió al salir?

Que el mundo siguiera existiendo. Que el aire no se hubiera detenido conmigo.

Que la noche siguiera siendo noche y no una extensión de mi miedo.

Me cuesta aceptar esta libertad reciente: huele a metal, a peligro, a algo que no sé sostener; me siento expuesta, demasiado expuesta, no debería estar aquí, no debería estar viva, y aun así camino, como si seguir moviéndome fuera el único escudo que queda entre él y yo.

A lo lejos escucho un coche pasar, un único coche, a una velocidad que no sabría distinguir si es normal o si va demasiado lento.

Podría pedir ayuda —pero el pensamiento se rompe antes de nacer—, porque pedir ayuda ahora sería invitar a alguien a entrar en un laberinto donde yo misma todavía estoy perdida.

Sigo caminando y la carta continúa escribiéndose sola.

No busques el sentido de lo que hago. Ni tú.

Ni yo. Ni nadie. Solo intento mantenerme en movimiento hasta que mi mente encuentre un lugar donde descansar sin desmoronarse.

El silencio no es completo. Hay momentos —muy breves, casi imposibles de atrapar— en los que el aire parece detenerse justo antes de que ocurra lo inevitable.

No es un sonido. Tampoco un movimiento. Es más pequeño, más difícil de nombrar, como si el mundo dudara.

Me quedo quieta. No es miedo. Es comprobación.

Respiro. Escucho. Demasiado silencio. Aun así, algo no encaja.

No es el bosque, no son los árboles ni el viento.

Es otra cosa. Una sensación que no debería haber salido conmigo de allí dentro, como si una parte del sistema no se hubiera quedado atrás, como si una capa invisible, una lógica que no comprendo…

siguiera superpuesta a todo lo que veo. Cierro los ojos un segundo.

Error. Durante ese instante, el cuerpo recuerda demasiado bien: la celda, las grietas, el pulso en la pared, el momento exacto en el que el dolor decidía cuándo terminaba.

Los abro de golpe. Estoy fuera. Estoy fuera.

Repito la frase en silencio, pero no suena como una verdad; suena como una orden que intento obedecer.

Hay algo más. No es un sonido. No es una presencia.

Es una ausencia mal colocada. Como si en el mundo faltara el lugar exacto donde debería haber una respuesta.

Me llevo la mano al pecho sin pensar. Late.

Rápido. Irregular. Vivo. Pero no es eso.

Es otra cosa. Una sensación de hilo, de conexión, débil, lejana, pero todavía tensa.

Y entonces lo entiendo. Salir no ha cortado nada.

No ha terminado. Solo ha cambiado la distancia.

El sistema no necesita paredes para existir.

No necesita puertas. Ni cámaras. Solo necesita que yo siga dentro de algo que aún no alcanzo a ver.

Aprieto los dedos contra la tela de mi ropa, como si pudiera arrancarme esa idea del cuerpo.

No puedo. Así que hago lo único que me queda. Sigo caminando.

El amanecer está lejos, pero el cielo empieza a volverse menos oscuro, no más luminoso, solo menos hostil.

Mis pasos finalmente me llevan a un espacio abierto, un claro extraño donde el viento corre sin obstáculos, y me siento en una piedra fría, como si fuera un asiento improvisado en un mundo que ya no tiene lugares para mí.

Aquí la carta se vuelve más lenta, más dolorosa, más honesta.

M ichael, no sabes cuánto quisiera poder contarte esto.

Pero hacerlo sería poner tu nombre donde él podría encontrarlo.

Y no voy a permitir que su sombra llegue a ti.

No puedo cargar con otro daño. No quiero convertirte en parte de mi miedo.

Las lágrimas no salen, no pueden; el cuerpo ha elegido sobrevivir antes que llorar.

Me abrazo las rodillas, no para protegerme del frío, sino para conservar los fragmentos de mí que todavía reconocen su propio nombre, y la carta que no escribiré —que no entregaré— termina formándose entera en mi cabeza.

Estoy fuera, pero no estoy a salvo. Estoy viva, pero no sé cuánto de mí sigue completa.

No sé cuándo podré volver. No sé cuándo podré mirarte sin llevar contigo esta sombra.

Pero si de algo estoy segura… es de que, incluso ahora, mientras todo se desmorona…

pensarte me mantiene de pie. Respiro, el viento me envuelve, el mundo sigue girando, yo sigo aquí, y la carta —mi carta mental, mi carta imposible— se cierra en silencio.

Michael, no me busques todavía. Cuando pueda regresar…

lo sabrás. Termino de pensarla y la dejo flotando en mi pecho, sin destino, sin sobre, sin manos que la reciban; la carta nunca será enviada, pero ya existe, y eso, de alguna manera incomprensible, me mantiene viva lo suficiente para seguir moviéndome.