Emma: Entre Líneas y Sombras (Entre Líneas 2) 24
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La caza se desplaza

No me moví de inmediato. Me quedé de pie frente a la pared, con la mano suspendida a pocos centímetros de la grieta que ya no estaba, sintiendo cómo el pulso del lugar se había apagado…

o se había escondido mejor. Si él medía mis reacciones, entonces también podía medir mis repeticiones.

Eso era lo que no esperaba. Volví a apoyar los dedos en el mismo punto.

Nada. Esperé. Respiré. Conté. Volví a tocar.

Esta vez no buscaba que se abriera. Buscaba el intervalo.

El desfase. El segundo exacto en el que el sistema dejaba de ser perfecto.

Uno. Dos. Tres. En el cuarto intento, ocurrió.

No era una apertura. Ni siquiera una grieta.

Era un fallo. Una vibración breve, irregular, como si dos ritmos distintos se hubieran superpuesto durante un instante demasiado corto para ser registrado…

pero suficiente para ser sentido. Sonreí.

Muy poco. Lo justo. —Ahí estás —susurré.

No a él. Al sistema. Repetí el gesto. Misma presión.

Mismo punto. Mismo tiempo. Nada. Otra vez.

No sentí nada. A la tercera repetición, el fallo volvió.

Más débil. Más rápido. Pero estaba ahí. No era una puerta.

Era un pulso. Y los pulsos… se pueden aprender.

Me aparté despacio. No debía forzarlo. Todavía no.

Pero ahora lo sabía. No todo respondía a su control.

Había zonas ciegas. Momentos muertos. Errores que no estaban diseñados…

pero tampoco corregidos. Y si existían, podía encontrarlos.

Podía provocarlos. Podía repetirlos. Me senté en la cama, con la espalda recta, las manos apoyadas sobre las rodillas, como si nada hubiera cambiado.

Como si siguiera siendo la misma. Pero no lo era.

Todo había cambiado: ya no esperaba. Preparaba.

Y entonces lo entendí: no era lo que medía. Era lo que no sabía medir.