18
El lugar al que él llegará tarde
El espejo no volvió a aparecer. Al día siguiente fingí que no lo buscaba; comí sin mirar debajo del plato, bebí sin temblar, pero ya era tarde, porque desde ese momento todo cambió de ritmo.
El lector de la puerta tardó más en sonar.
La comida llegó más fría. El silencio se estiró como una cuerda.
Y yo entendí con una claridad que dolía que habían notado mi reacción.
Esa noche hice lo que llevaba días pensando: algo estúpido, algo humano.
Golpeé la pared. Sin fuerzas, con rabia contenida, solo dos golpes suaves, como quien llama a una puerta que sabe que no van a abrir.
Esperé. Nada sucedió. Volví a golpear, tres veces.
Entonces ocurrió: la cámara se movió, cuando la certeza me alcanzó de lleno.
No giró hacia mí, sino hacia la esquina contraria de la habitación, esa en la que yo nunca me fijaba, y supe que ese gesto no era técnico, era una respuesta.
Tragué saliva. —Lo siento —susurré—. No volverá a pasar.
No sabía por qué pedía perdón, pero lo hice.
Aquella noche no soñé con Michael; soñé conmigo saliendo de la habitación y caminando por un pasillo abovedado sin puertas, sin ventanas, sin fin, y al fondo, siempre al fondo, se escuchaba el sonido del bus frenando, pero nunca llegaba.
En la ciudad imaginé a Michael recorriendo direcciones que no llevaban a ninguna parte, puertas que figuraban en los planos pero no en la realidad, números sin fachada, calles que parecían existir solo para desaparecer cuando alguien las buscaba.
Lo vi entrando en un pub cualquiera, preguntando con esa calma suya que nunca parece una urgencia, y a alguien respondiéndole con un gesto vago, casi molesto: —Ahí antes hubo algo.
Pero lo cerraron hace años. No sé por qué pensé eso.
No sé por qué mi cabeza construyó esa escena con tanta precisión.
Quizá porque necesitaba creer que me estaba buscando.
O quizá porque, en el fondo, ya sabía lo que encontraría.
Que había llegado tarde. A un sitio donde ya no quedaba nada.
Yo también había llegado tarde. Lo entendí cuando, al volver la vista a la pared, vi que alguien había marcado una línea nueva, finísima, casi invisible, una raya más entre muchas, como si alguien estuviera contando…
los días, los errores. Y supe que el siguiente ya no sería tan pequeño.
No dormí, no después de ver la raya nueva en la pared.
La miré durante horas, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama: una línea más, una marca mínima, pero yo sabía lo que significaba, sabía que me estaban contabilizando.
La comida llegó tarde, mucho más tarde de lo habitual; el estómago me ardía cuando por fin oí el clic del lector.
La puerta se abrió lo justo para dejar pasar la bandeja.
Esta vez, además del plato, había un papel doblado.
Lo miré sin tocarlo. Esperé. Nada. Entonces lo cogí.
De nuevo, solo dos palabras, escritas con la misma letra firme del espejo: “No llames.” No había firma, ni explicación.
Pero entonces, allí dentro, fue peor que el miedo: vergüenza, como si me hubieran sorprendido haciendo algo prohibido dentro de mi propia cabeza.
No volví a tocar la pared. No volví a buscar grietas.
No volví a hablar. Aprendí a estarme quieta de verdad.
Y entonces, cuando ya creía que eso era obedecer, la voz llegó.
No por la puerta. No desde la cámara. Llegó por los altavoces, un sonido suave, casi amable.
—Emma. Mi nombre, pronunciado sin emoción, sin amenaza, como una contraseña.
Me levanté tan deprisa que me mareé. —Sí…
—respondí, sin saber por qué. Hubo una pausa.
—Te estás portando mejor. No era un elogio.
Era un registro. —Michael no llegará aquí a tiempo.
El mundo se me apagó un segundo entero. —No sabe dónde estás —continuó la voz—.
Aún. Ese “aún” me dejó helada. —Tú puedes decidir cuánto tarda.
La comunicación se cortó. Nada más. Ni pasos, ni risas, ni despedida.
Esa noche no lloré. Esa noche entendí el juego.
No era solo encierro. No era solo castigo.
Era uso. Yo no era una prisionera: era una pieza.
Y, al otro lado de la ciudad —o eso me repetía para no romperme del todo—, imaginé a Michael girando por una calle que no figuraba en ningún mapa.
No sé por qué esa imagen se quedó conmigo, fija.
Como si no la estuviera inventando, sino recordando lo que aún no había ocurrido.
Quizá porque necesitaba creer que se estaba acercando, que sus pasos, aunque erráticos, lo llevaban en la dirección correcta.
Que, de algún modo, estaba más cerca de mí…
sin saber que yo ya había sido utilizada contra él.