Emma: Entre Líneas y Sombras (Entre Líneas 2) 15
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Lo que no debería estar ahí

Me quedé varios segundos frente a la puerta abierta.

La mano que sostenía el móvil temblaba sin control; lo apretaba tan fuerte que los dedos me dolían.

El mensaje seguía ahí, como si la pantalla lo respirara: “Ya estás cerca.” Cerca de qué.

De quién. Para qué. No había respuesta que no fuera peor que la pregunta.

Di un paso hacia dentro. El sonido de mis zapatos sobre las baldosas fue casi obsceno en el silencio.

Nadie debería escucharse tan fuerte entrando en su propia casa.

El portal estaba vacío. Pero no se sentía vacío.

Era imperceptible. Pero estaba ahí. —un peso en el aire, una electricidad tenue— que me decía que no estaba realmente sola.

Subí las escaleras despacio, conteniendo la respiración cada vez que una tabla crujía.

Un olor ajeno me golpeó de forma extraña, como si no perteneciera a mi edificio.

Como si viniera del interior de mi propio piso.

Cuando llegué a mi puerta, las rodillas empezaron a temblarme.

La puerta estaba entornada. No del todo abierta.

No del todo cerrada. Simplemente… esperando.

—No… —susurré sin darme cuenta. Quería darme la vuelta.

Quería huir escaleras abajo. Quería salir corriendo hacia cualquier sitio que no fuera este.

Pero si no entraba ahora, si no comprobaba con mis propios ojos que todo estaba en su lugar, la incertidumbre me destruiría.

Empujé la puerta con un dedo. Se abrió sin resistencia, como si ya estuviera cansada de sostenerse.

Mi piso estaba oscuro. Demasiado oscuro.

Aun así, avancé. No encendí la luz. No quería que la luz revelara lo que no podría soportar ver.

Mis ojos tardaron unos segundos en adaptarse.

La silueta del sofá era reconocible. La mesa del comedor.

Mi abrigo colgado en la silla donde lo había dejado la noche anterior.

Todo parecía igual. Pero no lo era. Lo supe antes de que mi cerebro pudiera explicarlo: el silencio no era normal.

Era un silencio ajeno, uno que alguien había dejado aquí antes de marcharse.

O antes de esconderse. Di otro paso. El piso crujió bajo mis pies.

Y entonces lo vi. Una sombra muy leve sobre la mesa del comedor.

Un objeto. Yo no lo había dejado allí. Me acerqué lentamente, con el corazón golpeándome el pecho como un martillo.

La luz de la calle, filtrándose por la ventana, iluminaba lo suficiente como para mostrarlo: Un mechón de pelo.

Oscuro. Brillante. Corto. Mi pelo. Mis dedos fueron instintivamente a mi melena.

A la altura exacta de donde faltaba aquel pequeño fragmento.

Un fragmento que yo no había cortado. Un fragmento que no estaba ahí esa mañana.

Sentí náuseas. Ese mechón no era solo una advertencia.

Era una invasión. Una marca. Una firma íntima.

—No… —mi voz era un hilo. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no lloré.

No podía permitírmelo. Entonces lo vi. Junto al mechón había una hoja.

Una hoja que conocía. Era una de mis hojas de planificación de clase.

La que había perdido hacía dos semanas. La que había buscado por todo el colegio.

La que pensé que había tirado sin darme cuenta.

Estaba ahí. Doblada con precisión quirúrgica.

Como si alguien hubiera querido devolverme algo que solo podía haber encontrado en el interior de mi bolsa, o en mi mesa del aula, o en mis cajones del colegio.

La abrí. Temblando. Había una única frase escrita a mano.

Una frase que me paralizó en seco : “No estás sola en tu casa.” El aire se me escapó del pecho de golpe.

Miré alrededor. Oscuro. Silencio. Nada. Pero lo supe.

Con una certeza absoluta. Matemática. Había alguien dentro.

O había estado. Muy recientemente. Me llevé la mano al móvil, dispuesta a llamar a Sophie, a la policía, a quien fuera.

Pero en cuanto toqué la pantalla, se encendió sola.

Sin que yo pulsara nada. Apareció una nueva notificación.

Un segundo mensaje. Sin origen. Sin contacto.

Tres palabras. Tres palabras que hicieron que mis rodillas casi cedieran: “No enciendas la luz.”

“No enciendas la luz.” Leí la frase tres veces.

Y aun así, no pude creer que estuviera ahí.

No pude aceptar que alguien —una presencia, un observador silencioso— supiera exactamente dónde estaba, qué hacía, cómo respiraba.

Mi dedo tembló sobre la pantalla. Las luces del pasillo seguían apagadas.

La ventana dejaba entrar apenas el reflejo amarillento de la farola de la calle.

Podía sentir mi propio pulso en la garganta.

Oír el rugido apagado de mi miedo. Sentir —literalmente— que el aire tenía otro dueño.

Me quedé quieta. Totalmente inmóvil. Quien fuera que estuviera jugando conmigo no buscaba atención.

No buscaba un enfrentamiento. Buscaba control.

No enciendas la luz. Era una orden. No una recomendación.

No una amenaza condicionada. Una orden. Pero ¿qué significaba obedecerla?

¿Salvarme? ¿O caer justo donde él quería que cayera?

Mi mano subió hacia el interruptor casi sin darme cuenta.

El cuerpo lo hizo por costumbre: la oscuridad ya no era un refugio, era un pozo.

Detuve el movimiento antes de tocar el plástico.

Algo en el aire cambió. No era ruido ni pasos ni una respiración humana.

Un cambio de densidad. De temperatura. De intención.

Como si el propio espacio estuviera esperando a que cometiera ese error.

Aparté la mano del interruptor, con el pulso golpeándome en el pecho.

—¿Quién está ahí? —susurré. Silencio. Pero no un silencio vacío.

Un silencio que escuchaba. No sabía hacia dónde mirar.

Qué rincón de mi casa ya no era mío. Si no era física, palpable, cercana…

era de otra naturaleza. Más inteligente.

Más paciente. Mis manos temblaban tanto que tuve que apoyarme en la pared.

El mensaje seguía abierto en la pantalla.

Me obligué a leerlo una última vez. “No enciendas la luz.” Entonces me di cuenta de algo aún peor: la frase estaba escrita con la misma letra que la nota del mechón.

El mismo trazo. La misma presión. El mismo pulso.

Eso significaba que quien había escrito esa nota, quien había dejado mi pelo sobre la mesa, quien había entrado en mi aula, quien había estado en el puente, quien había escrito en la pared, quien me había quitado el móvil…

seguía un orden. Una secuencia. Un guion.

Y ahora… tocaba esta escena. Me llevé la mano al pecho para intentar estabilizar mi respiración.

—No puedo quedarme aquí —dije en voz baja.

Tenía que salir. Tenía que volver a la calle.

Tenía que encontrar a Sophie. Tenía que esconderme.

Adelanté un pie hacia la puerta. El suelo crujió.

Ese sonido pequeño, insignificante, cotidiano, cambió la casa.

Lo sentí. No lo escuché. Lo sentí. Algo cambió de lugar.

La casa respiró hacia atrás. Y esperó. Mi móvil vibró.

Un tercer mensaje apareció casi al instante, sin sonido, sin aviso.

Lo abrí con los ojos muy abiertos y el corazón queriendo romper mi pecho: “No salgas.”