Emma: Entre Líneas y Sombras (Entre Líneas 2) 6
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Lo que sigue a mi sombra

Hay un tipo de cansancio que no se quita durmiendo.

Uno que se queda adherido al pecho, como si el aire se hubiera vuelto más pesado por dentro.

Hoy me despierto con esa sensación. La ciudad entera parece saturada de ella: un gris espeso, una luz opaca que se cuela por la ventana como si dudara antes de entrar.

No quiero levantarme. Pero lo hago. Mientras preparo café, pienso en la llamada de ayer.

La repaso una y otra vez, intentando racionalizarla, desarmarla, convertirla en algo menos inquietante.

Pero no consigo sacarme de la cabeza una cosa: aquella voz.

O mejor dicho… aquel susurro. “Em…” Mi nombre incompleto, dicho en un tono íntimo que me hizo sentir desnuda.

Como si quien lo pronunciaba me conociera desde demasiado cerca o desde demasiado lejos.

No sé cuál de las dos ideas me asusta más.

En el autobús, busco a Michael casi sin querer.

Él sube un par de paradas después y me encuentra con facilidad.

Parece que nada le pasa desapercibido de mí, y eso es…

extraño. Reconfortante, pero extraño. —Estás pálida —me dice al sentarse frente a mí.

—He dormido mal.—Últimamente siempre duermes mal.

Tiene razón, pero no pienso admitirlo. —Será la humedad —respondo, mirando por la ventana para evitar sus ojos.

Londres pasa ante mí con ese color que no es gris, ni azul, ni verde, sino una mezcla de todos, como si la ciudad se hubiera cansado de definirse.

Hay días en que me pregunto si vivir aquí amplifica lo que siento…

o si lo siento porque vivo aquí. El autobús cruza el río lentamente, y durante un segundo miro hacia el agua oscura bajo Wandsworth Bridge, preguntándome cuántas historias desaparecen ahí sin dejar rastro.

—Emma —insiste Michael, bajando la voz—.

Si hay algo… lo que sea… puedes contármelo.

Trago saliva. La tentación de hablar es tan grande que casi me vuelvo para decirle todo: el mechón de pelo, el botón mojado, el hombre en la verja, la llamada.

Pero no lo hago. Porque si lo digo… entonces es real.

Así que sonrío, suave, como siempre. —Eres muy amable, Michael.

Solo estoy cansada. Él no me cree. Pero no insiste.

Y agradezco ese silencio que no me obliga a romperme frente a él.

En la escuela, vuelvo a sentir ese desajuste.

Mi aula está tal y como la dejé ayer… excepto por un detalle que solo yo notaría.

Mis tizas. Las coloco siempre en un orden específico: blanco, amarillo, azul, rosa.

Una forma tonta de ordenar el caos. Hoy están en otro orden.

Uno distinto. Uno que no tiene sentido para nadie más: azul, blanco, amarillo, rosa.

Mi respiración se detiene. Un niño no haría esto.

No es al azar. Alguien sabía lo que hacía.

Me siento en la silla, paralizada. Pienso en el mechón.

Pienso en la llamada. Mi mente intenta encontrar explicaciones lógicas, racionales…

pero la verdad es un animal oscuro que se mueve detrás de la puerta de mis pensamientos.

Sophie aparece en la entrada. —Emma, ¿estás bien?

—Sí… claro —respondo demasiado rápido. Ella frunce el ceño.

—Voy a hacer té. Te traeré uno. Asiento, sin poder mover las manos que tengo entrelazadas sobre el escritorio.

Cuando Sophie se marcha, vuelvo a mirar las tizas.

Sé que las dejé en el orden correcto. Lo sé.

Mi piel se eriza. A media tarde decido salir un momento al patio.

Necesito aire. El mismo aire frío que me ha acompañado toda la vida en esta ciudad, como si Londres fuera un organismo respirando conmigo.

Mientras camino hacia la verja, siento otra vez la sensación en la nuca.

Esa sensación de ser observada. La miro, con temor…

pero no hay nadie esta vez. Solo el viento.

Solo la calle vacía. Solo mi sombra en el suelo, que por un instante parece más larga, más marcada, como si no perteneciera del todo a mi cuerpo.

Respiro hondo. No estoy paranoica. Algo está pasando.

La ciudad sabe más que yo. Siempre lo ha sabido.

De regreso a casa, reviso las llamadas del móvil.

El número desconocido no ha vuelto a aparecer.

Eso debería tranquilizarme… pero solo me inquieta más.

Porque si alguien quiere asustarte, insiste.

Pero si alguien quiere vigilarte… solo llama una vez.

Cuando entro en el portal, el pulso se me acelera.

El botón negro ya no está en el bolsillo de mi abrigo.

Lo busco. Remuevo todo. Nada. Estoy segura de haberlo guardado.

Tan segura que siento un sudor frío en la espalda.

Alguien lo tomó. O alguien lo devolvió a donde pertenecía.

Subo las escaleras con el corazón latiendo en la garganta.

Y cuando giro la esquina hacia mi rellano…

mi puerta está entornada. No abierta del todo.

No forzada. Solo… entornada. Como si alguien hubiese entrado.

O salido. O como si quisiera que yo entrara.

El miedo no me paraliza esta vez. Me obliga a avanzar.

Coloco la mano sobre la madera. Respiro.

Y empujo. La puerta se abre con un sonido suave, casi amable.

Pero lo que encuentro dentro no lo es. No lo es en absoluto.

—No… —susurro, sin aire. Sobre mi mesa de la cocina, perfectamente alineado en el centro…

está mi botón negro. Y al lado, un papel doblado.

Con dos iniciales escritas a mano: E.C. Como si alguien hubiese querido recordarme que sabe exactamente quién soy.

Y que la sombra que me sigue ya no está detrás.

Está dentro. Durante unos segundos no me muevo.

No porque no pueda, sino porque si me muevo…

todo esto será real. La cocina está iluminada por la luz tenue de la lámpara del techo.

El botón negro reposa exactamente en el centro de la mesa, como si alguien lo hubiera colocado con una precisión casi ceremonial.

Y el papel. Doblemente doblado. Esperando.

Mi respiración suena demasiado fuerte dentro del silencio del piso.

Cierro la puerta con cuidado. El sonido del pestillo resuena en el apartamento como un eco demasiado largo.

—Tranquila —susurro. Pero mi voz no tiene la autoridad suficiente para convencerme.

Me acerco a la mesa. Cada paso parece más lento que el anterior.

El botón sigue ahí. Negro. Redondo. Inocente a primera vista.

Pero ahora sé lo que significa. Alguien ha estado aquí.

Alguien ha entrado en mi casa sin romper nada, sin forzar nada.

Alguien que sabía exactamente dónde colocar ese objeto para que yo lo viera al entrar.

Tomo el papel con los dedos. Está seco. Liso.

Como si acabara de ser colocado. Lo abro.

Las iniciales siguen ahí. E.C. Mi nombre.

Emma Clarke. El aire de la habitación parece encogerse a mi alrededor.

No es una amenaza escrita. No hay frases.

No hay advertencias. Solo esas dos letras.

Pero van más allá de una amenaza. Tienen certeza.

Alguien sabe quién soy. Y quiere que yo sepa que lo sabe.

Dejo el papel sobre la mesa. Mi mente empieza a moverse demasiado rápido.

Si alguien ha estado aquí… si alguien ha entrado mientras yo no estaba…

entonces no hay nada que me proteja. Ni cerraduras.

Ni paredes. Ni horarios. El apartamento, que siempre me había parecido pequeño pero acogedor, se vuelve de pronto demasiado abierto.

Demasiado vulnerable. Camino lentamente por el salón.

Nada parece fuera de lugar. El sofá está en su sitio.

Los libros siguen en la estantería. La taza que dejé esta mañana continúa junto al fregadero.

Todo parece normal. Y esa normalidad es lo que más me inquieta.

Porque alguien ha estado aquí… sin dejar rastro.

Vuelvo a la cocina. El botón sigue observándome desde la mesa.

Lo tomo. Esta vez lo examino con más cuidado.

Es pesado. De metal, creo. No pertenece a ninguna de mis prendas.

Eso ya lo sé. Pero ahora percibo más. En la parte posterior hay una pequeña marca.

Una raya fina. Casi invisible. No sé si siempre estuvo ahí o si acaba de aparecer.

Paso el dedo por encima. La superficie está fría.

Y, de repente, recuerdo algo. La marca en el pomo de mi puerta.

La línea. Una línea muy parecida. Un escalofrío me atraviesa la espalda.

¿Es posible? ¿Podría ser… una señal? Niego con la cabeza.

No quiero pensar en eso. No todavía. Camino hasta la ventana.

La abro. El aire frío de Londres entra de inmediato en el piso.

La ciudad respira allá afuera con su ruido constante: coches pasando, voces lejanas, el zumbido de la vida nocturna que empieza a despertar.

Pero dentro de mi apartamento el silencio sigue siendo demasiado espeso.

Cierro los ojos un momento. Intento pensar con claridad.

Tengo tres opciones. Ignorar todo esto. Hablar con Sophie.

O hablar con Michael. El nombre aparece en mi mente antes de que pueda detenerlo.

Michael. Recuerdo la forma en que me miró esta mañana.

La calma de su voz. La forma en que parece notar siempre cuando algo no está bien.

¿Podría confiar en él? La idea me provoca una mezcla extraña de alivio…

y miedo. Porque confiar en alguien significa aceptar que estás en peligro.

Y hasta ahora he estado evitando exactamente eso.

Miro el botón otra vez. Las iniciales en el papel.

E.C. Alguien quiere que entienda lo que todavía no veo.

Camino hasta la puerta del dormitorio. La abro.

La habitación está exactamente igual que la dejé esta mañana.

La cama deshecha. El libro en la mesita.

La cortina moviéndose suavemente con el aire que entra por la ventana.

Nada fuera de lugar. Y aun así… la sensación regresa.

Ese cosquilleo en la nuca. La intuición primitiva de que alguien ha estado demasiado cerca de mí.

Demasiado cerca de mi vida. Demasiado cerca de mi respiración.

Apago la luz. La habitación queda en penumbra.

Regreso a la cocina. Guardo el botón en el cajón.

No quiero verlo más esta noche. El papel con mis iniciales lo doblo otra vez.

Lo guardo junto al dibujo del ojo y la otra nota.

Todos los objetos empiezan a acumularse.

Como piezas de un rompecabezas que todavía no sé armar.

Apoyo las manos en la encimera. Respiro hondo.

En un arranque brutal de lucidez, un dilema me desgarró por dentro, una idea se forma con claridad dentro de mi mente.

No puedo seguir fingiendo que esto es una coincidencia.

No puedo seguir esperando que desaparezca.

Porque quien está detrás de todo esto no quiere desaparecer.

Quiere ser visto. Quiere ser entendido. Y quiere que yo sepa que está ahí.

La lluvia empieza a caer otra vez contra las ventanas.

Más fuerte que antes. Más constante. Miro la puerta del apartamento.

Cerrada. Tranquila. Pero ahora sé algo que hace unas horas no sabía.

Las puertas no detienen a todo el mundo.

Apago la luz de la cocina. El apartamento queda en silencio.

Y mientras me preparo para intentar dormir, una última pregunta se instala dentro de mí como una semilla oscura: si alguien puede entrar en mi vida sin que yo lo note… ¿desde cuándo lleva dentro?