Emma: Entre Líneas y Sombras (Entre Líneas 2) 1
3%
Emma: Entre Líneas y Sombras (Entre Líneas 2)

Emma: Entre Líneas y Sombras (Entre Líneas 2)

Por Teo Viedma

© inepub.com

1

La mujer en el reflejo

Narrado por Emma Clarke.

Esta historia comienza meses antes de que Michael empezara a buscarme.

A veces creo que soy dos personas distintas.

La Emma que los demás ven —la que sonríe en el pasillo de la escuela, la que se detiene a escuchar a los niños aunque tenga prisa, la que saluda a los padres con voz suave y segura— parece funcionar sin esfuerzo.

Es amable, cálida, abierta. Algunos incluso dicen que transmito paz.

La otra Emma… esa vive en silencio. Esa aparece cuando cierro la puerta de casa, cuando me lavo la cara frente al espejo y la piel me arde por dentro, cuando el pensamiento se alarga demasiado y me susurra que algo se ha desplazado.

Siempre he sentido que hay un hilo invisible atado a mi espalda.

No lo veo, pero está ahí, tirando suavemente, recordándome que el pasado nunca se va del todo.

Hoy ha vuelto a tirar. No sé si ha sido la lluvia golpeando la ventana al amanecer o el sueño que no pude retener, pero me he levantado con esa sensación extraña en el pecho: la de que el día viene torcido desde el origen.

Como una melodía que empieza desafinada y ya nunca encuentra el tono correcto.

—Venga, Clarke… —me digo mientras intento poner orden en mi pelo—.

No empieces así. A veces hablarme en voz alta me ayuda.

Como si necesitara recordarme quién soy.

Me recojo la melena en una coleta alta, aunque sé que en media hora la humedad de Londres hará de las suyas y el flequillo volverá a escaparse.

No importa. Hay cosas peores que un mal día de cabello.

Mucho peores. Me pongo el abrigo, la bufanda roja y, antes de salir, miro mi reflejo en el espejo del pasillo.

Y ahí está otra vez: la ligera sombra bajo mis ojos.

No es cansancio. No solo. Es… inquietud.

No sé cuándo empezó exactamente. Solo sé que nunca desaparece del todo.

El aire frío me golpea al salir del edificio.

Londres huele a lluvia y a metal mojado.

Siempre. Pero hoy tiene un matiz diferente, más denso.

Las calles cerca de Battersea Park aún están medio dormidas.

Respiro hondo como para comprobar si soy yo o es la ciudad la que está cambiando.

Camino hacia la parada del autobús y saludo a la señora del piso de arriba, que baja con su perro.

Ella me sonríe. Yo también. Me sale natural; la amabilidad me protege, me coloca en un lugar que conozco, un lugar seguro.

Lo extraño es que, aun así, siento que alguien me observa desde algún rincón que no alcanzo a ver.

No volteo. Son manías, me digo. Pequeños temblores de un pasado que insiste en vivir dentro de mí.

Cuando llego a la parada de Queenstown Road, el autobús aparece al final de la calle, una mancha roja avanzando bajo la lluvia…

Y aunque suene absurdo… me tranquiliza. La rutina tiene ese poder.

Te envuelve, te acuna, te engaña. Subo. Y ahí está él.

El conductor de ojos tranquilos. Michael Rowe.

No sé por qué, pero siempre me mira como si pudiera verme más allá de la superficie.

Como si se diera cuenta de que hay un desajuste en mí.

Y, por algún motivo, no me incomoda. Le sonrío, porque a diferencia de otras personas, él nunca invade.

Nunca pregunta. Nunca exige. Y yo… yo necesito eso.

Presencias que no quieran abrir mis puertas sin permiso.

Me siento en mi asiento de siempre, ese junto a la ventana desde donde puedo ver la ciudad mientras se disuelve en lluvia.

Me acomodo el flequillo, suelto un suspiro y dejo que el traqueteo del autobús me calme la mente.

Los niños, la escuela, las reuniones… todo eso puedo controlarlo.

Lo que no sé controlar es esa sensación que aparece a veces, de que alguien —o algo— late justo detrás de mi vida cotidiana, esperando un descuido para alcanzarme.

Cierro los ojos un instante. Y me digo, como cada mañana: No hoy, por favor.

No hoy. Pero el reflejo del cristal me devuelve una mirada que sabe más de lo que debería.

Una mirada que me pertenece y, al mismo tiempo, me resulta ajena.

Como si la sombra dentro del espejo estuviera cansada de esperar.

Cuando el autobús se detiene frente a la escuela, bajo con una sonrisa.

La amable. La extrovertida. La que todos conocen.

Ni siquiera Michael puede ver que, bajo esa sonrisa, en mí ya ha empezado a quebrarse el equilibrio.

Porque hoy… hoy es el día en que el hilo invisible volverá a tensarse.

Y yo todavía no lo sé. El autobús vuelve a arrancar con un pequeño tirón, como si la ciudad necesitara recordarnos que nada se mueve sin esfuerzo en Londres.

El motor vibra bajo mis pies y, durante unos segundos, me quedo observando mi reflejo en el cristal.

Mi rostro aparece duplicado: uno claro, otro más oscuro, casi superpuesto.

Siempre me ha inquietado esa duplicidad.

Los reflejos nunca son del todo sinceros; a veces me pregunto cuál de las dos versiones es la real.

La calle se desliza a nuestro lado como una cinta gris.

Edificios antiguos, escaparates aún cerrados, alguna cafetería que empieza a levantar la persiana metálica con un chirrido que atraviesa la mañana.

Un hombre con un paraguas rojo espera en la esquina.

Una mujer empuja un carrito de bebé con expresión cansada.

La ciudad empieza a respirar. Yo intento hacer lo mismo.

Apoyo la frente en el cristal frío y cierro los ojos un instante.

El traqueteo del autobús es hipnótico, como si cada bache y cada frenada fueran pequeñas olas que me mecen hacia una calma que nunca termina de llegar.

No debería pensar tanto, eso me repito siempre, pero pensar es lo único que me queda cuando el pasado empieza a moverse dentro de mí.

A veces vuelve como una imagen rápida: un pasillo oscuro, una puerta entreabierta, un eco de pasos que no logro situar en ningún recuerdo concreto.

Otras veces es más sutil: una sensación, un presentimiento, como si algo me estuviera esperando al final de un camino que todavía no he empezado a recorrer.

Abro los ojos. El reflejo sigue ahí. Pero ahora percibo una anomalía.

Durante un segundo tengo la impresión de que alguien me observa desde el fondo del autobús.

No directamente, no de una forma evidente.

Es más bien una presión leve, esa forma invisible que tiene el cuerpo de detectar cuando no está solo.

Me giro. Hay cinco personas sentadas detrás: una mujer mayor que lee el periódico, un estudiante con auriculares, un hombre trajeado revisando su móvil, una pareja hablando en voz baja.

Nada fuera de lo normal. Nada que justifique ese cosquilleo en la base del cuello.

—Estás paranoica —murmuro para mí misma.

Lo digo con una pequeña sonrisa, intentando restarle importancia, pero mi cuerpo tarda un poco más en creerlo.

El autobús frena en el siguiente semáforo.

La lluvia empieza otra vez. No es una tormenta fuerte, solo esa llovizna constante que parece formar parte de la arquitectura de Londres.

Las gotas resbalan por el cristal creando caminos irregulares que distorsionan el paisaje.

Por un instante, la ciudad parece derretirse.

Miro hacia delante, hacia el asiento del conductor.

Michael sigue concentrado en su línea, su ruta, su camino.

Sus manos se mueven con naturalidad sobre el volante, como si llevar ese autobús fuera una extensión de su propio cuerpo.

Nunca parece nervioso. Nunca parece distraído.

Y eso me resulta curioso. La mayoría de la gente vive como si siempre estuviera a punto de perder algo.

Él no. Él conduce como si el mundo ya estuviera exactamente donde debe estar.

Quizá por eso me tranquiliza. Quizá por eso me incomoda un poco también.

Porque cuando alguien parece tan tranquilo…

inevitablemente te preguntas qué es lo que sabe que tú no sabes.

El autobús se detiene de nuevo. Suben dos pasajeros más.

Uno de ellos se sienta justo detrás de mí.

No lo miro, pero siento su presencia. Ese mismo cosquilleo vuelve a recorrerme la nuca.

No es miedo. Es más difuso, como cuando entras en una habitación donde alguien acaba de discutir y el aire todavía conserva la tensión.

Intento ignorarlo. Miro por la ventana. Las calles empiezan a llenarse.

Londres se despierta rápido. Un taxi pasa demasiado cerca del autobús y salpica agua sobre la acera.

Un grupo de estudiantes cruza corriendo antes de que cambie el semáforo.

Un ciclista protesta en voz alta. Todo normal.

Todo cotidiano. Pero el reflejo en el cristal vuelve a llamar mi atención.

Esta vez no veo solo mi cara. Veo otra cosa.

Algo detrás de mí. Una silueta. Muy quieta.

Muy recta. Parpadeo. Cuando vuelvo a mirar, ya no está.

Solo el respaldo del asiento. Nada más. Respiro hondo.

—No empieces —susurro. Pero mi mano se aferra con más fuerza al borde del asiento.

No me gusta esa sensación. No me gusta cuando la intuición aparece sin motivo.

Porque la intuición rara vez se equivoca; simplemente llega antes de que entendamos por qué.

El autobús gira en una curva amplia y, durante un instante, veo la ciudad desplegarse frente a nosotros.

Las luces de los escaparates empiezan a encenderse.

Un café abre sus puertas. El olor a pan recién hecho se cuela por una ventana entreabierta.

Es una mañana cualquiera. Eso intento repetirme.

Una mañana cualquiera en una ciudad demasiado grande como para fijarse en una sola persona.

Pero mientras observo el reflejo del cristal por última vez antes de bajar, me parece ver que la sombra que estaba detrás de mí no ha desaparecido del todo.

Solo se ha movido. Como si hubiera decidido esperar un poco más.