Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

Ravena Lessa

Los días soleados en Drü llegaron a su fin y volvimos a nuestra rutina en Koioskovo.

Haakon presentó la propuesta para casarse conmigo y el Consejo Real deliberó.

Tres votos a cinco: la propuesta fue rechazada.

Se puso hecho una furia, refunfuñó muchísimo y soltó un montón de amenazas la primera noche. Después, con la cabeza fría, pudimos hablar mejor sobre la situación.

—¿Qué cambia esto? —pregunto.

—Absolutamente nada.

—¿Van a impedirte ser rey?

—No pueden. Pueden impedirme gobernar; no podré llevarte a vivir al palacio de Skarsgard por ahora y no podremos casarnos en una catedral ni en ningún castillo del Septentrión.

—Vaya... pero no cambia nuestros planes, ¿verdad? —Le acaricio el pelo.

—No los cambia. Nos casaremos en la playa, como planeamos —me tranquiliza.

—Va a ser precioso... por desgracia, papá y mamá han dicho que no podrán venir.

—¿En serio? —Se pone tenso y observa con atención mi reacción.

—Sí. Les da bastante miedo cruzar un océano... pero no pasa nada, tengo a Leon, él es toda la familia que necesito.

—¿Seguro que no pasa nada? —Me besa la mano.

—Sí. Solo estoy preocupada por ti y por lo que puedan hacer... van a vaciarte de poderes...

—Será divertido verlos intentarlo. La familia Iranovichk es la más rica de este reino y una de las más ricas de toda Europa. Si creen que pueden conmigo, tomaré represalias.

—Qué malvado. —Apoyo la cabeza en el brazo de Haakon—. ¿Y tienes idea de quién votó a favor o en contra? —Me mordisqueo el labio, curiosa.

—Svar, obviamente —pone los ojos en blanco—, Petrus y Lumia.

—¡Justo los que parecían más difíciles! ¿Y los Lores de las cámaras?

—Pues ya ves... —suspira nervioso; parece que va a echar fuego por la nariz.

—Y tu abuela, la Reina Madre...

—El voto de la abuela era previsible. Creo que te admira, en secreto. Pero no podía dar su brazo a torcer ante un cambio tan grande en las tradiciones.

—¿Haakon?

—Dime, porquinha. —Me pellizca la nariz.

Me pongo roja cuando me llama así.

—No estás infringiendo ninguna ley, ¿verdad?

—No. La ley dice que para ser rey y gobernar necesito tener un heredero. Algo que ya solucionaremos, ¿no?

Asiento con la cabeza.

—La tradición, el acuerdo que hicieron las tres familias tras destronar al rey loco, es solo eso... un acuerdo... una tradición. No está en la ley. No estoy infringiendo nada. Y si lo estuviera... —Se encoge de hombros—. Me daría igual. ¿A ti te importa?

Siento pinchazos en las mejillas de tanto sonreír.

—¿El jefe del Departamento de Inteligencia tiene novedades sobre Gustavo? —pregunto.

—Ninguna. Ha desaparecido.

Bueno... hace más de una semana que lo vi. Y no he vuelto a saber nada de él, lo que debe de ser buena señal.

—Ahora tenemos que decidir dónde vamos a vivir. —Haakon saca el móvil y me enseña fotos de algunos castillos.

—¿No puedo quedarme aquí con Leon, ayudándolo?

—¿Y yo también voy a vivir aquí? —Se ríe.

—Pensaba que ibas a seguir viviendo en el palacio de Skarsgard. —Frunzo el ceño.

—¿Sin ti? —Niega con la cabeza.

—¿No va a ser raro?

—Seguro que me acostumbro. Podemos ir a visitar unos pisos... buscar castillos en venta, por ahí... —Empieza a clavarme los dedos índices en el cuerpo—. ¡Un sitio grande, con jardín y muchos árboles para que jueguen los niños!

—Una sala de espejos... —sugiero.

—Ah, voy a apuntar ese punto en la lista, es importantísimo. —Se ríe.

Haakon me alisa el pelo y recuesta mi cabeza sobre su muslo.

—Todo va a salir bien y se arreglará. Son solo tres votos a cinco.

La abuela se retirará del Consejo en algún momento...

Las elecciones para Líder de la Cámara son cada cuatro años...

llevan dos años y medio de mandato... en algún momento los votos se pondrán a nuestro favor y todo ocurrirá como debe ser.

—¿Y hasta entonces?

—Hasta entonces iremos apañándonos. Míralo por el lado bueno: tendremos un sitio solo nuestro, lejos de toda esa gente y... de Jemima. No podrá alojarse en nuestra casa, porque estará en el palacio.

—Pensándolo bien, me encanta la idea. —Me río.

*

Haakon y yo nos decidimos por una urbanización residencial alejada de la zona urbana. Una mansión de cuarenta habitaciones, piscina olímpica, campo de golf y pista deportiva, además del bosque encantador.

El jardín delante de la construcción me recordaba a las telenovelas mexicanas que veía de niña, con aquellos caserones majestuosos y espacios abiertos donde los niños correteaban.

Conseguí visualizar allí a mis hijos, aprendiendo a andar, jugando, corriendo... aunque también creía que, en algún momento antes de que naciera el bebé, el consejo votaría un empate o a nuestro favor, y entonces todo volvería a su cauce.

Hasta entonces, Haakon iba y volvía todos los días al palacio —algo que la Reina Madre y todos parecieron desaprobar—, y yo iba a ayudar a Leon en la tienda.

En realidad, lo intentaba. El lugar estaba aún más abarrotado que antes y no había un alma que no entrara preguntando por mí; me dejaban tantos regalos que tuve que convertir dos amplias habitaciones de la mansión en mis colecciones particulares.

*

Un mes después de todo aquello, Haakon y yo viajamos a Drü de madrugada y nos casamos en la playa durante el amanecer.

Leon me llevó hasta el altar y la madre de Haakon lo llevó a él. La familia Iranovichk y Svar aparecieron; los demás Linkalter, no.

No hubo nobles, embajadores, políticos ni público más allá de Lumia y Petrus.

Fue una ceremonia sencilla y a la vez lujosa, porque teníamos el cielo, el sol, el mar y lo principal: el uno al otro.

¡Apenas podía creer que me estaba casando! Esperé toda una vida a que me llevaran al altar y eso nunca ocurrió. La petición vino de un príncipe desconocido, pero desde entonces nos conocimos mejor y forjamos un lazo tan fuerte como si hubiéramos crecido juntos.

—Yo, Haakon Iovius Erick Harry III, te recibo a ti, Ravena Lessa Rodrigues, como mi esposa.

Reconozco en ti a la reina de mi reino y de mi ser.

Prometo amarte, ampararte, protegerte y dedicarme a ti hasta el fin de mis días, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, y que nada en el mundo ose separarnos.

El sol salió y espantó la oscuridad de la playa. Los invitados contemplaban la escena con una gran sonrisa en el rostro y yo mantuve la cabeza erguida, incluso cuando quería esconderme.

Quería llorar, gritar, pero fue una media sonrisa la que dibujó todo lo que sentía.

Las olas rompían agitadas como mi corazón. Y los primeros rayos de luz me calentaron el alma.

—Eres la mujer capaz de derretir todos los glaciares y congelar todos los volcanes. Eres mi elegida, la madre de los futuros reyes, la señora de mi casa, la razón por la que estoy dispuesto a luchar cada día para ser un hombre, un esposo y un rey mejor.

Irinna Iranovichk nos regaló las alianzas como presente de boda. Nunca he visto un diamante más grande que el de mi anillo. Había sido suyo en su propia boda. Y dijo que estaba orgullosa de entregarme algo valioso no solo en dinero, sino también en recuerdos.

—Yo, Ravena Lessa Rodrigues, te recibo a ti, Haakon Iovius...

—Erick —murmura él.

—Erick Harry III como mi esposo. Reconozco en ti al rey de mi reino y de mi ser. Prometo amarte, ampararte, protegerte y dedicarme a ti hasta el fin de mis días, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, y que nada en el mundo ose separarnos.

El corazón me late tan fuerte que parece que va a romperme el pecho.

Descubrí que Ítalo Travalon era un modisto de primera; hizo este vestido para mí, me lo probé durante una semana y encajaba perfectamente en mi cuerpo. Ahora siento que me asfixio aquí dentro. Estoy sudando como una loca. Menos mal que el salitre y la brisa secan enseguida cualquier rastro.

—Te debo la vida, Haakon. Me salvaste cuando nadie siquiera me miraba. Y voy a esforzarme mucho para ser la mujer que necesitas, pase lo que pase. Tú me das valor, fuerza, y me haces creer que merece la pena luchar y velar por este amor. Y es lo que haré ahora y para siempre.

—Bien... —sonríe el maestro de ceremonias—. Si hay alguien aquí que se oponga a esta unión...

—Hola, cielo, ¿qué tal? —Leon se lame el dedo índice, avanza hacia el hombre y le pasa la página del libro—. Sáltate esa parte antes de que Jemima me brote de las profundidades del infierno y mande a tomar por culo mis antecedentes limpios...

—Vale... déjeme ver, ¿por dónde iba...? —El hombre se pierde—. Bien... sí... Por los poderes que me han sido conferidos, os declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

No fue la boda que planeé.

Yo imaginaba algo televisivo, el carruaje real desfilando entre los plebeyos y todos gritando y saludando. Yo bajaría del carruaje y, aun después de cinco minutos caminando, mi velo seguiría saliendo del vehículo y todos se quedarían impactados.

Sí. Fue tal como lo soñé.

Pero el Consejo Real jamás habría permitido nada de eso, y Haakon y yo pensamos que sería mejor que nuestra boda fuera algo privado, solo con las personas que apoyaron esta unión.

Claro que, si contáramos a la gente del Septentrión, buena parte tendría que estar aquí, porque fueron ellos quienes enviaron cartas, correos, regalos y toda clase de mensajes —dejaron muchísimos en la Pastelería Lessa— para que resistiéramos a las imposiciones de lo que querían de nosotros y siguiéramos adelante con nuestro amor.

Y eso hicimos.

Nuestro amor venció, y eso era todo lo que necesitábamos.

Lo demás era un mero detalle.

*

Nada tan extraordinario ocurrió a medida que pasaba el tiempo.

Fue una decisión conjunta entre Haakon y yo ir al médico antes de mi último ciclo fértil, que caía quince días antes de su coronación.

Y así lo hicimos.

Los dos gozábamos de una salud estupenda, disfrutamos muchísimo de la vida a solas y estábamos más unidos que nunca. Por fin podía decir que estaba viviendo mi cuento de hadas.

No era perfecto, claro.

Además de todas las cosas que tenía que llevar a terapia, ahora estaba el hecho de que yo era noticia en los canales de cotilleos, ya fuera en la televisión, la radio, las revistas o internet.

Siempre encontraban algo con lo que pincharme: que usé el cubierto equivocado en una cena formal, que obligué al príncipe rebelde a rebelarse contra su país y casarse a escondidas con una forastera, y que yo solo me casé con Haakon por el dinero y por el título — y que, por suerte, uno de los dos me había sido negado.

Junto con toda la tormenta llegó también el arcoíris.

Donde se siembra el odio y la gente intenta señalar tus errores, existen quienes siembran el amor y resaltan tus cualidades.

Recibí muchísimo cariño de la población; dondequiera que estuviera, en la confitería, en el médico, en algún acto benéfico o inauguración, todos me recordaban que yo había sido la elegida del príncipe y que estaban felices de que fuera su futura reina.

—Le has cambiado la vida. Se pasaba el día huyendo, no asumía ninguna obligación, sentía aversión por el trabajo real... —me decían.

—No sabe lo sombrío y triste que era antes de usted. Ha iluminado sus días, princesa Ravena —comentaban otros.

En fin, encontré fuerzas para superarlo y seguir adelante.

Los contratiempos no me asustaban; tenía todo lo que necesitaba conmigo y eso era suficiente.

—La coronación es dentro de dos horas, señora. —Akádia, mi escolta, entra en mi habitación para avisarme.

—Ya deberíamos estar allí, ¿verdad...? —Resoplo con fuerza y veo mis labios temblar en el espejo—. Pero me he quedado hecha un desastre...

—No se preocupe, llegaremos a tiempo —me asegura.

—¿Leon y Svar ya están allí?

—Sí, señora. —Enciende el móvil y me enseña la retransmisión en directo.

Veo la catedral que está cerca del palacio de Skarsgard, toda engalanada, llena de religiosos y miembros de la nobleza. El propio regente, Stephan Linkalter, ya estaba allí, sentado junto al majestuoso trono.

La cámara muestra una panorámica del exterior del palacio, de las calles adornadas con banderines y cintas con los colores del país, la gente en los balcones, en los tejados, apiñada en la calle para ver pasar los carruajes.

—La Reina Madre acaba de llegar... —anuncia una de las reporteras que cubren el acontecimiento histórico.

—Estoy lista —aviso, y me levanto.

—Estupendo. No olvide, por favor, la prueba de embarazo —me recuerda Akádia.

—Sí, claro... gracias, tengo la cabeza en las nubes.

—No tendría que enseñarla hoy, señora; dispondría de hasta nueve meses para hacerlo, pero es mejor quitarse ese obstáculo de en medio...

—Claro, gracias.

Echo un vistazo rápido al espejo.

Llevo un vestido blanco que realza bien mi cuerpo y al mismo tiempo es recatado, que me da un aire de reina. La barriga todavía no se nota, y eso se debe a que acabo de cumplir cuatro semanas de gestación.

—¿Lista?

—Sí.

—Bien, voy a preparar el coche y a los escoltas.

—Vale, gracias, Akádia.

Voy al despacho de Haakon, cojo la prueba de su mesa y la meto en el bolso.

Salgo deprisa para no llegar tarde.