Capítulo 18
Ravena Lessa
Almorcé en la ciudad. El restaurante se llenó rápidamente; empezó a llegar gente de todas partes a fotografiarme, y algunos hasta me trajeron regalos.
Volví al palacio con media docena de osos polares de peluche, muchas flores y ninguna señal de Haakon. El día tardó en pasar y yo me quedé mirando el móvil, esperando una llamada o un mensaje, pero no llegó nada.
¿Estaría evitándome?
Al principio de la noche, fui a cenar al jardín, para aprovechar el día fresco, el sonido del agua contra las rocas del castillo y ver a la gente transitar a lo lejos.
Dejé el tenedor suspendido entre la mano y la boca cuando vi llegar a la princesa Jemima, acompañada de dos empleadas del palacio que cargaban sus maletas.
En lugar de seguir hacia dentro e ignorarme, vino en mi dirección, lo que me pareció bien extraño.
—Buenas noches, Ravena.
Me sorprendió que supiera mi nombre. Y que no me llamara mujer de la vida; francamente, era lo que esperaba.
—Buenas noches, princesa. —Muevo la cabeza sutilmente.
Sin invitación, retira la silla y se sienta frente a mí.
—No te creas en ventaja solo por haber dormido con él una noche. Los hombres como él duermen con cualquiera en cualquier momento, ¿no? —La sonrisa amable contrasta con las palabras arteras.
Mi mejor respuesta es quedarme callada. Al fin y al cabo, no tengo nada que decir. Y ya he soltado el cuchillo sobre el plato, para no perder el juicio y caer en la tentación.
—Algunas de nosotras sabemos que no se trata de cuántas veces te acuestes con él, sino de esperar el momento adecuado.
—Ajá.
—¿Cuánto quieres, Ravena?
—¿Cuánto quiero para qué, princesa? —Parpadeo muy despacio.
—Para reconocer que este no es tu mundo. Que todo esto es una gran tontería. Como me dijo la Reina Madre esta mañana: tienes perfil de amante, no de reina. Así que, ¿cuánto quieres por apartarte del camino?
—Jemima, encuentro tus palabras inapropiadas. Más aún viniendo de alguien de la realeza.
—Y todos nosotros encontramos inapropiada tu presencia. Nos reímos a tus espaldas. Hacemos apuestas sobre cuánto tiempo más vas a aguantar. Y, por supuesto, sobre cuánto tardará Haakon en darse cuenta de que puedes perfectamente ser la otra. No su mujer.
—Y a ti, por lo visto, no te importaría que eso ocurriera... —Hago un mohín de disgusto.
Su encogimiento de hombros me deja estupefacta.
—De verdad que eres inocente —se levanta—.
Los reyes tienen tantas mujeres como quepan en sus camas.
Y hacen con ellas todo lo que no se atreven a hacer con sus reinas.
Yo nací y crecí entrenada para ser la reina, Ravena.
Sé que las mujeres como tú van y vienen a montones. Pero solo una podrá posar a su lado.
—La frialdad con que lo dices me asusta. —Aprieto los labios, dándome cuenta de que en realidad es una pobre desgraciada.
—Así que creo que deberías decidir... si quieres ser la otra y acostarte con él cuando yo no esté de humor, o si quieres ser la reina y que siempre te dejen de lado... —Espía alrededor—. Como ahora. Parece que él no está aquí, ¿verdad? Habrá encontrado otra opción para esta noche.
Se despide con los dedos y se va, taconeando contra el suelo. Todavía me espía una última vez cuando entra en el palacio.
Estoy que me merezco una felicitación por el autocontrol. No soy ni nunca fui una chica de peleas... pero llevo ya algún tiempo alimentando las ganas de descubrir qué se siente al tirarle del pelo a esa víbora y dejarle un agujero en la cabeza.
—La cena estaba estupenda, pero he perdido el apetito —le aviso al jefe de cocina que me atendió, y entro en el palacio.
Llamo a Haakon. El móvil da tono y salta el buzón de voz.
—¿Dónde estás? —murmuro.
El corazón me duele un poco. ¿Habrá perdido la ilusión que tenía por mí? ¿Lo decepcioné tanto ayer que se fue en busca de otra para saciar sus deseos?
¿Así va a ser mi vida? ¿Seré la reina y mi marido tendrá varias amantes... o elegirá a una reina y yo seré una de sus amantes? Y qué amante más pésima soy...
Intento escapar de la mirada de Akádia, mi escolta, pero ella me sigue a una distancia prudente. Se ha convertido en mi sombra. Aun así, me siento sola, sobre todo atravesando los largos pasillos del edificio y viendo tantas puertas cerradas, guardando secretos.
Cuando paso junto a una galería, oigo un ruido que viene de dentro.
—Señora, no entre ahí —pide Akádia, y aprieta el paso.
Yo, sin embargo, soy más ágil y entro, curiosa.
Si es Haakon, quiero verlo. Quiero hablar con él y, en el peor de los casos, pedirle que me lleve de vuelta a Koioskovo, cerca de mi primo.
Akádia se queda fuera y la puerta se cierra.
Al examinar la sala lujosa, de chimenea encendida, mobiliario fino al mejor estilo de aquellos caserones antiguos y muchos cuadros en la pared, veo a alguien sentado en una butaca. Me acerco un poco y me quedo confundida con lo que veo.
Es una mujer muy vieja, de pelo voluminoso y maquillaje cargado. Me mira al fondo de los ojos y esboza una sonrisa amable.
—¿Wilhermina? —Parpadeo, sin creer a quién estoy viendo.
—¿Me conoces, querida? —Extiende las manos arrugadas.
—Cla... claro que sí. —Sigo parpadeando.
Wilhermina Reinhardt Magno fue una presentadora de la televisión brasileña, muy famosa. Lo curioso es que, hace algunos años... murió. Con funeral y todo, retransmisión en directo, una verdadera conmoción nacional.
¿Cómo puede estar viva, aquí, delante de mí?
—Mi madre era... es... ¡muy fan suya! —tartamudeo. Estoy ante una mujer a la que crecí viendo todas las noches.
—Qué amable. —Me señala la butaca de al lado, para que me siente—. No te preocupes por la chica que te dijo que no entraras. Están reunidos y vendrán pronto; puedes esperar.
—¿Quiénes?
—Los Iranovichk. Están reunidos con el líder de la Cámara de los Comunes —suspira y cierra los ojos.
La examino bien. Está un poco más vieja de lo que recuerdo.
—Wilhermina... ¿Usted no había muerto?
—Ah, cada uno de nosotros muere alguna que otra vez. —Se ríe y después tose mucho—. Pero algo siempre permanece vivo, ¿no es cierto?
Intento pellizcarme. ¿Estoy soñando? ¿Es algún tipo de espejismo?
—Te estás preguntando qué hago aquí...
—Sí. —Es lo que digo, después de que me quite las palabras de la boca.
—Mi padre nació en Rusia; mi madre, en el Septentrión. Eran amigos de los Iranovichk. La familia de la madre del príncipe...
—Sí, lo sé.
—Después de todo lo que ocurrió en Brasil, me vine para acá —dice con sencillez, como si yo estuviera al tanto de toda la historia.
¿Todo lo qué? ¿Qué ocurrió en Brasil?
—¿Y tú? ¿Qué haces aquí?
—¿Aquí en esta galería o aquí en este país? —replico. Wilhermina tenía un programa de entrevistas y ya me siento una de sus entrevistadas. Solo falta la copita de champán.
—Aquí —es todo lo que dice.
—Bueno... yo estaba huyendo... entonces conocí al príncipe Haakon... se le metió en la cabeza que seré su reina... y ahora ha desaparecido.
—Ha pasado el día negociando con miembros del Consejo Real para que acepten vuestra boda —aclara ella; habla muy despacio.
—Ah... qué costumbre más rara, ¿no? Eso de consultar a un consejo para poder casarse... —Me encojo de hombros. Solo ahora me doy cuenta de que estamos hablando en portugués, y sonrío.
—Esa costumbre no existía, hasta la caída del rey loco —dice, y bebe de su taza.
—¿Hubo un rey loco?
—Cygnus Saavedra —pondera—. La dinastía Saavedra gobernó el Septentrión durante casi tres siglos.
Entonces, su último rey, que estaba casado con una Kjaerlighet, mató a su propia reina y puso a la amante en su lugar —hace una pausa; la mano temblorosa baja la taza hasta el regazo—.
Subió los impuestos para costear los lujos que la amante deseaba...
arrojó al pueblo a la miseria extrema...
y empezó a ser cruel con las otras familias reales.
Llegó incluso a conspirar para exterminar a una de ellas.
—Dios mío, qué horror...
—Entonces las familias Linkalter, Iranovichk y Kjaerlighet, que eran las líderes de las demás familias, y que habían tenido entre sus hijas y primas a antiguas reinas del Septentrión, se unieron para destronar al rey loco y asumir el poder.
—No sabía nada de eso...
—Y es bueno que lo sepas. Es su historia. Es una demostración de respeto.
—Sí —asiento, y le permito continuar.
—Los Linkalter querían exterminar a los Saavedra.
Hasta tramaron una forma de matar a todos los descendientes...
pero los Iranovichk y los Kjaerlighet salvaron en secreto el linaje real: metieron a las nietas del rey loco en una embarcación y las sacaron de aquí a tiempo...
los demás murieron todos, cuando el rey cayó...
—¿Y fue entonces cuando surgió la costumbre de que un consejo autorice el matrimonio?
Ella vuelve a alzar la taza, con la mano temblorosa y el líquido agitándose un poco.
—Sí. Todos querían que los Iranovichk ascendieran al poder, porque siempre fueron cordiales con todos, pero ellos se negaron.
Entonces Harold Linkalter asumió el trono; al fin y al cabo, había liderado buena parte de los ejércitos.
Y una Kjaerlighet que descendía de los antiguos reyes fue elegida para ser su reina.
—Ajá.
—Lo que pasa es que... los Kjaerlighet desaparecieron.
—¿Desaparecieron? —Parpadeo y la observo asentir—. ¿Cómo que desaparecieron?
—Se esfumaron —dice con sencillez.
—¿De la noche a la mañana?
—Exactamente. Dejaron sus tesoros... sus documentos... sus coches, yates, ropa, todo atrás. Simplemente desaparecieron. Como si se hubieran evaporado en el aire.
Me pongo tan tensa que las palabras se me van.
—Quedó una, claro. Antônia Kjaerlighet apareció en los sótanos del castillo; no sabía explicar qué había pasado, solo sabía que se había quedado atrás...
—¿La Reina Madre? ¿La abuela del príncipe?
Wilhermina sacude la cabeza y su pelo desgreñado se balancea.
—Claro que dicen que no era una Kjaerlighet de pura sangre... y casaron al primer hijo del rey, Gerard, con una princesa europea; tuvieron un hijo. Ayslan Linkalter... años después, el rey huyó con su amante y tuvieron otro hijo...