Epílogo – Marina
Un poco tensa, introduzco la punta del test en el vasito de orina. Luego me siento en el inodoro con la tapa bajada y espero. No sé qué pensar; solo siento los nervios que nacen en el vientre y me suben por el cuerpo.
— ¿Y bien? — la voz de doña Herbertina me devuelve al presente. Respiro hondo y me acerco al vasito. — ¿Marina?
— ¡A-Ah! Todavía no ha salido el resultado — respondo, y abro la puerta. Doña Rosalinda está sentada, mirándome con ansiedad. — No sé qué haré si da positivo.
Con toda la ternura del mundo, se pone de pie y sujeta mis manos temblorosas. Su sonrisa tiene el poder de calmarme de una manera que no sé explicar.
— Si da positivo, piensas en una forma especial de decírselo a Diogo — murmura, y yo cierro los ojos buscando la calma.
— Parece que crees que la noticia no le va a gustar.
— sonríe y me roza la mejilla. — Él siempre te pide otro hijo, y Heitor ya tiene dos años. Le va a encantar tener un hermanito.
— Diogo está tan ocupado con el departamento — digo, como si ella no lo supiera. — ¿Y si se lo cuento y le interrumpo?
Doña Herbertina suspira.
— Te estás inventando problemas que no van a pasar, Marina — dice mirándome con cariño. — Va a ser muy feliz, ya lo verás.
Noto que el móvil vibra en el bolsillo del pantalón corto. Lo cojo rápido, y al ver el mensaje, no puedo evitar sonreír.
"Os echo de menos… voy a terminar pronto para volver a tus brazos. ¡Te quiero!"
— Tiene razón — digo, y le respondo enseguida con una sonrisa. — Creo que ya ha salido el resultado — comento, y vuelvo al baño.
Paralizada, cojo el test y veo las dos rayas que no dejan lugar a dudas: positivo.
Me vuelvo hacia doña Herbertina y le muestro el resultado. Ella viene hacia mí de inmediato y me abraza con una alegría desbordante.
— ¡Un bebé! — exclama eufórica. — ¡Espero que sea una niña! ¡Enhorabuena, cariño!
— ¡Gracias! — la abrazo con fuerza. — ¿Se lo cuento hoy? ¿O mañana? ¿Y si espero un poco más?
— ¡Marina! — doña Herbertina me frena. — Tranquila, que me estás poniendo nerviosa a mí también. — suelto un suspiro y clavo la mirada en el test. — Cuéntaselo cuando te sientas preparada, pero no tardes demasiado.
— De acuerdo.
— Ahora voy a ver si Heitor ha despertado — avisa, y yo asiento. — O si está intentando salirse de la cuna otra vez.
Sonrío, y cuando me quedo sola, me siento en la cama.
No entiendo por qué estoy así, la vida nos va bien.
Diogo aprobó las oposiciones para ser Comisario de Policía Nacional, vivimos juntos en su casa, aunque en una de esas conversaciones nocturnas ya me dijo que tenía ganas de que nos mudáramos y me preguntó qué me parecía.
Aquel día le dije que ya lo veríamos, porque teníamos otras prioridades: él, las oposiciones; yo, terminar la carrera que había dejado a medias. Al final lo conseguí, gracias a la ayuda de Diogo y de doña Herbertina.
Luego llegó el turno de Diogo, y lo sacó. Estaba tan feliz que su alegría automáticamente fue la mía, sin duda alguna.
A pesar de todo lo que me pasó, y de que el juez fue condenado y sigue en prisión, Felipe no renunció a casarse con Beatriz. Hoy viven en algún lugar fuera del país, algo que, sinceramente, me importa absolutamente nada.
Mis padres no se hablan conmigo, y aunque eso me duele mucho, tampoco he buscado el contacto. No después de lo que supe de su presencia en el hospital.
Aunque con el tiempo había perdonado a la madre de Diogo, no éramos inseparables, pero nos tratábamos con respeto y ella respetaba a Heitor. Decidimos no contarle a Humberto que Heitor no era hijo biológico de Diogo; no veíamos motivo, dado que todo está bien.
— ¡Mamá! — levanto la vista y veo a mi príncipe correr hacia mí en pañal. Sonrío y dejo el móvil junto al test encima de la mesita de noche. — ¿Pó qué yoras?
— No es nada, mi amor — niego con la cabeza y le doy un beso en la mejilla. — ¿Tienes hambre? — asiente sin dudarlo. — Perfecto, entonces vamos a la cocina. ¿La abuela fue a tu cuarto?
— La abuela me abazó — dice con los bracitos alrededor de mi cuello.
— La abuela te quiere muchísimo — murmuro, y él asiente.
Llegamos a la cocina y veo a doña Herbertina cortando una naranja en trozos pequeños. Siento a Heitor en su trona y me coloco a su lado. El pensamiento sigue en el test, y en cómo voy a decírselo a Diogo.
¿Quizás después de cenar? ¿Cuando estemos en la cama? ¿O podría decírselo mientras hacemos el amor? Enseguida niego con la cabeza. Esa era una idea malísima.
— ¿Quieres también, Marina?
Miro la naranja que me ofrecen y asiento.
— ¿Ya ha llegado papá?
— No, cariño. Tardará un poco todavía.
Suspira y coge un trozo de fruta llevándoselo a la boca. Le sonrío y le acaricio el pelo negro. Es un niño tan precioso, y le encanta jugar con Diogo, ya sea dando patadas al balón en el jardín o chapoteando en la piscina.
A veces me quedo observándolos a los dos, y me sorprendo.
Heitor ha cogido algunos gestos de Diogo, quizás por la convivencia, pero es algo tan natural.
La forma de sentarse, o cuando hacen algo mal y quieren fingir que no ha pasado nada.
Como la semana pasada, cuando Diogo tiró mi taza del armario e intentó echarle la culpa al viento.
Esa cara de víctima no me la coló a mí, aunque a doña Herbertina sí.
— ¡Abuela! — el grito de Heitor me saca del ensueño. — ¡Más!
— ¿Has masticado bien? — pregunta doña Herbertina. Heitor sonríe pícaro. — ¿O te lo has tragado entero?
— Me lo he tagao — responde Heitor levantando los bracitos.
Niego con la cabeza y empiezo a sacarle los gajos de la naranja uno a uno. Ya puedo imaginar a Heitor y su hermanito o hermanita haciendo travesuras y jugando juntos. Miro a doña Herbertina y veo que tiene una sonrisita, quizás pensando lo mismo que yo.
Aparco dentro del garaje y suelto un suspiro al bajar de la camioneta. Recorro el camino de piedra mientras me aflojo la corbata. En cuanto cruzo la puerta, veo a Marina sentada en el sofá con un vestido, y a Heitor tumbado a su lado. Es él quien me ve primero y viene corriendo hacia mis brazos.
Sonrío y me agacho para recibirle. Su cuerpecito choca contra el mío y lo abrazo con fuerza.
— ¡Papá! ¡Papá! ¿Jugamos?
Camino hasta el sofá y me dejo caer al lado de Marina. Ella me sonríe.
— Mañana jugamos — digo, y él agarra mi placa. — Papá está cansado ahora, pero mañana sin falta. A la pelota y a lo que quieras.
— ¡A la pelota, papá!
— Trato hecho — confirmo, y él se baja de mis rodillas para sentarse a mi lado. Me giro hacia Marina, que sigue observándome. — Hola — sonrío, y ella me lo devuelve. — ¿No me das un beso?
Marina se inclina hacia mí y espero su beso con impaciencia. Sus labios me rozan con suavidad, y sin poder contenerme, la atraigo hacia mí.
— ¿Sabes cuál es mi momento favorito del día? — murmuro cuando nos separamos. — ¿Este? Cuando estoy en casa.
— El mío también — dice, y me sonríe. — ¿Cómo te ha ido en el trabajo?
— Agotador — respondo, y miro la tele, donde pasa una película infantil. — Pero voy organizándolo todo. Igor me ayuda, aunque no pierde ocasión de pedirme un aumento. ¿Es que no entiende que eso no depende de mí?
— A Igor le encanta fastidiar — dice Marina, volviendo la vista a la pantalla. — Voy a ponerte la cena.
— Y yo voy a acostar a este señorito — digo poniéndome de pie. Heitor sonríe y trata de salir corriendo. — ¡Vamos allá! — lo alzo y suelta una carcajada. — Dale un beso a tu madre.
— ¡Mamá! Yo no quielo dolmil.
— Buenas noches, mi niño. — Marina le da un beso en la mejilla. — ¡Te quiero!
Lo llevo en brazos a su habitación, que está justo enfrente de la nuestra. Lo acuesto en la cama con barandillas y me quedo a su lado. Le acaricio el pelo sedoso mientras él se acomoda en el colchón.
— ¿Has jugado mucho hoy? — pregunto, y asiente. — Qué buen chico. Mañana nos divertimos más.
— ¿Y el tío Igor?
— Puede venir. — le acaricio la mejilla con ternura. — Duerme.
— Papá — me llama de nuevo, y sonrío. Cómo me gusta escucharle llamarme así. — Mamá estaba yolando.
— ¿Qué? — frunzo el ceño. — ¿Estaba llorando? — pregunto de nuevo, y asiente.
Me quedo intrigado. ¿Marina llorando? ¿Qué habrá pasado?
Tardo un buen rato hasta que Heitor por fin se duerme. En cuanto lo hace, salgo del cuarto en silencio con un destino claro. Llego a la cocina y veo a Marina de espaldas, mirando hacia el fregadero.
— ¿Cómo ha ido el día por aquí? — tanteo. Ella se da la vuelta apoyándose en el mueble.
— Bien — responde, aunque enseguida desvía la mirada.
Me acerco y la rodeo por la cintura.
— ¿Seguro? Me han dicho que estabas llorando.
Ella frunce el ceño, como preguntándose cómo lo sé, pero entonces cae en la cuenta.
— No es nada de lo que debas preocuparte — me dice, y le escudriño el rostro. — Creo…
— ¿Ha pasado algo con doña Herbertina?
— No — niega, y me sonríe. — Es que quería contártelo en otro momento. Estás tan ocupado con el trabajo…
— Nada es más importante que tú, Marina — afirmo, rozándole la cara con delicadeza. — Te quiero, y estoy aquí para ti y para nuestro hijo. Siempre.
La veo respirar hondo y pedirme un minuto. Me aparto y la observo salir corriendo hacia el dormitorio. Me quito la chaqueta y desabrocho varios botones de la camisa blanca.
Marina vuelve, y la miro con atención.
Mantiene los brazos a la espalda y yo cruzo los míos.
— Esta mañana lo hice — avisa, y yo asiento sin entender del todo.
Despacio, me muestra lo que parece un termómetro. Al principio frunzo el ceño, pero enseguida me doy cuenta de que no es un termómetro sino un test de embarazo. Lo cojo y la miro; ella me sonríe con calma. Veo dos rayitas y por un momento me quedo en blanco. ¿Eso es positivo o negativo?
— Marina…
— ¡Estoy embarazada! — me interrumpe, y me paralizo, aunque enseguida la alegría me inunda por completo.