Capítulo 14 – Diogo #2
— Ten cuidado al venir — le exijo, apartando la vista de la pantalla y cerrando los ojos un momento para concentrarme. — Da la vuelta por la vía principal y solo ven cuando estés seguro de que no te siguen.
— Descuida — responde Igor, con la voz más seria ahora. — Y no te preocupes, Diogo, vamos a averiguar quién es ese del vídeo y qué quiere. Ahora tengo que dejarte; con lo bien que estaba yo en casa de descanso.
Sin esperar mi respuesta, cuelga. Me quedo mirando la pantalla del portátil, con las imágenes todavía abiertas. Algo me dice que hay más detrás de todo esto, porque si me quisieran muerto ya habrían tenido la oportunidad. Entonces, ¿qué buscan? ¿Saber dónde vivo? ¿Secuestrarme? ¿Chantajearme?
Escucho que llaman a la puerta y enseguida la voz de Marina. Le digo que pase, y su perfume me alcanza antes que ella.
— Perdona que te interrumpa — dice, y me sonríe con timidez. — El almuerzo ya está listo.
Cierro el portátil y, sin apartar los ojos de Marina, extiendo la mano hacia ella.
Vacila un segundo, mira hacia atrás como comprobando que estamos solos, pero enseguida acepta el gesto y camina hacia mí.
Cuando la atraigo hacia mi regazo, ella se acomoda con una risa suave, con esa sonrisa que me desorienta por completo.
Apuesto a que en este momento tengo cara de adolescente atontado, pero ¿cómo ser indiferente a ella?
Mis dedos recorren su cara con suavidad, trazando la línea de la mandíbula hasta la barbilla. El toque es íntimo, casi instintivo, pero al mismo tiempo algo oscuro empieza a pesarme en el pecho. Un miedo que no consigo alejar.
¿Saben de Marina?
La pregunta surge de la nada, invadiendo mis pensamientos con una fuerza que no esperaba. Todo lo que vi en las grabaciones, el tipo que aparece en ellas, cada detalle parece ahora mucho más amenazante. Si saben de ella, de Heitor...
Marina nota el cambio en mi expresión; su sonrisa se apaga ligeramente mientras me observa, intentando leerme. Trato de disimular, de frenar el miedo que crece, pero sé que no se me da bien esconder mis preocupaciones. Y menos ante ella.
— Diogo, ¿qué pasa? — pregunta en voz baja, con los ojos buscando los míos, como si pudiera encontrar las respuestas ahí.
No puedo permitir que les ocurra nada. Ni a ella ni a Heitor. La idea de que alguien pueda usarlos contra mí, de que estén en peligro por mi culpa, es insoportable. Tengo que garantizar su seguridad, por encima de todo.
— Nada, solo pensando... — respondo, intentando sonar despreocupado, pero ella sigue mirándome, sin terminar de creérselo.
— Está bien — murmura, y me da un beso rápido en los labios. — Ven a comer antes de que doña Herbertina venga a buscarnos.
Baja de mi regazo y, con una sonrisa pícara, sale del cuarto. Me paso la mano por la barba y me quedo unos segundos parado, pero luego la sigo.
Al llegar a la cocina, me detengo en la entrada y observo a doña Herbertina y a Marina poniendo la mesa.
La escena es sencilla, pero tiene una calidez que me calma, aunque solo sea por un momento.
Las dos se mueven con una armonía silenciosa; Marina sonríe mientras coloca los platos, y doña Herbertina ajusta los cubiertos con el cuidado de siempre.
Esa imagen me hace un nudo en la garganta, algo entre gratitud y una vulnerabilidad que pocas veces me permito sentir.
Por más que intente alejar los pensamientos oscuros, vuelven una y otra vez.
Su seguridad es mi prioridad, y saber que el mundo ahí fuera puede ser tan implacable me hace estar todavía más decidido a protegerlas.
Pero aquí, en este momento, hay un atisbo de normalidad que casi me hace creer que todo va a salir bien. Marina se gira, me ve parado en la puerta, y esa sonrisa pícara de antes se transforma en algo más suave, más íntimo.
— ¿Te vas a quedar ahí mirando o nos vas a ayudar? — pregunta, con un brillo juguetón en los ojos.
Entro en la cocina, me acerco a las dos y empiezo a ayudar a colocar los últimos detalles de la mesa.
Me permito sonreír, y cuando miro a doña Herbertina, veo su gesto de aprobación.
Mientras me sumo a ellas, siento crecer la determinación dentro de mí.
Nada va a interrumpir esta paz. No voy a permitirlo.
Tengo que resolver esta situación antes de que llegue hasta ellas, sobre todo hasta Marina.
Mientras la mantengo cerca, el peso de la responsabilidad se hace todavía más real.
Tengo que estar siempre un paso por delante, proteger lo que más me importa, cueste lo que cueste.
En cuanto termino de vestirme, me miro al espejo y ajusto el escote recto.
El vestido negro estilo midi, con tirantes finos y ceñido al cuerpo, realza mi silueta de una forma que me hace sentir segura.
La falda ligeramente ondulada en el bajo añade un toque de elegancia discreta.
Es sencillo, pero perfecto para la ocasión.
Doy un paso atrás, comprobando la caída y los detalles. Ajusto los protectores que llevo dentro del vestido, asegurándome de que todo esté en su sitio y de que no haya riesgo de que se manche. Eso me trae cierto alivio, porque lo último que quiero es pasar por un momento incómodo durante la cena.
Respiro hondo, observando mi reflejo un instante más, intentando calmarme.
En pocas horas estaría ante los padres de Diogo y ante Felipe.
Saber que él estará allí me pone todavía más nerviosa.
Me llevo las manos a la cintura y sigo mirándome.
¿Y si dice la verdad? ¿Y si Diogo sale perjudicado?
¿Se pondrían sus padres en contra de él?
¿El señor Humberto llegaría a forzar un matrimonio entre Felipe y yo?
La puerta del cuarto se abre despacio, y veo a doña Herbertina sonriéndome.
— Estás preciosa, Marina — me dice, y se acerca. Con delicadeza me arregla el pelo. — ¿No tienes ninguna joya? — pregunta, con los ojos atentos repasando mi look de arriba abajo.
— No — respondo, intentando disimular la tensión que siento. — Ni se me ocurrió.
Me observa un segundo y luego, con un gesto decidido, se lleva las manos al cuello y se quita la cadenita que lleva puesta. La sencillez del gesto me conmueve, y antes de que pueda protestar, me la tiende.
— Ponte esta.
— No hace falta, doña Herbertina — digo, sintiendo un calor en el pecho por su cariño, pero ella simplemente me hace señas para que me dé la vuelta. Obediente, lo hago.
Siento sus dedos ágiles cerrando el broche en mi nuca. El colgante descansa con suavidad sobre mi piel, y lo toco con gratitud. Cuando me vuelvo hacia ella, estoy sonriendo, y el nerviosismo queda momentáneamente olvidado.
— Todo va a salir bien — repite, con una firmeza que parece querer asegurarse de que yo de verdad me lo crea.
Asiento, aunque la duda sigue instalada en mi corazón.
— Igor está en el salón con Heitor. Diogo no le quita el ojo de encima, parece que en cualquier momento le va a arrebatar al niño de los brazos — añade, con una sonrisa divertida en los labios.
No puedo evitar sonreír también. Imaginar a Diogo vigilante, siempre tan protector con Heitor, me calienta el corazón de una forma muy especial.
Salimos del cuarto juntas, con pasos lentos y cuidadosos.
Estoy nerviosa, con el corazón acelerado mientras me acerco al salón.
Quiero saber qué va a decir Diogo cuando me vea, pero al mismo tiempo hay un miedo sutil a no estar a la altura.
Cada paso me acerca más al momento en que nuestros ojos se van a encontrar, y la expectación no para de crecer.
Cuando llegamos al salón, el corazón me late más rápido, mezcla de nervios y anticipación.
Veo a Igor sentado en el sofá con Heitor en brazos, meciéndolo suavemente.
Mi bebé lleva un pelele con la frase "tengo el mejor tito del mundo".
Eso me arrancó una sonrisa sincera cuando lo vi antes. Vuelvo la atención a Igor.
Tiene el pelo negro cortado más corto que la última vez que lo vi.
Lleva una camiseta blanca, vaqueros y botines.
Diogo, en cambio, está de pie a su lado, con los ojos clavados en el bebé, como si estuviera listo para intervenir en cualquier momento.
Su expresión es de pura vigilancia, lo que me hace sonreír por dentro.
Igor nota mi presencia primero y levanta la vista, con una sonrisa burlona asomándole a los labios.
— Mirad quién ha llegado dispuesta a romper corazones — comenta, y Diogo por fin se gira hacia mí.
Su mirada me recorre de arriba abajo, los ojos oscureciéndose ligeramente mientras me observa. Es una mirada intensa que me hace un nudo en el estómago. El silencio que sigue parece extenderse una eternidad, hasta que por fin habla.
— Estás preciosa — su voz es baja, casi ronca, y siento que me arden las mejillas con el cumplido.
— Gracias — murmuro, intentando controlar el rubor que ya me ha tomado la cara.
Quiero decirle que él también está muy guapo, pero parece que la voz no me obedece.
La camisa blanca de vestir abraza sus músculos de forma impecable, resaltando la definición de los hombros y el pecho.
El tejido blanco refleja la luz del salón, acentuando cada contorno y dando la impresión de que la camisa fue hecha a medida para él.
Bajo la mirada y veo cómo el pantalón de vestir negro complementa el conjunto a la perfección, marcando la forma de sus piernas.
Sus zapatos de cuero pulido brillan con una discreción elegante, y el cinturón negro es el toque final que une todo el look.
Igor se levanta, sosteniendo a Heitor con cuidado, y mira a su amigo. Diogo sigue observándome, y puedo sentir la tensión en el aire, como si algo más se estuviera diciendo sin palabras.
— Bueno... es raro. — murmura, pero enseguida sonríe. — Buena suerte en la cena, Marina — bromea Igor, dándole una palmada en el hombro a Diogo antes de apartarse. — No os preocupéis por la hora de volver, yo me encargo de los dos. La tía HBT y el cara de rodilla están en buenas manos.
— No llames así a mi bebé — le pido, y me acerco a él. Le toco la mejilla gordita y suelto un pequeño suspiro. — Es precioso, ha salido a mí.
— Eso no puedo negarlo. — devuelve Igor, y desvío la mirada hacia Diogo, que tiene el gesto serio. — Solo he confirmado lo que ella ha dicho — replica al notar la cara de pocos amigos que le pone Diogo.
Me alejo y me coloco al lado de Diogo. Sigue mirándome con esa intensidad que me acelera el corazón. Cuando me paro cerca de él, me envuelve ese delicioso perfume amaderado que usa. Una fragancia que le va perfectamente.
— Nos vamos — le dice Diogo a doña Herbertina. Luego la mira. — Siéntase con total libertad para ponerlo de castigo si se lo merece.
Igor ríe, se acerca a ella y le entrega a mi bebé, que refunfuña.
— La tía HBT no va a hacer eso conmigo — afirma, y acto seguido le da un beso en la mejilla. — ¿Puedo mirar lo que hay en la nevera?
— Creo que queda el mousse que te gusta — responde ella con dulzura. Igor se lanza a la cocina sin perder un segundo.
Siento la mano de Diogo en la parte baja de mi espalda, un gesto suave pero firme que me guía hacia la puerta. Señala el camino con una ligera presión, y yo lo sigo, todavía algo nerviosa pero decidida.
Antes de salir, le echo un último vistazo a mi bebé en brazos de doña Herbertina. El pequeño Heitor está tranquilo, y la confianza en los ojos de ella me trae algo de calma. Respiro hondo, sabiendo que está en buenas manos, y me doy la vuelta para acompañar a Diogo.
Salimos de casa en silencio, y la mano de Diogo permanece firme en la base de mi espalda, guiándome hasta el garaje.
El aire fresco de la noche nos envuelve cuando llegamos al coche, donde él me abre la puerta del pasajero, un gesto que me hace sonreír por dentro, agradeciendo el cuidado con que me trata.
— ¿Lista? — pregunta Diogo, mirándome con atención, con esa tranquilidad en los ojos que me calma.
— Lista — respondo, intentando transmitir una confianza que no termino de sentir.
Cierra la puerta con suavidad y rodea el coche hasta el lado del conductor. En cuanto se acomoda en el asiento y arranca el motor, siento la vibración leve del coche recorriéndome el cuerpo. Me pongo el cinturón, y Diogo hace lo mismo antes de maniobrar para salir del garaje.
El viaje empieza tranquilo. El tráfico fluye bien por las calles iluminadas de la ciudad, y el silencio entre nosotros es cómodo, el espacio que los dos necesitamos para procesar lo que está por venir.
Observo el paisaje nocturno, intentando controlar la ansiedad que crece en mi pecho.
Diogo conduce con su calma habitual, las manos firmes en el volante, los ojos fijos en la carretera.
— El tráfico está mejor de lo que esperaba a esta hora — comenta, rompiendo el silencio, y yo solo asiento, todavía sumergida en mis pensamientos.
Conforme nos acercamos al destino, me doy cuenta de que estamos entrando en una zona más tranquila de la ciudad.
Las calles se van llenando de árboles, y las casas empiezan a aparecer, cada una más grande e imponente que la anterior.
Siento una mezcla de curiosidad y nerviosismo al darme cuenta de que estamos entrando en una urbanización de lujo.
Nunca había estado aquí, y la magnificencia del lugar me provoca un escalofrío.
— ¿Tus padres viven aquí? — pregunto, con la voz traicionando mi sorpresa.
— Sí, desde hace muchos años. — responde con naturalidad, sin apartar los ojos de la carretera.
Diogo conduce por las calles de la urbanización con la familiaridad de quien las ha recorrido mil veces.
Por fin se detiene ante una casa imponente, con luces suaves iluminando el jardín y la fachada.
Apaga el motor, y por un momento nos quedamos sentados en silencio, los dos conscientes del peso de esta noche.
— No tienes que preocuparte por nada — dice, volviéndose hacia mí. — Voy a estar a tu lado en todo momento.
— Gracias. Estoy muy nerviosa — admito, intentando sonreír, aunque el nerviosismo en mi voz es evidente.
— Va a salir bien — dice, extendiendo la mano para sostener la mía un breve instante, antes de abrir la puerta del coche.
Salimos juntos, y mientras caminamos hacia la entrada de la casa, noto dos coches aparcados en la acera.
A mi lado, Diogo suelta una maldición en voz baja, y yo no entiendo el motivo.
Le aprieto la mano, buscando fuerza y confianza.
Su mirada encuentra la mía fugazmente, pero antes de que pueda decir algo, la puerta de la casa se abre.
Una mujer elegante, de porte impecable, aparece en la entrada. Su mirada crítica me recorre de arriba abajo, y siento el juicio en sus ojos verdes, lo que me hace tragar saliva.
— Por fin has llegado, Diogo — dice, con una voz fría y controlada.
— Buenas noches, mamá.