Embarazada del Hermano Equivocado Capítulo 11 – Marina #3
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Capítulo 11 – Marina #3

— No, cariño. Solo le estaba diciendo a tu... — hace una pausa, mirando a Diogo en un intento fallido de recordar su nombre.

— ¿A mi marido? — completo, y ella vuelve a mirarme.

Sé perfectamente que estoy pareciendo una loca, sintiéndome celosa de alguien que no es realmente mi marido ni mi novio. Pero ¿cómo se hace para que ese sentimiento desaparezca?

— Eso. Solo le estaba diciendo a tu marido lo guapo que es vuestro bebé.

Le sonrío y la observo alejarse. Cuando ya está suficientemente lejos, me vuelvo hacia Diogo.

— ¿Puedes, por favor, mantener alejadas a esas pesadas de mi bebé?

Para mi sorpresa, Diogo se ríe, una carcajada genuina, y acomoda a Heitor en sus brazos. Sin dejar de mirarme, lo levanta un poco y le señala con el dedo.

— Mira a tu mamá, muerta de celos y usando al pobre como escudo.

Abro la boca para replicar, pero me quedo sin palabras cuando Diogo sonríe y le da un beso en la mejilla a Heitor.

Mi tonto corazón da un vuelco al verlo ser tan cariñoso con mi bebé.

Me permito sonreír, pero enseguida noto que me arden las mejillas al caer en la cuenta de lo que estoy haciendo.

Desvío la mirada, intentando esconder la sonrisa boba que se empeña en aparecer.

— No son celos... — empiezo a decir, pero mi voz sale más floja de lo que quisiera.

— Claro que no — responde Diogo con un tono divertido, sin creerse ni una palabra. Mece a Heitor suavemente, como si jugara con él, pero sus ojos permanecen fijos en mí, evaluando cada reacción.

Siento una mezcla de irritación y vergüenza. ¿Por qué tiene que ser tan encantador cuando quiere? ¿Y por qué me afecta tanto? Intento fijar la atención en cualquier otra cosa, pero es difícil ignorar la naturalidad con que sostiene a Heitor, como si siempre hubiera formado parte de nuestras vidas.

— Es que no me gusta que los desconocidos se acerquen demasiado a él — insisto, intentando sonar más firme. — Es una cuestión de seguridad.

Diogo arquea una ceja, claramente divirtiéndose con la situación.

— Ah, entiendo. Entonces te preocupa su seguridad, no... — hace una pausa, como si escogiera las palabras con cuidado — ... las pesadas cerca de mí. Son tus palabras, no las mías.

Pongo los ojos en blanco, pero no consigo reprimir la sonrisa que me asoma en los labios.

— ¿Es mucho pedir? No quiero gente extraña cerca de él.

Vuelve a reírse, un sonido profundo y genuino que hace que mi corazón se acelere una vez más. No parece que esté enfadado conmigo en absoluto.

— De acuerdo — admite, todavía sonriendo. — No lo permitiré.

— Gracias. — Le doy la espalda. Cuando me detengo junto a doña Herbertina, noto su mirada confusa y los brazos cruzados. — Creo que con esto tengo suficiente.

Ella mira a Diogo y luego a mí. Trago saliva y agito la cesta.

— Qué raro — murmura, y se dirige hacia la caja.

Después de que Diogo pague, seguimos paseando un rato y me quedo encantada con ese centro comercial.

Todo es pequeño, pero tan acogedor y bien organizado.

Heitor empieza a agitarse en los brazos de Diogo, llamando mi atención.

Diogo intenta calmarlo de inmediato, hablándole en voz baja, casi en susurros.

Mi corazón ya está completamente rendido ante esa imagen.

Siento un calor extraño en el pecho e intento apartar el pensamiento, pero es difícil no imaginar cómo sería si esa escena fuera real, si Diogo fuera de verdad el padre de Heitor.

— Será mejor comprobar si tiene el pañal muy cargado — dice doña Herbertina, y yo asiento.

Cojo a mi bebé y camino con ella a mi lado hasta el baño. El cartel del cambiador está un poco más adelante; cuando nos detenemos en la puerta, Diogo me entrega la bolsa y se queda esperando fuera.

Estoy apoyado en una columna de mármol del centro comercial, observando el ir y venir de la gente, pero con la atención dividida.

Marina y doña Herbertina están en el cambiador con Heitor, y mientras espero, noto esa sensación de siempre: alguien me está mirando.

Intento parecer relajado, pero todos mis sentidos están en alerta.

Entre el flujo constante de personas, algo llama mi atención.

Un tipo con cazadora negra y gorra, a pocos metros de distancia.

Aparenta desinterés, pero sus ojos barren el lugar con demasiada atención para ser casual.

Nuestras miradas se cruzan un instante y él desvía la suya de inmediato.

El instinto que he ido afilando con los años me dice que algo no cuadra.

Finjo no haberme dado cuenta, pero noto su mirada clavada en mí como un peso físico. Empieza a alejarse, disolviéndose entre la multitud. No puedo dejarlo escapar. Me separo de la columna con calma y lo sigo en la misma dirección.

Alguien me choca al pasar. Le lanzo una mirada rápida, evaluando si representa algún peligro, pero es solo un crío corriendo, seguido de su madre, que me pide disculpas.

El centro comercial está lleno, lo que me dificulta la visión.

Él no corre, pero acelera el paso, intentando confundirse con la gente.

Yo hago lo mismo, abriéndome paso entre la gente con cuidado para no llamar la atención.

Dobla una esquina y yo aprieto el ritmo, pero cuando llego allí, ha desaparecido.

Mierda. Me detengo un momento, intentando captar cualquier señal, pero es inútil. El tipo se ha esfumado. Me quedo quieto, evaluando las salidas más cercanas. Intento analizar la situación, pero fue listo; conocía el lugar mejor que yo.

Suelto un suspiro pesado y vuelvo sobre mis pasos, sin dejar de escanear cada movimiento a mi alrededor.

Cuando llego cerca del cambiador, la puerta se abre y Marina sale con Heitor en brazos, seguida de doña Herbertina.

Ninguna de las dos se ha dado cuenta de nada.

Marina me ve y sonríe, con esa sonrisa tranquila que siempre consigue desarmar cualquier tensión que lleve encima.

Cojo la bolsa que me tiende doña Herbertina, con los ojos todavía recorriendo el entorno en busca de cualquier señal de peligro. Por ahora, parece que el riesgo ha pasado. No me gusta no tener el control en estas situaciones, y haber perdido al tipo me deja inquieto.

— ¿Nos vamos? — pregunto, intentando disimular lo que acaba de ocurrir.

Marina borra la sonrisa y asiente. Aunque me muero de ganas, no cojo a Heitor; necesito tener los brazos libres por si tengo que actuar.

En alerta, pero aparentando normalidad, camino un poco por delante de las dos.

Abro las puertas de la camioneta y las ayudo a subir.

Cuando están acomodadas, cierro las puertas y echo un último vistazo alrededor.

Antes de ir al asiento del conductor, empiezo a rodear el vehículo. Mis ojos recorren cada centímetro, buscando algo fuera de lugar.

Me agacho cerca del parachoques delantero, como si estuviera revisando el neumático. Paso la mano por debajo del chasis, palpando la textura metálica y fría. Aquí no hay nada. Me levanto despacio, me arreglo la ropa y avanzo hacia el lado del pasajero, sin perder la calma.

Me apoyo en la puerta y echo un vistazo al interior.

Todo parece normal. Pero he visto rastreadores lo bastante pequeños como para pasar desapercibidos durante mucho tiempo.

Y, lo que es peor, he llegado a saber de casos en los que estaban dentro del coche.

Esta paranoia constante forma parte del trabajo, y ahora, más que nunca, necesito fiarme de mis instintos.

— ¿Qué estás buscando? — pregunta doña Herbertina, y yo niego con la cabeza.

— Nada.

Llego a la parte trasera de la camioneta y repito el movimiento. Esta vez, mis manos encuentran algo diferente. Una pequeña protuberancia bajo el vehículo, algo que no debería estar ahí. Paso los dedos a su alrededor y noto un objeto sujeto magnéticamente al chasis. Bingo.

Disimulo el alivio con un suspiro, pero mi mente ya está funcionando a mil por hora.

Alguien ha colocado esto aquí, y no es ninguna coincidencia que antes haya notado a ese tipo siguiéndome.

Arranco el dispositivo y siento su peso en la palma de la mano.

Es pequeño, discreto, pero peligroso. Miro a mi alrededor para asegurarme de que nadie me está prestando atención.

Me levanto y finjo estar revisando el maletero, con el rastreador todavía en la mano.

Mi mente procesa a toda velocidad qué hacer ahora.

¿Volver dentro con esto o dar una vuelta y ver quién aparece?

Entonces recuerdo que no estoy solo. Maldigo entre dientes y decido no precipitarme.

Tiro el rastreador al suelo y lo aplasto.

Después entro en la camioneta y arranco el motor.

Estoy en terreno conocido, pero ahora, más que nunca, sé que no estoy solo. A partir de aquí, cada movimiento tiene que ser calculado. Y quien sea que esté intentando rastrearme está a punto de descubrir que se ha metido con la persona equivocada.