Embarazada del Hermano Equivocado Capítulo 07 – Diogo #2
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Capítulo 07 – Diogo #2

Lo acomodo en mis brazos y empiezo a mecerle. Entonces, como si quisiera hacerme un regalo, abre los ojitos, y la sonrisa me sale sola e irrefrenable. Héctor tiene mis ojos, aunque tirando más hacia el verde oscuro. Con ganas de enseñárselos a Herbertina, salgo del cuarto.

Nada más llegar al salón, veo varias bolsas con el logo de una tienda de bebés. Y desde la entrada veo a Diogo pasar con una caja grande que deja junto a otras.

—Diogo, ¿qué es todo esto? —pregunto, asombrada ante tantas bolsas repartidas por todas partes.

Él se detiene delante de mí y suelta un suspiro, siguiendo mi mirada hacia los paquetes.

—Es para Héctor —dice, y yo le miro sin salir de mi asombro—. He comprado la cuna, el carrito, pañales, ropita, juguetes, biberones, chupete, productos para el baño y la bañera.

Sin saber qué decir, me quedo mirando todas las compras. Herbertina llega justo detrás, sujetando dos bolsas más.

—Quiero ver toda la ropita —dice emocionada—. ¿Te has comprado la tienda entera, hijo?

Lo pregunta mientras pasa por mi lado camino, supongo, al cuarto.

—Solo lo esencial —responde Diogo, y coge una de las cajas—. Voy a meter estas cajas en tu cuarto, me doy una ducha y después monto la cuna.

—¡Espera! —le detengo antes de que pase, y él se para mirándome con expresión curiosa—. No tenías que gastar tanto. No tengo forma de pagarte todo esto. —Mi voz sale bajita, con una mezcla de vergüenza y preocupación.

Diogo levanta una ceja. Su mirada intensa me descoloca.

—Marina, no tienes que preocuparte por eso —dice con voz suave—. Lo hice porque quería ayudar. No espero nada a cambio.

—Ya lo sé, pero es que… —empiezo, buscando las palabras—. Es demasiado. Me siento mal de que hayas gastado tanto.

Da un paso hacia mí, mira por encima de mi hombro un instante y enseguida me mira a mí. En su expresión se mezclan la comprensión y la ternura.

—No te sientas mal. Tengo de sobra para hacer esto y mucho más. Y, sinceramente, quiero que tú y Héctor tengáis lo mejor.

Se me hace un nudo en la garganta. Su generosidad es algo que no esperaba, y me llega muy adentro. Él pasa por mi lado y lo observo caminar hasta entrar en el cuarto donde estoy durmiendo. Herbertina sale a continuación y viene hacia mí.

—Voy a lavar la ropita nueva —avisa con una sonrisa—. ¿Y tú qué haces de pie? Deberías descansar.

—Ha abierto los ojitos —murmuro, todavía emocionada—. Tiene mis ojos.

—¡Madre mía! —sonríe, plantándose delante de mí. Le roza la mejilla con ternura—. Yo también quiero ver tus ojitos, Hectorcito.

Diogo vuelve y coge dos cajas más a la vez.

—Mira esto, Marina —dice Herbertina, sacando de una caja una hamaquita de bebé—. Qué cosa más bonita.

La deja en el sofá y me acerco. Toco el tejido suave en azul marino con animalitos repartidos por toda la tela.

Acomodamos la hamaca y con cuidado deposito a Héctor tumbado.

Le abrocho el cinturón en el cuerpecito para que quede bien sujeto, y sonrío.

Abro una bolsa y de dentro saco un mono del Atlético de Madrid.

—Creo que Diogo quiere convertir a Héctor en un forofo de nacimiento.

Nos reímos, aunque enseguida miro hacia el pasillo. Necesito hablar con Diogo.

—¿Le vigila un momento?

—¡Claro! Vete tranquila.

Me levanto y voy al cuarto, pero lo encuentro vacío.

Me acerco a mi bolso y busco el dinero que me queda.

No es justo que Diogo gaste tanto por nosotros.

Doy media vuelta y camino hasta su cuarto.

Me paro frente a la puerta y llamo una vez; al fondo escucho a Diogo decir algo que no entiendo, pero entro de todas formas.

La habitación es amplia; en el centro hay una cama de matrimonio muy bien hecha, y detrás dos ventanas.

Hay una estantería junto a la ventana con varios libros y más trofeos.

Con curiosidad me acerco y cojo un libro grueso titulado Danza de dragones. Leo brevemente la sinopsis y después lo abro por la última página. Detrás de mí escucho cerrarse el grifo de la ducha. Dejo el libro en su sitio y me giro hacia la puerta del baño.

Diogo aparece con solo una toalla anudada a la cintura. El pelo mojado y revuelto. Gotas de agua le recorren el pecho ancho, deslizan por el abdomen definido y desaparecen entre el vello rubio bajo la toalla. Se detiene en seco al verme, los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué haces aquí? —pregunta con voz baja y cargada de sorpresa.

Se queda quieto mirándome, y aunque me muero de vergüenza, intento esbozar una sonrisa.

—Solo… te traigo esto. —Levanto el sobre y lo dejo en la estantería—. Sé que has gastado mucho con nosotros y quería… ayudar un poco. Es el dinero que tengo.

Él mira el sobre como si fuera un enigma. Sus ojos vuelven a mí, todavía confusos.

—Marina, no hace falta eso.

Su voz es suave, pero firme. Trago saliva, con miedo a ofenderle de alguna manera. El ambiente entre nosotros está cargado de una tensión suave, una mezcla de emociones que no sé muy bien cómo definir.

—Es solo un gesto pequeño —digo, intentando suavizar el momento—. Solo quería que supieras que valoro todo lo que estás haciendo por nosotros.

Él suspira. Su mirada se ablanda un poco, y se acerca hasta quedarse delante de mí. Intento con todas mis fuerzas no apartar los ojos de su cara, pero acabo bajando la vista por su cuello. Le veo extender la mano, y entonces me llega su olor; cuando la retira, veo que lleva el sobre.

—Entiendo el gesto —dice tan cerca de mí que noto un cosquilleo en el estómago.

Mi mirada baja por su cuerpo, pero enseguida vuelvo a sus ojos—.

Lo valoro, y no quiero ser brusco, pero no puedo aceptarlo.

—En cuanto lo dice, bajo la mirada avergonzada.

Él me toca la barbilla despacio, obligando a que nuestras miradas se encuentren—.

Y tampoco quiero que te sientas ofendida ni que te enfades conmigo.

—No estoy enfadada contigo —respondo apurada, aceptando el sobre de nuevo—. Un poco avergonzada, sí. He llegado a tu vida y no he hecho más que hacerte gastar.

Noto cómo su mano pasa de mi barbilla lentamente a mi mejilla.

Mientras le miro, no puedo evitar perderme en la profundidad de los ojos azules de Diogo.

Son como un lago en calma, que refleja una complejidad que va mucho más allá de las palabras.

Cada vez que me mira, siento como si me hundiera en un mar de emociones no dichas: una mezcla de serenidad y fortaleza que es, a la vez, reconfortante y desafiante.

—Hagamos una cosa —pide, y yo asiento hipnotizada. Para mi sorpresa, me sonríe—. Hablamos del dinero más adelante, y mientras tanto déjame cuidar de vosotros. No quiero que te preocupes por nada.

Trago saliva, pero asiento. Cuando noto que va a apartarse, le abrazo. Me pongo de puntillas y consigo rodearle el cuello con los brazos. Cierro los ojos e inhalo su perfume: una mezcla de jabón fresco y una sutil nota amaderada que es únicamente suya.

—Gracias, Diogo —digo con una sonrisa emocionada—. Esto significa mucho para mí.

Él tarda un momento en reaccionar, y noto un leve temblor en sus brazos.

Entonces, por fin, sus brazos fuertes se cierran alrededor de mi cintura, y un calor reconfortante me invade de arriba abajo.

Me muerdo el labio intentando contener el estremecimiento que sube como una ola.

Diogo me abraza con fuerza, y por unos segundos noto su barba rozarme suavemente el cuello, entre el pelo.

Su contacto es delicado, casi reverente, y su olor parece intensificarse en ese espacio íntimo.

La sensación de su respiración cálida contra mi piel es casi etérea, como si estuviera absorbiendo y compartiendo un momento que va más allá de las palabras.

Sus labios, de forma casi imperceptible, rozan la piel de mi cuello, y siento un cosquilleo suave que se extiende por todo el cuerpo.

Noto la fuerza y la protección en sus brazos, pero también la ternura que transmite con ese gesto.

Su presencia es tan poderosa como tranquilizadora, y me dejo envolver por ese abrazo como si el mundo pudiera esperar mientras los dos permanecemos en ese instante.

El momento se rompe cuando escucho a Héctor llorar desde el salón.

Me separo del abrazo despacio, y nuestras caras quedan muy cerca la una de la otra. Dejo que mis manos desciendan por el pecho cálido y definido de Diogo. Al darme cuenta, las retiro y me aparto. Me siento mareada, casi hipnotizada por lo que acaba de ocurrir.

—M-Me voy al salón —aviso con voz temblorosa, con el corazón a punto de salírseme del pecho—. Gracias otra vez.

—De nada.

Salgo casi corriendo del cuarto, sintiéndome una tonta. Voy al mío y guardo el sobre, y después camino hacia el salón, donde mi bebé llora con toda su alma.