Capítulo 05 – Diogo
Me dirijo rápidamente al baño y, en tiempo récord, me quito la ropa.
Me meto bajo la ducha y abro el grifo de agua fría.
Cierro los ojos e intento borrar la imagen de Marina comiendo la fresa, su lengua rozando el labio inferior.
Pero es inútil. Los recuerdos se niegan a desvanecerse, haciendo que mi cuerpo reaccione de una manera que no debería.
Respiro hondo, tratando de recuperar el control.
No puedo permitirme estos pensamientos. Marina está en un momento de vulnerabilidad, y mi prioridad debe ser protegerla, no perderme en fantasías. Intento concentrarme en el agua helada que recorre mi cuerpo, esperando que me devuelva al presente. Pero es difícil.
Termino la ducha y me seco deprisa. Me pongo un pantalón de chándal y una camiseta limpia, intentando sacudir los últimos rastros de deseo que aún persisten.
Cuando salgo del cuarto, voy directo al salón.
Marina está sentada en el sofá con las piernas cruzadas y sigue comiendo las fresas.
Respiro hondo y carraspeo. Ella me mira mientras mordisquea otro trozo de la pequeña fruta.
Esos ojos preciosos clavados en mí, como si supieran exactamente lo que me habían hecho.
—¿Por qué Faruk, Diogo? —pregunta, visiblemente curiosa.
Frunzo el ceño ante la pregunta, y entonces deduzco que me vio dar una entrevista antes.
—Fue Igor quien me puso ese apodo —respondo, y le doy la espalda mientras me dirijo a la nevera—. En cuanto descubrió que tengo ascendencia turca.
—¿En serio? —Levanto la vista y la encuentro con la atención puesta en mí—. ¿Sabes hablar turco?
—Un poco —digo, y saco una fuente del estante—. ¿Lasaña?
—Tenía antojo —responde ella con una sonrisa mínima.
Saco un plato y sirvo un poco de lasaña. Lo meto en el microondas y, unos minutos después, la cena está caliente. La recojo y me siento a su lado, manteniendo una distancia prudente.
—Herbertina no suele hacer lasaña —comento—. Supongo que porque no es de mis platos favoritos.
—¿Cómo puede no serlo? —pregunta incrédula, abriendo esos ojos tan expresivos.
Los labios teñidos del rojo de la fresa, que hace un momento saboreaba, me llaman la atención. Intento concentrarme en la conversación, no en preguntarme a qué sabrán esos labios carnosos. ¿Por qué diablos se me ocurre eso?
—No sé —sacudo la cabeza—. Nunca he sido muy fan de la pasta. —Me encojo de hombros y doy un bocado a la lasaña.
—No sabes lo que te pierdes —responde ella, volviendo a su fresa. Sus ojos brillan mientras mastica, y por un momento parece olvidarse de todo lo que la agobia.
—Puede ser —admito—, pero si a ti te gusta, podemos pedirla más a menudo. Herbertina es una cocinera excelente; puede hacer lo que quiera.
Marina sonríe, y me doy cuenta de que, a pesar de toda la tensión, hemos conseguido crear un instante de ligereza.
Entonces su mirada encuentra la mía, aunque enseguida la desvía.
Antes de imitarla, me detengo un segundo en su rostro delicado: las mejillas sonrosadas, el cabello castaño suelto cayéndole alrededor y haciéndola aún más bonita.
—Diogo —empieza, con cierta vacilación—. Lo de Felipe... y todo lo que pasó... ¿de verdad crees que estamos bien? Sé que ya hablamos, pero tengo miedo.
La miro y veo la vulnerabilidad en sus ojos.
—Lo entiendo. Y te aseguro que conmigo estaréis a salvo.
Ella asiente, y noto cómo sus hombros se relajan.
—Confío en ti, Diogo. No sé cómo agradecerte todo esto.
—No hay nada que agradecer. Cuídate y cuida el embarazo. El resto déjalo en mis manos.
Vuelve a sonreír, y en su cara aparece una determinación nueva.
Retomo la cena en silencio, pero es un silencio cómodo.
Marina termina las fresas y se queda mirando la fuente.
Nos quedamos los dos entretenidos con la televisión, y cuando acabo de comer, llevo los platos a la cocina y friego lo que hay sucio.
Al terminar, vuelvo al salón y me siento en el sofá.
Marina se acaricia la tripa y mira la pantalla.
En ese momento caigo en la cuenta de que el bebé va a nacer pronto y ella, aparentemente, no tiene nada preparado.
Quiero preguntarle si quiere que vayamos juntos al centro comercial, pero recuerdo que necesita reposo.
—¿Por qué decidiste ser agente federal?
Me quedo unos segundos en silencio antes de responder.
—Siempre quise ser policía, atrapar a los malos y proteger a quien lo necesita.
Lo digo de forma automática, y entonces me doy cuenta de que puede haberle sonado brusco. Porque, sutilmente, ella se abraza a sí misma y aparta la mirada.
—Ah, entiendo.
Cruzo los brazos aceptando que el tema ha terminado, pero algo me impulsa a seguir.
—En realidad, solo quería poder proteger a quienes lo necesitan —añado, y ella me mira—. Quizás mi padre influyó en que estudiara Derecho y siguiera sus pasos.
—Pero es lo que te gusta.
—Sí —confirmo. Sin quererlo, los recuerdos afloran: la casa pequeña, una habitación diminuta y mal iluminada, los gritos de una discusión resonando con una claridad dolorosa. Suelto un suspiro y me froto los ojos—. ¿Y tú? ¿A qué te dedicabas antes de conocer a mi hermano?
—Bueno, estaba terminando la carrera de Biología —dice.
Me sorprende, aunque no lo demuestro. ¿Marina, bióloga?
—. Y trabajaba a media jornada en una ferretería.
Vivía con mis padres en Santiago do Sul; estaba valorando la posibilidad de mudarme, pero entonces conocí a Felipe por allí.
Estaba visitando la ciudad, nos intercambiamos los números y empezamos a hablar.
Fui muy tonta. —Ríe, pero sé que no le hace ninguna gracia—.
Es obvio que no soy tan interesante, y no sé cómo pude creer que era real.
Mi primer impulso es decirle que sí es interesante, que el problema fue mi hermano, pero me callo. Me limito a escucharla, esforzándome por mantener la calma. Verla así me resulta tremendamente difícil.
—Me descuidé y pasó lo que pasó —continúa—.
O sea… —se detiene, confundida—. Siempre había sido muy cuidadosa con eso.
—Sacude la cabeza—. Cuando le dije que estaba embarazada, reaccionó muy mal.
Se fue y estuvo sin dar señales de vida.
Luego, al cabo de un tiempo, volvió como si nada hubiera ocurrido.
—Murmura con la mirada perdida, como si estuviera reviviendo todo—.
Solo aparecía por las noches. A veces yo no quería, pero si le decía que no se ponía muy violento y…
—Marina se detiene y me mira fijamente. La observo sin pestañear, mientras sus palabras me golpean como puñetazos—. Perdona, yo…
—No tienes que disculparte —digo, y ella se seca las lágrimas rápidamente.
Por dentro estoy completamente fuera de mí; en este momento lo único que quiero es ir a buscar a Felipe—.
Marina, ¿él te empujó el día que nos encontramos?
—pregunto, y ella respira hondo—. Sé que no quieres hablar de esto, que no quieres recordarlo, pero no tienes por qué protegerle.
—No es que quiera proteger a Felipe —replica—. Es que no quiero que venga a por mí. No sé cómo es él contigo, pero conmigo las cosas son distintas. Me echó de su vida, y aun así no para de llamarme o de querer controlarme. ¿Qué crees que me haría si presento una denuncia contra él?
Se muerde el labio, visiblemente incómoda con la conversación.
—Si hay algo que aborrezco con todas mis fuerzas, Marina —empiezo, y ella me mira alarmada—, es que una mujer sea agredida.
—Diogo…
—Si le denuncias —continúo, cortándola—, te prometo que no te hará nada.
—¿Y tus padres? ¿Cómo van a tomarse esto? Tu padre también es policía, ¿no les avergonzará?
—Tú eres la víctima, Marina. Cómo lo encajen ellos es problema suyo.
Tarda un momento, pero acaba asintiendo. Puedo ver el miedo en sus ojos, y lo entiendo, pero estoy decidido a hacer lo que sea necesario para protegerla a ella y al bebé.
Marina clava la vista en sus manos, y cuando vuelve a mirarme suelta un largo suspiro.
—¿Puedo pensármelo? —pregunta, y yo respiro hondo—. Es que estoy hecha un lío y encima me ha entrado un antojo de algo salado. Una croqueta con zumo de naranja; es demasiado para mi cabeza ahora mismo.
La veo acariciarse la tripa, con esa carita triste y confundida que casi me arranca una sonrisa. Me dan ganas de abrazarla y ahuyentar cualquier pensamiento oscuro de su mente.
—¿Quieres que pida algo?
—¡No! —niega, apurada—. Solo estaba pensando en voz alta. Hoy he comido bastante; doña Herbertina cocina de verdad muy bien.
Marina se coloca el pelo y vuelve la atención a la televisión.
—Eso sí tengo que reconocerlo —digo, y ella me mira. Trago saliva y desvío los ojos. Tener esos hipnóticos ojos verdes dirigidos hacia mí es algo completamente diferente—. ¿No estás cansada?
Lo pregunto preocupado, pero me resulta extraño cuando ella me mira con cierta incomodidad.
—Quieres quedarte solo, ¿verdad? —dice, y hace ademán de levantarse.
—No, quédate si quieres —respondo, y la veo llevarse la mano a la tripa con un leve gesto de dolor—. ¿Qué pasa?
—Nada —sacude la cabeza—. Está moviéndose. —Marina sigue con el ceño ligeramente fruncido—. Los patadones que me da… —bromea, y mi mirada cae directamente sobre su barriga—. ¿Quieres sentirlo?
La pregunta me pilla desprevenido, y mi primer instinto es negar con la cabeza.
—¿Qué? No, yo no puedo.
—¿Tienes miedo? —Su mirada es confusa, aunque con un toque sutil de diversión.
Puedo ver que se esfuerza por mantenerse seria—.
Dame la mano —pide, y yo niego de nuevo.
Tocarle la tripa me parece algo tan íntimo que no sé cómo explicarlo.
Sin embargo, a ella parece traerle sin cuidado, y toma mi mano colocándola justo en el momento en que el bebé da una patada—. ¿Lo has notado?
Me siento un poco torpe, pero dejo que ese contacto ocurra.
—¿Duelen esas patadas?