Capítulo 04 – Marina
En cuanto Diogo nos deja solas, vuelvo la mirada al álbum que tengo en las manos. Paso a la siguiente foto y veo a los dos hermanos abrazados de pequeños. En casi todas las imágenes Diogo no esboza ni la más mínima sonrisa, pero yo sé que tiene una sonrisa bonita.
— ¿Siempre ha sido tan serio?
Le muestro la foto y Herbertina me dedica una sonrisa tranquila.
— Sí, siempre fue muy reservado — responde, y me muestra otra imagen. Es él abrazado a Herbertina, ella mucho más joven. — Sé que en el fondo carga con cosas sin resolver, pero es un buen hombre.
— Realmente lo es — coincido, cerrando el álbum. — Decidió ayudarme sin pedir nada a cambio. Yo le dije que iba a ser un estorbo, que en breve tendría al bebé, y aun así insistió diciéndome que si fuera a molestarle no me lo habría pedido.
Herbertina ríe y me toca la mano.
— Es un poco brusco, pero no te lo tomes a mal. A veces me contesta mal, aunque noto que se arrepiente enseguida. Me gustaría tanto poder curar esa herida que lleva por dentro.
Suelto un suspiro y acomodo los cojines detrás de mí.
— ¿Usted dijo que lo adoptaron con once años? — pregunto, y ella asiente. — ¿Qué pasó con sus padres?
— Es algo delicado — me responde Herbertina, y yo asiento de inmediato.
— Claro, no se preocupe. Solo era curiosidad. Las veces que Felipe hablaba de su hermano era para quejarse de que el padre le prestaba demasiada atención. Nunca se quejó de que la madre quisiera más a Diogo que a él.
— Lamentablemente, esa familia es bastante complicada.
— Herbertina junta los álbumes que tiene en las manos mientras habla.
— Felipe dejó los estudios, siempre le gustaron las fiestas y ese estilo de vida.
El señor Macêdo nunca aprobó cómo vivía su hijo.
Diogo, en cambio, siempre fue el más centrado; quiso seguir la carrera del padre y eso fue una bendición para el señor Humberto.
Mientras uno era un mujeriego, el otro se entregaba a los estudios.
— ¿Diogo no sale con nadie?
— No, aunque a veces sale con su mejor amigo, Igor. Trabajan juntos.
— Por eso se rio cuando le pregunté — digo, y ella me mira sin entender. — En el hospital le pregunté si su novia no se iba a enfadar por quedarse allí conmigo.
— ¿Se rio? ¿Estás segura?
Frunzo el ceño y me quedo unos segundos pensando. No lo había soñado; estaba completamente despierta.
— Sí. Hasta me pareció guapo sonriendo.
Herbertina pone cara de sorpresa, pero enseguida sonríe meneando la cabeza.
Pasé el día conversando con ella. Después de comer eché una cabezada y, cuando me desperté, me tomé un sándwich de pavo con pan integral, tomate, lechuga y zumo de naranja.
Seguimos hablando un rato más y le conté prácticamente toda mi vida.
Era tan agradable hablar con alguien, con alguien que de verdad tenía ganas de escuchar.
Terminamos de ver las fotos y la ayudé a guardarlas en las cajas.
Intenté coger una para llevarla, pero me lo impidió con un gesto.
Me quedo sola esperando a que vuelva mi compañía.
Entonces veo el mando de la televisión grande y lo cojo.
Pulso el botón rojo y se enciende directamente en un canal de noticias.
Entretenida en la noticia, siento una patada en la parte de arriba de la barriga.
Sonrío y llevo la mano a acariciar el lugar.
Pronto lo tendría en mis brazos y apenas podía esperar.
— ¿Está dando patadas?
— Sí — le respondo a Herbertina, que se sienta a mi lado. — Creo que él también está impaciente por nacer.
— Hace tanto tiempo que no veo un bebé — murmura con una sonrisa leve. — ¿Puedo tocar?
— ¡Por supuesto! — Le coloco la mano donde estaba la mía. Tarda un poco, pero la patada llega. — He visto algunos vídeos sobre cuidados del bebé, pero creo que voy a necesitar su ayuda, si no es pedir demasiado.
— Claro que no. Será un placer ayudar en todo lo que haga falta.
— ¡Gracias!
Por el rabillo del ojo veo aparecer a Diogo y me quedo sin palabras al mirarlo de arriba abajo.
Lleva un pantalón corto negro y una camiseta sin mangas del mismo color.
Los brazos enormes me llaman la atención enseguida y, cuando se acerca un poco más, el perfume masculino que desprende —una mezcla de madera y especias— me acelera el corazón.
Se detiene a mi lado y cruza los brazos, haciendo que los músculos se marquen todavía más.
Trago saliva y devuelvo la mirada a la televisión.
— Me voy a dormir. Tengo que madrugar.
— Yo también voy al cuarto — digo, y casi de inmediato me sonrojo. ¿He dado a entender que iba al cuarto con él? — Es muy acogedor, gracias.
— Claro, pero puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras.
— Gracias.
Se queda mirándome en silencio y yo hago lo mismo.
Es inevitable no mirarlo: el pelo rubio en su corte corto, la barba enmarcando su rostro masculino lo hace tan atractivo.
Sus ojos azules, intensos, parecen atravesarme el alma, intentando descubrir cada secreto que guardo.
No escucho nada más; el corazón me late desbocado en el pecho y cada segundo que pasa parece una eternidad.
Intento desviar la mirada, pero es imposible.
Me atrae como un imán y me pierdo en mis pensamientos, recordando cómo hemos llegado hasta aquí.
— Bueno, yo también me voy a acostar — anuncia Herbertina, haciendo que nuestras miradas se aparten. Vuelvo la atención hacia ella y le sonrío. — ¿Nos vamos?
— S-Sí — asiento, e intento ponerme en pie.
Diogo se acerca de inmediato.
— Deja que te ayude.
— N-No hace falta. Ya me has cargado tantas veces que debes de estar agotado. Peso demasiado.
— Tonterías — dice, y se coloca a mi lado.
Al final asiento y él me recoge con cuidado.
Miro a Herbertina, que nos sonríe mientras nos acompaña hasta el cuarto.
Ya dentro, Diogo se queda conmigo mientras apartan las sábanas.
Miro su cara de cerca, pero cuando él me imita, desvío la vista.
Me deposita con delicadeza en el centro del colchón y me tumbo de lado.
Parece que soy una niña, pero no me quejo cuando Herbertina me arropa.
Es algo que haría mi madre; la recuerdo en ese instante, pero decido llamarla mañana.
— Duerme. Si necesitas algo, solo tienes que llamarme; estaré en el cuarto de al lado.
— Gracias, doña Herbertina. Es usted muy amable.
Recibo una sonrisa cariñosa y se la devuelvo.
— Buenas noches.
Sonrío y la observo tomar a Diogo del brazo y llevárselo hacia fuera.
Suelto un suspiro y me fijo en el pequeño resquicio de luz de la ventana que se cuela en la habitación, impidiendo que quede completamente a oscuras.
Es extraño, pero aquí me siento en casa; todo parece extrañamente familiar.
Noto una sensación rara en el estómago, algo que ya se ha vuelto familiar en los últimos meses.
Llevo la mano a la barriga y la acaricio despacio hasta que me quedo dormida.
Cuando vuelvo a despertar, miro a mi alrededor e intento recordar dónde estoy.
Reconozco el cuarto, la puerta del baño cerrada, la estantería apoyada contra la pared, y todo vuelve.
Siento presión en la vejiga y eso me hace levantarme.
Con calma, me incorporo poco a poco, voy al baño y, después de usarlo, me lavo las manos.
Un ruido procedente del pasillo me distrae de mi objetivo, que era volver a la cama. El corredor está poco iluminado, pero veo una luz que sale del salón.
Camino en silencio, apoyando las manos en las paredes.
Mis pies descalzos no hacen ruido en el suelo frío.
Cuando llego cerca del salón, lo veo. Diogo está de espaldas a mí.
Me detengo y lo observo en silencio. Viste el uniforme de agente federal y la imagen es impactante.
El azul oscuro contrasta con su piel clara, resaltando los hombros anchos y los brazos musculosos.
El chaleco antibalas ajustado al cuerpo acentúa todavía más su presencia imponente.
Cada detalle del uniforme parece hecho a medida para él. La pistola en el cinturón, todo encaja a la perfección, dándole un aire de autoridad incuestionable. El pelo está perfectamente peinado y la barba añade un toque de dureza a su rostro, haciéndolo todavía más atractivo.
Se mueve con eficiencia, revisando el equipo con una concentración absoluta. Cuando se pone de lado, veo la tensión en sus ojos, la seriedad con que afronta cada misión. Esa mirada decidida me hace pensar en lo dedicado que es a su trabajo, en cuánto se arriesga para proteger a los demás.
Siento una mezcla de admiración y preocupación.
Es fuerte, competente, pero también humano.
Sé que cada operación trae riesgos, y la idea de que pueda no volver me asusta.
Aun así, no puedo dejar de admirar la figura poderosa que tengo delante.
Cada línea de su cuerpo transmite confianza, y eso me da algo de consuelo a pesar del miedo.
Diogo nota mi mirada y se gira hacia mí. Por un instante nuestros ojos se encuentran y veo un destello de suavidad en los suyos antes de que recupere la postura firme y decidida. Intento sonreír, pero noto un peso en el pecho.
— ¿Diogo? — Lo llamo, con la voz más baja de lo que pretendía.
— Marina — mueve la cabeza levemente. — ¿Qué haces despierta a estas horas? — pregunta con la voz grave, aunque con un toque de preocupación.
— Escuché un ruido y vine a ver qué era — respondo, dando un paso al frente. — ¿Ya te vas?
Asiente, ajustándose una vez más el chaleco.
— Sí, y tú deberías descansar. Es demasiado temprano para que estés levantada.
En ese momento Herbertina aparece en el salón con una bandeja y una taza de café humeante. Ni me había dado cuenta de que estaba en la cocina. Sus ojos van de Diogo a mí mientras mantiene una sonrisa amable en el rostro.
— Te he hecho un café. Vas a necesitar energía — dice, dejando la bandeja sobre la mesa.