Capítulo 03 – Diogo
Con los brazos cruzados, observo a Marina dormir con una calma que me resulta casi dolorosa de ver.
Mi mirada cae sobre su barriga y, de inmediato, pienso en Felipe.
Era evidente que la había empujado o hecho algo para que perdiera al bebé, y si hay algo que me resulta absolutamente intolerable es que una mujer sufra violencia.
Mi mente hierve con pensamientos nada amables hacia Felipe.
El impulso de hacer justicia, de protegerla, es casi aplastante.
Me levanto y camino hasta la ventana, contemplando la ciudad de noche.
Las luces parpadean a lo lejos, indiferentes al drama que se desarrolla aquí dentro.
Vuelvo la mirada hacia Marina, que se mueve levemente en la cama.
¿Cómo puede Felipe tener el valor de hacerle daño a alguien tan frágil, a alguien que ahora mismo necesita todo el cuidado del mundo?
Respiro hondo y me hago una promesa: intentaré no implicarme más de la cuenta.
Pero de algo estoy completamente seguro: Felipe no va a salir impune de esto.
Vuelvo al sillón y espero con paciencia hasta que amanece.
Al día siguiente, cuando me despierto, mi mirada va directamente a Marina, que sigue durmiendo.
Veo que el gotero se ha vaciado, lo cierro y me asomo a la puerta.
Aviso a una enfermera que pasa por el pasillo y vuelvo al sillón.
A pesar de que el mueble es relativamente cómodo, sigue sin ser una cama.
No tarda en entrar la enfermera, que nos sonríe con educación y se acerca al gotero.
Lo retira, pero deja el acceso en el brazo de Marina.
— Cuando el médico le dé el alta, vuelvo a quitárselo. Si necesitan algo, pulsen este botón rojo.
Miro donde señala y localizo el botón.
— Gracias.
Noto que el móvil vibra en el bolsillo y lo saco. Miro a Marina, que sigue dormida, y salgo al pasillo. Cojo la llamada de Igor al tercer tono.
— ¿Sigues en el hospital? No has aparecido por el trabajo.
— Sí, todavía estoy aquí — respondo sin alejarme de la puerta cerrada. — No sé a qué hora salgo.
— ¿La embarazada está bien? ¿Y el bebé?
— Sí, los dos están bien, pero necesita reposo.
Al fondo lo oigo maldecir.
— Adivina quién acaba de llegar y está en el despacho de Marcelo.
Cierro los ojos reprimiendo un improperio.
— ¿Mi padre?
— El mismo. Creo que va a preguntar por ti. ¿Qué le digo?
— Nada. Si quiere hablar conmigo tiene mi número.
— Ya sabes que yo no rindo bajo presión, ¿no?
Respiro hondo y, al girar la cabeza, veo al médico de ayer llegar por el pasillo.
— ¡Tengo que dejarte! — aviso y cuelgo. — ¡Doctor!
Me sonríe y se acerca. Me estrecha la mano y echa un vistazo por el pequeño ventanuco de la puerta.
— ¿Cómo han pasado la noche? ¿Ha tenido dolor o algo parecido?
— No. La ayudé a ir al baño y nada más. No se quejó de dolor ni de ninguna molestia.
Los dos miramos hacia dentro justo cuando Marina se despierta. La observo mirar hacia el sillón y acariciarse la barriga con ternura. Me doy cuenta de que susurra algo con una leve sonrisa y aquello me afecta de un modo que no esperaba. El médico abre la puerta y lo acompaño.
— Buenos días, Marina. ¿Cómo ha pasado la noche?
— ¡Buenos días! Bien, gracias. — responde con una voz baja y muy suave. — ¿Me dan el alta?
Al terminar la pregunta, frunce el ceño y noto que intenta contenerse para no llorar. ¿Cómo lo sé? Tiene los ojos levemente brillantes, llenos de angustia. Me siento mal al verla así, tanto que respiro hondo y me repito en silencio: ella no es problema mío, sino de Felipe.
— Sí, podrá irse a casa, pero con el doble de recomendaciones.
Nada de cargar peso, nada de estrés, no agacharse, no caminar demasiado, nada de sexo.
— avisa y nos mira a los dos. Noto que Marina se sonroja.
— Comer bien, tomar las vitaminas y esperar el nacimiento, que ya está muy cerca.
Yo diría que a principios del mes que entra.
— Sí — confirma ella cabizbaja. — Gracias, doctor.
— Voy a pedir que le retiren el acceso.
Marina le da las gracias una vez más y se queda pensativa. El médico nos deja solos. Fijo la mirada en el rostro delicado de Marina.
— ¿Y bien? — pregunto, haciéndola tragar saliva. — ¿Tienes algún sitio donde quedarte?
— Creo que sí — responde, y me sorprende. — Ayer por la tarde estuve buscando pensiones más baratas. Creo que me quedo en una de ellas.
Asiento con los brazos cruzados. Mi mirada cae sobre sus dedos encima de la barriga. Está nerviosa, eso es evidente. Recuerdo la cantidad de dinero que me dijo que tenía y suelto un suspiro. ¿Cómo va a pagar los días en esa pensión?
— Bien. Puedo conseguir que un funcionario judicial venga hasta aquí para que pongas la denuncia.
— Diogo — mi nombre sale de sus labios como una súplica.
— No quiero denunciar nada. No quiero que se enfade más conmigo.
Estoy sola y... — respira hondo, pero continúa.
— Cuando se enfada, se pone muy violento.
— Respiro hondo y quizás ella lo interpreta mal, porque enseguida vuelve a hablar con nerviosismo.
— No te digo esto para crear problemas en la familia, ni sé qué puedes pensar de mí.
Solo quiero no tener ningún contacto con él.
Así que, por favor, no quiero hacer nada.
Voy a arreglármelas y criar a mi hijo sola.
Llega la enfermera y aprovecho el momento para guardar silencio. No puedo quitarme de la cabeza la imagen de Felipe siendo violento, de esa forma que conozco tan bien, con alguien tan indefensa como Marina. Es inevitable, y en cuanto nos quedamos solos, me acerco a ella. Su mirada es atenta.
— Entonces te vas a quedar en mi casa hasta que puedas valerte por ti misma y cuidar a tu bebé.
Nada más decirlo, sé que es lo correcto.
— ¿Qué? — Sus ojos se abren de par en par. — No, no puedo aceptar eso.
— ¿Por qué no?
La veo sopesarlo antes de responder.
— Si tu hermano se entera... — niega con la cabeza. — No quiero ni pensarlo.
— Si se entera, espero que venga a hablar conmigo. — digo con voz seria. — Lo veo difícil; nunca ha tenido el valor de enfrentarme.
La observo negar despacio, con una expresión entre confusa y asustada que me llega dentro. En el fondo quiero decirle que estará segura conmigo, que nada malo le va a pasar.
— ¿Por qué haces esto?
La pregunta me toma por sorpresa. Me quedo unos segundos en silencio, pero enseguida respondo.
— No puedo mirar para otro lado como si nada, Marina. Yo no soy Felipe.
Llora, y me incomoda verla así.
— ¿Estás seguro? V-Voy a tener al bebé muy pronto; va a llorar, vamos a interrumpir tu intimidad. Sin contar que...
— Marina — la interrumpo, y ella se calla. — No voy a dejar que te vayas a algún sitio desprotegido donde mi hermano pueda encontrarte. Te quedas en mi casa, bajo mi cuidado. Conmigo tendrás a tu hijo sin complicaciones.
Tarda unos segundos en reaccionar, pero cuando lo hace me sonríe, y la encuentro más bonita así, sonriendo. Tan rápido como llega ese pensamiento, lo expulso de la mente. Solo estoy siendo amable, nada más.
— ¿Seguro que no voy a molestarte?
— Si te digo que no es porque no vas a molestar. — respondo, y ella me mira sin saber qué decir. — Voy a tener que llevarte en brazos, ¿de acuerdo?
— ¿Voy a salir con esta ropa? — pregunta, y entonces me doy cuenta de que su vestido no está.
La bata azul no cubre demasiado, pero deja bien a la vista la barriga y el pecho.
Rápidamente cojo mi chaqueta y la ayudo a ponérsela.
La observo sacarse el pelo castaño por encima del cuello y mirarme. — ¿No peso demasiado?
— Tonterías — murmuro, y la recojo con cuidado. Sus brazos frágiles rodean mi cuello y es imposible no percibir el aroma dulce que desprende. — No vivo lejos de aquí — digo mientras empiezo a caminar hacia la salida —, pero antes pasamos por la farmacia y por el hotel a recoger tus cosas.
— Gracias, Diogo.
— No tienes que darlas. — Sigo caminando y paso por alto algunas miradas. Al llegar a la salida, veo mi camioneta aparcada justo delante. — Vivo solo, pero está doña Herbertina, que se ocupa de la casa.
— Entiendo — dice ella con expresión confundida.
En cuanto me detengo al lado del asiento del copiloto, consigo abrir la puerta y ayudo a Marina a sentarse. Se acaricia la barriga y me sonríe. Una vez más esa misma sonrisa. Estiro el cinturón y lo encajo en el otro extremo.
— ¿Te duele algo?
— No. — niega con la cabeza. Doy la vuelta rápidamente y me siento al volante. — ¿Eres agente federal?
Arranco y salgo de allí.
— Sí, trabajo en la Superintendencia Regional de la Policía Federal de RJ, pasado el centro.
— Deberías estar trabajando ahora, ¿verdad? — me pregunta, y noto que está incómoda. — Me siento culpable solo de pensar que te estoy dando problemas.
— No te sientas así — le pido, concentrado en la carretera.
Nos quedamos en silencio y se lo agradezco mentalmente.
La primera parada es en la farmacia, donde compro todas las vitaminas que recetó el médico.
La segunda, en el hotel; Marina tiene solo una maleta y un bolso, lo que me sorprende.
¿No tiene nada del bebé? Evito preguntarlo; sé que ahora mismo lo que necesita es descanso.
La última parada es en mi casa. Vivo en un barrio residencial, con muros altos, cámaras estratégicamente colocadas por toda la propiedad y vallas eléctricas.
Acciono el portón y entro aparcando en el patio.
Mientras bajo del coche, observo cómo los portones se cierran del todo.
Desde la puerta veo a doña Herbertina con los brazos cruzados. Parece enfadada y sé perfectamente el motivo: no avisé de que no volvía a casa. Recojo a Marina en brazos y, cuando me giro para entrar, noto que la expresión de Herbertina cambia por completo.
— Siento no haber llamado — me adelanto, y ella hace un gesto con la mano. Su mirada está puesta en Marina. — Estuvimos en el hospital.
— Pero ¿qué ha pasado? ¿Y quién es tu amiga?