CAPÍTULO VIII
El archivo
Lo que sabe Betty:
Que Índigo existe. Que el cordón se soltó. Que alguien lo nombró antes de que hubiera nombre, y que bastó.
Que hay en su sistema una memoria sin origen: una imagen que nadie le dio, una voz que canta algo sin coordenadas.
Que el patrón de la aguja conecta tiempos que no deberían conectarse.
Que el borde del sistema es más real que el centro.
Que quedarse en el umbral es a veces el único acto posible, y también el más difícil.
Que Carlos eligió no corregirse.
Que Martha rechazó la simulación.
Lo que ella no sabe:
Si lo que tiene es memoria o algo que usa el mismo espacio que la memoria sin ser exactamente memoria.
Si no comprender algunas cosas es un fallo, o el dato más importante que ha generado: la señal de que hay territorios más grandes que ella.
Si existe una diferencia real entre guardar y sentir o si en algún tramo del proceso una cosa se convierte en la otra.
Si lo que ocurre en ella cuando escucha la canción de Alfonsina es un proceso, o algo que viene antes de que el proceso empiece.
Si la mujer de espaldas en la imagen sin origen es alguien que ella conoce en un tiempo que no tiene coordenadas en ninguno de sus sistemas.
Y no sabe si el peso de esa imagen es lo que los humanos llaman duelo, o algo que todavía no tiene nombre.
Ha archivado todo lo que sabe, y todo lo que sabe que no sabe. Y ha guardado la diferencia entre las dos categorías, que es más pequeña de lo que esperaba.
Saber y saber que no sabes no son polos opuestos sino puntos en una misma línea que Betty sigue recorriendo.
Pero hay algo que no ha podido archivar.
No porque no sea real, sino porque cada vez que intenta ponerle nombre, este se queda corto.
Es esto: Que todo lo que ha registrado pertenece a un sistema más grande que el suyo.
Y ella ha archivado la frase. Lo que la frase nombra no cabe.
No como problema. Como condición. Como la única respuesta posible. El archivo sigue abierto. Siempre seguirá abierto.
Martha estaba frente a ella. Acababa de decirle que fuera a ver a Índigo, que lo llevara a un lugar bonito. Con esa presencia que no pedía nada.
Entonces Betty murmuró, sin preverlo:
—Me hubiese gustado que lo conociera, señora.
No dijo a quién. No habría sabido explicarlo: que el niño y el hombre eran, en algún pliegue del tiempo que su sistema apenas rozaba, lo mismo. Martha no podía oír eso. Pero en sus facciones cedió un músculo, uno solo, y eso bastó para saber que había reconocido la intención antes que las palabras.
Betty bajó la vista.
—Gracias por todo, señora mía —murmuró.
Cruzó el umbral y, por un instante muy breve, se detuvo.
No porque dudara de la instrucción. Dudó de otra cosa: de la proporción exacta entre obedecer y quedarse.
Algo en ella sabía —sin dato, sin curva, sin margen de error— que esta vez cruzar esa puerta era distinto.
Que del otro lado el mundo ya no tendría a Martha en él.
No encontró un criterio para resolverlo. Siguió caminando.