CAPÍTULO IV
La campana
El abuelo tardó tres días en morir. Pilar supo que pasaría desde el primero. Por esa precisión que había aprendido a tener con los cuerpos desde niña: la de quien observa sin que la observen.
El primer día, la respiración era irregular pero firme. El cuerpo todavía negociaba.
El segundo día, la negociación había terminado. Solo quedaba el trámite.
El tercer día, ella entró al cuarto.
La habitación olía a incienso y a algo que el incienso intentaba cubrir sin éxito. El olor que producen los cuerpos cuando empiezan a soltar lo que han sostenido demasiado tiempo.
No había nadie más.
La comadrona había salido a buscar al médico. Las criadas esperaban en el pasillo, pegadas a la pared, a la distancia justa para no oír y para no parecer que se iban.
Pilar cerró la puerta. El abuelo abrió los ojos al oír el pestillo. La miró.
Había en esa mirada una cosa que ella no había visto antes en él: la suma hecha. Había entrado alguien que lo había entendido todo, y él acababa de darse cuenta.
No pidió ayuda. Pilar se quedó de pie junto a la puerta. El abuelo tosió.
Afuera, el sonido de los pasos de la comadrona que volvía. Había una campana en la mesilla. Pequeña. De bronce. Pilar la miró.
El abuelo también la miró, luego la miró a ella. Fue un momento breve.
No de piedad. No de odio.
De saldo: los dos sabían lo que estaba pasando. Los dos sabían lo que ella podía hacer y lo que estaba eligiendo no hacer.
Pilar no tomó la campana.
Se quedó inmóvil, con las manos a los lados, con los ojos en ese hombre que había edificado su imperio sobre el silencio de los demás y que ahora necesitaba que alguien rompiera el suyo.
Los pasos de la comadrona se acercaron, pero siguieron en dirección contraria.
En ese silencio Pilar no pensó en nada, solo sintió la aguja en la manga. La punta contra la muñeca. Fría. Quieta. Suficiente para recordar que ella seguía ahí, y que él ya no.
La respiración del abuelo cambió y ella lo notó.
No apartó los ojos. Este tampoco podía hacerse a medias.
La respiración se detuvo. El cuarto quedó más callado que antes, pero de otra manera.
No el silencio de la espera. El silencio de lo que ya ocurrió.
Pilar se acercó a la mesilla. Tomó la campana. La hizo sonar. Una sola vez. Limpia.
Esperó y salió cuando las criadas entraron. La comadrona llegó corriendo. Alguien fue a buscar al sacerdote.
En la calle, la tarde tenía ese color específico del otoño que no decide si ser hermoso o triste y en el que la diferencia ya no importa.
Las manos no le temblaron. Se detuvo frente a la fuente. Metió las manos en el agua. Fría.
Se las frotó despacio.
No para limpiarlas.
Para comprobar si todavía eran suyas.