Capítulo 12 Cuando termina la huida #7
La sensación de estar siendo observada.
Durante años había aprendido a confiar en sus instintos.
El periodismo de investigación le había enseñado algo importante.
Muchas veces la mente detecta detalles antes de que la lógica consiga explicarlos.
Y ahora cada parte de su cuerpo le estaba enviando la misma advertencia.
No estaba sola.
Sarah respiró profundamente.
No quería actuar impulsivamente.
Tomó unos prismáticos que guardaba en la mochila y salió al porche.
El aire era frío.
La niebla comenzaba a disiparse lentamente.
Observó los árboles.
Las colinas.
El camino de acceso.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Durante varios minutos no encontró nada extraño.
Finalmente decidió regresar al interior.
Pero justo antes de cerrar la puerta vio algo.
Un reflejo.
Breve.
Lejano.
Entre los árboles.
Como si la luz hubiera golpeado una superficie metálica.
Sarah volvió a levantar los prismáticos.
Buscó cuidadosamente.
Nada.
El reflejo había desaparecido.
Sin embargo, ahora estaba completamente segura.
Alguien había estado allí.
Observando.
Horas más tarde decidió abandonar temporalmente la cabaña.
Necesitaba continuar investigando.
Pero también quería comprobar si aquella sensación tenía fundamento.
Condujo hasta el pueblo más cercano.
Durante los primeros kilómetros no ocurrió nada.
El camino permaneció vacío.
Después apareció una camioneta oscura detrás de ella.
Sarah no le prestó atención al principio.
Era una carretera pública.
No había nada extraño en ello.
Pero diez minutos después la camioneta seguía allí.
A la misma distancia.
Tomando cada curva.
Siguiendo exactamente la misma ruta.
Sarah observó el espejo retrovisor.
Intentó convencerse de que era una coincidencia.
Sin embargo, la inquietud comenzó a crecer.
Decidió realizar una prueba.
Tomó una salida secundaria que no necesitaba utilizar.
La camioneta hizo lo mismo.
Su corazón dio un vuelco.
Continuó conduciendo.
Giró nuevamente.
La camioneta volvió a seguirla.
Ahora ya no parecía una coincidencia.
Sarah tomó el teléfono.
Intentó fotografiar el vehículo.
Pero la distancia y las curvas dificultaban distinguir la matrícula.
Cuando finalmente consiguió una imagen aceptable, la camioneta disminuyó la velocidad.
Luego tomó otra dirección.
Y desapareció.
Sarah continuó observando por el espejo durante varios minutos.
No volvió a verla.
Pero el mensaje había quedado claro.
Alguien estaba siguiendo sus movimientos.
Aquella tarde decidió visitar nuevamente la biblioteca.
Necesitaba hablar con Grace Thompson.
La bibliotecaria escuchó atentamente mientras Sarah le explicaba lo ocurrido.
Cuando terminó, Grace pareció preocupada.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Vio quién era?
—No.
Grace guardó silencio unos segundos.
Luego miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba.
—Sarah.
—¿Sí?
—Hay algo que no le conté la última vez.
La periodista se inclinó hacia adelante.
—¿Qué ocurre?
Grace bajó la voz.
—Hace unos meses otra persona vino preguntando por Black Creek.
Sarah sintió un escalofrío.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Hombre o mujer?
—Un hombre.
—¿Qué quería?
—Los mismos documentos que usted.
Aquella información llamó inmediatamente su atención.
—¿Los encontró?
Grace negó lentamente.
—No.
—¿Qué ocurrió?
La mujer parecía incómoda.
—Volvió varias veces.
—¿Y después?
—Dejó de aparecer.
Sarah permaneció en silencio.
—¿Le dijo para quién trabajaba?
—Nunca.
Aquella respuesta resultaba inquietante.
Especialmente considerando todo lo ocurrido.
Emily investigando.
Documentos ocultos.
Personas desaparecidas.
Vehículos siguiendo sus movimientos.
La sensación de peligro se volvía cada vez más real.
Esa noche regresó a la cabaña antes del anochecer.
Decidió revisar nuevamente las fotografías tomadas en Black Creek.
Quizás había pasado algo por alto.
Conectó la cámara a la computadora.
Comenzó a analizar cada imagen.
Calles vacías.
Edificios abandonados.
Archivos.
Documentos.
Todo parecía normal.
Hasta que llegó a una fotografía tomada cerca del antiguo ayuntamiento.
Sarah se quedó inmóvil.
Ampliando lentamente la imagen.
Entre dos edificios podía verse una figura.
Lejana.
Parcialmente oculta.
Observándola.
Su respiración se detuvo.
Revisó la hora de la fotografía.
Recordó perfectamente aquel momento.
Había creído estar sola.
Pero no lo estaba.
Alguien estaba allí.
Mirándola.
Y probablemente observando todo lo que hacía.
Sarah amplió aún más la imagen.
La calidad no permitía distinguir el rostro.
Solo una silueta oscura.
Inmóvil.
Vigilante.
Sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Aquello confirmaba sus sospechas.
La estaban observando desde hacía más tiempo del que imaginaba.
La noche cayó sobre las montañas.
El viento comenzó a soplar con fuerza.
Sarah cerró puertas y ventanas.
No por miedo.
Sino por precaución.
Mientras organizaba los documentos escuchó nuevamente un sonido.
Esta vez provenía claramente del exterior.
Un golpe.
Suave.
Pero inconfundible.
Sarah apagó la lámpara inmediatamente.
La habitación quedó en penumbra.
Esperó.
Silencio.
Luego otro golpe.
Más cercano.
Tomó una linterna.
Y observó cuidadosamente a través de una rendija de la cortina.
El porche estaba vacío.
No había nadie.
Sin embargo, algo llamó su atención.
Un objeto.
Sobre los escalones.
Sarah permaneció inmóvil durante varios segundos.
Finalmente salió con cautela.
El viento agitaba los árboles.
La oscuridad cubría el bosque.
Recogió el objeto.
Era un sobre.
Sin remitente.
Sin marcas.
Solo una palabra escrita en la parte frontal.
Sarah.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Abrió cuidadosamente el sobre.
Dentro encontró una hoja doblada.
Nada más.
La desplegó.
Y leyó el mensaje.
"Emily intentó descubrir la verdad."
Debajo aparecía otra línea.
"Todavía estás a tiempo de detenerte."
Sarah tragó saliva.
La última frase estaba escrita con letras más grandes.
"Corre."
Exactamente la misma palabra.
La misma advertencia de la grabación.
La misma palabra que Emily había pronunciado antes de desaparecer.
El viento agitó la hoja entre sus manos.
Sarah observó la oscuridad del bosque.
Intentando descubrir quién había dejado aquel mensaje.
Pero no vio a nadie.
Solo sombras.
Árboles.
Y silencio.
Regresó al interior.
Colocó la nota junto a la grabadora.
Las observó durante varios segundos.
Dos advertencias.
El mismo mensaje.
El mismo miedo.
La misma amenaza.
Pero también una nueva certeza.
Quienquiera que estuviera detrás de todo aquello sabía exactamente quién era ella.
Sabía dónde se encontraba.
Sabía lo que estaba investigando.
Y sabía que estaba acercándose peligrosamente a la verdad.
Sarah respiró profundamente.
Durante años había aprendido a enfrentarse al miedo.
A no permitir que la paralizara.
Aquella noche tendría que hacerlo nuevamente.
Porque ahora comprendía algo fundamental.
No solo estaba buscando a Emily.
También se había convertido en un objetivo.
Alguien observaba cada movimiento.
Cada pregunta.
Cada descubrimiento.
Los ojos invisibles que habían seguido a Emily ahora estaban observándola a ella.
Y cuanto más avanzaba en la investigación, más cerca parecía estar de descubrir quién se escondía detrás de ellos.
Pero también más cerca del peligro.
Mientras la tormenta comenzaba a intensificarse sobre las montañas, Sarah tomó una decisión silenciosa.
No iba a retroceder.
No iba a correr.
Y no iba a abandonar la búsqueda.
Porque detrás de aquellas miradas ocultas, detrás de los documentos desaparecidos y de los secretos enterrados de Black Creek, se encontraba la respuesta que llevaba tanto tiempo buscando.
Y estaba decidida a encontrarla.
Capítulo 8: Ecos del pasado
La tormenta continuó durante gran parte de la noche.
Las gotas golpeaban las ventanas de la cabaña mientras el viento recorría el bosque con un sonido profundo y constante. Sarah Jenkins permanecía sentada frente a la mesa, observando la nota anónima que había encontrado en el porche.
La palabra seguía allí.
Corre.
La misma palabra que Emily había pronunciado en la grabación.
La misma advertencia.
La misma sensación de peligro.
Pero aquella noche no era solo el mensaje lo que perturbaba a Sarah.
Era algo más.
Algo que había permanecido oculto durante años.
Algo que comenzaba a despertar nuevamente.
Sus recuerdos.
Los recuerdos de aquella noche ocurrida cinco años atrás.
La noche que había cambiado su vida para siempre.
Sarah cerró lentamente los ojos.
Intentó concentrarse en el presente.
En la investigación.
En Emily.
Pero las imágenes aparecieron igualmente.
Inesperadas.
Intensas.
Incontrolables.
Recordó una calle oscura de Seattle.
La lluvia cayendo sobre el asfalto.
Las luces reflejadas en los charcos.
Recordó que aquella noche había estado trabajando en una investigación importante relacionada con corrupción empresarial.
Había descubierto información comprometida para varias personas influyentes.
Y alguien lo sabía.
Durante semanas había recibido advertencias.
Mensajes extraños.
Llamadas silenciosas.
Amenazas indirectas.
Al principio las ignoró.
Creyó que formaban parte del trabajo.
Pero estaba equivocada.
Aquella noche, mientras regresaba a casa, escuchó pasos detrás de ella.
Rápidos.
Firmes.
Demasiado cercanos.
Intentó girarse.
No tuvo tiempo.
Lo siguiente que recordó fue el miedo.
El caos.
La sensación de peligro.
Después llegaron los meses más difíciles de su vida.
La recuperación.
La ansiedad.
Las pesadillas.
La desconfianza.
Y el largo proceso de reconstruirse emocionalmente.
Cinco años después, las heridas físicas habían desaparecido.
Pero algunas cicatrices seguían presentes.
Ocultas.
Silenciosas.
Esperando el momento de reaparecer.
Y ahora estaban regresando.
Sarah abrió los ojos.
Respiró profundamente.
Miró la mesa.
Los documentos.
Las fotografías.
La grabadora.
Intentó recordarse a sí misma que aquella situación era diferente.