Elena No fue un accidente (Elena 1) Capitulo 16
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Capitulo 16

Lara llamó un jueves a mediodía.

Elena estaba en el estudio, con el cuaderno abierto sobre la mesa y el portátil de Marcos encendido a su lado, cruzando datos de distintos ayuntamientos que había encontrado en registros públicos.

Fechas de licitación, fechas de adjudicación, nombres de empresas adjudicatarias.

El patrón que Lara le había descrito en la cafetería era cada vez más visible cuanto más miraba — no porque los datos fueran distintos sino porque ahora sabía qué estaba buscando y eso cambiaba completamente lo que veía.

Cogió el teléfono.

La voz de Lara era diferente. No en las palabras — Lara eligió las palabras con su precisión habitual, sin dramatismo, sin el exceso de detalle que delata el nerviosismo en otras personas.

Pero había algo en el tono, en la velocidad ligeramente alterada, en la forma en que una frase llegaba antes de que la anterior hubiera terminado de asentarse, que decía que Lara estaba procesando algo mientras hablaba y que ese algo era más grande de lo que las palabras mostraban.

Dijo que esa mañana había ido a la redacción. La sala compartida en el centro que alquilaban varios periodistas freelance por horas, el sitio donde tenía su espacio, donde dejaba el material que no necesitaba llevarse a casa. Dijo que su portátil no estaba .

Elena se quedó quieta.

Lara dijo que la sala tenía llave y que nadie más tenía acceso a su espacio concreto pero que el portátil había desaparecido. Que no había señales de rotura ni de forcejeo en la cerradura. Que el resto de las cosas estaban en su sitio.

Elena preguntó si había llamado a la policía.

Lara dijo que no. Que si llamaba a la policía tendría que explicar qué había en ese portátil, y eso abría conversaciones que no podía tener todavía.

Que un robo sin violencia en una sala compartida era el tipo de cosa que la policía archivaba sin investigar, y que el coste de denunciarlo era mayor que el beneficio.

Elena preguntó qué había perdido exactamente.

Lara hizo una pausa breve. Dijo que el portátil tenía sus notas de investigación, meses de trabajo, fuentes, hilos sin publicar, algunos documentos escaneados, correos.

Dijo que las cosas realmente importantes, las copias de los documentos más sensibles, los archivos que no podía permitirse perder, los guardaba en un disco duro externo que no dejaba nunca en la redacción.

Que estaba en casa. Que eso no lo habían cogido.

Elena dijo que eso era lo único bueno de la situación .

Lara dijo que sí. Pero que lo del portátil significaba algo que iba más allá de lo que había perdido.

Que alguien sabía dónde trabajaba. Que la había estado siguiendo, o tenía acceso a información sobre sus movimientos.

Que lo que había pasado no era un robo ordinario de una sala que resultó estar abierta.

Era un mensaje. Del tipo que no necesita palabras para decir lo que dice.

Elena lo entendió.

No necesitó que Lara lo dijera con más claridad.

El robo del portátil de Lara y el cajón entornado del estudio de Marcos formaban parte del mismo patrón y ese patrón tenía un nombre.

Calvo ya había estado en su casa. Ya había mandado a alguien a registrar el cajón del escritorio de Marcos la noche que ella estaba en comisaría, cuando el piso llevaba horas solo y las llaves de Marcos podían estar en manos de cualquiera.

En ese momento ella lo había archivado como posibilidad, como algo que podía ser o no ser, porque no tenía todavía el contexto suficiente para entender lo que significaba.

Ahora lo tenía.

Calvo sabía dónde vivía. Había entrado en su casa sin que ella lo supiera, había registrado el cajón, había salido sin dejar rastro visible salvo ese centímetro de cajón mal cerrado que ella había notado porque llevaba ocho años en ese piso y sabía cómo estaban las cosas.

Y ahora alguien había entrado en la redacción de Lara con la misma discreción, con la misma capacidad de moverse por espacios cerrados sin dejar más rastro del que había decidido dejar.

Las dos estaban en peligro.

No como posibilidad abstracta. Como hecho concreto, con una red detrás que tenía recursos y voluntad y experiencia de veinte años moviéndose sin que nadie lo viera.

Dijo que el disco duro no podía quedarse en casa de Lara.

Lara dijo que lo sabía. Que en su piso ya no se sentía segura del todo. Que si habían podido entrar en la sala de la redacción podían entrar en cualquier sitio.

Elena dijo que podía traérselo. Lo dijo con la calma de quien ha tomado una decisión antes de terminar de formularla.

Que en su piso ya habían entrado una vez y no habían encontrado nada relevante, lo que lo hacía, paradójicamente, más seguro ahora.

Que si Calvo había buscado allí y había salido con las manos vacías era menos probable que volviera a mirar en el mismo sitio.

Que era lógica de adversario, no certeza, pero era lo mejor que tenían.

Lara estuvo en silencio un momento.

Después dijo que de acuerdo. Que esa tarde.

Lara llegó a las seis y media .

Elena la esperó en la puerta del piso antes de que llegara al rellano.

Lara salió del ascensor con la mochila al hombro y una expresión que Elena no le había visto hasta entonces — no el miedo calibrado y funcional de alguien que lleva tiempo manejando situaciones de riesgo, sino algo más crudo, más inmediato.

La cara de alguien que acaba de entender de forma visceral, no intelectual sino visceral, que una situación que creía controlar ha dejado de estar bajo su control.

No dijeron nada durante un momento.

Lara abrió la mochila y sacó el disco duro.

Un dispositivo pequeño, negro, del tamaño de una cartera gruesa, con un cable enrollado alrededor.

Lo puso en manos de Elena sin entrar al piso, como si el umbral fuera una frontera que no quería cruzar, como si entrar significara quedarse más tiempo del que podía permitirse en ese momento.

Elena lo cogió. Notó el peso concreto del aparato en la palma, más ligero de lo que había imaginado, y por un momento pensó en lo desproporcionado que era — que algo tan pequeño pudiera contener lo suficiente como para que alguien entrara en dos sitios distintos para intentar impedir que existiera.

Dijo que iba a guardarlo bien.

Lara dijo que gracias. Que lo sentía. Que sentía poner esto en sus manos, que no era justo que Elena tuviera que cargar con ello encima de todo lo demás, encima de Marcos y del duelo y de todo lo que había descubierto en las últimas semanas.

Elena dijo que no había nada que sentir. Que estaban en esto juntas aunque ninguna de las dos lo hubiera elegido.

No lo dijo con dramatismo. Lo dijo con la misma calma con que decía las cosas que había decidido antes de decirlas.

Lara asintió. Las dos se miraron durante un momento en el umbral del piso, con el disco duro entre ellas ya en manos de Elena, y en ese silencio estaba todo lo que ninguna de las dos había verbalizado, lo más grande y lo más difícil, la confirmación de que las cosas se habían vuelto más serias de lo que cualquiera de las dos había calculado al principio y que ninguna de las dos iba a detenerse por eso.

Lara se fue sin quedarse más tiempo del necesario. Elena escuchó sus pasos en la escalera, la puerta del portal cerrándose, el silencio.

Fue al dormitorio.

Abrió el armario. En el fondo, detrás de las cajas de zapatos apiladas, las de Marcos seguían ahí, tres pares que nadie había movido todavía, estaba la bolsa de tela donde guardaba la cámara.

La sacó. Abrió la cremallera. Metió el disco duro dentro, junto a la cámara, y volvió a cerrar la bolsa.

La colocó en el fondo del armario y puso las cajas de zapatos delante .

Después se quedó mirando el armario cerrado.

No mucho tiempo. Solo un momento, el tiempo justo para que el pensamiento que había estado formándose mientras guardaba la bolsa llegara a su forma completa.

La cámara. El disco duro. Los dos en el mismo sitio.

La cámara que había comprado hacía casi dos años en una tienda del centro, pagando en efectivo, dando un rodeo para que Marcos no la viera.

La cámara con la que había grabado el estudio durante tres semanas buscando a una mujer que no existía, convencida de que lo que se escondía detrás del móvil boca abajo y los viajes sin explicación era una infidelidad.

Y el disco duro con la investigación de Lara. Con los documentos que podían probar que Marcos no estaba ocultando a una mujer sino a Calvo. Que lo que había en el estudio por las noches, con el flexo encendido y el ordenador abierto, no era lo que ella había creído que era.

Los dos objetos en el mismo sitio. La historia falsa y la historia verdadera, guardadas juntas en el fondo de un armario detrás de las cajas de zapatos de un hombre muerto.

Cerró el armario .

Fue al salón. Se sentó en el sofá con el cuaderno de notas en la mano.

Lo abrió por la página donde había estado trabajando antes de que llamara Lara. El mapa con las flechas y los nombres y los tachones. Lo miró durante un momento. Después cogió el bolígrafo y añadió una línea nueva al mapa.

ROBO PORTÁTIL LARA — MISMA RED — CAJÓN MARCOS.

Trazó una flecha entre los dos puntos.

Calvo tenía ojos en más sitios de los que Elena había calculado.

No era solo la gestoría, no era solo Julia haciendo llamadas cuando llegaba alguien que hacía preguntas.

Era algo más extendido, más integrado, con personas en distintos sitios que reportaban a alguien y ese alguien reportaba a alguien y al final del hilo estaba siempre el mismo nombre.

Pensó en el cajón entornado.

Lo había encontrado el jueves por la tarde, solo dos días después de la muerte de Marcos, cuando todavía no sabía nada de Calvo ni de Vertix ni de contratos fraudulentos.

Lo había archivado como posible, como algo que podía tener una explicación, porque sin el contexto el dato solo no decía nada.

Ahora, con el contexto completo, el dato decía exactamente lo que había dicho siempre, que alguien había entrado en ese piso mientras ella estaba en comisaría con Saura y había registrado el cajón de Marcos buscando algo.

Calvo había mandado a alguien a su casa la misma noche que Marcos murió.

Eso significaba que Calvo sabía que Marcos tenía algo que no debía tener, que había intentado protegerlo o recuperarlo antes de que Elena lo encontrara.

Que la habían considerado desde el principio.

No como amenaza, entonces ella no era ninguna amenaza, sino como variable.

La viuda que iba a ordenar las cosas del muerto y que podía encontrar algo sin saber lo que había encontrado.

No habían contado con que Elena sabía mirar.

Cogió el bolígrafo y siguió escribiendo. Añadió fechas, referencias, conexiones que el mapa todavía no tenía. El cuaderno se fue llenando de letra apretada, de flechas entre nombres, de preguntas en los márgenes que todavía no tenían respuesta pero que necesitaban estar escritas para no perderse.

Las dos estaban en peligro. Eso era un hecho que ya no podía archivarse como posibilidad.

Pero estaban también en el único punto de la investigación desde el que podían seguir hacia adelante.

Tenían el nombre. Tenían la red parcialmente mapeada.

Tenían a la fuente de Lara en el ayuntamiento.

Y tenían la carpeta cifrada que Elena todavía no había podido abrir pero que Marcos había dicho que podría abrir cuando mirara en el sitio correcto.

El peligro era real. También lo era lo que tenían entre manos.

Elena no iba a detenerse.

Lo pensó con la misma claridad con que pensaba las cosas que ya había decidido.

No como un gesto heroico, no con ningún tipo de dramatismo.

Como una constatación simple. Marcos había muerto para que esto saliera.

Lara llevaba más de un año arriesgándose para que esto saliera.

La fuente del ayuntamiento se había arriesgado para que esto saliera.

No iba a detenerse.