Elena No fue un accidente (Elena 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Llegó a casa a las tres y media de la tarde.

El piso la recibió con el silencio de siempre, ese silencio específico que tenía ahora una textura distinta a la de antes — no el silencio neutro de una casa vacía a media tarde sino algo más denso, más cargado, el silencio de un espacio donde había pasado demasiadas cosas en demasiado poco tiempo y donde cada objeto guardaba un peso que antes no tenía.

Elena dejó el bolso en la silla del recibidor. Se quitó el abrigo. Lo colgó junto al de Marcos, que seguía ahí, que iba a seguir ahí porque nadie había tomado todavía la decisión de moverlo y Elena no iba a tomarla hoy.

Fue a la cocina.

Abrió el congelador. Sacó una pizza. Encendió el horno, esperó los diez minutos que indicaba el envase, la comió de pie frente a la encimera con el plato en la mano y la vista perdida en la ventana de la cocina, el patio interior, las macetas de la vecina del segundo.

La comió entera. No recordó después el sabor porque mientras comía la cabeza estaba en otro sitio completamente, en la cafetería de Ruzafa, en la mesa del fondo, en la voz de Lara explicando con calma y con orden las cosas que Elena llevaba semanas intentando entender sin tener suficientes piezas .

Fregó el plato. Lo dejó en el escurridor. Apagó la luz de la cocina.

Fue al salón.

Se sentó en el sofá y los pensamientos llegaron de golpe.

No de uno en uno, no con el orden que Elena habría querido darles.

Llegaron todos a la vez, mezclados, sin jerarquía, chocando entre sí como si hubieran estado esperando detrás de una puerta durante las dos horas de la cafetería y ahora que la puerta se había abierto salieran todos al mismo tiempo sin que hubiera forma de controlar el orden.

Calvo. Vertix. Veinte años de contratos fraudulentos.

Tres ayuntamientos. Funcionarios comprados.

Marcos creando sociedades ficticias durante seis años.

Los cuarenta mil euros. Mínguez en su cocina con el vaso de agua que no había terminado de beber.

Julia bajando la vista demasiado rápido.

El borrador incompleto, Calvo no puede saber que estoy en contacto con, la frase que se cortaba antes de llegar a ningún sitio.

Elena intentó ordenarlos. Intentó construir la secuencia lógica, primero esto y después aquello y como consecuencia lo otro, el tipo de estructura que le permitía manejar la información difícil sin que la aplastara.

Pero había demasiadas piezas y demasiadas conexiones posibles entre ellas y cada vez que intentaba fijar una el resto se movía y había que volver a empezar .

Se levantó.

Fue al estudio. Buscó en el cajón de la mesa que era suya, la mesa pequeña junto a la ventana donde guardaba los materiales del instituto, hasta encontrar lo que buscaba — un cuaderno sin usar, de tapa dura, con las hojas en blanco que usaba para planificar las unidades didácticas. Y un bolígrafo. Volvió al salón.

Se sentó en el sofá con el cuaderno abierto sobre las rodillas.

Y empezó a escribir.

No frases. No párrafos. Palabras sueltas al principio, los nombres y los conceptos más básicos, los que ya no podían discutirse.

CALVO. VERTIX. MARCOS. MÍNGUEZ. LARA. Los escribió en mayúsculas en distintos puntos de la página, dejando espacio entre ellos, como nodos de un mapa que todavía no tenía conexiones visibles pero que las tenía, que las tenía sin ninguna duda.

Después añadió fechas. HACE 6 AÑOS — Marcos entra en el esquema. HACE 3 AÑOS — Elena empieza a notar cosas. HACE 1 AÑO — Lara empieza la investigación. HACE 3 SEMANAS — Marcos intenta acceder a los servidores. HACE 2 DÍAS — Mínguez en casa.

Y empezó a trazar flechas .

CALVO → VERTIX → CONTRATOS PÚBLICOS → DINERO LIMPIO → MARCOS → SOCIEDADES FICTICIAS.

Una flecha larga de Marcos hacia Lara, con una nota al lado: 13 LLAMADAS.

SIN NOMbrE EN AGENDA. Otra flecha de Lara hacia la investigación, con la fecha del primer artículo que había publicado, el que Marcos había leído y reconocido.

Tachó una hipótesis. La reescribió de otra forma. Tachó otra.

Fue en ese proceso, en el movimiento físico del bolígrafo sobre el papel, cuando los recuerdos empezaron a llegar.

No los buscó. Llegaron solos, convocados por las fechas y los nombres que iba escribiendo, como pasa con la memoria cuando uno toca el hilo correcto sin saber que lo está tocando.

Escribió la fecha en que Marcos había entrado en el esquema. Seis años atrás. Y en ese momento, con esa fecha escrita en el papel, recordó un viaje.

Roma. Habían ido a Roma cuatro días en el puente de noviembre de hace cinco años, el primero después de que Marcos empezara a trabajar con Calvo.

Habían reservado un hotel en el centro histórico, pequeño pero bien situado, del tipo que normalmente estaba fuera de su presupuesto.

Elena había preguntado si no era demasiado caro.

Marcos había dicho que no, que habían tenido un buen trimestre en la gestoría, que se lo merecían.

Ella lo había aceptado sin más porque Marcos siempre había sido cauto con el dinero y si decía que podían permitírselo era porque podían.

Ahora sabía de dónde había salido ese dinero.

El hotel de Roma. Las cenas en restaurantes que no eran los que elegían normalmente.

El taxi desde el aeropuerto en lugar del autobús, que era lo que hacían siempre.

Pequeños lujos que en ese momento le habían parecido el resultado de un buen trimestre y que ahora eran otra cosa, el dinero de los contratos fraudulentos de Calvo convertido en una cena con vistas al Tíber un jueves de noviembre.

Elena se quedó mirando la fecha que había escrito en el cuaderno.

Recordó esos cuatro días con una claridad que no esperaba.

Marcos feliz, más relajado de lo que lo había visto en tiempo, con esa forma de estar presente que a veces desaparecía durante semanas sin que ella supiera por qué y que en Roma había vuelto de golpe.

Habían caminado por el Trastevere una tarde, sin destino concreto, parándose en lo que les llamaba la atención, entrando en una iglesia pequeña que encontraron por casualidad y que tenía un techo pintado que los dos se quedaron mirando en silencio durante varios minutos.

Habían comido helado en el Campo de' Fiori aunque hacía frío, porque era Roma y había que comer helado aunque hiciera frío.

Marcos había comprado una postal en un puesto callejero, una foto del Coliseo en blanco y negro, y cuando Elena le había preguntado para quién era le había dicho que para él, que a veces uno necesita un recordatorio de que el mundo es más grande de lo que parece desde dentro.

En ese momento le había parecido una cosa bonita de decir.

Ahora no sabía qué pensar de ella.

Volvió al cuaderno. Siguió escribiendo.

Escribió la fecha en que Marcos había viajado a Zaragoza un miércoles de febrero de hace dos años.

Un viaje de trabajo que había durado dos días, con una explicación que Elena había aceptado sin preguntar mucho porque las explicaciones de Marcos siempre sonaban razonables.

Reunión con un cliente importante que prefería las reuniones presenciales.

Era un miércoles y un jueves, días de entre semana, nada que no pudiera tener sentido en el contexto de la gestoría.

Pero ahora, con el mapa del cuaderno delante, con VERTIX y CONTRATOS PÚBLICOS y AYUNTAMIENTOS escritos en mayúsculas y conectados con flechas, el viaje a Zaragoza encontraba su sitio en otro contexto.

No una reunión con un cliente. Una reunión con alguien que había que ver en persona, en una ciudad que no fuera Valencia, donde la probabilidad de que alguien los viera juntos era menor.

Un funcionario, quizás. Un intermediario.

Alguien cuyo nombre aparecería en los contratos que había dentro de la carpeta cifrada.

Elena tachó la hipótesis de la reunión con el cliente. No porque la descartara del todo sino porque ya no era la primera.

Siguió escribiendo. Siguió trazando flechas.

El miedo llegó poco a poco, sin anunciarse.

No fue un pensamiento sino una sensación, la misma que había tenido el martes cuando había encontrado el cajón entornado, pero más informada ahora, más concreta, con nombre y apellidos detrás.

Elena estaba trazando una flecha entre JULIA y MÍNGUEZ, con la nota LLAMADA — 48 HORAS junto a la flecha, cuando lo sintió.

Alguien sabía que ella estaba mirando.

No era una suposición. Era un hecho que el mapa del cuaderno confirmaba con una precisión que no dejaba lugar a otras interpretaciones.

Julia había hecho una llamada el lunes por la tarde, pocas horas después de que Elena saliera de la gestoría.

Mínguez había aparecido en su casa el miércoles por la mañana.

La secuencia era demasiado rápida y demasiado precisa para ser casual .

Había una red. Una red que tenía ojos en la gestoría, que tenía un abogado que podía presentarse en su casa con una historia preparada, que había mandado a alguien a registrar el cajón del escritorio de Marcos mientras ella estaba en comisaría la noche que había muerto.

Una red que llevaba veinte años funcionando sin que nadie la hubiera desmantelado y que tenía todos los recursos necesarios para seguir funcionando veinte años más.

Y Elena había llamado la atención de esa red.

No de forma dramática, no de la manera en que aparece el miedo en las películas, de golpe y con toda su fuerza.

Sino de esta forma, gradual y fría, mientras trazaba flechas en un cuaderno en el sofá de su casa.

La comprensión de que no era invisible. De que cada movimiento que hacía — la visita a la gestoría, la llamada a Saura con el nombre de Calvo, las búsquedas en internet — había sido visible para alguien que tenía razones para vigilarla.

Dejó el bolígrafo sobre el cuaderno.

Se quedó mirando el mapa que había construido, las palabras y las flechas y los tachones y las notas al margen.

Era caótico y estaba incompleto, le faltaban conexiones que todavía no podía establecer y había huecos donde tendría que haber información que no tenía.

Pero era también la primera vez que todo lo que sabía estaba en el mismo sitio, visible al mismo tiempo, sin que ninguna pieza estuviera aislada de las demás .

Lo miró durante un buen rato. Fuera, en algún piso del edificio, alguien puso música durante unos segundos y la volvió a apagar casi de inmediato, como si se hubiera equivocado de aplicación, y ese pequeño ruido ajeno le recordó que el resto del mundo seguía funcionando en paralelo a todo esto, sin saber nada de lo que había escrito en ese cuaderno.

Pensó en Lara. En la única persona que sabía lo que sabía ella y un poco más.

En que Lara llevaba más de un año en esto, sola, con el disco duro en casa y el portátil en una sala compartida y una fuente en un ayuntamiento que le pasaba información con el miedo de quien sabe que lo que hace tiene consecuencias.

Lara no estaba segura tampoco. Nadie que supiera lo que ellas dos sabían podía estarlo.

Cogió el móvil.

Escribió un mensaje a Lara. Lo escribió y lo leyó y lo borró. Escribió otro. Más corto, más neutro. Hay cosas que no me has contado. Yo tampoco te he contado todo. Creo que deberíamos volver a quedar.

Se quedó mirando el mensaje durante un momento antes de enviarlo.

Pensó que Lara podía interpretarlo como presión.

Que podía sentirse acorralada, que podía decidir que Elena era un riesgo que no podía permitirse, que podía cerrar la puerta antes de que hubiera podido abrirse del todo.

Pensó que Lara era lo más valioso que tenía en ese momento, la única conexión con la verdad de lo que había pasado con Marcos, y que perderla por precipitarse sería exactamente el tipo de error que no podía permitirse.

Pero también pensó en el mapa del cuaderno.

En las flechas entre CALVO y VERTIX y MARCOS y todo lo demás.

En que había una adjudicación fraudulenta que podía firmarse en cualquier momento si nadie lo impedía.

En que Marcos había muerto para que esa información saliera, y que la información no iba a salir sola.

Envió el mensaje.

Dejó el móvil en el cojín de al lado y se quedó mirando la ventana, que estaba oscureciendo ya porque era noviembre y noviembre se cerraba temprano. El cuaderno abierto en el regazo, el mapa con sus flechas y sus tachones, el nombre de Calvo en el centro de todo.

El móvil vibró doce minutos después.

Elena lo cogió.

Lara había respondido. Una dirección y una hora para el día siguiente.Elena dejó el móvil sobre la mesita.

Se quedó un momento más en el sofá, en la oscuridad creciente del salón, con el miedo todavía presente pero ya más manejable, no porque hubiera desaparecido sino porque tenía un paso siguiente.

Y tener un paso siguiente era lo más parecido al control que Elena podía tener en ese momento .

Se levantó. Encendió la lámpara del salón. Fue al dormitorio.

Esa noche durmió en la cama. En su lado, con el otro todavía sin deshacer, pero en la cama. Era un paso pequeño. Era suficiente por ahora.