Capítulo 10
El jueves por la tarde Elena llamó a la operadora.
No era una llamada que tuviera nada que ver con Calvo ni con Mínguez ni con nada de lo que llevaba días pensando.
Era una llamada práctica, del tipo que hay que hacer cuando alguien muere y deja detrás una vida administrativa que ordenar.
Quería dar de baja la línea de Marcos y gestionar ella sola el pack familiar, cambiar la titularidad, poner una contraseña nueva, entender qué tenía contratado y qué no.
La operadora la atendió después de siete minutos de música en espera.
Elena explicó la situación, dio los datos, siguió el proceso.
La chica al otro lado fue eficiente y amable y le dijo que para completar la baja de la línea de su marido necesitaría el certificado de defunción, que podía mandarlo por correo electrónico a una dirección que le proporcionó.
Elena lo anotó. Después la chica le dijo que mientras tanto podía acceder a la gestión de su pack familiar a través de la aplicación, que tenía permisos de titular para ver y modificar ambas líneas.
Elena dijo que de acuerdo. Colgó.
Abrió la aplicación.
Entró con sus datos. La pantalla principal mostraba las dos líneas del pack, la suya y la de Marcos, con el consumo del mes, los datos usados, las llamadas.
Elena fue a la línea de Marcos sin pensarlo demasiado, con la misma automaticidad con que había ido al historial del navegador, con la que había buscado la matrícula del coche en el correo antiguo.
Era información que estaba ahí y que tenía derecho a ver.
Entró en el historial de llamadas.
Era una lista larga, llamadas entrantes y salientes de las últimas semanas, con fecha, hora y duración.
Elena empezó a desplazarse hacia arriba, hacia las más recientes, y fue pasando los ojos por los números con la atención de quien busca sin saber exactamente qué busca pero confía en que lo reconocerá cuando lo encuentre.
Lo reconoció enseguida.
Un número que aparecía repetido a lo largo de las últimas semanas.
Sin nombre asociado, no estaba guardado en la agenda de la línea que la aplicación mostraba integrada con el historial.
Solo los dígitos, repetidos en distintas fechas, a distintas horas.
Elena lo contó. Trece veces. La llamada más larga, de diecisiete minutos, hacía un mes.
La más reciente, de cuatro minutos, cinco días antes de morir.
Trece llamadas a un número sin guardar.
Marcos era ordenado. Si llamaba a alguien más de una vez lo guardaba — era un hábito tan constante como dejar las llaves en el mismo sitio o poner el intermitente antes de cada cambio de carril.
Un número sin guardar al que había llamado trece veces en pocas semanas no era un descuido.
Era una decisión deliberada. Alguien a quien Marcos no quería que apareciera con nombre en su teléfono.
Lo primero que hizo Elena fue buscarlo en su propia agenda. Abrió los contactos, tecleó los primeros dígitos. Nada. Lo intentó de otra forma, buscó el número completo. Nada tampoco. No lo tenía guardado. Nunca le había dado ese número.
Llamó desde su propio móvil.
Sonó cinco veces y saltó el buzón de voz, una voz automática, sin nombre, sin mensaje personalizado, solo la indicación estándar de dejar un mensaje tras la señal. Elena colgó sin dejar nada.
Esperó diez minutos. Volvió a llamar. Esta vez sonó y sonó sin respuesta, sin buzón de voz, el teléfono encendido pero ignorando la llamada de forma activa.
Fue a la cocina, se preparó un café que no llegó a terminar, volvió al sofá con el móvil en la mano. Lo intentó una tercera vez desde el teléfono fijo de casa, un número diferente, uno que nadie que la conociera reconocería. Tres tonos. Colgaron.
No era casualidad.
Era alguien que veía las llamadas entrantes y decidía activamente no contestar. Que reconocía los números de Elena o simplemente no contestaba a números desconocidos. Que tenía razones para ser cuidadoso con el teléfono, igual que Marcos había tenido razones para no guardar ese número con nombre.
Elena dejó los teléfonos sobre la mesa y se quedó mirando el número anotado en el papel que había cogido de la mesita.
Trece llamadas. Sin nombre. Sin contexto visible.
Alguien que había estado en contacto regular con Marcos en las semanas antes de su muerte y que ahora no quería saber nada de las llamadas entrantes.
Necesitaba saber quién era.
Pasó el resto del jueves buscando.
Probó con los buscadores, puso el número entre comillas, lo buscó con prefijo internacional, lo buscó combinado con Valencia y con otros términos. Nada útil. Probó con aplicaciones de identificación de llamadas. El número no aparecía en ninguna base de datos de spam ni de empresas.
Fue ampliando la búsqueda. Foros donde la gente reportaba llamadas de números desconocidos. Plataformas donde los usuarios identificaban números de telemarketing. Nada que encajara con lo que buscaba .
Llevaba casi dos horas cuando probó algo diferente.
Fue al portal de compraventa de segunda mano donde alguna vez había vendido algún trasto que tenía por casa y que no sabía cómo deshacerse de él.
Abrió el buscador interno de la plataforma y tecleó el número de teléfono completo, como número de contacto de algún anuncio.
Era una posibilidad remota. La gente que quería mantener el anonimato no publicaba su número en plataformas de segunda mano.
Pero apareció un anuncio.
Hacía cuatro meses. Una bicicleta de ciudad, color azul, talla M, en buen estado, precio negociable. El número de contacto era el que tenía anotado en el papel.
El anuncio no tenía nombre completo, solo un nombre de usuario — Lara V. — y la zona aproximada: Ruzafa, Valencia.
Elena miró el anuncio durante un momento.
La bicicleta en la foto era azul, con el manillar recto y una cesta pequeña en la parte delantera.
El anuncio seguía activo, lo que significaba que o no la había vendido o había olvidado borrarlo.
En la descripción había una línea que decía que la bicicleta podía recogerse en su domicilio, cerca del mercado de Ruzafa.
Lara V. Ruzafa .
Elena cerró la aplicación.
Se quedó mirando el móvil durante un momento. Lara V. era la persona a la que Marcos había llamado trece veces en las semanas anteriores a su muerte. Sin guardar el número. Sin mencionar nunca ese nombre en casa. Trece llamadas, la más larga de diecisiete minutos.
Pensó en lo que podía significar eso. La hipótesis más obvia era la que llevaba tres años temiendo — una mujer, un nombre que Marcos no había querido que apareciera en ningún sitio, un número que había llamado con una frecuencia que no era casual.
Pero había otra hipótesis, menos obvia y más complicada, que convivía con la primera sin anularlá.
El nombre de Calvo en los correos. Mínguez en su casa dos días después de que Julia hiciera una llamada.
Un hombre que buscaba abogados penalistas especializados en delitos económicos.
Un hombre que tenía razones para mantener ciertos contactos fuera del alcance de cualquiera que pudiera mirar su teléfono.
No sabía cuál de las dos era verdad. Quizás las dos. Quizás ninguna.
Lo único que sabía con certeza era que Lara V. existía, que vivía en Ruzafa, y que había hablado con Marcos en los días más difíciles de su vida.
Tenía que encontrarla .
El viernes por la mañana Elena fue a Ruzafa.
La descripción del anuncio daba la zona pero no la dirección exacta.
Elena buscó en el mapa las calles más cercanas al mercado, identificó las que tenían portales con la distribución que encajaba con lo poco que podía deducirse de la foto del anuncio, y eligió una.
Llegó a las once de la mañana. Encontró un banco en la acera de enfrente al primer portal y se sentó.
Sacó el móvil. Abrió una aplicación cualquiera y se quedó con la vista levantada cada vez que se abría alguna de las puertas.
La espera se hizo larga.
Pasó la primera media hora repasando mentalmente lo que sabía.
Calvo. Vertix. Mínguez. La carpeta cifrada.
La transferencia. El borrador incompleto que se cortaba en mitad de una frase.
Las trece llamadas a un número sin nombre.
Cada pieza por separado tenía una explicación posible que no era necesariamente oscura.
Juntas formaban algo que no podía explicarse de ninguna otra manera.
Marcos no había muerto por accidente. Lo creía con la misma certeza con que creía las cosas que no podía demostrar todavía pero que sabía que acabaría demostrando.
Pasó la segunda media hora pensando en Lara V.
Intentó imaginarla a partir de lo poco que tenía, un nombre de usuario, un barrio, una bicicleta azul con cesta en el manillar, un teléfono que no contestaba llamadas de números desconocidos.
Construyó varios escenarios en su cabeza, varias versiones posibles de la conversación que iba a tener si conseguía encontrarla.
Una mujer que no sabía nada y que se asustaría al ver aparecer a la viuda de Marcos.
Una mujer que lo sabía todo y que cerraría la puerta antes de que Elena pudiera decir una palabra.
Una mujer que estaba esperando que alguien apareciera, que llevaba semanas esperándolo.
No sabía cuál de esos escenarios era el real. No podía saberlo hasta que la tuviera delante.
Siguió esperando. Un chico repartidor pasó dos veces por la misma acera, con la caja térmica al hombro, comprobando el móvil cada vez que se paraba.
Un perro pequeño ladró detrás de una de las puertas del portal de enfrente sin que nadie saliera a callarlo.
El sol de media mañana calentaba lo justo para que Elena se quitara el gorro que llevaba puesto y lo dejara sobre las rodillas.
Salió una mujer mayor con un carrito de la compra. Un hombre con traje que miraba el móvil mientras caminaba. Dos chicos jóvenes con mochilas. Una madre con un niño pequeño en la mano.
Y después, a las doce y veinte, salió ella.
Elena la vio antes de ver la bicicleta, pero fue la bicicleta lo que confirmó todo.
Pelo oscuro recogido en una coleta descuidada, mochila al hombro, y la bicicleta azul que empujaba con una mano mientras cerraba el portal con la otra.
La cesta pequeña en el manillar. El mismo azul de la foto del anuncio.
Elena lo supo en el momento en que vio el color, antes incluso de fijarse en la cara, con esa certeza física que produce el reconocimiento cuando lo que uno busca aparece de repente donde no había nada.
Se le fue el corazón un momento.
Se levantó del banco.
Cruzó la calle con paso rápido pero sin correr, calculando el ángulo, eligiendo el trayecto que la llevara a interceptarla antes de que montara en la bicicleta y se alejara.
La chica salió a la acera y se paró un momento antes de empezar a caminar.
Miró a la derecha. Miró a la izquierda. Elena vio ese gesto y lo reconoció — no era el gesto de alguien que decide hacia dónde va, era el gesto de alguien que comprueba lo que hay antes de moverse.
Un hábito de precaución. Un hábito aprendido.
La chica la vio cuando Elena estaba a cinco metros.
Se paró.
No huyó. No fingió que no la había visto, no aceleró el paso, no montó en la bicicleta.
Se quedó quieta, con la mano en el manillar y la mochila al hombro, y esperó.
Sus ojos fueron de Elena a la calle y de la calle a Elena, con la expresión de alguien que lleva tiempo esperando que algo llegara y ahora que ha llegado no sabe exactamente si aliviarse o prepararse.
Elena se detuvo frente a ella.
Dijo que disculpara. Que estaba buscando a alguien que había tenido contacto con su marido y que creía que podía ser ella. Que solo quería hablar.
La chica la miró durante un momento. Después dijo que sabía quién era.
Elena no dijo nada.
La chica dijo que conocía una cafetería a dos calles. Que si quería hablar podían hacerlo allí.
Echó a andar con la bicicleta al lado sin esperar respuesta.
Elena la siguió.