Capítulo 9
El miércoles por la mañana Elena estaba en el estudio cuando sonó el videoportero.
Llevaba dos días buscando información sobre Calvo y Vertix en internet, construyendo un mapa a partir de los fragmentos que encontraba.
Artículos de prensa económica local, menciones en registros públicos de empresas, notas breves en publicaciones del sector logístico.
Había tomado notas en el cuaderno, fechas y nombres y referencias cruzadas, con la misma metodicidad con que preparaba las unidades didácticas para el instituto.
Lo que había encontrado era abundante y al mismo tiempo insatisfactorio.
Andrés Calvo aparecía en muchos sitios. Inauguraciones de instalaciones, entrevistas breves en suplementos de economía regional, menciones en listas de empresarios del sector logístico valenciano.
Vertix tenía página web, presencia en directorios empresariales, referencias en publicaciones del sector.
Todo sólido, todo consistente, todo con el aspecto de una empresa que llevaba veinte años construyendo exactamente la imagen que quería construir.
No había nada que señalar con el dedo.
Y sin embargo Elena se había quedado un buen rato mirando las fotos que encontraba de Calvo.
En las inauguraciones, en las entregas de premios empresariales, en los actos de la asociación del sector.
Era un hombre que sonreía con facilidad, que estrechaba manos con la soltura de alguien que lleva décadas haciéndolo, que miraba a la cámara con la confianza específica de quien sabe que controla lo que la cámara va a ver.
Pero la mirada tenía algo.
No era fácil de articular. Era una intuición, no una evidencia, del tipo que uno desecha porque sabe que las intuiciones sin base son trampa y que la mente ve lo que quiere ver cuando ya ha decidido que algo es sospechoso.
Elena lo sabía. Y aun así, cada vez que miraba esos ojos en las fotos, tenía la sensación de que había algo detrás que la imagen no mostraba.
Algo calculado en la forma en que se presentaba al mundo, demasiado preciso para ser natural del todo, la versión de sí mismo que Calvo había decidido mostrar con la misma deliberación con que uno elige la ropa antes de salir a un sitio importante.
Era todo lo que tenía. Una mirada en unas fotos y la certeza de que el nombre de ese hombre aparecía tres veces en los correos de su marido muerto.
Fue al videoportero.
Un hombre de unos cincuenta años, traje oscuro, maletín de piel. De pie frente al portal con una postura recta, sin el nerviosismo de quien no sabe si va a recibir respuesta, con la calma específica de quien está acostumbrado a que le abran las puertas.
Elena pulsó el botón del micrófono. Preguntó quién era.
La voz que llegó a través del aparato era tranquila y modulada. Dijo que se llamaba Rafael Mínguez, que era abogado, que sentía molestarla pero que tenía un asunto relacionado con la gestoría donde había trabajado su marido del que le gustaría hablarle brevemente si era posible.
Elena procesó eso en un segundo. Asuntos administrativos pendientes.
Tenía sentido — había mucho papeleo que preparar todavía, muchos trámites que gestionar, muchas cosas que se quedan en suspenso cuando alguien muere y que el mundo necesita que alguien resuelva antes de poder seguir.
Un abogado de la gestoría presentándose para hablar de esas cosas era lo más normal del mundo.
Pulsó el botón para abrir el portal.
Lo esperó en el rellano, con la puerta del piso entornada detrás de ella y las llaves todavía en la mano.
El ascensor tardó lo que tardaba siempre.
Mínguez salió, la vio, asintió con una inclinación breve de cabeza.
Se acercó. Dijo que lamentaba mucho la pérdida de su marido, que sentía presentarse así, sin avisar.
Que se llamaba Rafael Mínguez, repitiendo el nombre como si quisiera que se le quedara, y que era abogado con despacho en el centro de Valencia.
Que representaba a varios de los clientes de la gestoría donde había trabajado Marcos y que había algunos asuntos administrativos pendientes que convenía resolver en los próximos meses para evitar complicaciones innecesarias a Elena.
Lo dijo con calma, con el ritmo de alguien que ha preparado lo que iba a decir y lo está reproduciendo con naturalidad suficiente para que no parezca preparado.
Elena dijo que pasara.
Lo guió a la cocina porque la cocina era el sitio más neutro del piso.
Le preguntó si quería tomar algo. Mínguez dijo que un poco de agua, gracias.
Elena llenó un vaso, lo dejó sobre la mesa.
Mínguez se sentó. Dejó el maletín en el suelo junto a la silla, no sobre las rodillas, y cruzó las manos sobre la mesa con una postura que pretendía ser relajada.
Habló durante varios minutos sobre gestiones administrativas.
Plazos de liquidación de cuentas, documentación fiscal pendiente, trámites que correspondían a la viuda en casos de fallecimiento del titular.
Era fluido y preciso, usaba términos técnicos con la soltura de quien los maneja a diario pero los explicaba con suficiente claridad para que no pareciera que estaba hablando por encima de ella .
Elena escuchó. Hizo dos o tres preguntas sobre plazos que en realidad no le importaban pero que sonaban exactamente a las preguntas que haría alguien que está procesando información práctica. Cuidadosa con lo que decía. Más cuidadosa todavía con lo que callaba.
Y mientras lo hacía, observó.
Había aprendido desde pequeña que la observación era más útil que la pregunta, y que las cosas más importantes casi nunca estaban en lo que alguien decía sino en cómo lo decía y en lo que hacía mientras lo decía.
Mínguez sostenía el vaso de agua sin llegar a beberlo del todo, dejándolo sobre la mesa entre frase y frase como un objeto de utilería, algo con lo que ocupar las manos sin revelar nada.
Sus ojos hacían pequeños recorridos por la cocina con la discreción de quien mira sin querer que lo vean mirar — la encimera, el pasillo, el arco que daba al salón — con la atención de alguien que está trazando un mapa del espacio mientras habla de otras cosas.
Era bueno. Era muy bueno. Pero no era perfecto.
Había un ritmo demasiado regular en la forma en que alternaba el contacto visual con Elena y esos recorridos breves por el espacio.
Un patrón demasiado constante para ser espontáneo.
Como la cadencia de alguien que ha hecho esto antes muchas veces y que ha aprendido que la discreción requiere sistema, y que ese sistema, precisamente porque es sistema, deja su propia huella si uno sabe mirar.
Elena sabía mirar. Llevaba toda la vida practicándolo sin llamarlo así, primero con sus padres, después con sus alumnos, y en los últimos años con Marcos, y esa práctica acumulada le daba una ventaja que Mínguez no podía sospechar: sabía distinguir entre un gesto natural y uno ensayado incluso cuando el ensayo era casi perfecto.
En ningún momento durante la conversación dijo nada que no debiera decir.
No insinuó que sabía más de lo que debería saber.
No dejó que ningún gesto o ninguna pregunta dijera lo que Mínguez no podía saber que ella sabía.
Era una destreza que había desarrollado durante años de matrimonio con un hombre que no contaba las cosas y que la había enseñado, sin saberlo, a sostener el peso de lo que uno sabe sin que se note en la superficie.
Mínguez mencionó a Calvo de pasada, como uno más entre varios clientes afectados por la situación. El señor Calvo, de Vertix, que también tendría que firmar algunos documentos en relación con contratos que gestionaba Marcos. Elena no cambió la expresión. Dijo que entendía. Siguió escuchando.
En un momento de la conversación, mientras Mínguez hablaba sobre plazos de liquidación, sus ojos se desplazaron hacia el salón, visible desde la cocina a través del arco de la puerta.
Una fracción de segundo, no más, pero Elena lo registró porque estaba mirándolo a él y no al salón.
Archivó el gesto sin saber todavía qué hacer con él.
Antes de levantarse, Mínguez sacó del bolsillo interior de la chaqueta una tarjeta y la dejó sobre la mesa. Dijo que si necesitaba cualquier cosa, cualquier consulta que tuviera, que no dudara en llamarle.
Elena dijo que gracias, que era muy amable.
Lo acompañó a la puerta. Mínguez cogió el maletín, repitió el pésame, dijo que lo sentía mucho. Elena dijo que gracias otra vez. Cerró la puerta.
Se quedó de pie en el recibidor con la tarjeta en la mano.
Rafael Mínguez. Abogado. Un número de teléfono y una dirección en el centro de Valencia.
Fue al estudio.
Se sentó en la silla de Marcos. Abrió el ordenador y buscó el nombre.
Rafael Mínguez aparecía en varios resultados.
Artículos de prensa económica local, siempre en segundo plano, siempre asociado a operaciones empresariales de cierta envergadura.
La web del colegio de abogados de Valencia tenía una ficha sobria — especialidad en derecho mercantil y fiscal, más de veinte años de ejercicio.
El tipo de perfil que no llama la atención precisamente porque está diseñado para no llamarla.
Elena fue añadiendo pestañas, abriendo artículos, buscando combinaciones de su nombre con empresas o sectores. En la mayoría era un nombre secundario, una firma al pie de un documento, un abogado representando a alguien más importante que él.
Hasta que apareció el artículo.
Era de hace tres años, en un periódico económico de Valencia. Una nota sobre la inauguración de nuevas instalaciones de Vertix en el polígono de Albuixech. Elena lo abrió y empezó a leer con la misma atención con que había leído todos los demás, sin esperar nada en particular, siguiendo el hilo.
En el cuarto párrafo estaba la foto.