Elena, El Umbral de la Obediencia (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 4) 15. LA OBRA TERMINADA
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15. LA OBRA TERMINADA

Con el tiempo, la vida de Elena encontró su forma definitiva, y esa forma fue la perfección.

Ya no había primeras veces. No había el temblor de lo nuevo, ni el vértigo de aprender, ni el pánico fino de fallar.

Había, en su lugar, una vida entera resuelta en el orden, tan pulida y tan sin resquicios que era imposible distinguir dónde terminaba la mujer y dónde empezaba la posesión.

Elena se levantaba antes que él, buscaba en la silla lo que llevaría ese día, se ponía el sello cuando el sello estaba dispuesto, ordenaba la casa como un altar, servía, se ofrecía cuando él entraba a una habitación, se dejaba usar cuando él la quería usar y se dejaba pasar de largo cuando él solo quería mirarla.

Iba con él a la mesa cuando la mesa se reunía, entraba medio paso detrás, sellada por dentro, impecable por fuera, y era la prueba silenciosa de quién era Viktor ante los hombres más poderosos del mundo.

No fallaba. Hacía tiempo que no fallaba.

Se había vuelto lo que él había querido hacer de ella la primera noche.

Y era, de un modo que ella no habría sabido explicar, feliz.

Tenía todo lo que había ido a buscar la noche que cruzó aquel umbral por su pie.

No decidía nada. No cargaba con el peso de sí misma.

Era de alguien del todo, y ese alguien la contenía entera, sin dejarle una sola arista suelta.

La mujer correcta y vacía que años atrás pagaba las facturas el día que llegaban para tapar una presión sin nombre había encontrado, por fin, la mano lo bastante firme para sostenerla del todo.

Ya no había gotera que tapar con pintura. Estaba contenida. Estaba en paz.

* * *

Aquella noche Viktor decidió usarla entera, y Elena entendió, por cómo empezó, que iba a ser una de esas noches largas en las que él no dejaba sin tocar un solo rincón de lo que poseía.

Empezó, como siempre, sin ceremonia. Elena estaba terminando de ordenar, con el cuero fino ciñéndole el cuerpo y la cola puesta —él la había dejado dispuesta esa mañana, así que ella sabía desde temprano de qué clase iba a ser la noche—, y cuando lo oyó entrar se detuvo y se puso de frente, en la postura, los ojos bajos, ofrecida y quieta.

Viktor cruzó el cuarto, le tomó la barbilla, se la levantó, y en vez de llevarla a la cama la llevó al cuarto del espejo, esa pared entera de vidrio ante la cual la había convertido una vez en obra.

La puso de cara a su propio reflejo, con él detrás, y Elena se vio: el cuero ciñéndola, la cola colgando, la piel translúcida ya encendida, el pulso latiéndole en el cuello.

—Esta noche va a verse entera —dijo él, contra su oído—. Todo lo que es. Todo lo que le enseñé. Mírese.

La desnudó despacio frente al espejo, retirándole el cuero pieza por pieza, dejándole solo la cola puesta, y Elena se miró quedar desnuda y marcada, y no apartó los ojos, porque ya había aprendido que mirarse ser usada era otra forma de ser poseída.

Viktor la recorrió entera con las manos, reclamándola de arriba abajo, y ella se dejó recorrer viéndolo en el reflejo, viendo las manos grandes de él pasar por su cuello, por sus pechos, por su vientre, encendiéndosela punto por punto mientras la piel la delataba en cada sitio que él tocaba.

Le trabajó los pechos hasta que se le pusieron duros los pezones y ella arqueó la espalda contra su cuerpo; le bajó una mano entre las piernas y la encontró ya mojada, empapada de saberse a punto de ser usada, y jugó ahí un rato, sin prisa, hasta que Elena tuvo que morderse el labio para no rogar.

Entonces la dobló hacia delante, las manos de ella apoyadas en el espejo, de modo que se veía la cara mientras él, detrás, le tomaba la cola y jugaba con ella un momento —moviéndola, recordándole que la llevaba puesta, que era su marca— antes de retirarla despacio y dejar el sitio expuesto.

La preparó con dos dedos, con esa paciencia milimétrica de siempre, usando la humedad de ella para abrirla, y después la tomó por detrás, entero, hondo, de una embestida firme que la hizo abrir la boca contra su propio reflejo.

La usó ahí largo, duro, sosteniéndola por las caderas, mirándola en el espejo mirarse, y Elena se vio ser poseída por detrás, la cola descartada a un lado, el cuerpo entero sacudiéndose con cada empuje, y se dejó tomar entera, gimiendo, entregada, cumpliendo con todo lo que él le pedía —quieta cuando la quería quieta, moviéndose cuando le ordenaba moverse, sosteniéndose la mirada en el reflejo cuando él se lo mandaba—.

Él la llevó así hasta el borde y la hizo esperar, y le dio el permiso, y Elena se corrió por primera vez esa noche con él hundido por detrás, temblando contra el espejo, apretándose alrededor de él en oleadas.

Y Viktor terminó con ella —la primera vez de la noche—, hondo, vaciándose por detrás con un gruñido bajo, sosteniéndola con fuerza mientras se derramaba hasta el último espasmo, dueño del sitio que era su sello.

No la soltó del todo. Le devolvió la cola a su lugar apenas se retiró, con dos dedos, acomodándola, comprobándola —volviéndola a marcar, dejándola sellada otra vez—, y Elena sintió salir por detrás, alrededor del sello recién puesto, el calor espeso de lo que él había dejado, resbalándole por los muslos, y no se limpió, porque no le tocaba.

—Todavía no terminamos —dijo él—. De rodillas.

* * *

Elena se arrodilló en el suelo del cuarto del espejo, en la postura, las rodillas separadas, la espalda recta, las manos sobre los muslos, la cara a la altura de él, los ojos alzados, esperando —viéndose de reojo en el espejo, arrodillada y marcada, con la cola puesta y los muslos húmedos—.

—Abra —dijo Viktor, y ella abrió, y él se hundió en su garganta.

La usó por la boca sin la paciencia de antes, dueño, hondo, gobernándola desde el puño cerrado en el pelo, y Elena la trabajó como él le había enseñado, en profundidad y sostenida, con ese esfuerzo suyo que ya no peleaba contra el cuerpo sino que lo gobernaba —tomándolo hasta el fondo, dejándose usar, las lágrimas corriéndole por la cara, la piel encendida, la garganta entregada—.

No era la entrega sin fisura de Rosaria; era la suya, la de quien se rinde venciéndose, y era entera.

Se dejó usar largo, sin apartarse, sin acelerar por su cuenta, hasta que sintió a Viktor tensarse, y él se hundió hasta el fondo y terminó por segunda vez esa noche, en su garganta, masivo, vaciándose en una cantidad que la desbordó.

Le había ordenado, sin palabras, con la mano en el pelo, que se lo tragara, y Elena luchó por obedecer —cerró la garganta alrededor de él, tragó, tragó otra vez—, pero era demasiado, como siempre era demasiado, y aun con toda su voluntad se le escapó: le desbordó por las comisuras, le resbaló por la barbilla, le bajó por el cuello y por el pecho, tibio, espeso, marcándole la piel clara por donde caía.

Y ella se quedó de rodillas, con lo que no había podido tragar escurriéndosele por el cuerpo, jadeando, los ojos rojos, sin intentar limpiarse, ofrecida, marcada por dentro y por fuera.

Viktor le pasó el pulgar por el labio, recogiendo, y se lo metió en la boca, y ella lo limpió, y se lo tragó.

Se vio en el espejo así —de rodillas, la cola puesta, el semen resbalándole por el cuerpo, deshecha y suya—, y en medio de todo, deshecha como estaba, sintió el orgullo hondo de estar cumpliendo con todo, de no dejarle a él ni un motivo, de ser la obra incluso arrodillada y cubierta.

* * *

Todavía no había terminado con ella.

La levantó del suelo —las piernas apenas la sostenían— y la llevó a la mesa baja del cuarto, y la tumbó de espaldas sobre ella, y le abrió las piernas, y la miró un momento: desnuda sobre la mesa, la cola puesta, la piel marcada de lo que ya le había hecho, ofrecida por completo.

Y la usó una tercera vez, por delante ahora, hondo, sosteniéndole las piernas abiertas, mirándola a la cara, y Elena le sostuvo la mirada como él le había enseñado, deshecha, entregada, corriéndose otra vez cuando él se lo permitió —ya sin apenas voz, ya pura entrega, temblando entera sobre la mesa—.

Y cuando Viktor estuvo cerca por tercera vez, se retiró, y se lo dijo:

—Aquí no —dijo—. Sobre la mesa. Y lo limpia usted.

Se derramó sobre ella —sobre su vientre, sobre sus pechos, sobre la mesa entre sus piernas—, masivo, marcándola por fuera una vez más, dejándola cubierta. Y después dio la orden, con la voz de siempre, la del dueño que dispone de lo suyo:

—Límpielo. Todo. Con la boca. No deje nada.

Y Elena, deshecha, temblorosa, obedeció.

Se recogió con los dedos lo que él le había dejado sobre el vientre y los pechos y se lo llevó a la boca, tragándoselo; se inclinó sobre la mesa y limpió con la lengua lo que había quedado sobre la superficie, entera, despacio, sin dejar rastro, comiéndose todo lo que su dueño le había ordenado comer, dejando la mesa impecable como quedaba impecable todo lo suyo.

Lo hizo con la aplicación devota de quien cumple una tarea que la enorgullece, arrodillada otra vez, lamiendo la última gota, tragándose todo, sin una queja.

Cuando terminó, se quedó ahí, de rodillas junto a la mesa limpia, cubierta de él por dentro y por fuera, vaciada hasta un punto que no había conocido, más deshecha y más suya que nunca.

Y Viktor la miró así —arrodillada, terminada, perfecta— y le puso una mano en la cabeza, y dijo, bajo, casi para sí, la palabra que casi nunca gastaba:

—Correcto.

Y esa palabra, esa noche, después de todo, la recorrió entera y la llenó de la plenitud más honda que había sentido nunca: la de la obra que su creador encuentra sin un solo defecto.

* * *

Después, en la penumbra, echada contra el cuerpo del hombre que la había hecho, ya limpia, ya recompuesta, Elena sintió lo que sentía siempre en esos momentos, solo que esta noche más hondo, más lleno, más definitivo.

Sintió la paz. La paz completa de no tener nada que decidir, de ser de alguien del todo, de estar contenida hasta el último borde.

Y sintió, debajo de la paz, el sitio que ya no era hueco porque estaba lleno del todo —lleno hasta arriba, hasta no caber una gota más—, esa presión antigua que la había empujado a cruzar un umbral años atrás y que nunca, en todo ese tiempo, se había vaciado.

La habían contenido. La habían sellado. Viktor la había cerrado tan bien, tan perfecta, tan entera, que aquello que ella llevaba dentro desde siempre no había tenido nunca por dónde salir, y se había quedado ahí, quieto, acumulándose en silencio detrás de la obediencia sin fisura, subiendo despacio año tras año, gesto perfecto tras gesto perfecto, hasta llenar del todo el sitio que ocupaba.

Elena no lo entendió. No supo, echada contra Viktor en la penumbra, que la paz que sentía y la presión que la llenaba eran la misma cosa vista por sus dos caras; que la contención perfecta que la había salvado era también la que no le dejaba, ni ahora ni nunca, una sola rendija por donde respirar lo que fuera que cargaba.

No supo que estaba llena hasta el borde.

No supo que lo que se sella del todo se queda del todo adentro, esperando.

Solo sintió, esa noche, lo que había ido a buscar y había encontrado: que estaba contenida del todo, que no le quedaba una grieta, que era, por fin, completamente de alguien.

Y en esa sensación —la de estar contenida sin resto— había, sin que ella lo distinguiera, las dos cosas a la vez: todo lo que había querido, y el precio exacto de haberlo conseguido.

* * *

La mujer que años atrás había cruzado un umbral por su pie, buscando una mano que le impusiera el orden que ella no lograba darse, había llegado hasta el final de ese camino.

Lo había cruzado entero. Había buscado ser contenida, y estaba contenida.

Había buscado no decidir, y no decidía. Había buscado ser de alguien del todo, y era de Viktor, marcada por dentro y por fuera, afinada, sellada, perfecta.

Todo lo que había pedido aquella primera noche descalza sobre las baldosas frías de su cocina, cuando dijo en un hilo “quiero que alguien me diga qué hacer”, lo tenía ahora, hasta el último gramo.

La puerta que había dejado a su espalda al cruzar el umbral se había quedado a su espalda para siempre, como él le había dicho, y ya no estaba delante, y ya no la buscaba.

Elena cerró los ojos contra el cuerpo de su dueño, en la penumbra de la casa que era un altar, con el sello puesto y la piel en paz y el sitio lleno hasta arriba, y se dejó estar, contenida del todo, sin una grieta, sin una salida, en la única forma de paz que había conocido nunca.

Y así se quedó: perfecta, poseída, terminada. La obra que su dueño encontraba sin defecto. La mujer sin una sola grieta.

Del todo suya.