Elena, El Umbral de la Obediencia (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 4) 13. LA VÍSPERA
89%

13. LA VÍSPERA

Los últimos días antes de la mesa, Viktor la trató como se trata una obra que va a colgarse, por fin, en la pared para la que fue pintada.

No hubo disciplina cotidiana esos días. Hubo algo más lento y más solemne: una puesta a punto.

Viktor repasó con ella, una y otra vez, no las reglas de la casa, que Elena ya llevaba en el cuerpo, sino las de la mesa, que eran otras y más estrictas.

Cómo iba a entrar —medio paso detrás de él, ni uno más, ni uno menos—.

Cómo iba a estar —de pie donde él la pusiera, o sentada a su lado, o de rodillas junto a su silla, según él dispusiera, siempre en la postura, siempre disponible, siempre en silencio—.

Cómo no iba a hablar con nadie, mirara quien la mirara, le hablara quien le hablara, porque en esa mesa las mujeres no tenían voz propia: eran la declaración viva de quién era el hombre que las llevaba.

Cómo iban a mirarla —hombres que tasaban a una mujer en tres segundos, y otras mujeres, sumisas como ella, que la leerían aún más hondo—.

Y cómo, ante todos ellos, ella tenía que ser una sola cosa: la prueba sin fisura de lo que Viktor poseía.

Elena lo aprendió todo con la aplicación devota de siempre, y con el vértigo creciente de la inminencia. Iba a entrar. A la mesa más alta. A ese mundo mayor que había intuido. Iba a volver a ver a Armand, en su terreno. Y no le fallaría.

* * *

La víspera, ya de noche, Viktor la llamó al cuarto y le mostró, por fin, lo que había en el joyero que semanas atrás había guardado sin enseñárselo.

Lo abrió delante de ella, sobre la cómoda, y Elena miró.

No era una joya para verse. Era un plug de metal, pulido, sin brillo estridente, de una factura sobria y perfecta —pesado, macizo, hecho para llenar y quedarse—, y no tenía cola.

Elena lo entendió de inmediato, porque conocía su propia marca mejor que ninguna otra cosa: era la cola, pero sin la cola.

Era su sello convertido en algo que podía llevar oculto, bajo un vestido, en la mesa más alta del mundo, sin que nadie lo viera y sabiéndolo solo ella y él.

—Su marca es la cola —dijo Viktor, tomando el metal entre los dedos, dejándola mirarlo—.

En esta casa la lleva puesta y la lleva colgando, a la vista, porque aquí yo quiero que se vea de quién es.

Pero mañana entra a un sitio donde la pertenencia no se enseña: se lleva debajo, y pesa sin que nadie la vea, y precisamente por eso pesa más.

—Lo hizo girar despacio a la luz—. Esto es lo mismo que la cola.

Es usted, mía, marcada. Pero es la versión que entra a la mesa.

La va a llevar puesta mañana, todo el tiempo, bajo el vestido, entre esos hombres, y cada vez que se mueva la va a sentir, y va a saber, sin que nadie más lo sepa, exactamente de quién es.

Va a estar sellada delante de todos ellos, y ninguno lo va a ver. Solo usted. Y yo.

Elena sintió que se le encendía la piel, el pulso subiéndole a la garganta. Había algo en aquello —en la idea de entrar a la mesa más alta llevando por dentro, oculto, pesando a cada paso, el sello de que era de Viktor— que la recorrió entera de una emoción honda, mitad orgullo y mitad deseo.

—Póngase de rodillas —dijo él—. Se lo pongo yo. Esta primera vez lo pongo yo.

Y Elena se arrodilló, y se ofreció, y Viktor la preparó él mismo con esa paciencia milimétrica suya, sin prisa, y le puso el sello de metal despacio, cuidando, hasta que lo sintió asentarse dentro, pesado, frío un instante y tibio enseguida, llenándola y quedándose.

Elena cerró los ojos cuando notó el peso —el peso nuevo, macizo, distinto del de la cola, más serio, más definitivo—, y cuando se levantó y dio unos pasos por el cuarto sintió lo que él le había anunciado: que a cada movimiento el metal se movía apenas dentro de ella y le recordaba, sin una palabra, de quién era.

Iba a llevar eso toda la velada. Sellada por dentro, impecable por fuera, entre los hombres más poderosos que existían, con su pertenencia pesándole en el sitio más íntimo y nadie sabiéndolo salvo el hombre que la poseía.

—Ahora —dijo Viktor—, la dejo lista.

* * *

Y aquella noche la usó como no la había usado nunca: no para el placer de él, no para el castigo, no para reafirmar nada.

La usó para dejarla lista. Para asegurarse, con sus propias manos, de que la mujer que iba a mostrar al día siguiente estaba afinada hasta el último rincón, entregada hasta el fondo, sin una sola grieta que pudiera abrirse en la mesa.

Fue la posesión más larga, más meticulosa y más cuidadosa de todas, un hombre repasando su obra parte por parte antes de exhibirla.

La desnudó despacio, del todo, dejándole solo el sello de metal puesto, y la tumbó en la cama y empezó por el principio, como quien vuelve a recorrer un territorio que conoce de memoria para comprobar que cada palmo responde.

La recorrió entera con las manos y con la boca —cosa rara en él, que casi nunca daba, que tomaba—, deteniéndose en cada sitio, reaprendiéndola, encendiéndosela punto por punto.

Le trabajó los pechos con una lentitud minuciosa, los pezones, hasta que Elena arqueó la espalda; le bajó por el vientre; le abrió las piernas y se demoró ahí, sin prisa ninguna, llevándola al borde con la boca y deteniéndose justo antes, una y otra vez, administrándole el placer con esa frialdad exacta que era su forma de gobierno, subiéndola y bajándola del filo hasta que Elena estaba deshecha, temblando, rogando en voz baja, con el sello de metal pesándole dentro en cada contracción.

—Todavía no —le dijo cada vez que la sintió cerca—. Cuando yo lo diga. Esta noche aprende otra vez, hasta que le quede grabado para mañana, que su placer es mío y sale cuando yo abro la mano.

La tuvo así mucho tiempo, al límite, sin dejarla caer, hasta que Elena ya no era más que un cuerpo abierto pidiendo, y solo entonces la tomó —despacio primero, hondo, sintiéndola cerrarse alrededor de él y del metal que la llenaba por detrás, las dos cosas a la vez apretándola—, y la usó largo, cambiándola de posición con manos seguras cada vez que quería comprobar algo distinto de ella, poniéndola de todas las maneras en que un dueño repasa lo suyo: de espaldas para verle la cara y los ojos que la traicionaban, boca abajo para hundirse hasta el fondo con el sello apretándose entre los dos, de lado, de rodillas, sosteniéndola siempre él, marcando siempre él el ritmo y la hondura y el momento.

No fue rudo esta noche. Fue exhaustivo. Cuidadoso hasta lo insoportable.

Un hombre asegurándose, con una minucia de artesano, de que su obra respondía perfecta en cada registro antes de firmarla.

La hizo terminar cuando él lo decidió, y la hizo terminar más de una vez, cada vez con permiso, cada vez diciéndole que se corriera para él, obligándola a pedirlo, a agradecerlo, a decir de quién era mientras se deshacía; y entre una y otra la sostenía en el borde, la calmaba con la mano, y volvía a empezar, incansable, meticuloso, hasta que Elena perdió la cuenta de las veces y del tiempo y de sí misma, reducida a pura entrega, vaciada y vuelta a llenar, afinada como un instrumento que se templa nota por nota.

Y solo cuando la sintió del todo rendida —cuando ya no quedaba en ella ni un gramo de resistencia ni de voluntad propia, cuando era enteramente suya en cada fibra— se dejó ir él, dentro, hondo, sosteniéndola contra su cuerpo mientras se vaciaba, sellándola por dentro una última vez la víspera de mostrarla.

—Ya está —dijo después, con ella deshecha sobre su pecho, la voz baja, comprobando con la mano que el sello de metal seguía en su sitio—. Ahora está lista.

* * *

Elena quedó tendida contra él, vaciada hasta un punto que no había conocido, la piel entera latiéndole, el sello pesándole dentro, incapaz de moverse ni de querer moverlo.

Y en esa entrega absoluta, en esa paz sin fondo de haber sido repasada y afinada y poseída hasta el último rincón, sintió con más claridad que nunca las dos cosas que convivían en ella y que no sabía reconciliar.

Por un lado, la plenitud. Estaba lista. Afinada.

Iba a entrar al día siguiente a la mesa más alta como la obra perfecta de aquel hombre, sellada por dentro, impecable por fuera, y no habría en ella un solo defecto que ningún ojo pudiera encontrar.

Era todo lo que había ido a buscar la noche que cruzó el umbral: no tener que decidir nada, ser de alguien del todo, estar en manos que la contenían entera.

Y por el otro, debajo, el sitio hueco —ya casi no hueco, ya casi lleno del todo—.

Porque la habían afinado como a un instrumento, y un instrumento no se toca a sí mismo: lo tocan.

La habían dejado lista para sonar en manos de otro, en la mesa de otro, ante los ojos de otros, y en toda esa preparación exquisita, en todo ese cuidado meticuloso con que Viktor la había repasado, no había habido —lo rozó ella otra vez, sin nombrarlo— un solo instante que fuera de Elena.

Ni siquiera su placer, que él le había administrado gota a gota, era ya suyo.

Se lo había dado él, cuando quiso, como se afina una cuerda.

Estaba lista para todos. Y no le quedaba, ni la víspera del día más grande, un rincón donde ser, apenas, algo más que la obra que iba a exhibirse.

No lo dijo. Estaba demasiado deshecha para decir nada, y de todas formas no habría sabido cómo.

Se durmió contra el pecho de Viktor, sellada, afinada, lista, con el metal pesándole dentro como la firma oculta de a quién pertenecía, y con el sitio hueco lleno hasta el borde mismo, tan perfectamente contenido que ni ella, la víspera de la mesa, alcanzaba a ver que ya no cabía dentro ni una gota más.