9. EL EDIFICIO QUE NO FIGURA
El edificio no tenía nombre en la fachada, ni número que lo distinguiera, ni nada que dijera lo que pasaba dentro. Elena lo entendió de inmediato, porque ya había aprendido a leer esa clase de silencios: los sitios desde donde se mueve el mundo no se anuncian, igual que Viktor no se anunciaba.
Subieron en un ascensor privado, sin botones a la vista, que no se detuvo hasta el último piso. Y cuando las puertas se abrieron, Elena entró en el corazón del poder del hombre que la poseía.
Era un espacio enorme y desnudo, todo geometría fría: líneas rectas, superficies limpias, un escritorio grande y austero en el centro, y una pared entera de cristal desde la que la ciudad se desplegaba abajo, lejísima, empequeñecida, como un plano encendido que un solo hombre pudiera mirar desde arriba.
No había adornos. No había nada que sobrara.
Era la casa otra vez, pero elevada a otra potencia: si la casa era el orden de un hombre sobre una mujer, aquel despacho era el orden de un hombre sobre un pedazo del mundo.
Y Elena, de pie en el umbral con el vestido oscuro y la cola puesta debajo, sintió el peso de estar entrando a un sitio al que casi nadie entraba.
—Aquí trabajo —dijo Viktor, y fue toda la explicación que dio, porque no daba más.
* * *
La puso a sus pies y la hizo esperar.
No fue una orden con palabras. Fue un gesto —dos dedos señalando el suelo junto a su sillón, al lado del escritorio— y Elena, que ya hablaba ese idioma, se arrodilló allí sin una pregunta, en la postura, las rodillas apenas separadas, la espalda recta, las manos sobre los muslos, los ojos bajos.
Viktor se sentó, se puso unos lentes de leer que ella no le había visto nunca —un detalle mínimo que lo volvió, por un segundo, un hombre y no una fuerza— y empezó a trabajar.
Y a ella la dejó ahí. Disponible. Esperando.
Pasó el tiempo. Elena no supo cuánto, porque en aquella postura el tiempo se estiraba.
Viktor leía, firmaba, hizo una llamada corta en un idioma del este, bajó y subió documentos, atendió el mundo entero desde aquel escritorio, y en todo ese rato no la tocó ni una vez, no la miró apenas, la tuvo a su lado como se tiene un objeto de valor que estará ahí cuando uno lo necesite.
Y esa fue la lección de la espera, la que él le enseñaba sin decir nada: que ella era un asunto más de aquella agenda, no el más urgente, y que su lugar era aguardar, quieta y dispuesta, hasta que él llegara a la línea de la lista donde estaba escrito su nombre.
Lejos de humillarla, aquello la fue encendiendo despacio, con un calor sordo que le subía de rodillas: ser una posesión del hombre que gobernaba todo aquello, esperar su turno entre los negocios que movían el mundo, saberse parte del inventario de semejante poder.
Fue en esa espera, con los ojos bajos pero atentos —como él mismo le había enseñado a tenerlos—, cuando Elena alcanzó a ver el dossier.
Estaba sobre el escritorio, a la altura de su cara, abierto, y ella no lo buscó, pero tampoco pudo no verlo.
No entendía casi nada de aquel mundo, pero sabía leer, y leyó lo poco que el ángulo le dejó: el nombre de Armand, otra vez, escrito varias veces; unas cifras con demasiados ceros para que Elena les encontrara sentido; nombres de sitios, de puertos quizá; y, arriba de todo, encabezando la página, un nombre que no era ni el de Viktor ni el de Armand, un nombre que aparecía por encima de los dos, en un renglón aparte, como se pone lo que está por encima de todo lo demás.
No supo leerlo entero —el ángulo se lo cortaba, y no se atrevió a mover la cabeza—, pero alcanzó lo suficiente para entender algo que le erizó la piel: que aquella operación enorme entre Viktor y Armand, esos dos hombres que a ella le parecían el techo del mundo, no era en realidad de ellos dos solos.
Que por encima de ambos había otro. Alguien más grande, alguien de quien Viktor y Armand eran, en aquel papel, apenas dos líneas dentro de un plan que los contenía a los dos.
Un jugador que ella no había oído nombrar nunca y cuya sola sombra sobre el papel hacía que el imperio de Viktor —el que la había deslumbrado en el viaje— pareciera, de pronto, una pieza dentro de un tablero mucho mayor.
Elena bajó los ojos del todo, con el corazón golpeándole. No entendió qué había visto. Guardó la impresión, como guardaba todo, sin nombre: que el mundo del que era suya era todavía más grande y más hondo de lo que había creído, y que ni siquiera Viktor estaba en la cima.
Viktor cerró el dossier. No con brusquedad —él no hacía nada con brusquedad— pero sí con la exactitud de quien nota que unos ojos han llegado adonde no debían, y lo archiva sin comentario. Se quitó los lentes. Y por fin la miró.
—Llegó su turno —dijo.
* * *
La levantó del suelo por el pelo, sin violencia, con ese gobierno firme de la mano cerrada en la nuca que a Elena ya le encendía el cuerpo de solo sentirlo, y la puso de pie contra el borde del escritorio.
Le subió el vestido oscuro hasta la cintura, sin quitárselo, con una sola mano, y con la otra la inclinó hacia delante hasta doblarla sobre la superficie de trabajo, la mejilla contra la madera fría, los brazos estirados entre los papeles, las caderas altas y ofrecidas.
Los documentos que movían el mundo quedaron debajo de ella, bajo su pecho y sus manos, arrugándose con su peso, y Elena entendió sin que se lo dijeran la imagen exacta de lo que era en ese momento: un asunto más resuelto sobre aquella mesa, despachado entre los otros.
Viktor le encontró la cola con la mano, y jugó con ella un momento —moviéndola, recordándole que la llevaba puesta, que la había llevado todo el día bajo el vestido correcto entre extraños—, y después se la retiró despacio, con cuidado, dejándola a un lado sobre el escritorio, sobre los papeles, y el sitio que dejó quedó vacío y expuesto y pidiendo.
Le pasó dos dedos por donde estaba mojada —lo estaba, empapada, de la espera, del poder, de haber rozado sin entender la sombra de algo enorme— y usó esa humedad para prepararla por detrás, sin prisa, con la paciencia milimétrica de siempre, un dedo y luego dos, abriéndola para él en el sitio que era su sello, mientras ella se deshacía sobre la madera con la respiración rota.
Y después la tomó por detrás, entero, hondo, de una sola vez firme que la hizo abrir la boca contra el escritorio sin que saliera sonido.
No fue suave. Esta vez no fue la calma sin prisa de la cocina; fue fuerte, dueño, intenso, un hombre poseyendo en su propio terreno de poder lo que le pertenecía, con las dos manos cerradas en las caderas de ella para sostenerla en el ángulo exacto y embestir hasta el fondo, una y otra vez, sin tregua, marcando un ritmo hondo y duro que a Elena la subía sobre la punta de los pies con cada empuje.
Ella se agarró al borde lejano del escritorio, entre los papeles, y se dejó tomar así, doblada sobre los asuntos del mundo, gimiendo contra la madera, sintiéndose partida y llena y absolutamente suya, con la cola descartada a un lado y la ciudad entera allá abajo tras el cristal, ajena, minúscula, mientras arriba, en el último piso del edificio que no figuraba en ningún registro, el hombre que la gobernaba la usaba por detrás como usaba todo lo que era suyo: con orden, con firmeza, sin una sola concesión.
—Esto también es trabajo —dijo él, bajo, sin dejar de moverse, y no había burla en la frase, solo la verdad exacta de su mundo—.
Todo lo que hay en este piso es mío y lo administro yo.
Los negocios. La ciudad de ahí abajo. Y usted.
—La embistió más hondo, arrancándole un gemido largo—.
Usted es lo único de este despacho que no puedo delegar en nadie.
Lo único que atiendo con mis propias manos.
—Sí, señor —alcanzó a decir Elena, deshecha, la voz rota contra la madera.
La usó largo, sin apurarse pese a la fuerza, llevándola al borde y sosteniéndola ahí con ese control suyo que administraba hasta el placer, hasta que Elena estaba temblando entera, rogando en voz baja, con los papeles arrugados pegados a la piel sudada del pecho.
Y cuando por fin la sintió lista, cuando la tuvo al límite, le dio el permiso con una sola palabra —“ahora”— y Elena se rompió sobre el escritorio, corriéndose con todo el cuerpo, apretándose alrededor de él en oleadas que la sacudieron de la nuca a los pies, la cara mojada contra la madera, sin voz.
Y él terminó ahí, dentro, por detrás, con dos, tres embestidas finales, hondas, y un gruñido bajo y contenido que fue casi todo el ruido que Viktor hacía nunca, sosteniéndola con fuerza por las caderas mientras se vaciaba en ella, largo, hasta el último espasmo, dueño hasta el final.
Se quedó un momento quieto, hundido, respirando, con las manos todavía cerradas en su carne. Y después se retiró, despacio.
Elena sintió salir su semen apenas él se apartó: un calor espeso que le resbaló por detrás, entre los muslos, mientras seguía doblada sobre el escritorio, incapaz todavía de moverse, con las piernas temblándole y el cuerpo laxo y abierto y usado.
Le corrió por la cara interna del muslo, tibio, lento, la prueba física de lo que acababa de pasar, la marca de que la habían tomado y llenado en el centro mismo del poder de aquel hombre.
No se movió. Esperó, porque no le tocaba a ella decidir qué venía después, doblada sobre los papeles del mundo con el semen de su dueño resbalándole por las piernas.
Viktor se recompuso sin prisa, otra vez entero y en orden, como si nada. Y entonces dio las órdenes, con la voz de siempre, la misma con que despachaba una operación:
—Levántese. —Elena se enderezó, temblorosa—. Mire cómo dejó mi escritorio.
Elena miró. Los documentos estaban arrugados, desordenados, corridos de su sitio, algunos manchados de su propio sudor, la cola a un lado sobre ellos. El orden perfecto del despacho, roto por su cuerpo.
—Organice esto —dijo Viktor—. Cada papel donde estaba.
Todo el espacio como lo encontró. La mujer de esta casa deja los sitios como altares, y este piso es una casa mía también.
—Se apoyó en el ventanal, de brazos cruzados, a mirarla—.
Y antes de vestirse otra vez, va a limpiarme a mí.
Con la boca. Lo que quedó, lo limpia usted, que para eso está.
Y Elena, con el semen resbalándole todavía por los muslos, se arrodilló primero delante de él y lo limpió con la boca, entera, despacio, sin dejar rastro, con la aplicación devota de quien cumple una tarea que la enorgullece, tragándose lo que quedaba, dejándolo impecable como él exigía que quedara todo lo suyo.
Y después, todavía desnuda de cintura para abajo, con el interior de los muslos húmedo, se puso a ordenar el escritorio: alisó cada papel, lo devolvió a su sitio, cuadró los bordes, retiró la cola, dejó la superficie del poder tal como la había encontrado, como si por ella no hubiera pasado nada, aunque su cuerpo entero supiera que por ella había pasado todo.
* * *
Cuando terminó, Viktor la llamó al ventanal con un gesto.
Elena fue, y él la puso delante de sí, de cara al cristal, las manos de ella apoyadas en el vidrio frío, la ciudad entera desplegada abajo, encendida, minúscula, tejida de luces.
Se colocó detrás de ella, muy cerca, sin tomarla esta vez —solo estar, dueño, con una mano abierta sobre su vientre desnudo—, y le habló al oído, bajo, mirando los dos hacia el mundo que se extendía a sus pies.
—Todo lo que ve ahí abajo pasa, de un modo o de otro, por este piso —dijo—.
Y usted acaba de ser poseída aquí arriba, sobre la misma mesa donde eso se decide.
—Le apretó apenas el vientre, atrayéndola contra su cuerpo—.
No hay una parte de mí para el mundo y otra para usted.
Es la misma. La ciudad y usted, las dos cosas, mías, atendidas por la misma mano. Nunca lo olvide.
—No, señor —dijo Elena, con la frente casi tocando el cristal, la ciudad temblándole en los ojos.
Y se quedó así, sostenida contra el pecho de él, mirando el mundo desde el sitio más alto, plena, poseída, en paz.
Pero por debajo de la paz —lo notó otra vez, apenas, como quien roza un borde en la oscuridad— estaba lo hueco.
Porque acababa de ver algo que no entendía, un nombre por encima de Viktor, una sombra más grande que todo aquel poder que la sostenía; y acababa de comprender, sin palabras, que cuanto más alto la subía el mundo del que era suya, más lejos y más pequeño quedaba, allá abajo, cualquier sitio que hubiera podido ser de ella.
Se apretó contra Viktor. Buscó su calor, su mano, su orden.
Y dejó que la punzada se disolviera en la altura, en el poder, en el placer todavía tibio, sin saber que lo hueco no se llenaba con nada de eso: que solo esperaba, y que crecía.