2. EL NÚMERO
El billete estuvo tres días sobre la mesa de la cocina.
Elena no lo tocó. Desayunaba mirándolo de reojo, como quien desayuna frente a algo que podría hablar, y por las noches, al apagar las luces, lo dejaba ahí a propósito, convencida de que a la mañana siguiente lo encontraría convertido en lo que era —un papel gastado con un número escrito por un desconocido— y no en lo que se había vuelto, que era una puerta.
No se convirtió en nada. Cada mañana el billete seguía siendo una puerta, y ella cerraba la cocina como quien cierra un cuarto donde duerme un animal, y se iba a trabajar ocho minutos antes que todos y volvía cuando ya no quedaba nadie, con la casa impecable y el pulso alterado sin ningún motivo que pudiera confesar.
Se dijo que no iba a llamar. Lo pensó con todas las palabras, de pie frente al espejo del baño, mirándose la garganta donde se le veía latir la sangre: no voy a llamar.
Y su propia cara en el espejo, con esa piel que no sabía guardar nada, se puso a decirle lo contrario despacio, subiéndole el color del pecho al cuello, y Elena se quedó mirándose traicionar sin poder hacer nada, porque llevaba toda la vida quieta por fuera precisamente para que nadie viera esto, y ahora no había nadie mirando y lo veía ella.
La segunda noche la venció el cuerpo.
Llevaba una hora en la cama, quieta, boca arriba, con esa quietud de fuera que había perfeccionado durante años para que nadie viera lo de dentro, y lo de dentro no se dejaba.
Volvía el hombre de la calle. Volvía sin cara nítida —ya empezaba a perder la cara y a quedarse solo con lo demás—: los hombros anchos, la voz que se comía las vocales, y sobre todo los dos dedos secos y tibios y el segundo exacto en que los había retirado, ni antes ni después, como quien cierra un trato.
Elena se dio cuenta de que tenía la respiración corta y una mano cerrada sobre el borde de la sábana, y de que hacía rato que apretaba los muslos uno contra otro sin haber decidido apretarlos.
No decidió lo que vino después. Fue el cuerpo el que decidió, como iba a decidir tantas cosas en los meses siguientes, adelantándose a ella.
Se subió el camisón despacio y se llevó la mano abajo, y estaba mojada de una manera que la avergonzó en la oscuridad, mojada solo de un recuerdo, de una voz y unos dedos que ni siquiera la habían tocado a ella.
Se acarició pensando en él, y no en él haciéndole nada tierno, sino en él diciéndole qué hacer —esa fue la primera sorpresa, que la fantasía no era un abrazo sino una orden—, imaginó la voz tranquila mandándole abrir las piernas, quedarse quieta, no terminar hasta que él lo dijera, y se le contrajo todo por dentro con una fuerza que la hizo arquear la espalda contra el colchón.
Se llevó al borde deprisa, con los dedos resbalando en su propia humedad y la boca apretada para no hacer ruido en un apartamento donde no había nadie que pudiera oírla, y en el último momento, justo antes, algo le falló.
Llegó —llegó temblando, con las caderas levantadas del colchón y una mano agarrada a la almohada—, y en el segundo mismo del orgasmo, en la cima, mientras el cuerpo se le sacudía, sintió con una claridad fría y desoladora que aquello no era.
Que no le alcanzaba. Que su propia mano, por bien que supiera hacerlo, era la mano equivocada.
Se quedó tumbada después, con el corazón golpeándole y el cuerpo laxo y la presión —increíblemente— intacta debajo del alivio, como una marea que se retira dos metros para volver a subir tres.
No la había vaciado. La había despertado más.
Y comprendió, con el camisón todavía subido y la respiración aún sin recomponer, que se había estado tocando toda la vida así, para tapar la gotera, y que ninguna vez le había bastado, y que quizá ninguna vez le iba a bastar mientras la mano fuera la suya.
Marcó el número la tercera noche.
Con la luz de la cocina apagada y solo la del pasillo, de pie, descalza sobre las baldosas frías, porque de pie se sentía menos capaz de arrepentirse.
Se lo sabía de memoria desde el vagón. Lo marcó dígito por dígito, dándose entre cada uno la oportunidad de colgar, y no colgó, y el tono empezó a sonar con esa lentitud enorme que tienen los tonos cuando uno ya no puede volver atrás.
Contestó al segundo timbre.
No dijo diga, ni hola, ni ninguna de las palabras con que la gente admite que no sabe quién llama. Hubo primero un silencio deliberado, un segundo entero, como si necesitara comprobar algo en la respiración de ella antes de gastar una palabra, y después una sola:
—Bien.
Nada más. Bien, como quien confirma un dato que ya tenía, como quien cierra en una libreta una casilla que llevaba días abierta.
No había sorpresa en aquella voz, ni triunfo —que habría sido más fácil de soportar—: había la calma exacta del hombre de la calle, la misma que no se había sobresaltado cuando ella lo encaró.
Y Elena comprendió, con el teléfono apretado contra la oreja, que él no había dudado ni un momento de que ella iba a llamar; que los tres días en que había creído estar resistiendo habían sido, para él, tres días de espera perfectamente tranquila, contados de antemano.
—¿Cómo sabe que soy yo? —dijo ella, y otra vez la voz le tembló en el filo, y otra vez se odió.
—Porque es la única persona a la que le di ese número.
Lo dijo sin ninguna dureza, casi con paciencia, como se le explica algo evidente a alguien que va un paso por detrás, y esa paciencia le hizo más que cualquier halago.
Elena se apoyó en el borde de la encimera con la mano libre.
La piedra estaba fría. Se concentró en el frío para no concentrarse en lo otro, en cómo se le había encendido el cuerpo con solo oírlo, el mismo cuerpo que dos noches antes se había quedado con hambre.
—No sé por qué llamé —dijo, y era mentira, y él lo sabía, y ella supo que él lo sabía por el silencio con que recibió la frase: un silencio que no la contradecía, que se limitaba a dejarla ahí colgada, expuesta, con su propia mentira sonando todavía en la línea.
Nunca nadie la había corregido con tanta eficacia sin decir una palabra.
—Sí lo sabe —dijo él por fin—. Y le voy a hacer una sola pregunta. Tómese el tiempo que necesite, porque de su respuesta depende que esto siga o que cuelgue yo y no vuelva a saber de mí nunca. —Una pausa exacta—. ¿Qué vino a buscar cuando marcó ese número?
Y ahí estaba. La pregunta que la obligaba a decir en voz alta, en su cocina a oscuras, descalza sobre las baldosas frías, lo que ni a sí misma en la cama se había atrevido a confesar con palabras.
Podía mentir. Podía decir cualquiera de las cosas correctas, y él colgaría —lo supo con total certeza—, porque aquel hombre no tenía ningún interés en una mujer que mintiera sobre lo que quería.
Se le llenaron los ojos, no de tristeza, sino de la pura tensión de estar a punto de decirlo. Sintió el rubor subiéndole del pecho al cuello, aunque no hubiera nadie para verlo, y por primera vez en su vida el que nadie la viera fue una lástima y no un alivio.
—Quiero que alguien me diga qué hacer —dijo.
Lo dijo en un hilo, y en cuanto lo hubo dicho se le aflojó algo en el pecho que llevaba años apretado, y por un segundo insensato creyó que aquello era libertad.
No lo era. Era lo contrario, y era exactamente lo que él le estaba ofreciendo, y las dos cosas, como iba a descubrir con los años, se dicen con las mismas palabras.
Al otro lado hubo un silencio más corto que los anteriores. Casi —ella no habría podido jurarlo— satisfecho.
—El sábado. A las nueve de la noche. Le voy a dar una dirección y la va a apuntar una sola vez, porque no la voy a repetir.
Elena tomó el lápiz que tenía junto a la lista de la compra, y le tembló la mano, y aun así apuntó bien, a la primera, mientras él decía una calle y un número —dichos despacio, sin adornos— y ninguna otra cosa: ni qué ponerse, ni qué esperar, ni qué era el sitio adonde la mandaba.
Ella esperó las explicaciones, porque toda su vida las explicaciones habían venido detrás de las órdenes, y no vinieron, y en la ausencia de ellas empezó a entender que aquel hombre no explicaba porque explicar, para él, habría sido pedir permiso con otra cara.
—Venga sola. Venga por su pie. Y venga sabiendo que la puerta por la que entre va a quedarse a su espalda. Si eso la asusta, no venga; no la voy a buscar. Pero si viene, venga porque quiere, no porque yo se lo dije.
—¿Cómo se llama? —preguntó ella, con una urgencia que no supo de dónde salía.
—El sábado —dijo él. Y colgó. Primero. Sin despedirse.
Le quedó el tono muerto en la oreja y el papel en la mano con una dirección escrita de su puño y letra, que era la prueba de que había sido ella, con su propia mano, quien había apuntado el camino.
Y le quedó el cuerpo entero encendido otra vez, peor que dos noches atrás, porque ahora no había un recuerdo difuso de una calle sino una voz nítida, reciente, que le había dado una orden concreta y un día y una hora, y que le había hecho decir en voz alta lo que quería para después colgarle sin dárselo.
No llegó a la cama. Se quedó en la cocina, de espaldas contra la encimera fría, con el papel todavía en una mano, y la otra mano se le fue abajo por debajo del pantalón del pijama sin que mediara ninguna decisión, buscando lo que ya estaba caliente y resbaladizo antes de tocarlo.
Cerró los ojos. Y esta vez la fantasía llegó entera, sin difuminarse, con una precisión que la asustaba: no se imaginó a un hombre haciéndole el amor, se imaginó obedeciendo.
Se lo imaginó a él ahí, de pie, vestido, sin prisa, diciéndole con esa voz que no se alzaba nunca que se quitara la ropa despacio, que se quedara quieta, que abriera las piernas y no se moviera, que no terminara hasta que él lo permitiera.
Se acarició al ritmo de esas órdenes inventadas, con dos dedos, hundiéndolos y volviendo al mismo punto que le pedía atención, la respiración rota, mordiéndose el labio, y el cuerpo se le fue tensando de dentro hacia afuera, los muslos temblándole, la piel del pecho y el cuello encendida en ese mapa que la traicionaba y que ahora, sola en la cocina, dibujaba solo para ella.
Se dio placer pensando en no tener ninguno que no le concedieran.
Se llevó al borde imaginando una mano que no era la suya deteniéndola justo ahí, mandándole esperar, y la contradicción de mandarse a sí misma esperar y a la vez no aguantar la hizo gemir contra el silencio de la casa.
Aguantó todo lo que pudo, obedeciendo a un hombre que no estaba, retrasándolo porque en la fantasía él se lo retrasaba, y cuando ya no pudo más se dejó caer entera y llegó de pie, con una mano agarrada al borde de la encimera y la frente doblada hacia el pecho, sacudiéndose en oleadas largas que la dejaron sin aire, con el papel de la dirección arrugado en el puño de la otra mano.
Y otra vez, en la cima misma, la claridad fría.
Otra vez la certeza, llegando justo cuando el placer llegaba, de que aquello no era.
De que se había dado, ella sola, un orgasmo intenso y completo, y de que seguía apretada por dentro, insatisfecha en el sitio exacto que la mano no alcanzaba, porque lo que su cuerpo pedía no era el placer —el placer sabía dárselo sola— sino la mano ajena que se lo administrara, el hombre que le dijera cuándo sí y cuándo no, el orden impuesto desde fuera que ella no lograba imponerse a sí misma por mucho que fingiera en la fantasía.
Se quedó ahí, de pie contra la encimera, con la respiración volviendo despacio y el cuerpo laxo y satisfecho y hambriento a la vez, y entendió —sin las palabras, solo con el cuerpo— que ninguna cantidad de manos propias iba a saciar aquello nunca.
Que necesitaba, con una necesidad que ya no era un capricho sino casi un defecto físico, que otro tomara el mando.
Faltaban cuatro días. Guardó el papel arrugado en el bolsillo interior del abrigo, donde no se veía, y se fue por fin a la cama, y no durmió, y el cuerpo le pasó la noche entera diciendo estoy disponible en un idioma que ella todavía estaba aprendiendo a leer, y ya empezaba a sospechar quién iba a terminar de enseñárselo.