El violín (Pactos y Conjuros nº 1) Capítulo 16 — La única forma
100%

Capítulo 16 — La única forma

La hacienda estaba en silencio.

No un silencio tenso ni expectante, sino el del campo profundo cuando todo lo vivo ha cedido al descanso.

Los peones dormían en sus cuartos. Mamá Inés había rezado más de lo habitual antes de acostarse.

Andrés, vencido al fin, dormía en una silla del corredor, sin haberse dado cuenta en qué momento el cansancio le ganó la vigilancia.

Felipe estaba despierto.

No porque se sintiera mal. No porque el cuerpo se lo pidiera.

Sino porque algo insistía.

Estaba sentado en una de las habitaciones amplias de la hacienda, con el violín apoyado contra el hombro. Las cuerdas no desafinaban: no respondían. El arco descendía con corrección, pero el sonido llegaba tarde, fragmentado, como si el gesto y la vibración ya no compartieran el mismo tiempo.

Felipe frunció el ceño.

—Eso no debería pasar —murmuró.

No hablaba de dolor. Hablaba de ejecución.

Respiró hondo e intentó de nuevo. El cuerpo obedeció con dificultad, pero sin protesta. El sonido volvió a fallar. No hubo frustración. Hubo algo peor: extrañeza técnica.

Entonces lo supo.

No oyó pasos. No vio una sombra moverse.

Simplemente lo supo.

—Llegaste —dijo, sin volverse.

El Barón estaba allí.

De pie, a pocos pasos, sin ruido, sin anuncio. No había carruaje. No había cocheros. Nadie lo había visto entrar. La noche no había sido alterada para darle paso.

—Mi parte racional me dice que esto no puede ser cierto —dijo Felipe—. Y, sin embargo, aquí estás.

El Barón no respondió.

Felipe apoyó el violín sobre la mesa.

—He notado algo en mí —continuó—. No es que no perciba los hechos. Es que los niego. Los explico antes de permitir que pesen. Y eso no me es habitual.

Levantó la vista.

—Lo sé porque todos me lo hacen ver. Mamá Inés. Andrés. La gente. Y yo no noto nada distinto. Esa discrepancia… no es sostenible.

Respiró con cuidado.

—Así que voy a dejar de racionalizar. No porque haya dejado de confiar en la razón, sino porque la estoy usando para no ver el daño.

El Barón permanecía inmóvil.

—Cahuachi —dijo Felipe—. El fuego que no tocaba las piedras. La llama azul. Tu ascenso por la loma, no caminando, no subiendo… deslizándote hacia arriba. Tus apariciones al ocaso. Tu dominio de lenguas, de culturas, de épocas que no corresponden a una vida humana razonable.

Negó despacio.

—Sé que no debería dejarme sugestionar. Sé que la mente completa patrones. Pero llega un punto en que la acumulación de hechos obliga a considerar una hipótesis incómoda.

Hizo una pausa breve.

—Que lo sobrenatural existe.

El Barón inclinó apenas la cabeza.

—He mejorado con la música —continuó Felipe—. Muchísimo. Ya no existe el vacío después de tocar. Antes terminaba una pieza y algo se retiraba. Ahora no. Todo permanece.

Sonrió con ironía leve.

—Paganini, según dicen, no se dio cuenta de nada. Simplemente murió.

El Barón sonrió.

No con burla. Con reconocimiento.

Felipe lo notó.

—Y luego está esa vieja historia —añadió—. El vampiro, de Polidori. El aristócrata que observa, que espera, que no explica. Siempre me pareció una exageración romántica.

El Barón no dejó de sonreír.

Felipe sostuvo la mirada.

—No me siento mal —dijo—. No me siento débil. Pero veo a mi madre sufrir. Veo a mis amigos angustiarse frente a una indiferencia que yo no registro. Y eso es lo único que ya no puedo negar.

Se incorporó con esfuerzo. El cuerpo respondió tarde, pero respondió.

—Si todos lo ven —continuó—, y yo no… entonces el que está mal soy yo. Aunque no pueda percibirlo.

El aire le falló de pronto. No como dolor, sino como interrupción. Una arcada seca lo dobló hacia adelante. Se sostuvo del borde de la mesa.

El Barón dio un paso.

Felipe alzó la mano.

—No —dijo—. Todavía puedo decidir.

Respiró con dificultad.

—He sido huérfano desde joven —continuó—. Aprendí que es más soportable ver partir a quienes quieres, porque eso puedes manejarlo. Lo que no se maneja es que quienes te quieren te extrañen mientras tú sigues ahí… sin estar.

Alzó la vista.

—Si existe una forma de detener eso, aunque el precio sea quedarse… entonces esa es la única forma.

El Barón no respondió con palabras.

Se acercó.

Felipe extendió la muñeca sin solemnidad, como quien acepta una consecuencia largamente calculada. No hubo rito. No hubo fuego. Solo la noche cerrada y el campo inmóvil.

El mordisco fue preciso.

El cuerpo se arqueó de golpe. Convulsionó con violencia. Las arcadas sacudieron todo lo humano que quedaba, como si algo antiguo fuera arrancado a la fuerza.

El aire se negó. La conciencia se fragmentó.

El Barón no se movió.

Esperó.

Las convulsiones cedieron. El cuerpo quedó inmóvil. Demasiado inmóvil.

Luego, los ojos se abrieron.

Felipe vio la noche.

No más oscura. Más clara.

Los contornos del campo se definían con una precisión imposible. El silencio tenía profundidad. La distancia había dejado de ser un límite.

Respiró.

El Barón seguía allí, impasible.

Felipe no habló.

No hacía falta.

La noche lo había aceptado.

Y él se había quedado.