El violín (Pactos y Conjuros nº 1) Capítulo 13 — El cuerpo
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Capítulo 13 — El cuerpo

El cambio no ocurrió de golpe.

Eso fue lo que lo volvió razonable.

Durante las primeras semanas, Felipe volvió a estar presente de una forma que muchos creían perdida.

Caminaba la hacienda con atención real, no con esa vigilancia cansada de quien administra por obligación.

Se detenía. Escuchaba respuestas completas.

Hacía preguntas que no buscaban confirmar errores, sino entender procesos.

—Así se hace —le dijo a un peón, observando cómo ajustaba una herramienta—. Sin apuro.

El hombre asintió, sorprendido.

Andrés, que los miraba desde unos pasos atrás, comentó:

—Resulta que no estabas distraído. Estabas agotado.

—No son cosas tan distintas —respondió Felipe—. Pero una se corrige mejor que la otra.

Andrés rió.

—Eso suena a algo que dirías después de dormir bien.

Felipe no respondió. Dormir bien le seguía pareciendo una consecuencia, no una causa.

Las tardes se llenaron de música.

Felipe retomó el violín con una constancia nueva.

No tocaba menos que antes: tocaba mejor.

El arco encontraba la cuerda con una naturalidad que sorprendía incluso a quienes lo habían oído durante años.

Las transiciones difíciles dejaban de ser obstáculos y pasaban a ser simples decisiones de movimiento.

También tocaba el piano, pero con otro ánimo. El piano era estructura, control, verificación. Lo usaba para comprobar algo que no terminaba de formular: que la música, en general, se había vuelto más accesible, como si el cuerpo ya no interfiriera entre la intención y el sonido.

No lo vivía como inspiración. Lo vivía como eficiencia.

Y eso le resultaba tranquilizador.

Durante el segundo mes, el cuerpo empezó a comportarse de manera extrañamente eficiente.

Los dolores habituales dejaron de aparecer. Las molestias se resolvían rápido o no se registraban del todo. Los golpes no dejaban recuerdo. Los cortes cicatrizaban sin llamar la atención.

—Eso no es normal —dijo Andrés una tarde, después de verlo cargar algo que antes habría delegado.

—Es método —respondió Felipe—. El cuerpo aprende cuando deja de ser tratado como un problema.

Durante el tercer mes, el cansancio empezó a llegar tarde. A veces no llegaba.

Felipe podía tocar horas, conversar hasta la madrugada, beber, y levantarse al día siguiente con la mente clara.

Mamá Inés lo observaba más de lo que hablaba.

—Te estás gastando —dijo una noche, tomándole la mano.

—No, ma —respondió él—. Me estoy organizando mejor.

Ella no discutió. Pero no sonrió.

El Barón apareció cada vez menos.

Sin embargo, en momentos inesperados, la imagen volvía.

La silueta del Barón subiendo la loma en Cahuachi. No caminando. No escalando. Deslizándose hacia arriba.

Felipe descartaba el recuerdo con rapidez.

—Cansancio —se decía—. Sugestión. El desierto hace eso.

Al cuarto mes, comenzaron las ausencias breves.

No mareos. No desvanecimientos.

Vacíos.

Instantes donde el cuerpo parecía detenerse mientras la mente seguía adelante. Felipe se apoyaba, esperaba, continuaba.

—Eso fue raro —dijo Andrés una vez.

—Fue nada —respondió Felipe—. Y pasó.

Durante una cena, alguien comentó que estaba más delgado.

—El trabajo afina —dijo Felipe.

—O consume —replicaron.

Felipe sonrió.

El gesto fue un poco más lento de lo habitual. Los hombros no acompañaron del todo.

Andrés lo notó. Mamá Inés también.

Felipe, en cambio, no percibió nada distinto.

No se sentía agotado. No se sentía débil.

Solo pensó —con una certeza que ya no revisaba— que el día había sido largo y que eso era normal.

El quinto mes llegó sin anuncio.

Felipe seguía tocando mejor que nunca. El violín le resultaba natural, casi inevitable. El piano obedecía sin resistencia.

Seguía riendo. Seguía dirigiendo. Seguía viviendo.

Pero dormía más profundo. Comía menos. Se ausentaba sin saberlo.

Una noche, después de una velada larga, Andrés lo encontró sentado en el salón, el violín apoyado sobre las piernas, inmóvil.

—Felipe.

Tardó un segundo en responder.

—¿Sí?

—Estabas ido.

Felipe parpadeó.

—Pensaba.

Andrés negó despacio.

—No. Estabas apagado.

Felipe sonrió.

El gesto volvió a ser lento. Apenas incompleto.

Andrés vio el cansancio en ese movimiento mínimo, en la forma en que el cuerpo no terminó de acompañar la intención.

Felipe no notó nada.

—Eso también se ajusta —dijo.

Andrés no respondió.

Y por primera vez desde Cahuachi, Felipe no pudo descartar del todo la imagen de una figura deslizándose hacia arriba contra toda lógica.